5 #3
—Bien, hasta luego. —Asintió antes de continuar con su camino, mordiéndose la lengua ante las enormes ganas que tenía de darse media vuelta y preguntarle si querría tomarse alguna vez algo con ella.
Apretó los puños, aceleró el paso y se perdió por otra calle antes de parar.
Se apoyó en la pared de una tienda. Se tapó el rostro con las manos y cogió aire.
Entre ellos había atracción, Coral estaba segura de que ella no era la única que lo sentía.
Cada vez que sus ojos conectaban, una descarga de electricidad le recorría el cuerpo.
Se preguntó cuánto tiempo iba a tener que pasar antes de que John diera el primer paso.
Porque iba a darlo, ¿verdad? Iba a ir a hablar con ella, a pedirle que saliesen a cenar o…
—Coral, ¿eres tú? Te he estado buscando por todas partes, me alegro de que Valley’s Moon no sea un pueblo tan grande. Pensaba que estarías en tu trabajo.
Ella se dio la vuelta al distinguir la clara voz de Paul, a quien había tenido el gusto de conocer en la barbacoa. Se obligó a sonreír con cortesía antes de colocarse bien el bolso.
—Paul, ¿qué tal? ¿Ha sucedido algo?
—No, no, solo iba a visitarte —respondió con simpatía, cruzando los brazos sobre el pecho—. ¿Me dejas invitarte a un café?
Paul era un hombre atractivo, de estatura mediana y pelo rizado, castaño claro.
Según le había contado Ocean, varias mujeres habían salido con él y con todas había terminado de la misma forma: mal.
Tampoco era que ella sintiese el menor interés, pero no quería rechazar las invitaciones de quienes iban a ser sus vecinos por el resto de su vida o al menos por una larga temporada.
—Me encantaría, pero vuelvo a la tienda. Podemos dejarlo para otro día si quieres.
Él no pareció enfurecido por su rechazo, sino motivado. Sonrió y asintió.
—Claro, déjame al menos que te acompañe. He salido antes del trabajo, tengo el resto de la tarde libre.
Vale, no pensaba dejarla sola hasta que llegara a su tienda. Le hizo un gesto con el brazo.
—De acuerdo, acompáñame si quieres.
John condujo hasta donde se encontraba el pequeño piso de Patrick.
Lo miró por el espejo retrovisor con el ceño fruncido, seguro de que se había metido en otra pelea con Jack y sus colegas.
Tenía un feo corte en la ceja que quizás iba a necesitar un par de puntos, magullones en el rostro y un ojo hinchado.
Cogiendo aire, se preguntó cuándo aprendería.
Cuántas lecciones a base de puños necesitaba para enterarse de que aquello no era la solución.
John había sido así. Se había metido en muchísimas peleas, había frecuentado compañías de lo menos deseables hasta que Dante había aparecido en su vida. Patrick era su amigo, era como un hermano menor, pero eso no quería decir que a veces no se mereciese una buena paliza.
Los ojos grises de él conectaron con los suyos a través del espejo retrovisor.
—Deja de mirarme como si fuera un pobre niño abandonado.
—Te miro como te mereces, con pena y rabia —aclaró con voz fría, tomando un giro para ir al hospital—. Estás echando a perder tu vida.
—Bah —exclamó, dejándose caer en el asiento.
—¿Qué ha sido esta vez, Patrick? Otra vez Jack, ¿no? Te dije que lo dejaras en paz. Él no se anda con pequeñeces.
—Me debe dinero —escupió con ira, agarrándose al asiento del conductor—. Ese capullo me debe dinero y todo lo que ha hecho es darme una paliza. Es un puto cobarde.
—Será un puto cobarde, pero nunca va solo. Olvida ese dinero y no vuelvas a verlo más.
—Y una mierda, John. Me debe dos mil dólares…
—¿Y qué coño pasará la próxima vez, Patrick? —bramó, perdiendo la paciencia antes de aparcar cerca del hospital—. Quizás la próxima vez no tengas tanta suerte y no haya nadie que te eche una mano.
—No necesitaba la ayuda de esa tía pija —respondió, y salió del coche. John le pasó un brazo a Patrick sobre los hombros, sintiendo su ligero peso.
—Gracias a ella te he podido recoger.
—Que no lo necesitaba, joder. —Apretó los dientes, quizás por un repentino dolor—. Me duelen las costillas.
—Esperemos que no tengas ninguna rota —murmuró al entrar en urgencias.
Dos horas más tarde y tras numerosas pruebas, Patrick solo tenía tres puntos en la ceja, una inflamación en la zona de las costillas, un esguince y muchas contusiones.
Dante no se iba a alegrarse nada al verlo de aquella forma.
John lo ayudó a montar de nuevo en el coche y ocupó el asiento del conductor, observando que el cielo se había oscurecido un poco.
En una hora ya iba a hacerse de noche. Había salido de entrenar cuando había recibido una llamada de un número desconocido.
Por supuesto, había respondido. Decir que se había sorprendido cuando una conocida voz femenina le había hablado a través del aparato sería quedarse corto.
Coral. La sensual y guapa Coral, quien había captado la atención de todos los presentes en la barbacoa, sobre todo de Paul.
Había captado la mirada de interés en sus ojos.
Habría tenido que darle igual; él podía estar con mujeres mucho más atractivas y, sin embargo, una desconocida ira le había llenado el pecho.
Al verla con el pelo recogido, exponiendo su bonito rostro, había intentado mantener cierta distancia, desinterés, pero no lo había logrado. Estaba seguro de ello.
—Maldita sea —murmuró, metiendo la marcha.
—¿Qué demonios te pasa ahora, John? No he abierto la boca.
Ignoró el comentario de Patrick y se dirigió hacia donde vivía él.
Mientras conducía, escuchaba el parloteo de su amigo, maldiciendo a Jack y a todos aquellos que le debían dinero.
Pobre insensato. Algún día iba a acabar mal, muy mal.
Si Jack se hartaba de él, iba a darle una buena paliza.
Pero John iba a asegurarse de que no fuese así, a hablar con él. En el pasado habían sido amigos.
Tomó la primera salida de la rotonda del centro de la ciudad con rapidez, ignorando los pitidos.
—Conduces de puta pena, John.
Él curvó las comisuras de la boca hacia arriba.
—Lo dices tú, que has suspendido seis veces el carné de conducir.
—Bah, esa vieja me tiene manía. Nada más verme me miraba con el rostro crispado y negando con la cabeza.
—Dante te dijo…
—Dante se cree que es mi padre. —Aun así, se veían los ojos brillantes por el orgullo. Patrick sentía un verdadero afecto por su entrenador.
Sin añadir nada, se limitó a asentir mientras contemplaba cómo la gente se metía en los bares para cenar o beber.
Valley’s Moon era un pueblo familiar, conocido por haber criado famosos deportistas.
No era raro ver cámaras de televisión, reporteros y fans con pancartas.
Pensó en la rutina que tenía que seguir hasta que luchara contra Dmitry.
Levantarse antes del amanecer, correr y entrenar.
Era duro. Muy duro. Pero siguiendo aquel patrón de ejercicios, nunca lo habían vencido.
No solo tenía conocimiento de las artes marciales por Dante, sino también por su instrucción cuando estuvo en los marines.
Era duro de roer.
—Eh, tío, ¿no es esa la tía que te ha llamado para que vinieras a recogerme? —La atención de John se centró hacia donde Patrick señalaba—. Joder, mírala, ya está saliendo con uno. Estas tías de hoy en día no pierden el tiempo.
Efectivamente, Coral estaba cerrando su tienda. Sonreía mientras charlaba con un hombre de pelo rizado de color castaño claro y… Espera, ¿no era Paul? Tuvo que apartar la mirada cuando tomó otra calle, aunque no antes de ver cómo él le acariciaba los pronunciados pómulos.
Sintió el inexplicable impulso de bajarse y golpear a Paul hasta dejar su rostro manchado contra el suelo.
—Oh, oh, tu cara, tío. Luces como si te hubiesen golpeado los huevos.
Él no emitió más que un gruñido.
—Espera, espera… —Se acercó al asiento, mascando de forma poco educada un chicle. Sonreía—. ¿Te mola esa tía?
—Siéntate bien y ponte el cinturón. Marck está de guardia.
—Marck es un capullo que les pone multas a todos menos a ti, es tu fan.
No dirá nada. —Puso los ojos en blanco—.
Ahora responde: ¿te gusta? Mmm… No es el tipo de mujer que suele verse entre las groupies .
Es delgada, sin muchas curvas, pero tiene un rostro muy bonito.
Casi angelical. ¿Sabes que me ha echado una bronca de mil demonios? Y todo porque…
—¿Quieres callarte de una maldita vez y cerrar la boca? — gruñó, aparcando enfrente de donde vivía.
—Tío, eres John Stone, todas las tías caen a tus pies.
—Sal del puto coche, Patrick. Ya te he aguantado suficiente por hoy —añadió, y se bajó del vehículo para ayudarlo.
—¿Sabes? Te voy a dar un consejo —continuó su amigo con voz jocosa.
—No, no lo quiero. —Unos metros y ya sería libre de Patrick, pensó malhumorado.
—Si pienso como el hijo de puta que soy, te diría que a la mierda esa tía y te fueses con una que te lama los pies, como esa tal Anastasia.
Aguantando una mueca, le abrió la puerta.
—¿Y si no fueses ese hijo de puta?
Patrick se apoyó en la pared y se lo pensó durante unos segundos. Parecía divertido. Luego negó con la cabeza, moviendo aquellas rastas rubias.
—Nada, déjalo, ese es mi consejo. No merece la pena.
John volvió a su coche tras asegurarse de que Patrick estaba tumbado en el sofá con una cerveza en la mano.
Se quedó unos minutos allí parado. Sin motivo alguno, golpeó con fuerza el volante, que crujió.
Cogiendo aire, se dijo que tenía que relajarse, que el hecho de haber visto a Coral con Paul no significaba nada para él.
Puso rumbo a su apartamento, con su humor empeorando a cada segundo que revivía lo que había visto.