7 #2
Y su lengua, humedeciéndolo, tentándolo a salir y enredarse con la suya.
Había estado a punto de conocer su sabor.
¿Cómo habría sido? ¿Habría acabado atrapándolo aún más?
Lo aterrorizaba sentirse tan atraído por alguien, que su atención se desviara del entrenamiento, de sus metas…
Y había pensado que no respondiendo, manteniéndose al margen, iba a desaparecer.
Pero había conseguido el efecto contrario.
Anhelaba verla, escuchar su melodiosa voz, sentir sus ojos en él mientras hablaba con otras personas.
Ofuscado, se levantó con rapidez, fue hacia las duchas y dejó la ropa junto a su bolsa de deporte.
El agua calmó sus músculos, dejándolo más relajado.
Una vez terminó, cogió la ropa limpia, se vistió y salió del gimnasio en poco más de diez minutos.
Iba hacia su casa cuando su móvil vibró. Había recibido un mensaje.
Lo sacó del bolsillo del pantalón y lo leyó.
Justin: Estamos en el lago Moon por el concurso de comida. Pásate, te despejarás.
Pues no ha ido tan mal, pensó Coral, contemplando los dos platos que había llevado.
Apenas quedaba una pequeña ración para una persona más.
Ella también se había pasado por algunas mesas, probando platos chinos, ingleses…
y recibiendo la cordial bienvenida de aquellos que no conocía.
Estar allí, lejos de su hogar, le hacía olvidar todos los episodios oscuros de su vida, haciéndola sentir como una persona nueva, sin pasado.
Aun así, estaba agradecida: era quien era gracias a todo lo que había vivido. Cerró los ojos y llenó sus pulmones de aire. La primera imagen que captó fue la de un coche blanco y conocido, aparcado algo más alejado de los demás. Sin prestarle la menor atención, se giró hacia Ocean.
—No ha ido tan mal.
—¿Lo ves? Y la gente está encantada, tienes todas las papeletas para ganarte la noche gratis en el hotel. —Enarcó una oscura ceja—. ¿A quién invitarás?
—¿Quieres venirte tú?
—¿Y por qué no le preguntas mejor a él? —respondió, señalando hacia sus espaldas.
Se volvió, confusa. John estaba probando comida en una de las mesas cercanas a ella, asintiendo con una sonrisa tras terminar.
La chica que acababa de servirle lo devoraba con la mirada, recogiéndose el largo cabello rubio en un moño.
La entendía perfectamente y, la verdad, no la culpaba.
Llevaba una camiseta gris de manga corta y unos vaqueros claros.
Los tatuajes se veían por la manga de la prenda, recordando los diseños que tenía.
Apretó los labios y se giró con brusquedad.
—¿Qué hace aquí? —Le ardían las mejillas y estaba avergonzada por tener que verlo tras lo ocurrido.
Ocean contuvo la sonrisa al ver el crispado rostro de su amiga.
—¿Por qué no se iba a acercar?
—¿Y por qué sí? —gruñó.
—Porque estás tú —murmuró antes de alzar una mano—. ¡Hola, John!
La fulminó con la mirada, perpleja y alzó la cabeza para encontrarse con la mirada azul masculina.
Su cabello estaba algo húmedo, su rostro, algo sonrojado, ¿habría estado entrenando?
Se fijó en sus anchos y musculosos hombros, producto de su trabajo.
Estaba segura de que, si hubiera extendido la mano, habría podido sentir el intenso calor que emanaba su cuerpo.
Odió todas y cada una de las reacciones que despertó en su cuerpo, desde el incremento de los latidos de su corazón hasta el enardecimiento de su pecho. Su cuerpo la estaba traicionando una vez más.
—Ocean… Coral.
¿Eran imaginaciones de Coral o John había ronroneado su nombre? Mantuvo la compostura y fue a abrir la boca para saludarlo cuando Justin y Bridget se acercaron y el contacto visual entre ambos se rompió por primera vez.
—¡Hermano! Me alegro de que te hayas pasado, ¿qué tal el entrenamiento?
—Bien, me has escrito justo cuando salía del gimnasio.
—Me alegro, ¿has llegado hace mucho? ¿Has probado ya algo?
—Sí, la de Anne y Ramírez. —Soltó una ronca y baja risa—. Ese capullo ha conseguido que se me saltaran las lágrimas con el chile.
—Uf… No me lo recuerdes. —Bridget se llevó una mano al estómago—. Me ha sentado fatal. Demasiado fuerte.
—Solo para amantes de la comida mexicana. —Justin abrió los brazos, sacándole una sonrisa a su esposa—. Por cierto, ¿has probado la de Coral?
John meneó la cabeza en señal de negación.
—No, me temo que no.
—¿Te queda algo para este luchador, Coral? —inquirió Justin, palmeando su hombro con alegría. Estuvo a punto de derrumbarla.
La mirada de John cayó sobre ella, estremeciéndola. Esbozó una débil sonrisa y asintió.
—De hecho me queda la última ración. ¿Te apetece? —Miró en su dirección, esperando que sus palabras apenas audibles hubiesen llegado hasta él.
—Por favor.
Ignorando el rostro de Ocean y de los demás, ajenos a lo que había sucedido entre ambos, cogió el último plato de plástico y puso todo lo que quedaba de la paella junto a la tortilla.
Dejó la cuchara, cogió un tenedor y le acercó el plato y el utensilio.
Sus miradas no se encontraron, estaba abochornada.
Los dedos de él rozaron los de ella en una cálida caricia, demorándose más de lo necesario, pero no lo suficiente como para levantar sospechas.
Se llevó el tenedor a la boca y todos esperaron su reacción.
Por supuesto, estaba fría. Habían pasado cerca de dos horas desde que Ocean y ella habían llegado.
—¿Qué te parece?
—Está genial —murmuró de forma casi inaudible—. ¿Has ganado?
Sorprendida por obtener un cumplido de su parte, sacudió la cabeza.
—Todavía no han votado, va a comenzar en cinco minutos.
—Cuenta con mi voto —prometió antes de acabarse el plato entero y tirarlo a la basura.
—Y con todos los nuestros —añadió Bridget—. Y seguro que con muchos más. Has sido toda una revelación.
—Pues no pienso participar más —soltó con tono jocoso pero sincero.
—¡Eh, campeón! —Una pareja se acercaba hacia ellos. Él tenía la mano alzada, quizás para captar la atención de John—. ¿Para cuándo la pelea con el ruso?
Coral recogía la mesa para terminar de dejar su puesto vacío cuando oyó la pregunta del hombre.
¿Se cansaba alguna vez de que todas y cada una de las personas con las que se cruzaba le preguntaran por su trabajo?
Guardó los platos sucios y vacíos en una bolsa y miró a John de reojo, estudiando su lenguaje corporal.
No, no parecía tenso y menos molesto.
—Un mes y tres semanas —respondió.
—¿Cómo? ¿Y ya han salido las entradas?
—Sí, se hizo oficial hace semanas, Ronald.
El hombre miró a su esposa con la boca muy abierta, sacó su teléfono y se puso a teclear.
—¿Cómo demonios no me he enterado? ¿Quedan entradas?
John se encogió de hombros. Justin se incorporó a la conversación, rodeando los hombros del tal Ronald.
—Lo siento amigo, no quedan más.
—No me lo puedo creer —farfulló. Lanzó una desesperada mirada a su hermano—. Conseguidme una, no me importa el precio. ¡Es contra Dmitry! Eres el orgullo de Valley’s Moon, John , tengo que estar presente cuando le arrebates el cinturón.
La alcaldesa puso una enorme caja blanca en una mesa cuando terminaron de recoger y todos y cada uno de los que se encontraban allí comenzaron a votar bajo la atenta mirada de dos adolescentes. Ocean alzó el pulgar en su dirección antes de acercarse a depositar su voto.
Coral vislumbró una roca cerca del lago, se acercó y se sentó de espaldas al público.
Una suave brisa primaveral le revolvió el cabello, llevando un olor frutal y fresco.
Las aguas del calmado lago eran de color turquesa y la tierra, oscura, quizás cargada de nutrientes que proveían a toda aquella vida vegetal que se desarrollaba a su alrededor.
Las nubes se movieron hasta dejar pasar los rayos del sol, que lo alumbraron todo.
El sonido de los pájaros, casi ahogado por el de las personas, llegó hasta sus oídos.
Definitivamente, a partir de ese momento iba a pasarse por allí más a menudo.
Podía llevarse su cuaderno de bocetos y dibujar sus próximos diseños, relajada y tranquila.
Todos los que habían asistido al concurso de comida estaban formando un círculo alrededor de la alcaldesa, quien tenía el nombre del ganador en un sobre.
Junto a ella se encontraba el dueño del hotel, Travis, cuyos ojos azules brillaban por la excitación.
John lo conocía lo bastante bien como para saber que debajo de aquella fachada de hombre tranquilo se escondía un amante de los deportes de riesgo.
Se cruzó de brazos y miró hacia su derecha, donde estaban Justin, Bridget, Ocean y Coral. Esta última sonreía con pasividad, como si todo aquello no fuera de su interés.
—La votación ha estado reñida, tenemos al ganador o ganadora de la noche en el Valley’s Moon Hotel , cinco estrellas.
Pero antes de desvelar su nombre, me gustaría daros las gracias a todos los participantes por hacerlo posible y por supuesto a Travis Connell por ofrecer una lujosa habitación.
Sin más dilación, el nombre de la persona ganadora del concurso este año ha sido… ¡Rose Smith!
John frunció el ceño, estupefacto. Y no pareció ser el único.
Bridget enarcó una ceja, pero aplaudió. Coral sonrió y susurró un «Enhorabuena» a una chica bastante joven de mejillas sonrojadas, que recibió un abrazo de la alcaldesa y le estrechó la mano a Travis.
Tras entregar el premio, Coral se despidió con rapidez de todos y se dirigió hacia el coche de Ocean.
Varias personas la pararon para felicitarla y ella respondió con un educado «gracias».
Estaba apoyada en el coche y esperaba pacientemente a que su amiga dejara de pararse a hablar con todos.
Una mano casi tan grande como la suya fue a parar al hombro de John y lo estrechó. No tuvo necesidad de girarse para saber que se trataba de su hermano. Miraba en la misma dirección que él. Una escueta sonrisa adornaba su rostro.
—¿Por qué no vas a hablar con ella?
—¿Otra vez vas a meterte en mis asuntos?