Irrompible 6
22%

6

Coral sonrió cuando vio a su amiga Ocean en la tienda de su abuela, con una bolsa blanca y el rostro rojo.

Sin bajarse del coche, abrió la ventanilla y miró los azules ojos de su amiga.

Parecía bastante cansada e irritada, aunque tras haberle dicho numerosas veces que trabajar con su abuela era un suplicio, pensaba que había exagerado.

Llevaba un delantal blanco y las manos destapadas, con unos guantes en el bolsillo.

—Gracias por venir, no sabía qué hacer.

—No te preocupes, para eso estamos. ¿A dónde quieres que lo lleve?

Aquel día Coral se había tomado el día libre para ir al banco a pagar unas facturas, al correo a recoger la correspondencia y al almacén a asegurarse de que el camión con la mercancía había llegado.

No había parado en toda la mañana y justo cuando se iba a poner a comer en la sala privada de la tienda, había recibido una llamada de Ocean.

—Es el gimnasio Dante’s, te he puesto la dirección escrita dentro de la bolsa, en un papel. No tiene mayor pérdida, podría ir andando, pero la comida se enfriaría. Los taxis son demasiado caros. —Soltó un suspiro, claramente incómoda.

Coral asintió y tendió las manos para coger la bolsa.

—No tienes de qué preocuparte.

—Mi coche no funciona, creo que es la batería. Señor, otros doscientos dólares extra… Este mes está siendo horrible —gruñó, tendiéndole la bolsa. Se cruzó de brazos—. Estoy pensando en dejar el trabajo.

Ella miró a su amiga con los ojos muy abiertos. Tragó saliva y puso la comida en el asiento del copiloto.

—¿Quieres que nos veamos esta tarde? Vente a mi casa si quieres, quizás te sientas mejor si me lo cuentas.

Ocean sonrió con tristeza.

—Gracias por el favor, espero no haberte quitado gran parte de tu día libre.

—No te preocupes, ya he hecho todos los recados. Me voy a ir antes de que se enfríe, ¿tengo que recoger el dinero?

—No, no, está pagado. Solo tienes que entregarlo. Gracias de nuevo, cielo. No sabes de lo que me has salvado. Nos vemos luego, te llamaré.

Sonriendo, se despidió con un gesto de la mano y dio marcha atrás para dejar la calle sin salida.

Una vez tuvo el coche enderezado, metió la mano en la bolsa y miró la dirección.

Aunque no llevaba mucho tiempo en Valley’s Moon , conocía la zona.

Aquel gimnasio estaba cerca de una calle donde vivía gran parte de la población de clase media baja.

Tomó la dirección adecuada, puso la radio y condujo con cierta rapidez; llegó a su destino tras apenas quince minutos.

Observó el enorme gimnasio que se alzaba ante ella sentada en el coche.

Había un letrero en el que se leía « D ante ’ S ».

Había algunos coches en el parking y dos hombres de constitución fuerte hablando ahí.

Las casas de alrededor eran más pequeñas que la que tenía Justin, el hermano de John.

Había algunos niños volviendo a sus casas después del colegio.

Cogió la bolsa, se bajó del coche y lo cerró con el mando.

Fue acercándose poco a poco, preguntándose si no sería aquel el gimnasio donde John entrenaba.

Esbozando una tenue sonrisa a los dos hombres que estaban en la puerta, entró con cierta reticencia, estudiando la enorme nave.

Había un montón de máquinas en diferentes rincones y luchadores entrenándose, ya fuese individualmente o con otro compañero.

Se preguntó si iba a sufrir mucho antes de encontrarlo entre tantos luchadores.

Se adentró en el gimnasio, palpando la comida, y se relajó al notarla todavía caliente.

Cuando sus ojos fueron de la bolsa a lo que tenía enfrente, dio un traspié.

Vislumbró la enorme y oscura figura de quien debía de ser el dueño, o al menos entrenador, recibiendo los golpes del luchador sobre sus manos enguantadas con la protección usada en los entrenamientos por los sparring .

Era afroamericano, de unos dos metros de altura y unos hombros tan grandes como un armario doble, y no tuvo que esforzarse mucho para recordar que se trataba de Dante McFaee, famoso campeón de boxeo y MMA en los años 90, cuando tenía unos veinte. Estaba claro que en persona intimidaba mucho más.

Sus oscuros ojos se clavaron en ella y esbozó una educada sonrisa. Le hizo un gesto al concentrado luchador, que tenía la cabeza rapada y los ojos azules de un tono grisáceo, y pararon. El luchador la miró y se bajó del ring.

Coral permanecía quieta, negándose a mover ni un dedo mientras veía todos aquellos cuerpos sudorosos y oía los gruñidos y gemidos que soltaban al golpear y ser golpeados.

La mayoría de ellos iban sin camiseta, mostrando sus fuertes músculos en movimiento, húmedos, cubiertos por una película de sudor.

Dante apareció a su lado y le puso una enorme mano en el hombro.

—Tú debes de ser Coral, Ocean me ha dicho que ibas a ser tú quien me trajera mi comida. —Olisqueó el aire y eso la relajó. Dante mostró unos perfectos dientes blancos en una enorme sonrisa —. Huele genial.

—Sí, soy Coral, una amiga de Ocean. Y sí, huele genial.

Le tendió la bolsa y miró de reojo a los luchadores, impresionada por la testosterona que había allí concentrada y…

¿Para qué mentir? Lo excitada que se encontraba en aquel momento, y no solo por aquellos impresionantes hombres.

Eran tan grandes, tan fuertes e intimidantes…

, aunque algunos de ellos tenían un look demasiado…

atrevido. Como uno de ellos, que llevaba el pelo decolorado y rapado por zonas, además de tener casi todo el cuerpo cubierto de tatuajes.

—Eres nueva, ¿no? No recuerdo haberte visto antes.

—Exacto, soy nueva. —Centró su atención en él; tuvo que levantar la cabeza demasiado como para sentirse cómoda.

—Soy Dante, dueño y entrenador de este gimnasio. —Estiró una enorme mano—. Bienvenida.

—Gracias, es un placer. —Se la estrechó con vitalidad—. Nunca había estado en un gimnasio como este, es enorme —añadió sin poder evitarlo, echando otro rápido vistazo.

Dante asintió, mostrando el orgullo que le tenía a su santuario.

Había sacos por doquier, punching , pesas, cintas corredoras, baños, máquinas de refrescos y bebidas…

Parecía ser el paraíso de los deportistas.

En la recepción había fotos de Dante recibiendo los cinturones, posando, y páginas de periódicos en las que salía.

Además de medallas y más premios y reconocimientos.

—Sí. Invertí bastante dinero en él. Me hice con él tras acumular algo de dinero siendo campeón de boxeo en los años 90, aunque más tarde también luché en las MMA . ¿Quieres verlo?

Coral abrió los ojos de par en par. Desde luego no había esperado aquello.

—¿Podría?

—Haré una excepción contigo. Ven, sígueme. Tampoco es que vayamos a tardar mucho, estamos descansando. Tengo unos diez minutos.

Mirando por los lados de Dante, ya que su enorme y musculosa espalda le tapaba toda la vista al frente, se dio cuenta de que ella no era la única que sentía curiosidad. Todos la miraban, preguntándose quién diablos era. Incluso algunos luchadores se atrevieron a guiñarle un ojo y a saludarla.

Otros la ignoraron y siguieron con su duro entrenamiento.

Confirmó su teoría de que el gimnasio estaba dividido en zonas cuando se adentró más en él.

Una de ellas era la de pesas, donde vio a muchos hombres y mujeres hacer ejercicios con bastante peso; el sudor les corría por las sienes mientras flexionaban las piernas.

Todas las pesas estaban apiladas en una de las paredes, en estanterías de hierro donde encajaban para que no se cayesen y así evitar accidentes.

En esa zona también había pequeñas colchonetas para que se tumbasen y practicasen, que los aislaban del frío y seco suelo.

La otra zona estaba repleta de cintas para correr, era el área de cardio. De los altavoces colgados de las paredes salía una música fuerte que parecía animarlos a seguir.

Dante iba a enseñarle otra zona cuando clavó sus ojos en un luchador rubio de ojos azules que la miraba sin mostrar ninguna expresión en su rostro.

Dio un pequeño traspié y se preguntó si su presencia los molestaba.

Al fin y al cabo, ellos estaban allí entrenándose para pelear y ganar dinero.

Era su trabajo, y ella podía estar interrumpiéndolos.

Sin poder aguantar durante más tiempo aquella gélida mirada, le tocó la espalda a Dante con suavidad y él se volvió hacia ella.

Él enarcó una negra ceja.

—¿Pasa algo?

—Os estoy molestando, ¿verdad?

—No, para nada. ¿Por qué dices eso?

Miró lo más disimuladamente posible al luchador. Quería salir de allí con rapidez y volver a su zona de confort, que era su tienda.

—Quizás mañana tengan que luchar y… yo les estoy robando a su entrenador.

—Estupideces, en este gimnasio yo no los entreno a todos. — Miró tras ella, quizás al rubio y fornido luchador que parecía tener ganas de echarla de allí de una patada—. Eh, Till, déjala. ¿Te enteras?

Vio que bufaba y volvía a lo suyo, solo que esa vez parecía estar en tensión.

—Lo siento —repitió.

—Olvídate de él. Lo eliminaron del combate por no acatar las órdenes del jurado.

—¿Qué pasó?

—Había ganado por KO Así que no había motivos para que continuase machacando a su oponente. Siguió y, cuando el árbitro se acercó, lo golpeó sin querer con el codo y le rompió la nariz.

Coral se estremeció.

—¿Estás seguro de que fue sin querer?

—Eso dice él. Está sancionado.

Se aclaró la garganta y mantuvo su atención en un luchador que golpeaba un enorme saco con patadas y puñetazos.

La manera en que se movía la hechizó. Era increíble la agilidad y la fortaleza que mostraba, contrayendo los grandes músculos para luego impactar con más fuerza o dando un pequeño salto que potenciaba el ataque.

—Ahora mismo solo lo entreno a él, aunque dejo que otros deportistas utilicen mi gimnasio. Es un dinero extra. ¿Sabes quién es?

Coral se echó un poco hacia delante; le resultaba familiar, aunque desde la posición en la que se encontraba no conseguía verlo con claridad.

—Mmm, no, al menos de espaldas, no —murmuró.