19
Después de varios minutos, Jenkins aparece en la puerta.
Lleva el sable de luz ultravioleta cruzado en la espalda, y un cinturón donde reposa un revólver corto y sus municiones.
Todos están atentos, a la espera de la siguiente orden.
Camina a paso firme al centro de la habitación.
Toma un respiro y clava su ojo en cada uno de los rostros que lo rodean.
Sabe que es arriesgado, sabe que cualquier cosa podría salir mal, pero no tienen de otra.
—Saben muy bien que lo que estamos por hacer no será tarea fácil —comienza a hablar—.
Estamos por salir con el cielo negro sobre nosotros.
Puede que nos topemos con algunos convertidos, o quizás hasta algún original.
Si logramos llegar hasta las puertas de Alana, una vez adentro tampoco será fácil.
Recuerden que no sabemos con exactitud cuántas personas habitan esa base.
Tenemos que ser certeros, precisos. Nuestra primera misión es ir por Alana, la segunda: abastecernos de tantas armas como podamos cargar.
No hay tiempo para heroísmos, ni acciones egoístas.
Clava su único ojo en Owen al terminar de hablar.
Después de tantos años luchando juntos, ya no necesitan palabras para entenderse.
El pelirrojo asiente antes de subir al volante del jeep, mientras David ocupa el asiento del copiloto.
Jenkins sabe que, por mucho que ahora le incomode todo lo relacionado con Catarina, daría la vida por Owen sin pensarlo dos veces.
Ha sido una de las mejores personas que el destino puso en su camino.
Tras la muerte de su esposa y su llegada a la resistencia, fue aquella amistad la que evitó que terminara de derrumbarse.
Owen no tiene la culpa de lo que ocurre con Cat. David nunca le confesó lo que sentía por ella y, aun ahora, el pelirrojo permanece ajeno a todo.
Poco a poco los demás ocupan sus lugares en el vehículo. En la segunda fila viajan Amy, Tara y Catarina; detrás de ellas, Steve, Carlo y Miriam. El motor cobra vida y el jeep comienza a avanzar.
Un amargo presentimiento se instala en el pecho de Cat. “Algo anda mal”. Sacude la cabeza, obligándose a concentrarse en la misión.
Debe mantener todos los sentidos alerta.
Desliza la mano hasta la bota derecha y roza el pequeño cuchillo de plata sujeto a su pantorrilla.
El contacto con el metal frío consigue calmar ligeramente el temblor de sus nervios.
Entonces se recuesta contra el asiento y fija la mirada en el paisaje que desfila tras la ventanilla.
El aire de la madrugada corta la piel con una frialdad despiadada. El viento se cuela por las ventanillas abiertas y agita la cola de caballo de Catarina, además de los mechones cortos de Amy y Tara, mientras el jeep devora los kilómetros en dirección a su destino.
—¿Se puede saber en qué tanto piensas? —pregunta Amy—. Están ‘penetrantes’ tus pensamientos.
Los ojos de Cat amenazan con salir desorbitados. Enseguida voltea a ver a Jenkins para asegurarse si se percató del comentario inoportuno de su amiga, pero él va muy concentrado hablando con Owen.
—Muy graciosa. —Hace una pausa y después simplemente las palabras salen de ella sin poderlas contener—. Tengo un mal presentimiento es todo.
—Hey —dice Amy girando el rostro hacia ella—. Todo saldrá bien, ya lo verás, estaremos de vuelta para la siguiente ronda de avena con pan. Nada de qué preocuparse.
—Ya que vamos para allá —interviene Tara—, tal vez deberíamos pasarnos por la cocina también...
Amy y Cat cruzan miradas y una carcajada brota desde lo más profundo de ellas.
Tara guía a Jenkins hacia una entrada distinta, una que no implica volver a arrastrarse por una alcantarilla.
El cielo permanece completamente negro y, aunque avanzan por una carretera abierta, no se cruzan con un solo convertido, mucho menos con un original.
Ese silencio resulta más inquietante que cualquier emboscada.
El barrio es residencial, muy parecido al que controlaba Rex.
Grandes casas separadas por verjas resguardan jardines que alguna vez estuvieron cubiertos de césped y flores.
Ahora solo quedan barro, maleza y escombros, como si la vida hubiera abandonado el lugar de un día para otro.
Tara le indica a David que detenga el vehículo allí.
Jenkins estaciona el jeep frente a una casa de techo rojo y, apenas el motor se apaga, todos descienden.
La joven doctora les explica que, en el patio trasero, hay una puerta que aparenta conducir a un sótano, cuando en realidad es la entrada a un túnel que desemboca directamente en la base.
Jenkins envía a Steve y Carlo a inspeccionar el interior, mientras Owen y Miriam rodean la propiedad para comprobar que el perímetro esté despejado.
El resto permanece alerta, con las armas listas por si algo sale mal.
Varios minutos después, Owen y Miriam regresan casi al mismo tiempo que la puerta de la casa vuelve a abrirse. Steve aparece limpiando la sangre de su espada contra la pernera del pantalón.
—Dos convertidos en el interior —explica Steve—. La puerta está sellada. Carlo va a intentar con una granada.
—Bien, dice Jenkins, igual el elemento sorpresa no está de nuestro lado —señala con su cabeza la parte superior de un poste de luz. Todos giran la vista y ven entre los cables una pequeña cámara, casi invisible.
El sonido de una explosión los hace volver la vista a la casa. Una nube de polvo sale por las ventanas de esta.
—Es la señal, ahora podemos entrar. Rápido, porque seguro vendrán curiosos —dice Jenkins.
El interior de la casa es un remolino de polvo y escombros.
El lugar ya estaba destruido antes de la explosión.
Rastros de desperdicios se aprecian regados por todos lados.
El olor es putrefacto y penetrante. Avanzan rápido hasta la cocina y luego hasta un pasillo que lleva a donde antes estaba la puerta.
Ahora un enorme agujero les devuelve la mirada.
—Hay unas escaleras que dan a otra puerta, el pasillo es oscuro. Imagino que la iluminación es activada desde la base —comenta Carlo.
Sacan las linternas y se adentran en la oscuridad. Tara va delante de Cat quien no necesita ver su rostro para saber que está muerta del miedo. Tiembla como una hoja al viento.
Después de andar casi a ciegas por varios minutos, las luces se encienden, y a lo lejos una puerta de metal se abre.
Jenkins hace una seña para que estén alerta.
Siguen avanzando, hasta que se encuentran con un joven de cabello rubio que los apunta con una escopeta.
Más exactamente apunta a David, quien ha levantado las manos.
—Estamos aquí para hablar con Alana —anuncia Jenkins.
—¡Silencio! —grita el hombre sin dejar de apuntar—. Ustedes nos traicionaron y se llevaron dos de los nuestros como rehenes.
—Eso no es cierto. Por eso estoy aquí —continua Jenkins—. La doctora Tara ha venido con nosotros ¿ves? —Le hace un gesto con la cabeza al hombre en dirección a la menuda mujer que tiembla sin control.
—No confió en ti —reprocha el hombre
—No te estoy pidiendo que lo hagas. Solo llévanos con Alana. Si quieres, no dejes de apuntar a mi cabeza. Si eso te hace sentir mejor.
La duda baila en los ojos del sujeto, los mira a todos, está claro que se debate si disparar en ese momento o hacer lo que David le ordena.
—Alana está en el laboratorio, los llevaré ahí, pero deberán darme sus armas.
—Eso es todo lo que necesitaba de ti —dice Jenkins.
Todo pasa demasiado rápido. Con un ágil movimiento logra desarmar al soldado, y le da un fuerte golpe en la cabeza con la culata del arma, dejándolo inconsciente.
—El laboratorio, ¿sabes cómo llegar? —le pregunta a Tara.
—Sí —responde sin titubeos.
—Muy bien, andando.
En el interior de la base no hay necesidad de linternas. La luz blanca encandila un poco los ojos de Catarina. Están en una enorme habitación, donde solo se aprecian unos armarios y dos puertas al fondo. El lugar se siente silencioso y desierto.
Vuelven a cerrar la puerta, y dejan el cuerpo del vigilante amarrado y recostado contra la pared.
—¿Por cuál de las dos es? —pregunta David.
—La derecha, —responde Tara —, esa nos llevará a unas escaleras, en el último nivel está el laboratorio, y justo al lado la armería.
—Muy bien, andando y no olviden, ellos saben que estamos aquí.
Avanzan todos por la puerta de la derecha, las empinadas escaleras descienden varios niveles.
Solo se puede ver un negro vacío. Se mueven en completo silencio.
Sin embargo, a medida que bajan los niveles, siguen sin ver rastro alguno de personas.
El lugar parece desierto. Definitivamente algo no está bien.
—Es aquí —anuncia Tara.
Una enorme puerta de vidrio con letras grabadas los recibe.
—Está abierto —avisa Steve, quien se ha adelantado para investigar.
—Bueno, supongo que no están esperando —dice Owen mientras da un paso adelante dentro del lugar.
El aire es más frío que en cualquier otro piso.
Hay enormes mesas con microscopios y toda clase de aparatos los cuales Catarina no sabe nombrar.
Enormes pantallas, frascos con sangre y otras sustancias.
Computadoras, cámaras y libretas de anotaciones regadas por doquier.
Pero no hay señas de ninguna persona, mucho menos de Alana.
—Tara ¿Qué está pasando aquí? —pregunta Jenkins.
—No sé, nunca había visto este lugar desierto, mucho menos desprotegido… —titubea.
—Algo no está bien —dice Cat, clavando sus ojos en el de Jenkins.
Avanzan unos pasos recorriendo la habitación, y a los pocos minutos la enorme pantalla que ocupa casi toda la pared trasera se enciende, mostrando la imagen de Alana.
—Hola, David —dice la mujer.
Todos giran para quedar frente a la pantalla. Alana está sentada en una oficina en la que solo se puede observar un escritorio.
Con la tranquilidad que se aparece, no hay duda de que está muy lejos; donde no podrán encontrarla. Eso hace que la sangre de Cat estalle de frustración.
—¿Sabes cuál es el error número uno en este mundo, David?
Ser predecible. Para sobrevivir en estos tiempos, la sorpresa es fundamental.
La sorpresa y el conocimiento. Conocer las debilidades de tus trabajadores tan bien como las de tu enemigo ¿No es así Tara?
—Sonríe, mirándola directamente a ella—.
Me imagino lo que estará pasando por la cabeza de todos ustedes, juzgándonos, juzgando el trabajo que realizamos aquí.
Pero al menos nosotros estamos haciendo algo ¿Qué hacen ustedes?
¿Juegan a la guerra transportando inocentes de un lado para otro hasta que al fin mueran?
No, nosotros encontraremos la forma de llevar a la humanidad al siguiente nivel, donde la muerte y las enfermedades sean cosa del pasado.
—Hace una pausa y se recuesta en la silla —.
Buena suerte encontrando lo que buscas, pero yo en tu lugar, correría de vuelta a la base.
—¿Qué has hecho? —pregunta David entre dientes.
—Exploté tus debilidades —sentencia con una sonrisa.
En ese momento la transmisión se corta, dejando en negro la pantalla.
—Agarren lo que consideren útil —ordena Jenkins—, revisen la armería rápido, tenemos que volver.
Tara guarda en su bolso la computadora, varios dispositivos de almacenamiento, las libretas de anotaciones y cuantos botiquines de primeros auxilios alcanza a encontrar.
Mientras tanto, los demás irrumpen en la armería.
Ya está casi vacía. Apenas quedan unas cuantas espadas cortas de plata y algunos explosivos, pero se apoderan de ellos sin perder un segundo y emprenden la retirada.
Suben las escaleras a toda velocidad. El corazón de Cat golpea con tanta fuerza que apenas logra escuchar otra cosa. Cuando alcanzan la habitación por donde entraron, descubren que el hombre al que dejaron atado ha desaparecido.
—Mierda...
Nadie necesita decir nada más.
Salen disparados de la casa. Apenas suben al jeep, Owen pisa el acelerador y el vehículo sale despedido, haciendo chirriar las llantas contra el pavimento y levantando una bandada de murciélagos.
El viaje transcurre en un silencio tenso. Nadie se atreve a pronunciar lo que todos están pensando: esperan no haber llegado demasiado tarde.
A pocos kilómetros de la base, los gritos comienzan a abrirse paso entre el rugido del motor. La mente de Cat viaja, contra su voluntad, a la noche en que Thomas murió. La misma desesperación. El mismo olor a muerte.
Cuando el jeep toma la última curva, la escena termina de revelarse ante ellos.
Las puertas de la base están abiertas de par en par.
Las luces de emergencia parpadean sin descanso, bañando el lugar con destellos rojizos mientras la alarma no deja de ulular.
Decenas de originales sobrevuelan el complejo y, en el suelo, los convertidos despedazan a quienes todavía intentan defender la entrada.
Un sollozo contenido rompe el silencio dentro del vehículo.
Tara observa la destrucción con los ojos anegados en lágrimas.
—¡Preparen las armas! —ruge Jenkins sin apartar la vista del frente.
Steve aprieta el fusil entre las manos.
—¡No podemos contra todos esos! ¡Son demasiados! ¡Es un suicidio!
David gira apenas la cabeza.
—Entonces quédate aquí —dice cortante—. Porque el que decida dar media vuelta, no vuelve a formar parte de esta resistencia. ¿Quedó claro? No pienso obligar a nadie a entrar ahí... pero tampoco aceptaré de vuelta a quien abandone a los suyos cuando más lo necesitan.
Nadie responde, pero todos alistan las armas.