Irrompible 1 #3
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—De acuerdo… —Coral se fue hacia la sección de faldas.

Cogió una blanca con un estampado floreado.

La prenda parecía tener varias capas, pero era parte de la magia, para darle movilidad—.

Estas faldas son nuevas, las tengo desde hace tres días.

Su esposa vino hace dos semanas preguntándome si traería faldas largas.

Creo que esta le gustaría bastante. He cogido la talla de Bridget: la he ayudado antes a elegir prendas. Esta cuesta cincuenta y cinco dólares.

Como si acabase de sacarle de sus pensamientos, el hombre la miró con confusión, como si no se acordara de por qué estaba allí. Luego le echó un vistazo a la prenda y asintió.

—Confío en su criterio; me la llevaré.

Coral asintió, fue hacia la caja y le quitó la alarma a la prenda.

Aprovechó para estudiar el rostro del marido de Bridget.

Ella lo había descrito como una persona educada, apasionada por la vida y por ella misma.

Alegre. Pero el hombre que tenía delante parecía distante y de cierta forma deprimido.

—¿Se la envuelvo para regalo?

—Por favor —aceptó.

Tras terminar, cobró la falda y le dio la bolsa, esbozando una sonrisa.

—Espero que le guste. Por favor, conserve el tíquet para devolución. Aunque creo que le va a encantar.

—Gracias, ha sido de gran ayuda. —Una sincera sonrisa iluminó sus ojos.

—Salude a su esposa de mi parte.

Tras hacer un gesto con la cabeza, el hombre salió de la boutique .

Se puso unas gafas de sol y desapareció.

Coral se moría de ganas por saber si Bridget se encontraba bien.

Nada más llegar a aquel pueblo, ella había sido su primera clienta.

Le había explicado un poco cómo funcionaban las cosas allí, dónde estaba el supermercado… Había sido de gran ayuda.

—Me voy a llevar estos pendientes, el pañuelo y la blusa.

La rubia alta lo dejó todo sobre el mostrador.

Coral lo cobró y metió las compras en una bolsa.

Al salir, cerró la tienda. Eran las seis y media, y aunque en España solía cerrar a las nueve, en Estados Unidos todo era diferente.

Aunque al día siguiente por la mañana iba a limpiar los cristales y los muebles, ese día iba a barrer el suelo.

Iba hacia el almacén para coger la escoba cuando su móvil comenzó a vibrar.

Era su madre, y llamaba desde España.

—¿Mamá? ¿Qué tal?

—Hola, cariño. Tu padre quería que te llamara para hablar, ¿cómo vas?

La voz de su madre, dulce y tierna, la embriagó. Echaba muchísimo de menos a su familia. Podía haber abierto una tienda en Barcelona, pues así habría estado más cerca de sus padres, que vivían en Sevilla, pero Coral quería expandirse poco a poco, abrir las alas lejos de su país.

—Genial, acabo de cerrar. Ha sido un día muy productivo.

La ronca voz de su padre se escuchaba de fondo.

—Tu padre quiere saber si vas a estar aquí en Navidades. Yo lo doy por hecho, ¿no?

Coral salió del almacén y puso el altavoz del teléfono. Comenzó a barrer.

—Por supuesto, iré unos días, aunque sabéis que en Navidad trabajo. Es la mejor época del año.

—No te preocupes. Hablaremos de ello más adelante. ¿Sabes que Sebastián está en Nueva York? Quizás podríais veros.

Coral se alegró de que su madre no pudiese ver la mueca que había hecho tras su comentario.

Sebastián había sido su «novio», bueno, el primer hombre con el que había mantenido relaciones sexuales.

Pertenecía a una familia bastante adinerada y respetada de Sevilla.

Hablaba tres idiomas y tenía dos másteres relacionados con la carrera que había estudiado, Odontología.

Tenía su propio local en San Fernando, cerca de la parada del metro de Sevilla.

Había continuado con el negocio familiar.

Quizás en ese momento fuese un hombre hecho y derecho, pero cuando habían estado juntos, Sebastián le había hecho daño.

Su más que obvia y escasa experiencia con los hombres le había permitido a Sebastián crear tal telaraña y Coral se había visto inmersa en una «no relación» seria que incluía múltiples mujeres a la vez que había estado con ella.

Su familia desconocía esa parte, por supuesto.

Lo había perdonado, porque sus familias eran amigas, pero nada más.

—Oh, ¿sí?

—Sí, cariño. Le he dado tu número de teléfono esta mañana; quizás puedas darle una vuelta por el pueblo. Ya sabes que siempre está viajando.

Espera… ¿qué? ¿Había oído bien? Cerró la boca al darse cuenta de que la había estado teniendo abierta.

—Mamá, ¿por qué le has dado mi número?

—¡Es tu amigo! ¿He hecho algo malo?

Coral dejó apoyada la escoba en la pared y se pasó las manos por el rostro. Se consideraba una mujer capaz de controlar sus emociones, pero en ese momento le estaba costando más trabajo de lo normal.

—No, no pasa nada. Mamá, tengo que recoger la tienda; ¿te parece bien si te llamo yo cuando llegue a casa?

—Por supuesto, cariño. Tu padre tiene muchas ganas de hablar contigo.

Al despedirse, cogió la escoba con fuerza para liberar parte de la tensión que sentía. ¡Aj, demonios! Odiaba cuando su madre se entrometía en su vida. No era nada nuevo que ambas familias querían que Sebastián y ella acabasen juntos… Pero eso no iba a pasar. Por encima de su cadáver.