Irrompible 3 #3
11%

3 #3

La oscura mirada de su entrenador se enturbió. John maldijo para sus adentros.

—Tuve mis motivos. Ya lo sabes.

John decidió quedarse en silencio. Por supuesto que tenía sus motivos.

No solo había perdido a su mujer a causa de un cáncer, sino que también su hija había fallecido un año después.

Había sido devastador. Apenas conocía todos los detalles de la historia, pero se los había revelado una vez cuando se habían emborrachado juntos.

John para olvidar su oscuro pasado y Dante para esconderse del presente.

Nunca volvieron a sacar el tema.

Aclarándose la garganta, John salió de sus pensamientos.

—¿Te lo pasaste bien en tu fiesta?

Él se encogió de hombros y se sentó en una de las sillas que había enfrente del escritorio.

—Sí, ya sabes: Patrick es un maldito pesado, pero estuvo bastante bien.

Sobre todo cuando había llegado su hermano con su esposa.

Al principio, cuando el contacto con él había sido nulo, John había guardado con ira y odio el hecho de estar tan solo, de no tener a nadie que lo viese progresar, que lo apoyara en sus sueños.

Pero eso había cambiado cuando retomaron la relación.

Justin había comenzado a acudir a sus peleas.

Él siempre le enviaba entradas. No había sido fácil que aquella relación surgiera, habían llegado incluso a las manos, pero finalmente encontraron un pequeño camino que recorrer juntos.

—Y fue tu hermano, además de Anastasia.

John alzó la mirada y la clavó en él.

—¿Esto es una puta entrevista? No recuerdo haber firmado nada.

—No seas capullo. —Chascó la lengua—. Tengo que enseñarte modales. Sigues siendo un perro rabioso. Con muy malas pulgas, John. Muy malas pulgas.

—Eso no debería importarte. —John se levantó y abrió la puerta. Lo miró de reojo—. Me marcho, llámame si necesitas algo.

—Diviértete, hombre, despéjate. Eres joven, aprovecha.

John cerró la puerta. Las fuertes y oxidadas carcajadas de su entrenador llegaron hasta él, arrancándole una sonrisa.

Pocas veces se reía desde la tragedia de su esposa y su hija.

Negó con la cabeza y fue hasta la taquilla para darse una ducha, cambiarse y marcharse.

Cuando llegara a casa, iba a dar un paseo con su perro y a quedarse viendo una película hasta caer dormido.

Una vez aseado, se puso un chándal y buscó la camiseta y la sudadera que debía de tener en la mochila de entrenamiento.

Una delgada figura apareció tras él. No le hizo falta volverse: habría reconocido aquella silueta delgada y alta como una farola en cualquier parte.

Patrick. A pesar de ser un adulto, muchas veces lo confundían con un adolescente y le pedían su identificación cuando iba a por alcohol.

De todas formas, se lo merecía. Actuaba como tal.

—Eh, tío, ¿qué tal con Anastasia? ¿Acerté?

John encontró la camiseta negra y se la puso.

—Sí, estuvo bien. Gracias por la fiesta.

—Bien, bien, me alegro.

Su tono de voz lo desconcertó. Parecía estar nervioso, sobre todo porque se tiraba de una de las rastas de su cabello rubio y chascaba el piercing de la lengua. John frunció el ceño, preocupado. Aquel estado de ánimo no era normal en él.

—¿Estás bien?

—¿Qué? —Los ojos claros de él se agrandaron—. Oh, sí, sí, claro. Por supuesto. No te preocupes.

No terminaba de creérselo, así que dejó la sudadera a un lado y le puso una mano en el hombro.

—¿Qué pasa, Patrick?

—Nada, tío, nada, ya te lo he dicho, joder.

John lo observó detenidamente de pies a cabeza.

Si ya su carácter era muy diferente al usual, su ropa aún más.

Solía llevar los brazos, llenos de tatuajes, al aire, pero aquel día se había puesto una camiseta de manga larga gris y una corta de color negro encima. No cuadraba. Hacía calor allí dentro.

Dio un paso hacia él.

—Patrick, ven aquí. —Su voz no permitía queja alguna.

—¿Quieres dejarme de una puta vez? Solo he venido a preguntarte por tu fiesta.

Márchate y descansa; nos vemos el lunes.

Salió de allí con bastante rapidez y cerró la puerta de los vestuarios de un golpe seco.

Era demasiado listo. Allí, entre la multitud, no podría preguntarle nada.

John no iba a ponerlo en evidencia delante de los demás.

De todas formas, si fuera importante se lo habría dicho. Sabía que podía contar con él.

Terminó de arreglarse y salió, echándole un vistazo de reojo a Patrick, que estaba con un luchador brasileño.

Miraban un vídeo de YouTube junto a otro hombre, comentándolo.

Se despidió con un gesto de la mano y recibió el frescor de la noche.

En ese momento su móvil vibró en el bolsillo de su pantalón.

Lo sacó y vio un mensaje de Anastasia.

Lo ignoró. Aquella noche prefería estar solo. Tampoco era que no se hubiese divertido, pero lo agobiaba ver aquel brillo en sus ojos. Como si fuera algo divino, superior. La intensidad que desprendía lo ponía nervioso. No le exigía nada más que pasar pequeños momentos con él.

John apretó los dientes e inició el camino a casa.