Irrompible
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—Maldito capullo. —Dante, su entrenador y antiguo luchador de la EFL , la Extreme Fighter League, le dio un fuerte golpe en el hombro derecho—. Sabía que lo ganarías en la primera ronda. Buen nocaut.
—Ha cometido demasiados errores. No se protegía el rostro la mayor parte de las veces. —Dejó que el médico terminara de ponerle los puntos en la ceja derecha, donde había recibido un fuerte puñetazo. Apretó los dientes—. Eso sí, cada vez que ha tenido oportunidad golpeaba con fuerza.
Su entrenador encogió aquellos enormes y musculosos hombros antes de mirar la hora.
—Tienes que descansar. Mañana te lloverán muchas ofertas para las entrevistas y demás. Yo me encargaré de ello.
John asintió.
—Solo ocúpate de la pelea que tengo en dos meses. Es la que me interesa. Llámame y allí estaré. —Se levantó y se tocó el costado al sentirlo un poco hinchado. Gruñó ante el destello de dolor que lo invadió—. Joder.
Dante se rio, cruzando los enormes brazos sobre su ancho pecho.
—Te ha dado una buena, pero no tienes nada roto, solo inflamación. Descansa, campeón. Nos vemos mañana.
—¿Qué? Oh, vamos. Hay que celebrarlo, ¡ha ganado! —se quejó Patrick, quien también formaba parte de su equipo de artes marciales mixtas, las MMA , además de trabajar en el gimnasio en el que se entrenaba—. Tenemos que salir, beber… ¡Estar con las groupies !
—John tiene que descansar. Ha estado meses entrenando.
—Joder, a veces eres un rollo, tío. Supongo entonces que mañana sí saldremos, ¿no? —dijo John.
—Mañana lo celebraremos. —Una de las comisuras de la boca de Dante se elevó, haciendo una especie de sonrisa—. Descansa.
Asintiendo, John se despidió de algunos de sus compañeros que también eran luchadores y que habían asistido a la pelea. Terminó de recoger sus pertenencias y de vestirse. Se tapó todas las magulladuras y se tomó algunas pastillas para el dolor que le había recetado el médico.
Al salir una lluvia de flashes impactó contra él: de repente se encontraba rodeado de fans y periodistas. De reojo vio a una groupie con la que se había acostado dos meses atrás. Reconoció su largo y rizado pelo rubio, sus rasgados ojos azules y unos increíbles y carnosos labios pintados de rojo.
Sonrió al recordar lo bien que se lo habían pasado aquella noche. Le guiñó un ojo y fue hacia ella cuando lo llamó.
Rápidamente, la groupie se bajó aún más la camiseta negra para dejar expuesto un generoso y bronceado escote, hasta que casi se asomó uno de sus pezones.
—Fírmame, campeón. —Se mordió el labio inferior y lo agarró de la camiseta para pegarlo a ella mientras otros fans intentaban capturar su atención.
John ladeó una de las comisuras de la boca y firmó, en el pecho derecho, con un rotulador negro que ella le dio; luego se lo devolvió y la miró una última vez antes de centrarse en los demás fans.
Firmó algunos autógrafos más —esa vez en pósteres y camisetas— antes de ir hacia su coche y alejarse de todo aquel pelotón con rapidez, ayudado por los de seguridad.
Mierda, ver de nuevo a aquella despampanante rubia lo había excitado, sobre todo cuando se había mantenido alejado del sexo durante semanas.
Necesitaba conservar toda su fuerza y su energía para el combate, algo que su entrenador le había dejado muy claro el primer día, cuando había firmado para estar con él.
Dante lo había salvado de una muerte segura.
John había sido un muchacho conflictivo, lleno de ira y resentimiento, cuyas compañías no habían sido las mejores.
A los veinte se había metido en la Marina, decidido a enterrar su pasado, o al menos a dejarlo atrás durante una larga temporada.
Tras volver, las ansias de pelear, de sentir sus puños impactando contra el cuerpo de otro lo habían llevado al límite de asistir a peleas ilegales en clubes clandestinos, con las que se había ganado una buena cantidad de dinero.
En una de esas peleas, había conocido a Dante.
Sacudió la cabeza y encendió la radio, dejando que la música lo rodeara.
¿Qué estaría haciendo su hermano? ¿Habría visto la pelea? Él siempre iba a todas, pero ese día había faltado, ni siquiera lo había llamado para dar una excusa. ¿Le habría pasado algo?
Decidió tomar un desvío hacia la casa de su hermano.
No tardó en llegar.
Vislumbró a lo lejos aquellas dos filas de casas paralelas, iluminadas con farolas y luces pegadas en las paredes. Todo estaba como la última vez que había ido. Los jardines cuidados con pulcritud, coches de buenas marcas y ese olor hogareño que solían desprender todas las casas.
Aparcó enfrente de la acera de la casa de Justin, salió del coche y lo cerró.
Metiéndose las manos dentro de los bolsillos de la sudadera negra de la EFL , avanzó despacio mientras miraba con atención el jardín y la casa de su hermano. Todo parecía estar en perfecto estado, algo acorde con la manía de Bridget, su esposa.
Llamó y esperó.
La puerta se abrió unos segundos más tarde y apareció su hermano Justin.
Sus ojos, azules verdosos, iguales a los de él, estaban algo rojizos.
Su corto pelo rubio estaba totalmente despeinado, como si se hubiese estado dando tirones de él.
Una obsesión que tenía desde que era pequeño.
La mayoría de las veces lo hacía cuando estaba demasiado nervioso o se sentía impotente.
Enarcó una ceja y se apoyó en el marco de la puerta.
—¿Interrumpo algo?
Justin negó con la cabeza y lo dejó pasar. Vestía un chándal gris oscuro.
Lo guio hacia el amplio salón, apenas alumbrado por una pequeña lámpara que había en una mesilla de madera, que proyectaba sombras sobre las estanterías y la chimenea, dándole un aspecto desordenado y frío que Bridget no habría tolerado.
Sus pasos sonaban cada vez que avanzaba por el suelo de madera, que crujía con suavidad.
Preocupado, John se sentó enfrente del sillón que ocupó su hermano.
—¿Ha pasado algo? ¿Bridget está bien?
—Está arriba, descansando. —Suspirando, apoyó los codos sobre las rodillas y se pasó las manos por el rostro, frotándose los ojos—. No ha sido un buen día.
—¿El negocio no le va bien? —No pudo evitar mirar hacia las escaleras que conducían hacia el segundo piso.
Todo estaba completamente oscuro.
—No, no, todo eso va muy bien. —Justin se aclaró la voz cuando le tembló. Cerró los ojos con fuerza y se quedó en silencio.
John se echó hacia delante y colocó una mano sobre uno de los anchos hombros de su hermano.
¿Qué diablos había pasado? Cada segundo estaba más preocupado, sobre todo por la postura de Justin.
Su hermano nunca se había mostrado así. Abatido, débil, cansado…
Su carácter era juguetón, feliz, siempre de un buen humor que acababa por contagiar a los demás con sus bromas y su gran sonrisa.
Había tenido que pasar algo muy malo para que él estuviese así.
—¿Qué ha pasado, Justin? Me estás asustando.
Levantó el rostro y lo miró.
—Te dije hace poco que Bridget y yo estábamos intentando que se quedase embarazada, ¿lo recuerdas?
—John asintió despacio. Su cuerpo se relajó de forma evidente al tener el presentimiento de que ni la salud de Justin ni la de su esposa peligraban.
Recostó la espalda sobre el sofá, estirando el cuello de un lado a otro—.
Estaba embarazada de tres semanas, John.
No dijimos nada porque ella quería esperar a cumplir el mes, pero ha abortado.
Hoy. —John se quedó paralizado y desvió la vista—.
Ha sido esta mañana, en el trabajo. Acabamos de llegar del hospital. Se ha negado a pasar la noche allí.
—Oh, mierda, hermano. Lo siento de verdad —musitó John.
Aquellos temas lo incomodaban como el diablo.
No sabía qué decir, era algo que él nunca había experimentado con sus parejas.
Y estaba muy agradecido por ello; nunca había mantenido una relación estable con ninguna mujer, por lo que no sabía qué sentir emocionalmente.
Además, había comenzado a hablar con su hermano no hacía más de dos años.
—Está destrozada, John. —Lo miró, tensando el rostro—. El médico dice que es normal y todo ese maldito rollo que te sueltan. ¿Y ella? ¿Qué pasa con ella? —Negó con la cabeza—. Esto es de locos.
John asintió y se removió para cambiar de postura.
Se mordió la lengua para contener la maldición que había estado a punto de soltar cuando otro dolor punzante le apareció en el costado.
Quería escuchar a su hermano, entender la gravedad de la situación, pero los analgésicos no parecían hacerle efecto.
Permaneció en silencio mientras intentaba ordenar sus pensamientos y elegir las palabras adecuadas.
Su hermano parecía estar pasándolo fatal.
—Y…, bueno, podéis intentarlo más adelante, ¿no?
—Sí, claro. El médico dijo que no pasaba nada, que todo estaba bien y… Maldita sea, John , conoces a Bridget. Es como si el mundo se le hubiese venido encima. Cree que nunca más podrá volver a quedarse embarazada. Y ya sabes la presión que recibe de su familia.
—Lo superará, es muy fuerte. Seguro que mañana o pasado estará bien.
Justin se aclaró la voz nuevamente, como si fuese él el que no se encontraba cómodo hablando de aquello.
—Sí, claro. Seguro. —Se rascó la parte posterior de la cabeza y estudió el rostro de John—. Has ganado, ¿verdad?
Agradeció que su hermano cambiase de tema.
—Sí. Por nocaut.
—Pero parece que él también te ha dado una buena, ¿eh? — Sonriendo, negó con la cabeza—. Sigues dejando expuestos los costados.
Encogiéndose de hombros, sonrió. Aunque gruñó al sentir un nuevo pinchazo de dolor, gruñó.
Justin soltó una carcajada.
—¿Quieres algo de beber?
—No, solo pasaba por aquí. Me pareció raro que no vinieses hoy a la pelea…
—Oh, claro. ¿Cómo es que no estás celebrando la victoria con tu equipo y otros luchadores?