Irrompible 7 #4
38%

7 #4

John soltó una maldición. Escuchó cómo se levantaba de la cama y encendía la luz. Aquello le produjo una extraña satisfacción.

—¿Te ha visto Jack?

¿Qué le había preguntado? Extrañada, frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Jack, ¿te ha visto?

—No lo sé… No creo —murmuró, escueta.

—Vete a tu casa, Coral. Yo iré a por Patrick. —Pasaron unos segundos. Luego suspiró—. Gracias por avisarme.

—Oh, vale yo… Envíame un mensaje al menos cuando llegues, ¿vale? Para saber que estáis bien los dos. Si necesitas ayuda, puedo…

—Vete a tu casa —repitió.

—Pero envíame…

—Demonios, vale, ahora vete.

Colgó, metió la marcha y se fue directa hacia su casa, preguntándose por qué el destino los acababa uniendo una y otra vez.

John bajó de su coche y se dirigió con rapidez hacia el pub .

Ignoró a los dos hombres que lo saludaron en la puerta; de todas formas estaba seguro de que su estado de embriaguez iba a impedirles recordarlo al día siguiente.

Al ver toda la gente que se encontraba allí, dedujo que no iba a ser del todo fácil encontrar a Patrick.

Soltó una maldición y se adentró en el local, esquivando, arisco, los cuerpos que se movían en la pista.

Le pitaban los oídos por el alto volumen de la música.

Miró hacia la barra y vio a Sam, uno de sus antiguos compañeros de colegio.

Puso las manos sobre la superficie de madera y levantó el brazo para captar su atención.

Sam asintió y fue con rapidez hacia él, agachándose para oírlo a través de aquel barullo.

—¿Qué pasa, tío? Nunca pensé que te vería por aquí — consiguió escuchar a duras penas.

—¿Has visto a Patrick?

—¿El de las rastas? —John asintió, impaciente—. Sí, se ha ido hace unos diez minutos.

—¿Iba solo?

—No, iba con Jack y con otros dos hombres.

John le hizo un gesto con la cabeza y salió del pub . Quieto, echó un vistazo a todos los coches que se encontraban allí para localizar el de Jack. Lo vio: un todoterreno negro con la bandera estadounidense en la parte de atrás. Si su coche estaba allí, quería decir que no se habían ido muy lejos.

Apretó los puños con ira. ¿Por qué demonios Patrick no podía estarse quieto?

Ganaba suficiente dinero en el gimnasio como para vivir con comodidad, más los pluses que le daban por trabajar para él.

Pero las apuestas habían sido siempre su perdición y siempre ansiaba más.

Decidió dar una vuelta alrededor del pub , manteniendo la esperanza de que estuviesen en la parte de atrás.

Aceleró el paso. Escuchó un gemido seguido por una carcajada. Luego algo pesado cayó al suelo. John apretó los dientes, sintiendo la adrenalina fluir por sus venas. Estaba preparado para partirle la cara a Jack y a sus amigos en caso de que se hubiesen atrevido a golpearlo.

Y efectivamente: Patrick estaba tirado en el suelo.

Su chaqueta de cuero estaba cubierta de tierra e intentaba incorporarse, gimiendo de dolor.

Sus pantalones estaban agujereados, como si lo hubiesen arrastrado.

La sonrisa de Jack se borró al verlo, aunque recuperó la compostura con rapidez.

Lo acompañaban dos hombres casi de su mismo tamaño; apenas eran un par de centímetros más bajos.

—Vaya, vaya… El mismísimo John se ha ofrecido a salvarte el culo una vez más, Patrick.

El aludido escupió sangre al suelo antes de levantarse con ayuda de la pared. Miró de reojo en su dirección.

—Está todo controlado, tío.

—Nos vamos, Patrick. —Su voz fue fría, gélida y no dejaba lugar a dudas. Aun así, Jack no parecía satisfecho.

—No, me temo que eso no es posible. Estamos… solucionando unos asuntos.

—No voy a permitir que vuelvas a golpearlo, Jack. Ni tú ni tus matones, ¿te enteras?

—Me debe dinero —graznó con ira. Sus ojos negros brillaban con intensidad, algo enrojecidos por el alcohol que había consumido.

—Eso es mentira, cabrón. Me debes quinientos dólares, yo gané la apuesta —murmuró con poca energía Patrick, casi a punto de volver a caer al suelo.

—Es cierto, pero en vez de hablar conmigo decidiste robar algunas piezas de mi taller. —John ocultó de la mejor forma posible su sorpresa y permaneció impasible. Tenía que hablar con Patrick; no podía estar salvándolo de todos sus problemas una y otra vez.

—No vuelvas a hacer negocios con él, Jack. La próxima vez te responsabilizaré a ti, ¿te enteras? ¿Quieres volver a acabar como hace dos años? —inquirió, haciéndole recordar aquel episodio en el que le había roto la nariz y fracturado varias costillas.

—Todo ha cambiado, John.

—No, no ha cambiado nada. Tienes ya casi treinta años, ¿no te da vergüenza seguir con estos trapicheos a tu edad? —Frunció el ceño y agarró a Patrick del hombro—. Deja a Patrick en paz, no te lo voy a repetir.

—Siempre es él el que viene, John. Siempre es él —musitó con una sonrisa lobuna antes de hacerle un gesto a los dos hombres para que entraran tras él en el local por la puerta trasera.

—Joder, John…

—Ni una palabra —gruñó—. No digas ni una palabra, Patrick. O te prometo que acabaré lo que hacía Jack. ¿Cuándo demonios vas a madurar? —ladró; se pasó uno de los brazos de Patrick por los hombros y lo condujo con brusquedad hacia donde estaba su coche aparcado.

—Me debía dinero…

—¿Y no se te ocurrió otra cosa que entrar en su taller y robarle? Es un delito, podrías haberte metido en un lío muy gordo.

Patrick se tropezó con una rama y trastabilló. Gracias a que lo tenía agarrado, no acabó en el suelo.

—Déjate de sermones…

—Si vuelves a hacer negocios con Jack, me aseguraré de que te echen, ¿te enteras?

—Dante no me despediría, tío —respondió con voz nerviosa.

—Si yo se lo pido sí, y lo sabes. Soy su mayor fuente de ingresos. Compórtate como un adulto y deja de meterte en peleas.

Llegaron hacia el vehículo de John, donde varias miradas curiosas estaban clavadas en ellos.

Abrió la puerta y se cargó el peso de Patrick sobre el costado para meterlo dentro, sobre el asiento.

Ignoró los insultos que soltó por el fuerte impacto y cerró la puerta con brusquedad. Patrick le sacó un dedo.

—¿John?

Su cuerpo se tensó de inmediato al reconocer ese tono de voz femenino.

Cerró los ojos, se giró con rapidez y vislumbró la esbelta figura de Coral a apenas unos pasos de él.

La escasa luz exterior apenas dejaba ver su tierno rostro, pero parecía muy cansada.

¿Qué demonios hacía allí? Se acercó a ella con rapidez y la agarró del brazo.

Un intenso olor a vainilla llegó hasta su nariz.

—¿Qué haces aquí?

—Me estás haciendo daño. —Le dio un tirón a su brazo. Él no la soltó, pero aflojó los dedos.

—Lo siento —se disculpó. Los ojos de Coral estaban maquillados de un tono oscuro que los hacía verse aún más grande y rasgados. Sus tentadores labios estaban entreabiertos—. ¿Qué haces aquí?

—Ha pasado casi una hora y no me llamabas. Estaba preocupada. —Se encogió de hombros, luego miró por encima de los de él—. Veo que Patrick está contigo. Dudaba entre llamar a la policía y venir.

—No ha sido una buena idea.

Ella se mordió el labio inferior y asintió.

—Ya, pero no sabía qué hacer.

—¿Has traído tu coche?

—Ajá. —Asintió. Le señaló con la mano dónde se encontraba. La puerta del local se abrió, dejando escapar la música durante unos segundos y los dos miraron hacia esa dirección. Jack estaba allí. Lo miraba a él, con rabia e ira, pero luego se centró en la persona con la que hablaba: Coral.

Una socarrona sonrisa adornó su rostro.

—Te llevo a tu casa.

—No pienso dejar mi coche aquí.

Su tono de voz no permitía queja alguna. Pasándose las manos por la cabeza, cogió aire un par de veces.

—Está bien, tú vas en tu coche y yo iré detrás de ti, ¿entendido?

Coral puso los ojos en blanco. Luego miró a Patrick.

—¿Estás bien?

—No deberías haberlo avisado, tía. —Patrick hizo un gesto con la mano, pasando de ella.

No la sorprendió en absoluto. Tampoco se había esperado un cordial agradecimiento, porque él no era así.

Pero estaba tranquila, había hecho lo correcto.

Miró una última vez a John y se dijo que no estaba de humor como para estar fuera de su casa mucho más tiempo.

Se volvió con rapidez y fue directa a su coche, inconsciente de los azabaches e impenetrables ojos clavados en ella.

Pero John sí fue consciente.

Coral se repitió una vez más por qué miraba a través del espejo retrovisor una y otra vez.

Solo veía las oscuras figuras de John y de Patrick.

Este último no paraba de moverse, tirándose de un lado a otro como si de un niño se tratase.

El camino fue bastante corto porque condujo a un poco más de velocidad de lo normal, deseosa de irse a dormir y descansar hasta tarde.

¿Iba a poder por fin distanciarse de John o iba a encontrárselo de nuevo?

Vivían en el mismo pueblo, tampoco era nada inusual.

Una vez llegó, Coral aparcó y le hizo un gesto de despedida con la mano para dirigirse hacia su puerta.

Estaba decepcionada de cómo había acabado todo.

La atracción que sentía hacia él seguía, inalterable.

Luego pensó que no había pasado tanto tiempo y que quizás evitar sitios concurridos y festejos era la mejor forma para cerrar aquel capítulo.

Luego, ya nada iba a importarle e iba a poder verlo sin sentirse abochornada.

Abrió el bolso para buscar las llaves de la puerta cuando oyó unos pasos a sus espaldas.

Se giró y vio a John, yendo hacia ella con las manos metidas en los bolsillos, mirando a todas partes.

—Me niego a que registres mi casa. Nadie nos ha seguido y Jack no sabe dónde vivo.

Él contuvo la sonrisa que estuvo a punto de cruzar su rostro.

Aun así, las comisuras de sus labios se alzaron imperceptiblemente.

Estaba a unos pasos de ella, con la luz que tenía justo encima de ellos para iluminarlos.

La calle estaba vacía, todos los vecinos debían de estar dormidos. Era bastante tarde, incluso para ella.