5
John se apoyó en la pared del gimnasio y se limpió el sudor con el brazo.
Se había levantado a las cinco de la mañana para dar varias vueltas a todo el pueblo; tras ello había ido al gimnasio para calentar aún más los músculos en una sesión de sparring con Dante.
Demonios, sus músculos estaban irritados.
Había tenido tan poco tiempo de descanso que se le iba a hacer muy cuesta arriba mantener aquel nivel hasta el día de la pelea.
Pero merecía la pena. No había machacado a ocho enormes bestias de un KO para quedarse a las puertas de ganar el cinturón.
No. Iba a darlo todo.
Movió el cuello de un lado a otro, se subió al ring y se colocó la protección tanto en cabeza como en la boca. Patrick fue hasta él con una sonrisilla y le puso los guantes de calentamiento.
—No te cargues al pobre Roger, ¿eh? —Estaba masticando un chicle de forma tan ruidosa que conseguía traspasar el sonido de los puños y los gruñidos del resto de las personas que entrenaban.
—¿Él va a entrenar conmigo?
—Él, sí. —Asintió varias veces, ajustándole los guantes—. El jefe dice que, aunque Dmitry es mucho más rápido, fuerte y grande, sus estilos a la hora de pelear son parecidos. Se ha pasado toda la noche viendo peleas del ruso.
John no se sorprendió ante la agudeza de Dante.
Siempre observaba con detenimiento a todos y cada uno de los contrincantes contra los que él luchaba, pero John no.
Él prefería dejarse llevar en la pelea, sentir la adrenalina mientras su cabeza se debatía por comprender cómo vencer al luchador.
Le gustaba estar al límite, sentir hasta dónde podían llegar su rival y él. Era la magia del combate.
Roger clavó sus oscuros ojos en él y alzó una mano. Dante lo estaba preparando y seguramente dándole consejos de cuáles eran sus puntos débiles.
Era inútil. John iba a vencerle. Siempre lo hacía. Por sus venas corrían la sangre de un marine, rabia, ira y las ansias por pelear. Nunca había estado nervioso antes de una pelea, sino excitado, deseando clavar sus puños en el cuerpo del otro. Escuchar el sonido del impacto.
Dante se puso en medio. Miró a John con una ceja enarcada.
Aguantó la sonrisa que estuvo a punto de mostrar.
—Es un entrenamiento, no hay que lesionar al otro, ¿entendido? —Los dos asintieron bajo la seria mirada del enorme hombre—. ¿Preparado? —Miró a Roger, que lo confirmó con un cabeceo. Luego a John—. ¿Preparado? ¡A luchar!
John se acercó con rapidez a Roger, que parecía estar intentando seguir todos y cada uno de sus pasos, buscando el punto débil que Dante le había desvelado. Lo que Roger desconocía era que él pegaba con rapidez y no dejaba tiempo a que su adversario pensara.
John se agachó cuando Roger alzó un puño hacia su rostro, aprovechó y lo golpeó tres veces seguidas en las costillas protegidas con el peto.
Roger se cayó de rodillas, soltando un murmullo antes de tirarse al suelo.
Dante le dedicó una expresión ceñuda.
—Demonios, John, si sigues así no podré conseguirte a nadie para entrenar —soltó bruscamente mientras iba hacia Roger.
John no se acercó. No estaba herido. Solo le había golpeado con la suficiente fuerza como para dejarlo sin aire y el tercer puñetazo lo había derribado. Patrick apareció con una enorme sonrisa en su delgado rostro. Sus grises ojos brillaban como dos perlas.
—Bien hecho, tío. He ganado la apuesta contra Liam. Me debe cincuenta dólares.
Poniendo los ojos en blanco, esperó a que Dante le mirara. Al hacerlo, no se amilanó.
—Quieres que te ponga a uno duro, ¿eh? Voy a hacer unas llamadas. Mañana vas a entrenar con Fiodor.
—Pon a quien quieras, no me importa.
Se encogió de hombros, pero la excitación, la adrenalina, seguía corriendo a través de él como un río bravos.
Fiodor era un luchador ruso casi tan grande como Dante, que había sido campeón hasta que perdió a manos de Dmitry.
Se moría de ganas por tener la oportunidad de vencerlo, pero John iba a hacerlo antes.
Dante miró el reloj de pulsera y bufó.
—Tómate una barrita y bebe agua, seguimos en veinte minutos.
Aceptó y fue hasta la esquina donde había dejado preparada su mochila. Patrick lo siguió.
—Eh, tío, hoy a las ocho y media vamos a estar en el pub de Cassel. Te veo allí, ¿no?
John abrió una de las barritas y observó cómo los demás luchaban.
—¿Qué tal fue la barbacoa? —preguntó Dante, haciendo acto de presencia.
—Bien. Estuvo bien. Fue como una fiesta sorpresa para Bridget, aunque mi hermano no supo mantenerla muy «sorpresa».
—Joder, podríamos haber ido contigo, John. —Patrick chascó la lengua—. Te habríamos hecho compañía. Lo habrías pasado mejor.
Dante le dio una suave colleja. Él se quejó.
—Son cosas de familia, no te metas.
—¡Bah!
John contuvo una mueca. La barbacoa había resultado ser del todo usual hasta que había visto a Coral, la mujer que le había vendido la prenda para su cuñada.
Era una mujer muy guapa, sus rasgos eran más bellos y tiernos de lo que se consideraba quizás sensual, pero su mirada lo había cautivado.
La calidez que había en ella era difícil de ver.
Y su boca, con aquel labio inferior más carnoso que el superior.
Se había quedado con ganas de saber más de ella, de escuchar su melodiosa voz, de capturar su olor femenino.
Pero habría llamado demasiado la atención.
John nunca se preocupaba por nada ni nadie que no fuera su familia o círculo cercano, y ella había conseguido que todos los invitados lo mirasen como si tuviese el pelo verde.
Incluso su hermano Justin, que había enarcado las cejas.
Tenía que controlarse. Tampoco era la primera vez que veía a una mujer como ella… , ¿no?
—¿Había alguna tía buena, John? —Patrick parecía ansioso.
—¿Es que acaso no te valen las groupies ?
—Las groupies follan conmigo porque creen que así te las voy a presentar. —Se encogió de hombros.
Dante frunció el ceño.
—Eso es asqueroso.
—No seas mojigato.
—Ya no existen los caballeros, ¿no? En mi época era diferente.
—Lo dices como si tuvieses cincuenta años, Dante —masculló John con voz ronca. Cogió la botella de agua.
—Antes era diferente.
—La gente echa un polvo cuando quiere, eso es todo. —Patrick puso los ojos en blanco—. Eres un carca.
—Solo me parece asqueroso que…
—Deja de actuar como si fueras mi padre. Además, en caso de que lo fueras, tendrías que animarme a follar todo lo que pudiese. A vivir mi soltería antes de asentar la cabeza.
—No vas a asentarla en tu puta vida, Patrick. —John cerró la botella de agua tras dar un buche—. Ninguna mujer en su sano juicio querría aguantarte durante toda su vida.
—A la mierda, ellas se lo pierden.
—John, ¿estás listo?
Asintió, cerró la mochila y se preparó para calentar otras dos horas más.
—Dios mío, tienes un enorme talento, Coral. Esto es una maravilla. No me puedo creer que no haya venido antes a tu tienda, habría sido todo un acierto.
Coral cerró la tienda y se volvió hacia su amiga con una sonrisa.
Ocean había insistido en comprarle dos camisetas de algodón con flores exóticas y unos vaqueros de talle alto que costaban unos cien dólares.
Le había hecho un pequeño descuento, pero aquellos vaqueros eran de nueva temporada, de tela de buena calidad y de un diseño en el que ella había estado trabajando durante meses.
Le iban a quedar fenomenal. Coral también tenía unos, pero de su talla, algo más pequeños.
—Vamos a ir a comer al restaurante de Jojo. Es una mujer encantadora. Hace una comida deliciosa. Te va a dar una superbienvenida, se la conoce como «la mamá de Valley’s Moon ».
Sonrió, aprobadora.
—Genial, tengo muchísima hambre.
Mientras escuchaba a su amiga hablar de lo condenadamente estricta que era su abuela, con la que trabajaba en el negocio familiar, recordó que el domingo había pasado demasiado rápido.
Todo lo que había hecho había sido limpiar, terminar facturas e intentar pensar en ropas nuevas.
También se había sentado a su mesa de trabajo, dibujando con precisión, imaginándose a su madre con aquellas prendas, o a su prima Tatiana.
Eran los modelos que tenía en mente, desde siempre.
Su inspiración llegaba cuando por la mañana, casi sin haber amanecido, se asomaba a su ventana con un café y se deleitaba contemplando cómo poco a poco salía el sol, cómo la noche se retiraba y poco a poco comenzaba a calentar aquel pueblo.
Valley’s Moon tenía tanta vegetación que las sombras que proyectaba al amanecer presentaban un paisaje sombrío pero misterioso, con cierta belleza que muchas personas habrían catalogado de frío.
De esos paisajes llegaba la inspiración de Coral.
El bar de Jojo resultaba ser uno de esos que tanto aparecían en las películas americanas, de ambiente familiar, con mesas y bancos con respaldo para sentarse.
—¡Jojo, te traigo a una nueva inquilina! Se llama Coral.
Alzó la mirada para encontrarse frente a una enorme mujer de pelo rubio y corto, con unas gafas que se resbalaban por su respingona nariz. Debía de rondar los sesenta años por las arruguitas que tenía en torno a los ojos y en las comisuras de la boca. Sus pequeños ojos azules brillaron.
—¡Oh, bienvenida, cielo! Siempre que tengas hambre, ven aquí. La mejor comida de Valley’s Moon, y no es porque yo lo diga, aquí vienen cerca de ciento treinta y cinco personas a diario. Como ya sabes, me llamo Jojo. Os tengo una mesa cerca de la ventana con vistas al lago Moon. Venid.
Ocean le guiñó un ojo y pasó por delante de ella.