Irrompible 3 #2
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Ella estuvo a punto de soltar una carcajada. ¿Acaso importaba ya? Y a Sebastián no le importaba de verdad. Solo se aburría y seguramente quería volver a sentir el poder que había tenido sobre ella.

Y eso no iba a pasar jamás.

—Es el pasado, Sebastián. Ya sabes qué opino.

—«El pasado no existe» —citó, sacándole una sonrisa sincera— . Por fin has sonreído.

—Me va bien, me gusta mi vida. Me gusta la independencia que tengo. —Hizo un mohín con los labios—. Estoy en uno de los mejores momentos de mi vida. Ahora no me apetece meter a nadie en ella; quiero estar sola.

Vale, había sido clara. Muy clara. Sebastián había cogido la indirecta. Seguro. No era tonto y tampoco le gustaba que le diesen calabazas.

Tensó la postura y asintió.

—Por supuesto, es respetable.

Coral tragó saliva e intentó relajarse.

—¿Tus negocios van bien?

—Sí, genial. Hemos abierto una nueva clínica en Oporto. Pasaré por allí antes de regresar a Sevilla.

Coral desconectó un poco de la conversación y miró el restaurante. Era clásico, de estilo irlandés. Casi todas las mesas estaban ocupadas por parejas o grupos de amigos. Su atención fue a parar a una de las parejas, que se levantaba en ese momento, tras pagarle la cuenta a una camarera.

Eran Bridget y su marido.

Se preguntó si debía saludarla. No eran amigas, pero había ido tantas veces a su tienda que se sentía como si ya tuviera una relación amistosa con ella.

Llevaba una camisa rosa, unos vaqueros oscuros y el pelo de color fuego recogido en una trenza.

Cuando los ojos azules de ella se clavaron en Coral, se iluminaron.

—Oh, Coral —musitó mientras se acercaba.

Levantándose, Coral murmuró una disculpa a Sebastián y fue hacia ella.

—Bridget, ¿qué tal estás? Me alegro de verte. —Le dio dos besos.

—Bien, todo nos va bien. Hemos estado algo liados —dijo con una sonrisa—. Oh, perdona. Coral, él es Justin, mi marido. Justin, ella es Coral. Ya sabes quién es, pero no la conocías en persona.

Justin le estrechó la mano y sonrió cálidamente.

—Es un placer.

—Encantada.

Y en ese momento cayó. Tenía la misma mirada que el extraño que había ido a su tienda aquella mañana. ¿O quizás se equivocaba? Parpadeó varias veces al sentir los ojos secos.

—Me alegra saber que estás bien, Bridget. Hacía tiempo que no te veía y temía que te hubiese pasado algo.

La pelirroja negó con la cabeza, con suavidad.

—Todo me va bien, de verdad —sonrió. Miró a su esposo cuando una melodía comenzó a sonar—. Cariño, creo que es tu móvil.

—Oh, demonios, sí, es el mío. Disculpadme.

Al quedarse las dos solas, los ojos de Bridget se iluminaron, como si acabase de tener una fantástica idea.

—¿Qué tal te va por Valley’s Moon, Coral? ¿Has hecho nuevas amistades?

Suspiró.

—Supongo que tardaré un poco. Soy algo tímida. No sé qué sitios frecuentar para conocer a gente de mi edad. La última vez que lo intenté, acabé en John’s Home.

Bridget soltó una carcajada. John’s Home era un bar donde se reunían las personas de la tercera edad para echar un bingo e intentar encontrar su media naranja. Allí se veía desde divorciados hasta viudos. Era un sitio bastante tranquilo, pero definitivamente para una mujer de su edad no.

—¿Sabes? Mi marido cree que no me he dado cuenta y que va a ser una sorpresa, pero vamos a hacer una barbacoa este sábado. ¿Por qué no vienes?

Coral parpadeó varias veces, sorprendida.

No se había esperado tal gesto de amabilidad de ella, sobre todo porque no le debía nada.

Por otra parte, era una buena ocasión para hacer amistades, ser más cercana a Bridget y comenzar a ver aquel pueblo como su hogar y no como un sitio en el que tenía que estar unos años.

—Claro, me encantaría.

—¡Estupendo! Toma, te voy a apuntar la dirección.

Tengo en mi bolso… Espera, a ver si lo encuentro…

¡Aquí! —Se apoyó en una mesa vacía y puso su dirección—.

Aquí tienes, apenas está a veinte minutos de tu tienda.

Puede ser un paseo agradable. Valley’s Moon es precioso. Dale una oportunidad, te encantará.

Asintió y se guardó el papel en el bolsillo de sus ajustados vaqueros.

—Gracias, Bridget. Eres muy amable conmigo.

—Oh, por supuesto, Coral. Me habría gustado conocerte antes y haberte hecho más liviana la adaptación, pero mejor tarde que nunca, ¿no crees? Ah, mi marido ya ha terminado de hablar. ¿Puedo confiar entonces en que te veré el sábado?

—Por supuesto. —El corazón de Coral latía con más rapidez. No habría mentido al admitir que se sentía feliz de asistir a una reunión—. Es… ¿Es tu cumpleaños?

—No, no, solo es una comida. ¡Te veo allí, Coral!

Sonrió y se despidió con un gesto. Bridget salió del restaurante y su marido la cogió de la mano.

Mientras ella hablaba, él la contemplaba, embobado, como si tuviese delante de él la creación más espectacular de toda la Tierra.

Y aunque le costase admitirlo, Coral siempre había querido tener algo parecido.

Suspiró y miró de reojo a Sebastián.

Estaba utilizando el móvil. Como no le quedaba más remedio, fue hasta él.

John dejó de golpear la pera y se secó el sudor de la frente con el brazo desnudo. Sentía cierta resistencia de sus músculos. Debía de ser porque no había tenido tiempo suficiente para descansar.

Normalmente peleaba cada seis meses o más, pero cuando el presidente de la EFL le ofreció un contrato para luchar contra el campeón no pudo rechazarlo, incluso sabiendo que tenía una pelea dos meses antes.

Pero estaba preparado para quitarle el cinturón de los pesos medios.

Cuando tuviese el cinturón, iba a desear por primera vez en su vida que su padre estuviese vivo, para tirárselo a la cara.

Aquel cabrón nunca había creído en él. Había pensado que iba a ser otro borracho más que ahogaba sus demonios en una botella.

Pero se había equivocado por completo. Su oscura y triste infancia pasó por delante de sus ojos.

Aquel indefenso niño que se había tenido que hacer cargo de todo…

Tenso, maldijo en voz baja.

Estirando el cuello de un lado a otro, observó que Patrick se acercaba a él con una maliciosa sonrisa.

No estaba de humor para aquello. Se volvió y lo miró de frente.

—Tío, Dante te llama. Está en su despacho.

Pasó por todo el enorme gimnasio para ir hasta donde se encontraba Dante.

Algunos luchadores lo saludaron, otros estaban metidos en los entrenamientos.

Dante solo lo entrenaba oficialmente a él.

El ascenso que estaba teniendo su carrera como luchador era exponencial.

Contratos y más contratos, revistas interesadas en sacarlo en portada, películas que lo querían para participar en ellas…

Rechazaba todo aquello que no tuviese nada que ver con las MMA .

Tras pasar el ring que había al final del gimnasio, miró el cielo a través de la gran ventana que había en la pared. Estaba teñido de tonos malvas y amarillentos. Pronto iba a anochecer. Giró hacia la izquierda y llamó.

—¡Pasa!

John cerró la puerta tras él y se cruzó de brazos.

—¿Me has llamado?

—Sí, ¿qué haces entrenando? Te he dado hasta el lunes. No te quiero cansado.

—No lo estoy —replicó, desviando la mirada hacia un estante lleno de trofeos y premios.

Los oscuros ojos de su entrenador se clavaron en él. Eran negros, azabaches, y él no conseguía distinguir las pupilas.

—Me da igual, vete a casa a descansar o quédate, si quieres, pero no entrenes. Tienes otra pelea dentro de dos meses. Sé que todo va demasiado rápido, pero era esto o darle la oportunidad al equipo de Martin y los demás.

—No —gruñó. Su voz sonó demasiado ronca, agresiva. Cogió aire—. Hiciste lo que te pedí.

—Debí pensarlo con la cabeza fría —admitió Dante, levantando aquel cuerpo que medía dos metros. Sus hombros eran igual de grandes que un armario doble. Era un antiguo campeón de boxeo y MMA en la categoría de pesos pesados, a los veinticinco años.

—Hiciste lo que tenías que hacer; sabes que me habría ido de haber sido de otra forma.

—Lo sé. —Soltó un taco—. Joder, John, vete a casa, descansa. ¿Es que no sabes el significado de esa palabra? Patrick se habría esfumado.

—Patrick es un vago —añadió John con una seca sonrisa.

—Demonios, lo es, pero tiene una habilidad increíble para organizarme la agenda y el gimnasio. Lo que una persona normal haría en un día él lo hace en dos horas.

John se pasó la mano por el cuello.

—El sábado no me verás el pelo. Mi hermano ha organizado una barbacoa para Bridget y le he prometido que asistiría.

Dante asintió, complacido.

—Bien, disfruta. Rodéate de tu familia. Deja de ser un ermitaño.

Enarcó una ceja y cogió la pequeña figurita que tenía en el escritorio.

—¿Eso me lo acabas de decir tú?

Encogiéndose de hombros, sus labios se curvaron en una tenue sonrisa.

—Soy mayor que tú.

—Tienes… ¿cuarenta, Dante? Dejaste pronto las MMA .