Irrompible 6 #5
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—No, no lo he traído, de todas formas vivo cerca y…

—Insisto, te llevo en cuanto estemos en mi casa.

—La agarró del brazo con suavidad y la sacó del local a rastras.

Antes se despidieron de Lance, quien estaba con la bandeja repleta de comida y pálido, confuso—.

Lamento todo esto, poco a poco te irás enterando de todo.

Sé que ha sido una situación muy incómoda…

—No te acerques a Jack, Coral. —Ocean apareció por su otro lado, sin rastro de humor—. No es de fiar, no es una buena persona. Y si estás a solas con él, vete.

Parpadeó varias veces y sintió una suave brisa mover los mechones que colgaban por su rostro al salir.

Intentó establecer un orden lógico en sus pensamientos; deseaba preguntarles qué había pasado para que Jack las hubiese perturbado tanto, pero por desgracia tenía el presentimiento de que no iba a sacarles mucha información en aquel momento.

Durante el trayecto a casa de Bridget, permanecieron en silencio.

Coral se dedicaba a observarlas, a mirar a sus espaldas de vez en cuando.

¿Sería un exconvicto? En ese caso, ¿no habría sido más fácil llamar a la policía?

Cogió aire; unos minutos más tarde llegaron a la casa de Bridget.

Justo cuando la guapa pelirroja iba a coger la llave de su bolso, una luz se encendió en el patio y apareció Justin, su marido.

Abrió y su sonrisa desapareció. Examinó a su mujer con rapidez antes de dejarlas pasar y cerrar.

El pelo de Justin estaba húmedo, seguramente por una ducha que habría tomado minutos atrás.

Llevaba una sudadera oscura y un chándal gris.

Y a pesar de ir tan simple y cómodo, Coral no pudo evitar mirarlo más de la cuenta.

¿Por qué Justin y su hermano resultaban ser tan arrebatadores?

Grandes, facciones bellas y regulares… Aunque tampoco los habría descrito como los típicos modelos: eran más bruscos y no presentaban tanta perfección. Ahí estaba el meollo de la cuestión.

—¿Ha pasado algo, cielo? —Rodeó los hombros de Bridget con un brazo, haciéndoles un gesto a todas para que no se quedaran justo en la entrada.

—No, no, nada. Jack… se acercó para saludar a Coral. Ha sido incómodo y…

—Nos hemos ido —terminó Jane—. Tendría que haberme traído el coche. Llamaré a mi marido para que venga a recogerme.

—No es necesario, yo os llevaré a todas —dijo, cogiendo las llaves de la mesilla que había en el recibidor.

—No te preocupes, Justin, no es necesario, le diré a…

En ese momento sonó el timbre. Coral miró con una ceja enarcada en dirección a Ocean, que se encogió de hombros.

—Es Johnny —murmuró antes de abrir. Miró en dirección a su mujer—. Ya que pensabais estar fuera, le he dicho a mi hermano que se viniese a ver un partido.

El corazón de Coral se detuvo durante un eterno segundo. Girándose con lentitud, vio a John abrir la verja y entrar con una bolsa llena de comida. Justo después, cuando los ojos de ambos conectaron, sus latidos se volvieron erráticos.

¿Qué demonios le pasaba?, se preguntó sin apartar sus ojos de él.

Incluso su forma de andar era diferente a la del resto de los hombres.

Estaba tan guapo, pensó, y era tan… distante.

Sentía una fuerte atracción hacia él y los frenéticos latidos de su corazón no eran la única prueba.

Su cuerpo estaba en llamas, ardía. Ojalá pudiese acercarse a él y observarlo a placer. Iba a disfrutarlo tanto…

Al verlas a todas en la entrada, frunció el ceño y se quedó donde estaba.

—¿Va todo bien?

Llevaba una camiseta blanca de manga larga y unos vaqueros oscuros que, a pesar de hacerle verse informal, le sentaban divinamente. Humedeciéndose los labios, se obligó a recobrar la compostura y a sonreír con cordialidad.

—Acaban de llegar —respondió Justin—. ¿Habéis cenado? Supongo que no.

—No, no lo hemos hecho. —Jane negó con la cabeza, moviendo su liso cabello de un lado a otro—. Mi marido vendrá ahora a por mí. Ocean, Coral , podemos acercaros si os apetece, a Brendan no le importa.

—Podéis quedaros a tomar algo, hay suficiente comida. —Justin señaló hacia el interior.

—Gracias, pero Brendan ya viene. Lo he avisado hace apenas unos segundos con un mensaje.

—¿Y el resto? ¿Ocean? ¿Coral? —Bridget las miró con una sonrisa. Justin asentía enérgicamente, como si no fuese un problema—. Ha sido… culpa mía que nos hayamos ido tan deprisa y encima hayáis pagado sin comer. Al menos dejadme que os invite a cenar. Luego os acercaré a casa.

Ocean la miró a ella, luego a John. Estaba dejando la pelota en su campo. Esperó que el calor que sentía acumulado en sus mejillas no la estuviese delatando.

—No es necesario, de verdad. No pasa nada. —Coral hizo un gesto hacia fuera—. Podemos dejarlo para otro día y…

—Insisto. —Bridget le cogió la mano—. ¿Y tú, Ocean? ¿Os apetece? Dejadme que os recompense por haberos cancelado la noche de forma tan repentina.

Su amiga pareció recuperar el habla de inmediato.

—Claro, ¿por qué no? De todas formas tengo hambre y mi nevera está vacía.

Todos la miraron a ella. John avanzó unos pasos más cuando un coche paró justo enfrente de la casa. Él se dio media vuelta. Jane alzó un brazo para que la viera y bajó con rapidez los escalones.

—Ese es Brendan, ¿os venís al final?

—No, no, nos quedaremos a cenar —musitó—. Gracias de todas formas.

—Por supuesto, nos vemos pronto, chicas —dijo antes de irse; se montó en un Ford y se perdió en la oscuridad hasta desaparecer.

Justin y los demás se hicieron a un lado para que John pasara; casi cubría toda la entrada. Y allí estaba ella, quieta, disfrutando de su olor antes de girarse hacia Bridget. No pensaba quedar en ridículo por sentir tanta atracción por un hombre.

—Podemos llamar a una pizzería o…

—No te preocupes, cielo, hay comida. —Bridget fue hacia su cuñado y lo abrazó—. Me alegro de verte, John. Lamento haber echado a perder la noche de chicos.

John le devolvió el gesto con un brazo, alzando las comisuras de los labios.

—Me alegra saber que no estaré aguantando a mi hermano todo el rato.

—Sus ojos se clavaron en Coral; estaban casi a la misma altura por estar abrazando a Bridget.

Azules verdosos, la combinación perfecta, y rodeados por unas pestañas oscuras, estaban más oscuros debido a la tenue luz que había en el enorme salón de la casa.

Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza.

Se pasó un mechón por detrás de la oreja, regocijándose por tener su atención, pero luego se dio mentalmente un golpecito. ¿Era necesario que se estuviese comportando como una adolescente?

Cuando John se apartó de su cuñada, le hizo un gesto con la cabeza.

—Coral.

—Hola, John. Me alegro de volver a verte.

Saludó a Ocean antes de dirigirse hacia la cocina junto a su hermano, pasando por su lado.

El brazo masculino rozó el hombro de Coral, que sintió al instante un calor abrumador en la zona.

Quieta, esperó que alguna de sus amigas dijera algo.

Estaba convencida de que había escondido a la perfección la reacción de su cuerpo.

Sí, lo admitía. Se alegraba de volver a verlo, sobre todo tras la noche tan incómoda en el pub .

—Cariño, hay varias pizzas en el congelador, ve metiéndolas en el horno. Voy a enseñarle la casa a Coral muy rápido y ahora venimos a ayudar.

—De acuerdo.

—Ven, Coral, te voy a enseñar el salón y la parte de arriba.

La siguió hasta el salón tras dejar el recibidor atrás.

Las paredes eran de un color blanco roto y suelo, de parqué oscuro.

Un espacioso salón con dos sofás de color blanco crema tenía en el centro una mesa baja de cristal con las patas de madera.

Las ventanas estaban abiertas, dejando ver las demás casas.

Estuvo a punto de tropezar al no ver la enorme alfombra.

—Eso no me lo esperaba.

—Ten cuidado. —Ocean se cruzó de brazos.

—Este es el salón. ¿Te gusta? Lo he decorado yo, Justin dejó toda la decoración a mi cargo, a él le da igual.

¿Ves esos cuadros? —preguntó, señalando la pared donde estaba uno de los sofás—.

Los compramos en Milán. La verdad es que al verlos supe que los quería tener.

Esos dos relojes que ves —señaló donde se encontraban, uno debajo de otro— son un regalo de mi jefa.

Coral se dio cuenta de que no sabía en qué trabajaba. Debió de quedar muy claro en qué pensaba, pues tanto Ocean como Bridget sonrieron.

—Trabajo en una empresa de muebles. Yo llevo las facturas.

La siguió hasta la planta de arriba, a la que se llegaba por una escalera de caracol ancha que comunicaba el piso de arriba con el de abajo.

Había cuatro cuartos; supuso que uno era el baño, otro para los futuros hijos y uno el de ellos.

Entonces, ¿qué era el otro? Bridget abrió una de las puertas blancas y dejó ver la habitación donde dormía, de paredes grises y techo blanco.

Una enorme cama con funda a juego y cojines verde agua hacían de ella un lecho sobre el que a cualquiera le gustaría tumbarse y descansar.

Había dos mesillas de noche, un sillón del mismo color que los cojines y un armario enorme.

Del techo, una lámpara de cristal colgaba con elegancia.

—Vaya… —murmuró—. Me encanta —admitió.

—¿De verdad? Gracias, creo que me quedó genial —habló alegremente, colocándose a su lado—. Pasa, pasa.

Echó un vistazo más profundo. En una de las mesillas de noche había una foto de Justin y Bridget.

Era un selfi en el que estaban pegados uno al otro, sonrientes.

El sol daba sobre el rojo pelo de ella y hacía que se viera como una llama incandescente.

Sin poder evitar una sonrisa, se giró hacia ella.

—Tu dormitorio es una pasada.

—Gracias, Coral, te voy a enseñar ahora… Bueno. —Su mirada se oscureció—. Si no te has enterado, yo… estaba embarazada. Sufrí un aborto a las tres semanas. Tenemos la habitación preparada para cuando llegue el próximo.

La cogió de la mano con suavidad y se la estrechó con calidez.