Irrompible 5 #2
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Definitivamente, aquel bar debía de tener la mejor comida del pueblo.

Todas las mesas estaban llenas; había desde parejas jóvenes hasta familias y ancianos.

Había diferentes televisiones; una de ellas mostraba dibujitos animados, otra, un canal de pesca y otra, uno sobre moda.

Había un montón de niños jugando en una esquina del bar; las paredes estaban cubiertas con papel pintado de un color naranja claro y había macetas por todas partes que le daban cierta vida al restaurante y un montón de camareros trabajando.

Cuando tomaron asiento, Coral cogió la carta.

—Gracias.

—Os dejo unos momentos, ¿qué queréis de beber?

—Tráeme lo mismo de siempre para mí. —Ocean puso los ojos en blanco—. Dios, me muero de hambre. Coral, dime que no vas a tardar mucho en pedir.

Negó con la cabeza, sonriente.

—Yo quiero beber lo mismo que ella. Y de comer también. — Su amiga, sorprendida, entrecerró los ojos—. Voy a comprobar cómo es tu gusto por la comida.

—Estupendo, chicas, Susi e os traerá las bebidas enseguida — añadió Jojo antes de marcharse.

—Jojo montó este bar con la herencia que sus abuelos le dejaron. Actualmente tiene a unos diez camareros trabajando, aunque suelen ser ocho cuando no es la época de los turistas. Hay tres cocineros, pero ella es la jefa de la cocina, por supuesto. Se asegura de que todo esté bien.

—Se ve que le gusta su trabajo —murmuró, echándole un vistazo al lago Moon.

—Por cierto… Creo que alguien tiene que contarme algo sobre John.

El tono malicioso de Ocean la ruborizó.

—No tengo nada que contarte, ya te lo dije todo. Tendría curiosidad. Quizás tú puedas arrojar algo de luz, porque sigo sin entender por qué todos os sorprendisteis de que hablara conmigo. Su amiga se encogió de hombros antes de hacer un mohín con los labios.

—John y su hermano no tenían… una buena relación.

De hecho, estuvieron más de diez años sin verse, sin contacto.

Mientras que Justin se criaba con su padre, que era un borracho, durante los primeros años de niñez de ellos dos, John se quedó con su abuelo Cam tras haber intentado romperle una botella al padre de los dos en la cabeza.

Aunque tras su muerte, por algún motivo que desconocemos, se fue del pueblo y se alistó en la Marina.

Después regresó hace unos pocos años, unos cinco, más o menos.

Se acabó encontrando con Justin; es decir —hizo un gesto con la mano, como restándole importancia—, el pueblo no es tan grande como para que no se volvieran a ver las caras alguna vez.

—Has dicho que tenían una mala relación, ¿verdad? —Aquella parte se había quedado grabada a fuego en su cabeza.

—Sí… —Ocean permaneció callada cuando la camarera les puso las bebidas y les informó de que en cinco minutos saldría la comida—. Se rumorea que el padre le pegaba a John…

Coral apoyó los codos en la mesa y contuvo una exclamación.

—¿Cómo?

—Sí, Justin era mayor y apenas estaba en casa.

La madre estaba enferma de cáncer, pero murió arrollada por un autobús, si no recuerdo mal.

John se fue con su abuelo debido a… lo que ya te he contado.

Parece ser que intentó defenderse y acabó por romperle una botella en la cabeza.

Su abuelo decidió llevárselo con él a las afueras del pueblo. Cam es un gran hombre.

Coral parpadeó varias veces, sin poder contener la sorpresa.

Cuando había conocido a John, su aura oscura y distante la había rodeado como un espeso manto.

Había sentido y había percibido que no le gustaba ser el centro de atención, que odiaba relacionarse con los demás ni estar en sitios con muchas personas.

Su mirada azul verdosa había estado en todo momento alejada de allí, como si hubiese estado pensado en recuerdos que le impedían disfrutar del momento.

Su forma de andar le había recordado a la de un felino, siempre midiendo sus pasos. No pudo evitar sentir cierta tristeza por él.

—Dios mío, eso es horrible.

—Sí. El pueblo rumorea que las MMA le han salvado la vida. — Ocean dio un sorbo a su bebida—. Tampoco es que bebiera o se drogara, pero se metía en peleas.

Susie regresó con sus platos. Coral dejó en un rincón de su mente el tema de John y miró la deliciosa pasta con salsa carbonara. Era un plato tan grande que podrían haberlo compartido, pensó.

Como si Ocean le hubiese leído el pensamiento, negó con efusividad.

—Lo siento, pero yo me lo como todo. —Y con ello, comenzó a devorar su plato.

Sonriendo, Coral intentó concentrarse en la comida, aunque tras lo que le había contado, le iba a resultar muy difícil no darle vueltas a la cabeza y preguntarse si iba a volver a verlo alguna vez, o, mejor dicho, si iba a volver a tener la oportunidad de hablar con él.

Cuando terminaron de comer y pagar, Coral se despidió y emprendió el camino al trabajo.

Con una nueva oleada de turistas, las ventas se estaban levantando un poco más.

Al pasar por la avenida más grande del pueblo, giró la cabeza hacia la izquierda, donde estaban los contenedores de basura.

Le había parecido ver algo, un movimiento entre ellos.

Se quedó quieta donde estaba y observó más detenidamente.

Había un hombre. Un hombre muy delgado, con el pelo rubio con rastas y herido. Fue hacia él con rapidez, mirando a su alrededor.

—¿Te encuentras bien? ¿Llamo a urgencias?

Unos ojos grises se clavaron en ella con cierta repugnancia.

—No —gruñó—. Estoy bien.

Pero no lo estaba. Tenía sangre en la nariz, un moratón en la mandíbula y un ojo hinchado.

Intentó levantarse, pero volvió a caerse al suelo.

—Déjame que te ayude, así no vas a ir a ninguna parte.

—¿Quieres ayudarme? —espetó, riéndose—. Dame tu móvil y deja que llame…

—Mira, gilipollas, te he visto aquí tirado y he venido a ayudarte. Si te vas a comportar como un crío de dieciséis años, me voy, ¿me entiendes?

Coral no había querido sonar tan seca, pero aquel hombre la había sacado de sus casillas. Le aguantó la mirada durante un rato, firme, dispuesta a no moverse de su sitio. Unos segundos más tarde, el hombre asintió.

—Por favor, déjame tu móvil. Voy a llamar a un amigo para que venga a recogerme.

—De acuerdo.

Coral sacó su móvil del bolso y se lo pasó. Él entrecerró los ojos intentando ver con claridad los números en la pantalla. No respondieron a la llamada y maldijo.

—Joder.

—Dame, lo intentaré yo; si no, llamaré a urgencias.

Ella volvió a marcar el número que había en su lista de últimas llamadas y esperó. Apenas había gente en la calle y hasta ese momento nadie se había dado cuenta de que había un hombre apoyado en los contenedores.

Por fin respondieron al otro lado de la línea.

—¿Diga?

Coral se paralizó. Miró con confusión al hombre en el suelo y abrió la boca para responder, pero no salió nada de ella. Conocía aquella voz masculina y ronca. Sabía quién era.

—¿Hola?

—Ho-hola. —Coral tragó saliva—. Eres… ¿Eres John?

Soy Coral, no sé si te acuerdas de mí. —No esperó a que contestara— .

Bueno, estaba andando por la avenida del pueblo cuando he visto una figura en el suelo que ha resultado ser un hombre.

Está herido y me ha dado tu número. No quería que llamara a urgencias.

Escuchó una maldición al otro lado del móvil y esperó. Oyó movimiento, como si estuviese cogiendo las llaves.

—De acuerdo, gracias, estaré allí en cinco minutos.

—Vale, me quedaré con él hasta que aparezcas, no te preocupes.

Musitó un agradecimiento antes de colgar. Ella se cruzó de brazos y contempló al hombre que estaba en el suelo.

—¿Quieres incorporarte?

—¿De qué conoces a John?

—Lo conocí en la barbacoa que hizo su hermano para Bridget. ¿Te ayudo…?

—¿Eres nueva en el pueblo?

—Sí, soy nueva —contestó, cansada de que la interrumpiera. Vio que tenía una pequeña brecha en el nacimiento del pelo—. Estás lleno de heridas. Te han dado una buena.

Él no dijo nada. En ese momento, un coche paró, puso las luces de emergencia y John se acercó a donde ellos se encontraban.

Coral lo vio y no pudo evitar coger aire.

Seguía tan arrebatador como siempre. Su pelo castaño, sus ojos claros, su enorme y trabajado cuerpo…

y sus carnosos labios. Llevaba una sudadera oscura y unos vaqueros.

Él le echó un vistazo antes de evaluar a su amigo con rapidez.

—¿En qué lío te has metido ahora, Patrick?

—John lo agarró de las axilas y lo alzó, colocándose un brazo alrededor de sus hombros.

El aludido gruñó—. Ni se te ocurra, si te estoy salvando el culo me tienes que dar una respuesta.

Sabes que no me costaría nada dejarte aquí tirado —dijo mientras lo llevaba hacia su coche.

Coral fue tras ellos y abrió la puerta trasera, donde John lo colocó como pudo—. Me lo vas a contar todo.

—Joder, que sí, solo sácame de aquí.

John cerró la puerta y se volvió hacia ella.

Coral tuvo que alzar la cabeza para mirarlo a los ojos.

Le cosquilleaban loso dedos, tenía ganas de tocarlo.

Algunos mechones castaños le rozaban la frente.

Una suave brisa que se levantó en ese momento hizo llegar hasta ella su olor.

Tentadoramente adictivo. Se obligó a sonreír.

—¿Te lo has encontrado aquí?

—Sí, he visto un movimiento y me he acercado. Estaba solo. No he visto a nadie más.

Él asintió y movió el cuello de un lado a otro, tenso.

—Me lo llevaré al gimnasio, así Dante puede darle una buena charla. Es un buen chico, pero a veces se mete en líos.

—Claro, lo entiendo. Me alegro de haber pasado por aquí.

John no apartaba sus ojos de ella y no parecía tener intención de moverse. Por ella no había problema. Se humedeció los labios al sentirlos secos de repente. Él captó aquel movimiento. Un golpe en la ventana del coche lo sacó de su ensimismamiento. Se giró y miró a Patrick.

Patrick le hizo un gesto de impaciencia.

—Maldito niñato… —murmuró él, haciéndola sonreír—. Me lo voy a llevar.