21
Catarina no sabe cuánto tiempo ha pasado. En algún punto, el movimiento constante del bus se torna habitual y deja que sus pensamientos la envuelvan, quedándose dormida sobre el hombro de Amy.
Se despierta lentamente y nota que aún se están moviendo. Mira por la ventana y todo se ve verde, el cielo está un poco más claro lo que quiere decir que está amaneciendo.
—South Down —responde Amy a la pregunta grabada en su cara—. Solía ser un parque nacional, atractivo para los turistas.
Observa alrededor y solo puede ver rostros marcados por la tragedia y el dolor, Perdieron a muchos en este último ataque.
El rostro de Owen viene a su mente, pero sacude la cabeza de inmediato; se niega a pensar en él. Siente como la pena se va arraigando en su pecho, y sabe que, una vez que la deje salir, no podrá contenerla.
Entonces piensa en lo que presenciaron… esa criatura, es sencillamente indescriptible. Desde que pasó el incidente hace años, nunca había visto uno igual.
—¿Dónde nos detendremos? —pregunta al fin Cat.
—Cuando todo empezó, solía existir una base en el centro del parque, luego hubo una fuga, los invasores se infiltraron y destruyeron el lugar. Después de eso simplemente se cree que ha estado abandonada.
—¿Se cree?
—Jenkins piensa que un pequeño grupo permanece en el lugar. Que logró sacar a los invasores, y reconstruyó la base. O, también se dice que nunca la destruyeron, siempre ha estado ahí, oculta.
“Una esperanza lejana, a eso estamos atenidos”. Se recuesta nuevamente en la silla y cierra los ojos.
Las imágenes desfilan una y otra vez en la oscuridad.
Los originales surcando el cielo negro, los gritos desesperados pidiendo ayuda, la cabeza de Owen cayendo al suelo.
Y por encima de todo, aquella criatura de rostro humano suspendida en el firmamento como un dios alado.
No... un dios no. Un demonio. El frío antinatural que envolvió el campo de batalla al aparecer todavía le eriza la piel.
Y Alana lo sabía, había dicho Jenkins. ¿De verdad esa mujer sabía que los atacarían? ¿Lo había planeado? ¿Cómo era siquiera posible? Ahoga un suspiro y abre los ojos justo cuando el autobús comienza a reducir la velocidad.
—Nos estamos deteniendo —anuncia Carlo desde algún lugar del vehículo.
Cat se asoma por la ventana. El cielo luce ese tono lila tan característico de las mañanas desde la invasión, pero a su alrededor, están rodeados por el verde de los árboles.
A lo lejos, un camino serpentea hasta una casa de tejas rojas levantada al borde de una montaña y, más abajo, la costa se extiende hasta perderse en el horizonte.
El sonido de las olas rompiendo contra los espolones asciende mezclado con el olor salado del mar. Intenta recordar la última vez que estuvo en una playa y la imagen borrosa de sus padres acude a su memoria.
Su madre, con un enorme sombrero de paja, la lleva de la mano para mojarse los pies en la orilla; su padre las observa desde unos metros más atrás con una cámara entre las manos.
Una sonrisa apenas alcanza a dibujarse en su rostro antes de que el golpe seco de una puerta al abrirse la devuelva al presente.
Todos se ponen de pie y comienzan a bajar del autobús cargando el escaso equipaje que lograron rescatar, en su mayoría armas.
Sigue a Amy hasta el exterior. Detrás del vehículo permanece estacionado el jeep de Jenkins.
Él los espera de pie, inmóvil, hasta que el último superviviente pone un pie en el suelo.
Sin pronunciar una sola palabra, David se coloca al frente y echa a andar hacia la casa.
El resto lo sigue formando una larga fila silenciosa.
El dolor, la rabia, la frustración y la culpa han endurecido cada uno de sus rasgos.
Se reprocha todas las decisiones que tomó, cada orden que dio, incluso el tiempo que desperdició enfadado con Owen.
Él había sufrido más de lo que casi cualquiera podía imaginar.
Compartían heridas que pocos comprendían.
Era su amigo, su hermano... y ahora ya no estaba.
Cat reconoce todo eso en el rostro de David.
Ha estado tan consumida por su propia pérdida que apenas ahora repara en la de él.
Sabe que debería acercarse, decir algo, cualquier cosa, pero una parte de ella sigue culpándolo por la muerte de Owen.
Es una parte pequeña, irracional incluso, pero suficiente para mantenerla a distancia.
Los cuarenta supervivientes avanzan despacio, agotados.
De reojo distingue a la mujer rubia que lleva la ropa empapada de sangre seca.
De su mano camina la pequeña Ellen. Thomas murió intentando salvar a esa niña.
Después lo hizo Owen. “Si la muerte insiste tanto en dejarla con vida”, piensa Cat, “será porque todavía le espera algo importante” .
Al verla caminar tomada de la mano de aquella mujer, al menos sabe que no volverá a estar sola.
Cuando ya están a pocos metros de la casa, unos pasos ajenos rompen el silencio.
Todos se detienen al mismo tiempo. De entre la vegetación emerge un grupo de hombres armados y uno de ellos avanza hacia Jenkins con un fusil sujeto entre las manos.
Casi por instinto, todos empuñan sus armas.
Están agotados, cubiertos de sangre, barro y ceniza, pero si hace falta volver a luchar, lo harán como siempre lo han hecho: hasta el final.
—Quieto ahí grandulón —dice el hombre que está más cerca a Jenkins.
Un anciano de unos sesenta años, pero de buena complexión física, y cabello canoso. Apunta al pecho de David con una escopeta.
Jenkins levanta lentamente las manos hasta colocarlas detrás de la cabeza. Da un paso hacia el hombre, pero este le hace una señal con la escopeta para que se detenga. El sujeto, escupe a un lado de sus pies, lleva lo que parece ser, tabaco en la boca.
—Mi nombre es David Jenkins —habla con voz tranquila, y sin mover un músculo.
Cat se percata de que a su derecha ha aparecido un hombre que apunta justo a la cabeza de Amy.
—No estamos aquí para amenazar a nadie —continua Jenkins—, solo necesitamos un lugar para refugiarnos. Hacemos parte de la resistencia de Londres. O lo que queda de ella.
—Hijo, solo tu presencia aquí es una amenaza.
Si alguno de esos chupasangres hijos de puta te siguió, nos pone a todos en peligro.
Llevamos mucho tiempo en este lugar, manteniendo a los invasores a raya, nadie sabe dónde estamos…
o eso creía yo —vuelve a escupir—. Dame una buena razón para no acabar con ustedes aquí mismo.
—¿Eso es lo que se hace ahora? ¿Acabar con los pocos humanos que quedan? —responde Jenkins con un tono de indignación.
—Siempre ha sido así, hijo, incluso antes de la llegada de los vampiros. Está en nuestro ADN.
—Tengo información —dice Jenkins muy secamente—. Tengo información sobre el por qué los invasores están aquí, y como no podremos acabar con ellos al menos deberíamos unirnos.
—El por qué están aquí —interrumpe el hombre— ya no es importante, no hay nada que hacer al respecto.
Y en cuanto acabar con ellos, hijo, en estos momentos solo quiero terminar de vivir mis días en paz.
No tengo ningún interés en unirme a una guerra inútil.
Las cosas son como son, y no hay nada que hacer al respecto. ¿Es todo lo que tienes que decir?
—Mira a los hombres que tienes detrás. Muchos ni siquiera llegan a los veinte.
¿Ese es el futuro que piensas dejarles? El gobierno que buscas ignorar fue quien trajo a los invasores intentando fabricar un arma.
Hoy siguen experimentando con seres humanos como si fueran ganado.
¿Todavía crees que esta guerra termina con los vampiros?
No. La guerra también es contra quienes destruyeron el mundo con su propia ambición.
El anciano escupe a un lado sin dejar de apuntarlo. Se limpia la boca con la manga de la camisa y dirige una breve mirada a uno de los hombres que permanece cerca de Amy. Cat alcanza a ver un leve asentimiento.
Bill baja por fin la escopeta. Echa una mirada por encima del hombro de Jenkins, recorriéndolos a todos antes de volver a fijarse en él.
—Van a pasar, pero solo porque necesitan refugio. No confundas eso con apoyo. Mis hombres no van a pelear tu guerra. Una vez abajo, harán lo que yo diga: comerán cuando yo lo diga, caminarán cuando yo lo diga y hablarán cuando yo lo diga. ¿Quedó claro? Pueden llamarme Bill.
David baja las manos lentamente y asiente.
El hombre acomoda la escopeta sobre el hombro antes de girarse y hacerles una seña para que lo sigan.
Los demás también bajan las armas y avanzan detrás de él, atentos a cualquier movimiento en falso.
Cat cruza una mirada con Amy; ambas saben que están entrando en territorio hostil, pero al menos aún cuentan con la presencia de la otra.
Caminan hasta la casa de tejas rojas y, al cruzar la puerta, descubren un lugar prácticamente vacío.
Apenas unos cuantos muebles viejos, arrumados en un rincón, rompen la desnudez de la estancia.
El hombre, que continúa guiándolos, golpea el suelo un par de veces con la bota, levantando una fina capa de polvo.
Un instante después resuena un chasquido, seguido por el traqueteo de una cadena.
La pared del fondo comienza a deslizarse lentamente, revelando un tramo de escaleras oculto tras ella.
—Muy bien, andando —dice Bill, apartándose de la entrada—. Bajen con cuidado. No encontrarán mucha luz hasta llegar abajo.
Descienden de dos en dos. Bill no exageraba: apenas alcanzan a distinguir un par de escalones por delante. Cat extiende una mano y la desliza por la pared para orientarse y evitar un traspié. La roca es áspera y fría; enseguida comprende que el refugio está excavado en el interior de la montaña.