4 #3
—Yo me pasaré para darte ánimos. —Ocean sonrió ampliamente.
—Qué demonios, todos debemos estar allí, sobre todo tú, Fred. —Rose lo señaló con su larga y cuidada uña de gel—. Tú y Paul habéis sido quienes la habéis puesto en un aprieto.
—Por supuesto, ¿verdad, Fred? —Paul envolvió los hombros del susodicho. Luego le guiñó un ojo a Coral—. Allí estaremos.
—¡Nueva ronda de cervezas para celebrarlo! —gritó Justin.
Coral estaba muy sorprendida, alucinada. Sus labios estaban curvados hacia arriba de forma natural, le era imposible dejar de sonreír. Se sentía amparada, recogida en los brazos de aquel pueblo que en un principio le había parecido frío, superficial, aunque mágico por la belleza de sus vistas.
Aceptó dudosa una cerveza de manos de John, a quien le dirigió una mueca.
—Vaya en la que me he metido… Gracias —murmuró mientras los demás cogían una del enorme cubo con hielo que había en el suelo.
—Te irá bien. —Su ronca voz llegó hasta ella, enviándole un escalofrío que la recorrió de pies a cabeza—. He probado lo que has traído, me gusta.
Genial. En ese momento sí que sentía que tenía dos pinzas en los labios que le impedían dejar de sonreír. Un suave sonrojo coronó sus mejillas. No solía ser tímida con los hombres, pero nunca había tenido delante de ella uno como John.
—Gracias. Mi madre cocina muchísimo mejor. No hay punto de comparación.
Los ojos de él se oscurecieron. Asintió y se quedó en silencio durante unos largos segundos, lo que le hizo pensar que el tema de conversación había finalizado.
—¿Llevas mucho tiempo aquí?
Sorprendida, lo miró. ¿Le acababa de sacar otro tema del que hablar? Demonios. Se volvió hacia Ocean, que los observaba con entusiasmo.
—Ocho meses. Ocho largos meses totalmente sola, sin conocer a nadie. Gracias a Bridget, hoy estoy haciendo algunos amigos.
—Es duro tener que irte de tu hogar —murmuró, y le dio un sorbo a su botellín. Tenía la mirada perdida, como si estuviera recordando momentos de su vida que no eran nada agradables. Sus anchos y poderosos hombros estaban tensos.
—Lo es. —No le preguntó por su pasado. Estaba segura de que aquello habría roto la pequeña atmósfera que había entre ellos—. Pero me gusta pensar que es como una nueva aventura, que la vida me va a llevar a donde tengo que ir. Que todo ocurre por algo. Que hay un propósito.
Volvió a centrarse en ella. La comisura derecha de su carnosa boca estaba curvada hacia arriba.
—Eres risueña.
—Prefiero pensar que acepto los cambios para ir a mejor.
Se sentía tan pequeña bajo su mirada que le costó un enorme esfuerzo alzar la vista hacia él.
—¿Puedo preguntarte sobre tu trabajo o te molesta?
John pareció sorprendido y cambió de postura para quedar frente a ella.
—¿Por qué crees que me molesta?
—Antes, con Ocean, tu cuerpo te delataba. Estabas tan incómodo que parecías buscar una salida para largarte de aquí.
Por una vez en toda la tarde, John sonrió. Con sinceridad. Y era una sonrisa preciosa. Contagiosa. Llena de masculinidad, pero con una ingenuidad que la hechizó. Tenía unos dientes bonitos, blancos, que no parecía enseñar muy a menudo.
—Me encanta hablar de las MMA , pero no de mis éxitos o mis derrotas.
—¿Has perdido alguna vez?
—Nunca. —Él enarcó una ceja, luego negó con la cabeza—. Estoy sorprendido.
Y ella encantada, pensó. Pero la curiosidad hacía que le picase la nariz y no pudo evitar rascarse.
—¿De qué estás sorprendido en concreto?
—De ti. Me había dejado llevar por tu aspecto, y al parecer te gustan las MMA .
—¿Mi… aspecto? —Era el turno de ella para no entender nada. Su ropa era normal y estaba segura de que su comportamiento tampoco era distinto al de los demás.
—Mmm…
Coral quería insistir, saber a qué se refería, pero tenía la sensación de que John había hablado más que nunca.
Todos los miraban con curiosidad, sobre todo Justin.
Parecía preocupado. Parpadeando varias veces, cogió aire y se quedó en silencio.
Sentía el calor que desprendía John, incluso aunque los separasen unos cincuenta centímetros.
En ese momento sonó un móvil. Era el de John. Lo sacó de su bolsillo y se alejó unos pasos hasta casi salir de la casa.
—¿Qué le has hecho a nuestro John para que hable tanto contigo? —Paul apareció a su lado, echando un vistazo al lugar por donde se acababa de ir John.
—Quizás tenga curiosidad, como todos los que están aquí.
Él lo pensó durante unos segundos antes de asentir. Olía a cerveza y a sudor.
—Sí, tienes razón. —Sus ojos verdes brillaron—. ¿Conoces el pueblo? Hay un montón de cosas por ver.
Oh, oh, se olía por dónde quería ir. Desde que los habían presentado formalmente Paul no había parado de rondarla. Su cerebro trabajaba a toda velocidad para encontrar una buena excusa y no herir sus sentimientos.
—Me tiene a mí para enseñarle todos los huecos de Valley’s Moon, Paul . —Bridget apareció en ese momento. Coral se sintió de pronto más aliviada.
—De acuerdo, de acuerdo, pero que sepas que ella no los conoce todos.
—Gracias, Paul, pero Bridget se ha ofrecido. Le he pedido que me diga cuáles son las mejores peluquerías y demás…
Paul parpadeó, como si aquel tema de chicas lo incomodara muchísimo. Murmuró algo antes de irse hacia la parrilla.
Coral miró a Bridget con agradecimiento.
—Gracias.
—No te preocupes, ha sido un placer. —Ella sostenía en su mano un refresco. Le dio un sorbo y señaló hacia John con la barbilla—. ¿Puedo preguntarte de qué hablabas con John o soy demasiado pesada?
Coral se rio y negó con la cabeza.
—No lo entiendo, ¿qué pasa con John?
—Oh, Coral, es muy callado, nunca habla, más bien gruñe monosílabos. Su grupo de amistades está en el gimnasio donde entrena a diario. Nunca siente curiosidad por nada ni por nadie, y menos por personas nuevas en el pueblo. Estamos todos muy sorprendidos.
No supo qué responder, se limitó a observar cómo regresaba tras atender a la llamada e iba hacia su hermano, no sin antes mirarla de reojo con rapidez.
—No lo sé, Bridget —murmuró. Deseando cambiar el tema de conversación, se volvió hacia ella—. Por cierto, ¿es verdad que piensas enseñarme el pueblo?
Fue el turno de Bridget para soltar una carcajada.
—Era para espantar a Paul, pero si te apetece, estoy más que encantada de enseñarte Valley’s Moon y ponerte al día. En poco tiempo te sentirás como una más.
Coral se despidió de todos los invitados de la barbacoa y fue hasta su nueva amiga, Ocean.
Esta la sorprendió con un enorme abrazo.
Ella nunca había tenido muchas amigas, una o dos a lo largo de los años que estuvo en la universidad, pero con las que había perdido el contacto.
La calidez que desprendía aquella mujer de enormes ojos azules la sobrecogía.
—Mañana iré a verte a tu tienda cuando salga de trabajar —dijo tras separarse—. Podemos comer juntas. Salgo a la una, ¿qué te parece?
Entusiasmada por aquella propuesta, asintió varias veces.
—Me encantaría.
—Estupendo, ya tienes mi número, de todas formas. ¿Estás segura de que no quieres que te acerque? —preguntó Bridget, aproximándose—. No me importa coger el coche un momento.
—Oh, no, no, para nada. No te preocupes.
Se había despedido de todos menos de John, que había entrado en la casa y todavía no había aparecido.
Humedeciéndose los labios, volvió a dar las gracias antes de irse.
De camino a su casa, pensó en lo bien que había ido la tarde.
Se podría haber quedado un rato más, incluso irse a cenar con Ocean, pero tenía que limpiar la casa, terminar de mirar las facturas y ver si su prima Tatiana le había escrito un correo.
Era como su hermana pequeña, pensó con una sonrisa, observando los tonos rosados, mieles y albas del cielo, que poco a poco darían paso a la noche.
Algunos pájaros volaban, formando unas grandes uves que le recordaron a sus veranos en Huelva y en Cádiz.
Apenas había estado unos dos años en Cádiz con la que había sido su mejor amiga en aquel momento, Emilia.
Aún recordaba sus vivaces y brillantes ojos verdes, siempre con ganas de vivir nuevas aventuras, y eso era lo que su amiga había pensado que había encontrado en Rota: una nueva aventura, pero acabó quitándole diez kilos de su peso y le provocó ocho meses de tristeza.
Un corazón roto. Coral desde entonces había asociado los uniformes con un corazón roto, no llevaban nada más.
Emilia había comenzado a salir con un hombre de la Marina estadounidense.
Él no se había tomado tan en serio la relación como ella.
Su amiga no había vuelto a ser la misma, había pasado una racha yéndose con cualquier hombre que se le había cruzado por delante antes de madurar y pensar con la cabeza fría sus próximos movimientos.
Se preguntó qué habría sido de ella.
Cruzó por un paso de peatones, se paró en una caravana y pidió comida para llevar.
Había unas cuantas, pero acabó en una que se especializaba en bocadillos.
Se llamaban food trucks y eran bastante famosas en Estados Unidos.
La gente compraba la comida y se iba, no había sillas ni mesas, eran caravanas con cocinas para preparar la comida.
Los increíbles y sabrosos olores que desprendían le hicieron imposible seguir adelante sin pararse a comprar.
Tras pagar, siguió su camino.
Su prima Tatiana tenía veintiún años, una larga melena castaña oscura y unos rasgados ojos color chocolate con tonos bronce rodeados de tupidas pestañas negras.
Estaba estudiando Periodismo y desde chica había querido ir a Estados Unidos.
Coral iba a invitarla en cuanto acabara de instalarse e hiciera de su casa un verdadero hogar.