Invasión: Sangre y Guerra 21 #2
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21 #2

Nadie pronuncia una sola palabra. El descenso se prolonga durante varios minutos y, con cada escalón, el aire se vuelve más denso y la oscuridad más profunda.

Cuando ya casi no distingue nada, la textura bajo su mano cambia de improviso: la roca da paso a una superficie metálica, lisa y helada.

Unos metros más adelante escucha una puerta abrirse, el chirrido del metal rozando el suelo y el murmullo de varias voces.

Conforme avanza, una luz blanca comienza a abrirse paso entre las sombras.

Cat parpadea varias veces. La claridad le encandila los ojos después del largo descenso.

Sin darse cuenta, ha entrado en una enorme sala.

El suelo es de cemento pulido y las paredes, completamente blancas, reflejan la iluminación hasta hacer que el lugar parezca aún más amplio.

Alza la vista y descubre un techo tan alto que cuesta distinguirlo con claridad.

A su alrededor se alzan varias escaleras: unas conducen hacia niveles superiores y otras se internan todavía más en las profundidades de la montaña.

—La enfermería se encuentra arriba —dice el hombre, haciendo que los murmullos se silencien—.

Irma es nuestra única doctora, ella les echará un vistazo.

Cuando acaben ahí, Raúl —dice señalando a un joven de piel morena— los ubicará con las bolsas de dormir en un piso bajo.

Mientras, haré que la comida rinda. Ahora suban.

Todos miran a Jenkins, a espera de la aprobación, y solo después que asiente, hacen una fila y suben las escaleras dentro de la montaña. El aire está frío, al igual que el pasamano de la escalera.

—Estás temblando —dice alguien detrás de Cat.

Ella se gira y ve a Alex. Tiene sangre por todos lados y una joven va apoyada en su hombro con lágrimas en los ojos. Alex siempre está rodeado de mujeres, incluso en un momento como ese.

—Está haciendo mucho frío —le dice Cat.

—Ten —le dice Amy extendiendo su chaqueta—. Está algo rota y sucia, pero te ayudará.

Le dedica una sonrisa de agradecimiento, o al menos el intento de una, y se pone la chaqueta sobre la ropa, que no está en mucho mejor estado que la de Amy.

Una puerta se abre unos metros más abajo y la voz de una mujer comienza a escucharse con claridad. Cat baja la mirada y se da cuenta de que ya han recorrido buena parte de las escaleras. Los que van al frente acaban de entrar en lo que supone es la enfermería.

“¿Cómo terminamos así?”, se pregunta . “Hace apenas unos días éramos una resistencia organizada... y ahora no somos más que un puñado de supervivientes suplicando atención médica a completos desconocidos”.

Traga saliva . “¿Cómo Owen pudo...?” No.

Entierra el pensamiento antes de que termine de formarse y sigue avanzando.

Todas sus desgracias parecen haber comenzado el día en que llegaron a la base de Alana, cuando Jenkins decidió llevarlos hasta allí. De eso no tiene la menor duda.

A medida que se acerca a la puerta, el frío se vuelve más intenso.

Puede escuchar el castañear de sus propios dientes.

Quienes han entrado primero permanecen sentados en unas bancas de madera, parecidas a las que alguna vez ocuparon las iglesias.

En el centro de la sala hay una mujer alta y delgada, de cabello canoso y piel surcada por las arrugas.

Lo que más llama la atención de Cat, sin embargo, es su vestimenta: lleva un hábito gris claro y un rosario de madera cuelga sobre su pecho… Una monja.

Sabe lo que es, pero no recuerda la última vez que vio una.

Al comienzo de la invasión, muchas iglesias cayeron presa del pánico al relacionar a los invasores con el apocalipsis bíblico.

Hubo congregaciones enteras que desaparecieron, suicidios colectivos e incluso grupos que adoraron a las criaturas antes de terminar masacrados por ellas.

Con el paso de los años, la religión organizada pareció desvanecerse junto con el resto del mundo.

Y, sin embargo, ahí está, frente a ella, una monja bajo tierra.

Cat entra en la enfermería y toma asiento junto a Amy en una de las bancas.

El ambiente es gélido; todos tiritan sin poder evitarlo.

Por un momento se siente culpable de haber aceptado la chaqueta de su amiga, pero al mirarla de reojo comprueba que Amy, al menos, todavía soporta mejor el frío que ella.

—Mi nombre es Irma —dice la mujer—. Empezaré a atender a los que estén más graves, los que puedan esperar, no se muevan de aquí.

—La mujer habla con las manos agarradas entre sí, al frente de su largo hábito—.

En el estante del rincón hay cobijas que los ayudarán con el frío. No los quiero rondando por el lugar.

Catarina está llena de tierra y sangre que no es de ella, pero no está herida. Así que se recuesta, esperando que terminen de atender a todos los demás para moverse a la próxima habitación. Está por cerrar los ojos un rato, cuando Jenkins se sienta frente a ella.

Desde lo ocurrido con Owen, no han cruzado palabras.

Él la mira con su ojo sano, y Cat no aparta la mirada. En cambio, se la sostiene, y poco a poco la ira vuelve a surgir en ella.

Un remolino de emociones mezcladas se asienta en su pecho, como pequeñas estocadas que la apuñalan sin tregua.

Intenta apartar la mirada, pero no puede, el frío ha desaparecido,  reemplazado por el calor de la ira que corre por sus venas y se expande por su cuerpo.

De repente la invade la enorme necesidad de salir de ese lugar.

Se pone de pie y se quita la chaqueta de Amy, arrojándosela a un lado. Ella la mira con desconcierto, pero a Cat no le salen las palabras para explicarle nada.

Jenkins se coloca de pie detrás de ella, y, sin pensarlo dos veces; con la vista de todos puesta sobre ellos; caminan hacia las escaleras. Catarina siente que los ojos le arden por las lágrimas retenidas.

Escucha los pasos detrás y la voz de Jenkins llamándola, pero se niega a voltear, se niega a tener esa conversación.

Intenta acelerar el paso, pero sus pies tropiezan, está por caer cuando siente la mano de David sujetarla con fuerza por el brazo, impidiendo que ruede escaleras abajo.

—Cat —dice con algo de súplica.

—Suéltame.

—¿Crees que a mí no me duele? —pregunta soltándole el brazo, con la voz ronca—.

¿Crees que hay un solo segundo en el que no me esté preguntando qué habría pasado si hubiera tomado otra decisión?

Todos los malditos días voy a cargar con esto.

Pienso una y otra vez que pude haber llegado antes, que jamás debí bajarlos de ese maldito auto, que tuve que haber visto la trampa de Alana antes de arrastrarlos a ella.

Fui yo quien los llevó hasta allí. Yo. ¿Crees que necesito que alguien me recuerde de quién fue el error?

—¡Basta! —grita ella, llevándose las manos a la cabeza—.

¡Basta, David! Ya no tiene sentido... Él ya no está.

—Se deja caer contra la pared helada y cierra los ojos con fuerza—.

No pudiste salvarlo... yo tampoco pude. Nadie pudo...

—La última frase se rompe en su garganta y las lágrimas terminan por vencerla.

David da un paso hacia ella por puro instinto, pero Cat levanta el rostro. Sus ojos, enrojecidos por el llanto, destilan una rabia que lo obliga a detenerse. Extiende un brazo entre ambos como si levantara un muro.

—No te acerques.

Él se queda inmóvil.

—Sé que no lo mataste tú —dice entre respiraciones temblorosas—.

Lo sé. Pero eso no cambia nada. No esperes que porque Owen ya no está yo vaya a correr a tus brazos.

No va a pasar. —Su voz se endurece todavía más—.

Tú fuiste quien decidió confiar en Alana.

Tú nos llevaste hasta ella. Y fue por ella que Owen murió.

Cat ve justo el momento en que sus palabras lo hieren profundamente.

Aprieta sus labios, Jenkins se traga la pena, no está dispuesto a contestarle a Catarina, si ella lo quiere odiar, culparlo por la muerte de todos, bien, eso está bien.

Lo que sea que ella necesite para seguir cada día.

Así que se traga sus palabras, se traga su ira, y abraza su tristeza.

Ella sabe que está fuera de lugar, pero no importa. Necesita dejar salir algo de lo que lleva dentro. Aparta la mirada de su rostro y pasa por su lado, subiendo nuevamente las escaleras hasta la enfermería.

Todos la miran sin disimulo, pero en silencio. Siente los ojos de Miriam clavados en ella, desde la esquina opuesta con los brazos cruzados al pecho.

Llega rápidamente donde Amy, y se deja caer a su lado.

—Eso sí que fue una pelea —dice Alex rompiendo el silencio.

—Alex… No —reprocha Amy.

Cat se siente tan agotada como para decir algo. Así que simplemente cierra los ojos y se deja ir.

Las manos frías de Amy la despiertan suavemente. Abre los ojos despacio, intenta mover la cabeza, pero su cuello protesta con una punzada de dolor.

—Caray… ¿Cuánto tiempo dormí? —pregunta.

—Ya nos atendieron a todos, solo faltas tú.

Se pone de pie, y entonces se da cuenta de que la mayoría de sus compañeros ya no están en el salón. Solo queda Alex y David, que hablan y ríen en un rincón, junto a Miriam y otra mujer.

La cara se le pone roja de vergüenza al recordar el altercado en las escaleras. Respira profundo y va con la monja a un cuarto dentro del salón. El lugar está lleno de varios aparatos médicos, una enorme repisa llena de suministros, una camilla y dos sillas.

—Hola —saluda con timidez.

La mujer, quien acomodaba vendajes en un frasco, se da la vuelta hacia ella.