Irrompible 3
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Coral abrió la tienda a las nueve de la mañana, después de limpiar los escaparates, colocar algunas prendas nuevas y asegurarse de que todo estaba impecable.

Se había recogido el cabello en una coleta.

Tenía demasiado calor, quizás porque no paraba de moverse.

El día se presentaba soleado, con una suave brisa cálida que había conseguido que los ciudadanos de Valley’s Moon saliesen con prendas de primavera en pleno octubre.

La noche anterior había videollamado a su familia. Su padre, Stephen, se había mostrado algo reacio a la decisión de su madre de darle su número a Sebastián. Su madre se había sonrojado y había prometido no volver a hacer algo así nunca más.

Las primeras horas de la mañana fueron bastante tranquilas, con pocos clientes.

Coral aprovechó para mirar unas facturas que tenía pendientes.

Sentada, con los papeles apoyados en la caja registradora, comenzó a revisar las cuentas.

Hasta entonces le iba bien, aunque le habría gustado que fuese mejor.

Admitía estar acostumbrada a un buen nivel de vida gracias a sus padres, y el tener que empezar de cero en otro país y no precisamente con mucho, se le estaba haciendo cuesta arriba.

El sonido de la campanilla al abrirse la puerta le hizo alzar la cabeza. Un enorme hombre se encontraba justo en la entrada, sus hombros la cubrían por completo. Estaba a contraluz, por lo que no pudo ver su rostro hasta que dio unos pasos hacia adelante.

Y cuando los dio, Coral aguantó la respiración.

Era el hombre más atractivo que había visto en su vida.

Se humedeció los labios de forma inconsciente.

El desconocido debía de medir un metro ochenta y cinco, más o menos, y sus piernas estaban enfundadas en unos viejos vaqueros que le sentaban de maravilla.

Su musculoso y trabajado torso estaba cubierto por una camiseta de manga corta de color blanco, de algodón, que marcaba sus desarrollados trapecios.

Por el borde de la camiseta se podía ver el final de unos tatuajes en los dos brazos.

Pero el ángulo en el que se encontraba no la ayudaba a concretarlos.

Todo en él estaba perfilado por una suave sombra.

Pero su rostro era la guinda del pastel. Era guapísimo.

De nariz recta, unos carnosos labios le otorgaban a su serio rostro una sensualidad depredadora.

Su boca era irresistiblemente tentadora; Coral habría sido capaz de beberse tres copas si así hubiera conseguido perder su timidez e iniciar una conversación.

El color de sus ojos le pareció único, del color del mar.

Azules verdosos. Y las densas pestañas oscuras los resaltaban.

Él la miró. No sonrió.

Coral se obligó a dejar de comérselo con los ojos y se acercó a él.

—Buenos días, ¿puedo ayudarle en algo?

El hombre asintió sin dejar de echar un vistazo por encima de la cabeza de ella. Sí, era mucho más alto.

—Estoy buscando un regalo. —Ella se estremeció al escucharlo, pero supo disimularlo. Su voz, masculina y ronca, tenía un deje frío que lo hacía verse misterioso, lejano…—. No tengo ni la menor idea de qué llevarme.

—De acuerdo, ¿es clienta mía? Si lo es, quizás nos resulte más sencillo encontrarle una prenda.

La enorme mano de él se le fue hasta el cuello y lo acarició, como si aquella situación lo sobrepasara.

—Se llama Bridget. Es pelirroja, de ojos azules… —Se encogió de hombros, llamando de nuevo su atención sobre lo enorme que era.

—Oh, creo que sé quién es. Su esposo estuvo aquí el otro día.

—Coral intentó no parecer excesivamente feliz por el hecho de que él no venía a comprarle una prenda a su mujer—.

Mi sugerencia sería que le regalase una chaqueta vaquera…

Bueno, todas las mujeres tenemos una y siempre vienen bien, sobre todo para esta época.

—Él permaneció en silencio, observándola.

Se sonrojó bajo su atenta mirada—. O si no…

—Me llevo la chaqueta.

Asintió y soltó el aire que sus pulmones habían estado conteniendo.

—De acuerdo, conozco su talla. Como le dije a su marido, en caso de que le quede mal, con traer el tíquet se puede cambiar.

Él movió la cabeza afirmativamente. Coral susurró un «de acuerdo» antes de darse la vuelta y buscar en la sección de chaquetas y otras prendas de abrigo.

Cogió una de color claro que parecía desgastada pero los bordes eran oscuros.

Se estaban vendiendo muy bien, y estaba segura de que a una mujer como Bridget le encantaría.

Fue hacia la figura masculina, mirándolo con toda su atención. Estaba de espaldas.

Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, parecía estar absorto en sus pensamientos.

Había observado que tenía unos suaves hematomas por el rostro y los brazos.

Se preguntó qué le habría pasado. ¿Un accidente laboral?

Cuando pasó por su lado para ponerse en la caja registradora, un intenso olor llegó hasta ella, rodeándola y apresándola por completo.

Coral entreabrió los labios.

Fresco. Limpio. Frío. Masculino. Ese era el olor de aquel hombre. Y se moría de ganas por volver a sentirlo una y otra vez.

Tragó saliva y clavó sus ojos en él.

—Se lo envuelvo para regalo, ¿verdad?

Al ver que asentía, comenzó a buscar una caja de regalo.

Sí, de acuerdo, aquel hombre era de muy pocas palabras.

Y en ese momento, en que ya había estado un poco más cerca de él, el color de sus ojos le había resultado familiar.

Algo estúpido e insensato cuando apenas conocía a nadie de Valley’s Moon .

Aceptó la tarjeta que le ofrecía para pagar. Una vez terminado, le pasó la bolsa y sonrió.

—Gracias. Espero que a Bridget le guste.

Una vez más, asintió como agradecimiento y se fue.

Ni una palabra más. Coral no pudo evitar seguirlo con la mirada, ver cómo salía de su tienda y cómo los rayos del sol impactaban en su pelo castaño, arrancándole unos reflejos cobrizos y rubios.

Coral había visto muchísimos hombres guapos, pero aquel superaba a cualquier otro.

Suspiró y se obligó a centrar de nuevo su atención en las cuentas cuando la campanilla volvió a sonar. El resto de la mañana las facturas quedaron en un segundo plano y las clientas se llevaron todo su tiempo.

Estaba a punto de cerrar y descansar hasta por la tarde cuando la campanilla sonó una vez más. Coral dejó los vaqueros que estaba ordenando y se dio la vuelta, esbozando una sonrisa…

Espera. No era un nuevo cliente. Era Sebastián.

Coral gimió para sus adentros antes de acercarse a él.

Había sabido que aquel día iba a llegar tarde o temprano.

Sebastián era alto, rubio y de ojos azules.

Bastante guapo, lo que ayudaba a que cualquier mujer reparara en él.

Hacía deporte de vez en cuando, y eso explicaba sus fuertes brazos.

Su apariencia era impoluta, perfecta, y eso era algo que la incomodaba enormemente.

Cuando habían estado juntos, le había hecho sentir que no estaba a su nivel.

Con el paso de los meses, había llegado a la conclusión de que había sido un problema de autoestima suyo.

—Coral Conlan. ¡No me puedo creer que me haya enterado por tu madre de que estás en Estados Unidos!

Aceptó el abrazo que él le dio antes de dar dos pasos hacia atrás.

—He estado muy ocupada. No he tenido tiempo de establecerme del todo.

—Yo voy a estar por aquí dos semanas; ¿te imaginas que no te hubiera visto durante mi viaje? Me alegro de haber llamado a tu madre.

Incómoda, se cruzó de brazos. No tenía razón para ponerse nerviosa, pero no se alegraba de verlo. Aun así, se dijo que debía ser simpática.

—¿Has venido solo a saludarme?

—Por supuesto. Bueno, y a invitarte a comer. Somos amigos, Coral.

—Sí, claro. Pero hoy me es imposible —musitó, abriendo los brazos—. Como ves, estoy muy liada…

—Pero es la hora de comer… Cierras la tienda, ¿no? Come conmigo y luego te dejaré en paz.

Coral observó aquel par de ojos color celeste y asintió. Su apetito, que había sido voraz durante toda la jornada laboral, parecía haberse cerrado de repente.

—Necesito unos minutos antes.

—Te esperaré aquí. Tarda lo que necesites —la interrumpió antes de estudiar su tienda con ojo crítico. Pero a ella le daba igual. No había nada de lo que estuviese más orgullosa que de su negocio.

Suspirando, fue hacia la caja.

Coral se sentía un insecto que estaba punto de ser diseccionado por un experto entomólogo.

Sebastián estudiaba sus movimientos, hablaba sin parar y le preguntaba sobre su vida.

Algunas preguntas eran sobre su vida personal, pero ella se limitaba a responder de forma muy escueta, sin preguntarle a su vez.

Porque, para ser sinceros, le importaba una mierda lo que había hecho.

Comenzó a comer aquel filete de pollo con pocas ganas, pero en cuarenta minutos iba a irse de allí y no iba a tener que volver a verlo más. Y si insistía, Coral iba a dejarle las cosas muy claras. No eran amigos de verdad. Eran conocidos. Y si mantenían aquel paripé, era por la familia.

—¿Te va bien con la tienda?

—Sí. Bastante bien.

—Valley’s Moon es un pueblo mediano, pero tiene su encanto. ¿Sabes? Siempre he opinado que los americanos no tienen tanto estilo. Pero el hecho de que te vaya bien puede indicar que estoy equivocado. —Pidió otra copa de vino al camarero—. Mmm… ¿Llevas mucho tiempo aquí?

—Ocho meses. —Miró su reloj de pulsera con discreción—. Me gusta. Admito que no es como Sevilla, que es mi hogar, donde me crie, ni como Brighton, donde estudié… Es diferente.

—Siempre tan políticamente correcta. —Asintió varias veces y apoyó los codos en la mesa para acercarse a ella—. ¿Has conocido a alguien?

—¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio? —Coral esbozó una sonrisa irónica.

—Vamos, intento saber de ti. Desde que perdimos el contacto, no has querido saber nada de mí. —Frunció el ceño—. Dime la verdad, ¿te hice daño?