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Coral miró desde su posición aquella bonita casa blanca donde se escuchaban varias voces, entre ellas la de Bridget.
Llevaba cerca de diez minutos allí parada y por alguna extraña razón su cuerpo no avanzaba.
¿Iba bien vestida? ¿Iba a gustarles lo que llevaba a la barbacoa?
¿Iban a mirarla como si fuera un perro verde?
¿Iba a estar en una esquina durante toda la tarde o alguien iba a hablar con ella?
Desde luego, no iba a averiguarlo si no se movía.
La aterraba estar en un sitio donde no conocía a nadie, o a casi nadie.
Pero ella era Coral. Había dejado su país para hacer sus sueños realidad y tener su propia tienda en Estados Unidos. Y si había conseguido pasar aquella incómoda comida con Sebastián sin irse precipitadamente, desde luego aquello sería coser y cantar.
Se acercó hasta estar frente a la puerta blanca de metal y llamó al timbre.
Se mordió el labio inferior hasta que vio a Bridget. Se obligó a sonreír cuando los cálidos ojos de la mujer se posaron sobre ella.
—¡Coral! Me temía que no fueras a venir. Pasa, pasa, estamos casi todos.
—Gracias —musitó observando el inmenso jardín de la espectacular casa.
El césped estaba cortado con esmero y presentaba un intenso color verde.
La guio hacia la derecha, donde un grupo de personas hablaban con calidez mientras bebían cervezas, comían patatas fritas y otros aperitivos.
Reconoció a algunas mujeres que habían ido con anterioridad a su tienda.
También a Justin, que la saludó moviendo las pinzas con las que hacía las hamburguesas.
Todos se giraron cuando Bridget se aclaró la garganta.
—Chicos, esta es Coral. Es la dueña de mi tienda favorita y creo que también la de muchas de vosotras. Es nueva en Valley’s Moon . —Hola, encantada —dijo con una sonrisa
—¿Quieres algo de beber? ¿Cerveza?
—Sí, por favor. Por cierto, he traído esto.
Bridget cogió las bolsas y las dejó en una de las mesas blancas donde estaba el resto de la comida.
—Oh, gracias, cariño, no tenías que molestarte. ¿Qué es?
Coral echó un rápido vistazo a los invitados antes de responder.
—Una tortilla de patatas y un gazpacho. —Al ver la cara de desconcierto de algunos, se apresuró a dar más detalles—. Bueno, he pensado que a lo mejor os gustaría probar la comida española. Le suele gustar a mucha gente.
—Oh, ¿eres española? —le preguntó una mujer de tez oscura y pelo afro. Sus rasgados ojos de color cobre eran preciosos—. Hablas muy bien inglés, no lo había notado. Perdona, qué maleducada soy: me llamo Rose.
—Es un placer, Rose, no te preocupes —la excusó; cogió las gafas de sol y se las puso. El sol daba fuerte aquel día y ella no había dormido mucho—. Sí, bueno, mi padre es de Inglaterra y mi madre, española. Domino los dos idiomas.
—Eso es espectacular, siempre me han apasionado los idiomas. Soy Fred —habló un hombre de ojos azules y pelo claro, con una enorme barriga.
—Encantada, Fred.
Fue presentándose a todos los asistentes, relajándose a medida que sentía que era una más en aquella velada. Bridget no se podía imaginar lo mucho que significaba aquello para ella. Coral había necesitado algo así con urgencia. Hablar, sentirse parte del pueblo, y por fin estaba sucediendo.
Se pasó una mano por la frente y aceptó la cerveza que le ofreció Paul antes de volver con Justin.
Mientras le daba un sorbo, la música country comenzó a sonar con suavidad.
Justin se quejó, pero Fred se encogió de hombros y comenzó a bailar de forma muy peculiar, sacándole una sonrisa.
Al parecer, a Fred le encantaba la música country, sobre todo Johnny Cash y Dolly Parton.
Coral se dejó llevar por el ambiente mientras hablaba con Ocean, quien al parecer trabajaba en la pequeña tienda de su abuela, dedicada a la elaboración de comida casera, ejerciendo tanto de cocinera como de repartidora.
Charlaron un buen rato sobre moda y complementos, y sobre lo que pensaban de las tendencias actuales.
Una suave brisa le removió los mechones del flequillo y del moño que se había hecho con rapidez al salir de casa.
Había descubierto que Bridget vivía relativamente cerca y merecía la pena andar aquellos veinte minutos escasos.
Valley’s Moon era un pueblo muy bonito que contaba con varios lagos para pescar, bañarse y otras actividades que solía organizar el Ayuntamiento.
—Coral, ¿quieres otra cerveza?
Ella se volvió para responder a Ocean cuando una gran figura que salió del interior de la casa atrajo su atención.
Era él.
Era el hombre que había ido a su tienda para comprarle un regalo a Bridget.
Y seguía tan guapo e irresistible como el primer día que lo había visto.
Habría podido reconocer aquella esbelta figura en cualquier parte a pesar de habérselo encontrado solo una vez.
Llevaba una camiseta gris oscura lisa y unos vaqueros que le sentaban de maravilla, sobre todo a su trasero, que marcaban de una forma suave pero tentadora.
De nuevo pudo ver al final de las mangas el comienzo de los tatuajes, pero poco más.
Su pelo castaño estaba algo húmedo, con algún mechón que le rozaba la frente.
Fue hasta Justin, que le cedió las pinzas antes de entrar en la casa.
Coral apartó la vista de la forma más discreta posible.
—Sí, por favor.
—Toma, aquí tienes.
—Gracias —susurró antes de abrirla y seguir escuchando a Ocean.
Los enormes ojos de Ocean se clavaron en la figura del hombre que tanto tiempo había retenido su atención. La guapa mujer esbozó una maliciosa sonrisa antes de mirarla con una negra ceja enarcada.
Maldición, al parecer no había sido tan discreta como había pensado.
—Ese es John, el hermano de Justin. Está buenísimo, ¿verdad?
Sin poder evitarlo, se contagió de su buen humor. Se mordió el labio para no reírse.
—Es guapo, sí.
—Puede que los demás no se hayan dado cuenta, pero yo sí. Devorabas a John con la mirada, pero que sepas que no te culpo. Yo lo hice durante un tiempo, hasta que me di cuenta de que mis posibilidades eran nulas.
Ella frunció el ceño. ¿Una mujer tan guapa como Ocean?
¿Cero posibilidades? Seguramente estaba exagerando.
Su cabello negro azabache estaba recogido en una coleta larga, exponiendo un rostro de mandíbula un tanto marcada y labios carnosos que habrían vuelto loco a cualquier hombre.
Y luego estaban sus increíbles ojos del color del mar por la noche, un azul oscuro brillante.
Y su cuerpo, con muchas curvas. No, eso no le cuadraba.
—Estás bromeando, ¿verdad?
—No, no, de verdad. John es… diferente. Justin es amigable, simpático…, ya sabes. Pero John es bastante frío y seco, es como hablar con una pared cubierta de escarcha. Me cansé cuando al segundo mes no pasamos del «buenos días».
Abrió mucho los ojos y lo miró de soslayo. Sus trabajados brazos cogían la carne y la metían en pan, una y otra vez, sin desviar su atención de lo que hacía. Fred hablaba con él, mirando a lo lejos sin parar de mover su quinta cerveza. John asentía, lejano a todo aquello… o no.
Su frente se había perlado de sudor, quizás por estar tanto tiempo cerca de la parrilla.
Llevaba un reloj en la mano izquierda, plateado, un Rolex.
Contempló la gracia felina con la que se movía.
Definitivamente era el hombre más atractivo que había visto nunca.
El sol estaba en todo lo alto del cielo, arrancando reflejos dorados de su pelo.
Lo vio humedecerse los labios antes de dar tres platos, uno a Fred, otro a Rose y el otro a Paul.
John alzó los ojos y contó por encima cuántas personas había, hasta que llegó a Coral. Se detuvo durante unos segundos en ella. Parecía sorprendido, como si no se hubiese esperado encontrarla allí. Ella no apartó la vista y curvó los labios en una sonrisa amistosa.
John se preguntó cómo no había caído antes en la presencia de aquella menuda mujer.
Había salido del interior de la casa tras haber tomado una ducha, pues había acudido bastante temprano y había ayudado a organizar todo el jardín, moviendo mesas al exterior y una sombrilla.
Fred había estado hablando sin parar de su último combate, para cambiar de forma radical a la política.
Tras haber hecho tres hamburguesas y repartirlas, había contado cuántas más iba a tener que hacer para que todos las probasen al menos, ya que Fred y Paul tenían fama de comérselo todo.
Y había reparado en ella. En sus tiernos ojos almendrados, cálidos y femeninos.
Cuando la reconoció como la dependienta de la tienda donde había comprado el regalo para Bridget, se había preguntado, aturdido, si era amiga de la mujer de su hermano.
Tenía una nariz pequeña y fina con algunas pecas que parecían haberle salido por el sol y una boca sensual.
Los labios eran delgados y rosados, casi de un tono coralino.
El inferior era carnoso, lo suficiente para poder morderlo y juguetear con él.
Cuando ella le sonrió, descubrió unos dientes perfectos y blancos, propios de un anuncio de pasta dentífrica.
Ella desvió la mirada y continuó hablando con Ocean.
En ese momento apareció su hermano.
—Eh, Johnny, ¿te ayudo?
El corazón de John dio un vuelco cuando oyó que su hermano lo llamaba de la misma forma que lo había hecho de pequeño.
Miró a su hermano y asintió.
—La parrilla es lo bastante grande para meter mucha comida a la vez.
—Me la regaló Bridget en Navidad. Toda una preciosidad. Acero inoxidable con dos años de garantía.
Su tono de voz, orgulloso, divirtió a John.
—No está nada mal. —Cogió su cerveza, le dio un trago y miró durante un par de segundos a la recién llegada.
Su cabello castaño claro tenía algunos mechones rubios oscuros que daban luz a su angelical rostro.
Lo llevaba recogido en un moño, con las gafas puestas en la cabeza—.
Esa mujer… —Esperó a que su hermano supiera a quién se refería—.
La vi cuando fui a comprarle un regalo a Bridget.