Irrompible 7
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Coral dejó la tortilla de patatas humeante que acababa de hacer en un enorme plato y la envolvió con papel de plata, esperando que aguantara caliente el mayor tiempo posible.

Dio unos cuantos pasos hacia atrás, se pasó una mano por la frente y gimió.

Sí, había terminado de cocinar. Solo había preparado una paella, siguiendo la receta de su madre, y la tortilla.

A lo largo de la semana se había replanteado seriamente el no participar, incluso lo había hablado con Ocean, quien había estado intentando convencerla una y otra vez.

No tenía nada que perder, se dijo, y sí mucho que ganar.

Se quitó el delantal que había estado usando con el propósito de no mancharse, fue hacia el baño, se cepilló el pelo y se lo dejó suelto; cogió la barra de labios de su enorme estuche de maquillaje y se los pintó de rojo; luego alcanzó otro producto para alargarse y oscurecerse las pestañas.

Una vez acabó, sonrió. Estaba mucho mejor.

Se deshizo de las zapatillas de estar por casa, cogió sus botines y se los puso con rapidez. En ese momento, sonó el timbre. Sin terminar de colocarse el derecho, miró por la ventana y vio a Ocean, escribiendo un mensaje en el móvil. Abrió, sonriendo, y le hizo un gesto para que entrara.

—Pasa, estoy terminando de arreglarme.

—Guau, estás guapísima. Si no ganas el concurso por tu comida, será por lo buena que estás.

Se echó a reír.

—¿Vamos en tu coche o en el mío?

—En el mío. Lo he traído. Está arreglado y en perfecto estado. ¿Quieres que te ayude a cargar algo?

—Sí, necesito que me ayudes. Y ten cuidado, está caliente.

— Le dio la tortilla de patatas y se colgó el bolso del hombro antes de coger las llaves.

Echó un último vistazo para asegurarse de que la casa estaba en perfecto estado: ventanas cerradas, pestillos echados…

Asintiendo, cerró la puerta. Dejó la paella en el asiento de atrás antes de volver y echar la llave de arriba.

Fue hacia el coche de su amiga, se sentó de copiloto y suspiró. Los ojos azules de Ocean estaban clavados en ella.

—¿Estás bien?

—No, no lo estoy. Todavía me planteo la posibilidad de darte la comida y quedarme en casa —murmuró, poniéndose el cinturón.

—Oh, vamos, no seas aguafiestas. Bridget, Justin, Jane , su marido y yo te apoyaremos. Sin contar a todos los demás de la barbacoa y… —Enarcó una ceja—. John.

—No es seguro que venga —dijo con tono neutro, mirando por la ventanilla con aire distraído.

—Bridget le hará ir. Por cierto, no me contaste nada, ¿pasó algo cuando te trajo a casa? He intentado preguntarte esta semana, pero parecías algo esquiva —comentó, tomando una dirección nueva que las llevaría al lago Moon, donde se celebraba el festival de comida.

Cerró los ojos y abrió un poco el cristal para que la fresca brisa le acariciara el rostro.

Se relajó, pero el pensamiento de volver a ver a John la tensó.

Y mucho. Esperaba de verdad que solo ellos dos siguiesen siendo los únicos que sabían lo que había sucedido.

Por si no hubiese sido ya lo bastante vergonzoso el hecho de que se hubiese quedado quieto, como si ni siquiera hubiese sido consciente del beso, también iba a tener que actuar como si nada hubiese pasado.

Y eso sin contar con que podría habérselo dicho a su hermano…

Esperaba que no.

—¿Qué pasó, Coral? Estás pálida.

—Nada —murmuró.

—No me mientas, soy tu amiga. —Le colocó una mano en el muslo—. Puedes contarme lo que sea. ¿Acaso… se propasó contigo? Si es así, puedes decírmelo. Hablaré con su hermano o…

Alarmada por el hilo de pensamientos que seguía su amiga, abrió los ojos de par en par.

—¡No! ¿Qué dices? John no es así. Eso no fue lo que pasó.

Coral asintió, con una sonrisa triunfal.

—Lo sé, sé que John no se pasaría. Te estaba tomando el pelo… ¡Pero has admitido que pasó algo! Y tienes que contármelo.

Se mordió el labio con un suspiro y volvió a mirar por la ventanilla.

Estaban yendo por un camino de tierra que llevaba hasta donde se encontraba un lago.

Todos los vehículos estaban aparcados en una gran explanada.

Había muchísima gente y muchas mesas con comidas todavía sin probar.

Estaba nerviosa. Tragó saliva y su corazón se detuvo cuando, al acercarse más, vio el llameante pelo rojo de Bridget, a su marido al lado y a otros que habían asistido a la barbacoa.

En un rápido vistazo, no vio a John.

Suspiró, aliviada.

—Oh, oh… Que no haya venido John te ha alegrado…

Mierda. Puso los ojos en blanco y miró a su amiga con cierta molestia.

—No es algo de lo que me apetezca hablar.

—¿Tan mal fue? —inquirió, ignorando su anterior respuesta.

—¿Si te lo cuento, prometes no volver a preguntarme?

—Por supuesto —afirmó, rotunda.

Por fin aparcó en una pequeña parcelita entre otros dos coches.

Los propietarios de dichos vehículos habían sacado también sus mesas y tenían platos de comida sobre ellas; charlaban cómodamente y se picaban sobre quién iba a conseguir el premio.

Cogiendo aire con lentitud, intentó salir, pero algo se lo impidió. Estaba el seguro puesto.

Puso los ojos en blanco y enarcó una ceja en dirección a Ocean.

—¿En serio?

—¡Eres cruel! Sabes lo enganchada que estoy a vuestra historia y no sueltas prenda.

—No hay un «nuestra historia». —¿Era ella o había sonado demasiado amargada? Se aclaró la voz antes de continuar—: Voy a contártelo para que no pierdas más tu tiempo: besé a John y no me respondió.

Su amiga se quedó muy quieta y luego se apoyó en el volante para girarse hacia ella.

—¿Estás segura?

—Por completo. Créeme, tengo suficiente experiencia como para saber cuándo un hombre corresponde a un beso y cuándo no. Ahora, ábreme. Estoy deseando que acabe el día.

Coral se dirigió a la parte de atrás para coger uno de los platos, sintiendo los cálidos rayos del sol contra su coronilla y la parte izquierda de su rostro.

Ocean apareció y abrió el maletero para sacar una mesa blanca plegable.

Colocó sobre ella la tortilla de patatas antes de dirigirse hacia la paella.

Todo bajo la atenta mirada de su amiga, quien parecía estar digiriendo todavía lo último que le había contado.

—Tienes que estar equivocada.

—Pues no, no lo estoy. —Cogió los palillos de madera y la bolsa que supuso que contenía los platos y los cubiertos de plástico y comenzó a montarlo todo de la mejor forma posible.

Ocean se puso a su lado, cruzada de brazos.

El sol sacaba destellos azules de su oscura melena.

La examinaba como si analizara una y otra vez su frase, intentando encontrar el error.

Pero no lo había. Coral había confundido por completo las pocas señales que John le podía haber mandado.

Aun así, no se arrepentía de haberlo besado.

Sentía tanta conexión física con él… Estaba decidida a pasar página; tampoco había sido un golpe tan duro, al fin y al cabo no había estado saliendo con él, no tenía sentimientos profundos, pero sí aquellos superficiales, producto de las veces que habían coincidido.

—A lo mejor lo… sorprendiste.

—¿Acaso John es un hombre que nunca ha estado con mujeres? —Las mejillas de Ocean se volvieron rojas—. Eso mismo pensaba.

—¡Coral, Ocean ! Pensaba que no vendríais.

La voz de Bridget fue la excusa perfecta para que cambiasen de tema con rapidez. Se acercaba alegremente junto a su marido, Jane y otra pareja más. Todos clavaron su atención en los platos con los ojos muy abiertos. Justin enarcó una ceja en su dirección.

—Estoy convencido de que no me hará falta probar los demás para saber que el tuyo es el mejor.

Coral esbozó una agradecida sonrisa.

—Gracias.

—Vas a quedar en una buenísima posición. —Jane le guiñó un ojo.

En ese momento una mujer mayor de pelo gris y vivaces ojos celestes se acercó a ella con una enorme sonrisa.

Llevaba un sombrero rosa palo adornado con dos grandes flores abiertas.

Su vestido era del mismo color, con unos botones en el frente de color negro que parecían intentar contener el enorme busto de la mujer.

Echando una ojeada a los demás, dedujo que la conocían.

—Por fin te veo. Tú debes de ser Coral, ¿verdad?

Asintió con lentitud y aceptó su mano para estrecharla.

—Sí, ¿y usted es…?

—Soy la alcaldesa de Valley’s Moon, Rita . Siempre les doy la bienvenida a todos los nuevos habitantes del pueblo, así que he aprovechado este magnífico día para acercarme y saludarte. —Sus enormes dientes, muy blancos, captaron la atención de todos—. Por lo que veo, vas a participar.

—Sí, me han convencido —admitió.

—Mucha suerte, Coral, yo seré la encargada de entregar el premio.

Espero verte más tarde. Pasadlo bien, chicos.

—Se despidió guiñándoles el ojo, se acercó a otro grupo y entabló con ellos una pequeña conversación.

Debía de tener unos setenta años, estaba bastante delgada y se movía con mucha elegancia y fluidez.

—Pensaba que ya la habías conocido —comentó Bridget.

—No, no, de hecho, es la primera vez que nos vemos. — Deseosa de alejarse del foco de atención, se aclaró la garganta—. ¿Cuándo empieza el concurso?

John se dejó caer pesadamente sobre el banco del baño mientras sus pulmones continuaban cogiendo todo el aire posible.

Había sido un duro entrenamiento, el sudor corría por su frente, pecho y espalda, pegando la ropa a su cansado cuerpo.

Se puso las manos sobre las rodillas, se echó hacia atrás y se apoyó en la pared.

Cerró los ojos, relajó las piernas y dejó que el frío lo invadiera para calmar parte del incendio que ardía en su interior.

Apretó los párpados cuando una clara figura apareció ante ellos.

Coral. Sus almendrados ojos cubiertos por verdosas tonalidades, su enorme y angelical sonrisa, el rostro en forma de corazón…

Y cómo no, los suaves y cálidos labios femeninos contra los de él.

Al principio se habían posado con timidez, incluso pensó que habían sido imaginaciones suyas, pero el calor que desprendían lo había corroborado.