Irrompible 2
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Se pasó una mano por el pelo húmedo, lo que le recordó que hacía apenas unos minutos se había dado una buena ducha en su apartamento.

Nada más llegar, se había encontrado numerosos mensajes de teléfono, entre ellos uno de su abuelo.

Debería llamarlo pronto, incluso al día siguiente.

A aquel pobre viejo se le estaba haciendo la casa demasiado grande desde que su esposa había fallecido.

Fue hasta el grupo con una mueca: todavía sentía dolor en el costado y otras partes de su cuerpo. Aun así, saber que estaba cerca de ser el campeón le daba nuevas fuerzas para continuar.

Los ojos grises de Patrick se clavaron en él.

—¡Tío, te estábamos esperando! —Lo cogió del antebrazo—. ¿Qué te parece? No he invitado a más de setenta personas. En la intimidad, como me ha dicho Dante.

La enorme figura de su entrenador se proyectó sobre ellos.

—Demonios, Patrick, haces lo que te da la gana.

Poniendo los ojos en blanco, se encogió de hombros.

—He pensado en ti, ¿sabes?

John buscó con la mirada entre la multitud.

¿Su hermano y Bridget estaban ahí? ¿Se habrían aventurado a celebrar junto a él su victoria o todavía la relación que los unía no era lo bastante fuerte?

Ignoró la punzada de decepción que sintió al no encontrarlos.

Movió la cabeza de un lado a otro, nervioso.

—¿En mí?

—He invitado a esa groupie que tanto te gusta, Anastasia.

Él clavó la mirada en la exuberante figura de la rubia, cuyos pechos casi por completo fuera, apenas tapados por una camisa suelta, ofrecían una maravillosa imagen. Los ojos azules de la mujer brillaron con malicia y seducción, rodeados de un maquillaje negro y plateado que los hacía enormes.

Admitía que en un principio había pensado en algo más sano.

Lejos de las mujeres manipuladoras que hacían cualquier cosa con tal de pasar un rato con su ídolo.

Pero si su hermano no estaba… , al menos podría divertirse.

O intentarlo. Dios sabía lo cansado que se encontraba. Aunque no pensaba admitirlo.

Unos dedos largos con uñas largas de gel se posaron en su pecho.

—John…

¿Cómo había dicho Patrick que se llamaba? Ah, sí, Anastasia.

Llevaba el cabello rubio dorado en tirabuzones que llegaban hasta su cintura de avispa.

Aquella melena desprendía un increíble olor a frutas del bosque.

Desde luego, esa mujer era preciosa y se cuidaba.

Quizás la frialdad de su mirada era lo que lo echaba para atrás.

Era calculadora. Podía sentirlo. Anastasia amaba ser el centro de atención y que todos supiesen que ella tenía privilegios con la futura estrella de las artes marciales mixtas, John Stone.

—¿Tengo toda tu atención esta noche o te tengo que compartir? —preguntó con voz sugerente, mordiéndose el carnoso labio inferior.

Él fue a responder cuando vio una pareja entrando en el local. Vislumbró una cabellera roja muy rizada y un hombre alto.

El corazón le dio un vuelco, consiguiendo que volviese a sentirse incómodo ante la felicidad que le recorría al ver a su hermano. No llevaban más de dos años con una relación «familiar». Pero se había sentido tan solo…

—Espera, cariño, vuelvo en un rato —le dijo a Anastasia sin quitar la vista de Justin.

A medida que se acercaba a ellos, mientras se sentaban a una mesa, pudo comprobar el mal estado en el que se encontraba la esposa de su hermano.

Sus ojos estaban ensombrecidos, sus rizos rojos despeinados como muelles que apuntaban a todas partes.

Sus carnosos labios estaban secos. Aun así, cuando Bridget lo vio, se levantó de la mesa que habían ocupado y lo envolvió en un cálido abrazo.

Bridget conseguía llegar hasta su oscuro corazón y estremecerlo. Lo hacía sentir vulnerable, una emoción que odiaba como el diablo. Se sentía como un niño pequeño, indefenso, con ansias de recibir cariño.

Respondió al gesto y le acarició con suavidad la espalda.

—Me alegro de veros.

—Por supuesto, no nos íbamos a perder esto por nada. — Bridget se separó con una tenue sonrisa.

Justin le dio otro rápido abrazo antes de ofrecerle que se sentara con ellos.

—¿Celebrando la victoria?

—Bueno… —Se encogió de hombros y llamó a un camarero con un gesto de la mano.

—Déjame adivinar: Patrick sigue haciendo lo que le da la gana —dijo Justin con una sonrisa.

—Quería que fuese algo íntimo… Más familiar.

—Estamos muy orgullosos de ti, John. —Bridget le cogió la mano por encima de la mesa, dándole un cálido apretón—. Sé que dentro de poco te vas a enfrentar a Dmitry, el campeón.

—Es una gran oportunidad. Nuestro padre estaría orgulloso de ti.

John no pudo contener la mueca de asco que le produjo oír a Justin mencionar a su padre. Soltó una risa histérica.

—Ese viejo puede arder en el infierno.

—Cometió errores, pero se arrepintió. —Justin entrecerró los ojos. Sus hombros parecían estar algo tensos.

—Demasiados. ¿Sabes? —John apoyó los codos y miró fijamente a su hermano—.

No lo echo de menos. Me da igual. ¿Ves esto?

—Se levantó la camiseta gris para enseñarle una enorme cicatriz que le llegaba desde debajo del pezón derecho hasta el final de las costillas—.

Esta me la hizo él, y también esta. —Le señaló la sien, donde desde el pelo hasta la mitad del pómulo se veía otra—. Y esta. Tengo muchas más.

La pena llenó los ojos de Bridget, mientras que Justin desvió la vista, aturdido.

Justin no había conocido la faceta borracha del padre de ambos.

No había conocido a esa bestia de metro noventa que se dedicaba a golpear a su hijo, gritarle y gastarse todo el dinero en alcohol.

John había pasado hambre, mucha hambre, pero la gente había respetado demasiado al antiguo soldado de infantería que había sido su padre como para denunciarlo.

De repente, John se sintió horrible. Un monstruo. Estaban pasando por una mala situación y habían ido a verlo. Como mínimo, debía hacerlos sentir mejor, hacer que se evadieran de los problemas. Estaba haciendo todo lo contrario.

Se aclaró la garganta.

—¿Queréis algo de beber?

—Una cerveza, ¿tú otra, cariño? —le preguntó Justin a su esposa.

—Sí, sin alcohol.

Asintió y le dio la orden a uno de los camareros, junto con otra cerveza para él.

Sin saber qué decir, se llevó una mano al cuello. Su atención se centró en la falda larga que ella llevaba, de estampado florido.

—¿Es nueva?

—Oh, sí. —Bridget se levantó—. Me la ha regalado tu hermano hoy mismo. Es de mi tienda favorita, Coral’s. Tiene unas cosas monísimas. Estaba deseando tener una falda larga.

—Te queda muy bien. —Su voz salió más ronca de lo normal, incómodo por tener que ofrecerle un cumplido a la mujer de su hermano.

Justin contuvo una sonrisa; justo entonces el camarero llegó con sus bebidas.

—Gracias.

John se sintió en la obligación de decir algo con respecto al aborto. Miró a su hermano mayor, que asintió. Se agarró con más fuerza al respaldo de ella.

—Yo… Joder, Bridget, lo siento. Lamento lo que os ha sucedido.

—Gracias, John. Ha sido un golpe duro, pero lo superaremos —susurró, mostrando su agradecimiento cuando el camarero dejó las bebidas—. Según el médico, todo está en perfectas condiciones; no deberíamos tener más problemas.

—Lo intentaremos pronto. —Justin besó su pálida mejilla. Luego volvió a clavar la vista en él—. Ese moratón que tienes debajo del ojo comienza a desaparecer. Ha pasado a un tono verdoso amarillento.

—¿Te dolió mucho?

John negó con la cabeza.

—No, Bridget —mintió—. Apenas sabía utilizar los puños. Me duele más cuando me golpeo el dedo pequeño con la pata de la mesa.

Su hermano se atragantó con la cerveza. Tosió varias veces. Alzando una ceja, se encogió de hombros. Una atmósfera familiar se había establecido entre ellos. Le gustaba, pero a la vez lo incomodaba. Nunca había tenido una familia propiamente dicha, todo era nuevo para él.

Aclarándose la garganta, se levantó.

—La comida es gratis; podéis pedir lo que queráis para cenar.

Justin asintió.

—Eso haremos. Diviértete, nosotros estaremos un rato. Te avisaremos antes de irnos.

John se dirigió de nuevo hacia donde se encontraba su entrenador, Dante.

Con una altura de dos metros, piel oscura y ojos negros, era un gigante y antiguo luchador de artes marciales mixtas mundialmente conocido como «la Sombra», aunque antes, en los años 90, había sido campeón de boxeo.

Se había retirado cinco años atrás, cuando su vida había cambiado por completo con la muerte de su mujer y de su hija.

Se pasó una enorme mano por la cabeza rapada.

—¿Qué tal está tu hermano?

Encogiéndose de hombros, John pidió otra cerveza.

—Bien.

—Eh, John, ven aquí. Estas preciosidades quieren conocerte. —Patrick asomó su rubia cabeza. Pareció decirles algo a esas mujeres antes de acercarse a ellos—. Chicos, os he conseguido rollo seguro para esta noche, pero para eso tenéis que mostrar algo de interés.

Dante puso los ojos en blanco.

—¿Quieres dejar de comportarte como un adolescente hormonado? No sé por qué demonios te contraté.

—Porque te organizo el gimnasio de puta madre. —Los grises ojos de él brillaron—. ¿Te gusta la morena? Para ti.

—Paso.

—Tú te lo pierdes. ¿Y tú, John?

Le dio un trago a su cerveza, se apoyó en la barra y miró a la susodicha.

Desde luego, ella lo observaba con ansias.

Su enorme sonrisa blanca le atrajo como el canto de una sirena.

No había practicado sexo desde que había peleado y le apetecía perderse en el cuerpo de aquella escultural mujer.

No era la primera vez que se acostaban y desde luego no tenía por qué ser la última.

—Oh, oh, John va a mojar esta noche… —Patrick parecía querer que le arrancara la lengua.

—Cállate —ladró.

—Deja de ser un capullo gruñón y dame las gracias.

Enarcó una ceja, lo agarró del hombro y lo pegó a él.

—Te habría dado las gracias si hubieses hecho una celebración más íntima, pero apenas conozco a la mitad de estas personas. — Le dio una palmada en su delgada espalda—. Otra vez será.

Con ello, fue directo hasta Anastasia.

Estaba cachondo. Terriblemente cachondo, y la culpa de que tuviese una enorme erección era de la rubia que estaba sentada sobre su regazo.

Sabía de sobra cómo moverse para hacer contacto con su pene, presionándolo contra su trasero.

Le susurraba cosas al oído, como que se moría de ganas por que la llevara a su casa o qué pensaba hacerle con la boca.

Se aproximó a ella hasta rozarle el cuello para susurrarle que podían irse cuando vio que su hermano le hacía un gesto con la mano, algo incómodo. Bridget miraba al suelo.

Se aclaró la garganta y murmuró una seca disculpa antes de ir hacia donde se encontraban. Eran las doce de la noche, algunos invitados se habían ido. Excepto Patrick, que era un pesado y seguía revoloteando por allí. Dante se había marchado hacía justo una hora.

—John, nos vamos. Estamos algo cansados.

—Claro. —Le dio un torpe abrazo a su hermano—. Gracias por venir. —Hizo lo mismo con ella.

—Ha sido un placer, gracias por invitarnos. Me ha encantado esa hamburguesa de ternera con salsa que nos han servido — murmuró Bridget.

—Genial —corroboró John.

Justin miró a su mujer y le dio un tierno beso en la frente antes de señalarle el perchero.

—Cariño, ¿te importa coger mi chaqueta? Se me ha olvidado.

John alzó la ceja, preguntándose en silencio qué querría decirle su hermano para que Bridget no pudiera oírlo.

No tenía secretos para ella. Y ese había sido uno de los motivos por el que al principio le había costado aceptarla.

Sabía demasiado de él. ¿Cómo mirarla a los ojos cuando veía tanta lástima en ellos?

Odiaba inspirar aquel sentimiento en los demás.

—Por supuesto.

Al marcharse, Justin se acercó a él. Echó un vistazo a su alrededor.

—El sábado voy a hacer una barbacoa para Bridget, para subirle el ánimo. Ya sabes, como una fiesta sorpresa. Quiero que asistas; a ella le encantaría. Sobre las once puedes estar allí. ¿Vendrás?

John asintió.

—Claro, allí estaré.

—Estupendo, puedes traer a tu novia o lo que sea esa mujer. No hay problema.

Estuvo a punto de reírse. ¿Llevar a Anastasia? ¿A una mujer con la que solo practicaba sexo esporádico? Ni hablar.

—Iré solo.

—Genial. Nos vemos entonces. Enhorabuena de nuevo.

Justin se fue hasta donde estaba su esposa, que agitó la mano para despedirse. Salieron del local, pegados uno al otro, como si estuviesen hablando de algo interesante. Ella esbozó una tenue sonrisa antes de recibir un beso. Los ojos de su hermano llamearon.

Se dio media vuelta e ignoró esa punzada de dolor que a veces le desgarraba el pecho.

Anastasia lo estaba esperando y, a pesar de todas las veces que la había dejado sola, ella seguía igual de feliz y con las mismas ganas de complacerlo. Esbozando una sonrisa, fue hasta ella.