Irrompible 1 #2
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—Necesito descansar, sobre todo tras entrenar tan duro estos últimos meses.

—Bostezó y cerró los ojos durante unos segundos, apoyando la cabeza contra el respaldo del sofá color crema—.

Patrick me ha estado dando el coñazo toda la semana, ya sabes cuánto le gusta salir de fiesta con las groupies .

Mañana lo celebraremos; ¿por qué no os venís?

Bridget podría despejarse. A ti tampoco te vendría mal.

—Sería una buena idea —asintió—. Bridget está tan triste que parece ser una persona diferente. Espero que todo esto pase lo más rápido posible y volvamos a estar como antes.

Por primera vez en muchos años, John pudo sentir la desesperación que irradiaba el cuerpo de su hermano.

Bridget era muy importante para él, lo era todo, y estaba seguro de que sentarse junto a su hermano magullado era lo que menos le apetecía en ese momento.

Pero él era políticamente correcto en todo.

Vio la preocupación en sus ojos, el dolor cada vez que decía su nombre, las incontrolables ganas que tenía de volver a la habitación con su esposa debido a la cantidad de veces que miraba las escaleras por el rabillo del ojo.

Tampoco había que ser demasiado observador…

Se levantó e, ignorando la protesta de sus músculos, le hizo un gesto.

—Me voy ya. Necesito dormir y dejar de sentir mi cuerpo durante unas horas.

Justin también se puso de pie.

—¿Seguro que no quieres nada de beber?

—No, no. Me voy ya antes de que esté más cansado y no pueda mover mi trasero fuera de aquí.

Sonriendo, Justin negó varias veces con la cabeza y lo acompañó hacia el vehículo, cruzándose de brazos. La fresca noche los rodeó, aliviando la atmósfera tensa que segundos atrás los había envuelto.

Cuando se montó, bajó el espejo y lo miró.

—Lo superaréis. Te tiene a su ladoy sabrás cómo volver a hacerla sonreír.

Él asintió.

—Sí, claro. Seguro. —Se agachó hasta apoyarse en el coche—. Gracias por venir. Me alegro de haberte visto y… todo eso. Y enhorabuena por la victoria.

Sonrió y arrancó.

—Avísame si al final venís mañana.

—Vale.

Se despidió haciendo un gesto con la cabeza y se alejó, viendo la silueta de su hermano cada vez más pequeña hasta no ser más que un simple punto negro alumbrado por la redonda luna blanca.

De repente, y de forma inexplicable, se sintió como si no hubiese ganado esa noche.

Coral preparó para regalo aquella suave camiseta de seda rosa palo que su más fiel clienta, Inés Escobedo, había comprado como regalo de graduación a su nieta.

La envolvió con un ligero papel antes de guardarla en una caja blanca y coger un lazo para cerrarla.

Le encantaba tratar la ropa con tanto cariño.

Se sentía muy afortunada. Trabajaba en lo que más le gustaba y había hecho su sueño realidad: vender sus propios diseños.

La metió en una bolsa de papel donde se veía el nombre de la tienda, Coral’sy se la tendió a la anciana.

—Aquí tiene, señora Escobedo.

—Oh, querida, me encanta. No solo me has ayudado a elegir una prenda, sino que también la has envuelto de forma impecable. Gracias, cariño —murmuró con una sonrisa.

—Ha sido un placer… Además de que su sobrina y yo tenemos la misma talla.

—Sí, sois muy parecidas, incluso podríais tener la misma edad. —Hizo una pausa antes de asentir—. Gracias, cielo.

—De nada, señora Escobedo. Gracias por volver.

La mujer salió de la impecable tienda. Odiaba que la tratase con tanta cortesía, pero Coral tenía una reputación que mantener.

Su tienda era una de las más conocidas de Valley’s Moon .

Toda la ropa que había en ella era exclusiva para las mujeres.

Había estudiado diseño y moda en una escuela de España antes de decidir mudarse a aquel pueblo.

Su tienda también había sido creación suya.

Desde el principio había tenido muy claro cómo quería que fuese.

Suelos de mármol impoluto, grandes cristales que dejaban pasar el sol y daban mucha luz al interior, escaparates adornados que parecían ser escenas de diferentes casas, para que los accesorios y la ropa fuesen a conjunto, estantes de cristal donde había más accesorios, ropa…

y lámparas en el techo que se encendían cuando tocaba el interruptor que había detrás de la caja registradora.

La puerta también era de cristal, con adornos dorados que le otorgaban un aspecto clásico y regio.

Llevaba apenas ocho meses en Valley’s Moony poco a poco se estaba haciendo un hueco, además de crearse una buena fama.

Todas las mujeres iban a su tienda al menos una vez cada dos semanas.

Sus prendas eran exquisitas y, aunque el precio fuera algo más alto que en el resto de las tiendas, merecía la pena.

Miró el enorme reloj que había a sus espaldas, detrás de la caja registradora.

Era bastante antiguo, regalo de su abuela paterna.

Había fallecido hacía cinco años y había hecho una lista para repartir de forma equitativa todas sus pertenencias, entre ellas el reloj.

Coral paró el hilo de sus pensamientos cuando otra mujer entró en su tienda.

Se trataba de una rubia de metro setenta y cinco, ojos zafiro y labios carnosos.

Su vestimenta la describía como una mujer con recursos debido a todas las marcas que llevaba, desde su bolso hasta las gafas graduadas.

De un rápido vistazo se fijó en sus largas piernas y en el discreto escote que llevaba tapado con un pañuelo.

Sonriendo, se acercó a ella.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes, estoy buscando blusas. Una amiga me ha recomendado tu tienda.

—Las blusas están ahí. —Señaló una parte de la tienda, siempre llevando una sonrisa por delante—. Si quiere, puedo ayudarla.

—Has estudiado moda, ¿no?

—Sí, efectivamente. Algunas de mis clientas me preguntan qué prendas combinan con cuáles o qué quedaría mejor para una situación u otra y yo las asesoro.

Asintiendo, la rubia avanzó hacia las blusas.

—Voy a echar un vistazo.

—Por supuesto.

Coral se fue hacia la sección de vestidos para comprobar que todos estaban bien colocados.

Los ordenó por tallas y diseños para que fuera más fácil para las clientas.

Además, hacía dos horas una madre con dos niños se había puesto a rebuscar un traje que «disimulase el flotador» que había aparecido en torno a su cintura desde el verano pasado.

La campanilla volvió a sonar. Coral se giró y vio a un fornido hombre rubio.

Por su simpático pero incómodo rostro, daba la impresión de que estaba algo perdido.

Confuso. Sus anchos hombros estaban tapados por una cazadora marrón que se encontraba en muy buen estado.

Debajo de esta, llevaba una camiseta blanca.

Unos vaqueros oscuros enfundaban sus largas piernas.

Tenía mucho estilo. Discreto pero masculino, atractivo.

Debía de estar allí para elegir un regalo para su mujer.

Se acercó a él y curvó las comisuras de los labios. Él le devolvió una tenue sonrisa.

—Buenas tardes, ¿puedo ayudarle en algo?

—Buenas tardes, creo que sí me podría ayudar… —Miró toda la tienda. Parecía estar algo lejano a todo aquello—. Quiero hacerle un regalo a mi esposa y esta es una de sus tiendas favoritas. Quizás se acuerde de ella… Bridget. Pelirroja, ojos azules…

Coral abrió los ojos y asintió. Por supuesto que recordaba a esa simpática y vivaz mujer.

—Por supuesto, ¿qué tal se encuentra?

La frente del hombre se frunció y una sombra de pesar cubrió sus bonitos ojos verdes turquesas.

—Bien… Bien. —Se aclaró la voz, quizás intentado aliviar la sequedad de la garganta—. ¿Puede darme alguna prenda que a ella le gustaría?

De acuerdo, no parecía querer hablar del tema de su familia. Lo entendía. Coral solo era cortés, educada con sus clientes. No esperaba nada más, aunque admitía sentir cierto cariño hacia aquella mujer rellenita que siempre sonreía.

—Por supuesto. ¿Quiere un vestido o mejor una camiseta? También tengo unas faldas muy bonitas.

—Lo que sea —agregó con rapidez.