Invasión: Sangre y Guerra 16
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Los golpes insistentes en la puerta la despiertan. Abre los ojos y se da cuenta de que aún está en el suelo; debió quedarse dormida.

Su cuello la está matando, y ni hablar de la espalda.  Siguen golpeando con insistencia.

—¡Un momento! —grita, mientras intenta ponerse de pie, casi aullando de dolor.

Sea quien sea, de verdad tiene urgencia. Abre la puerta y ve el rostro molesto de Amy del otro lado. La chica entra a la habitación cerrando la puerta a su paso.

—¿Y bien? ¿Dormir te trajo respuestas?

Cat la mira confundida.

—No sé bien a qué te refieres.

—Llevas horas aquí encerrada, se está volviendo una costumbre ¿sabes? es algo que haces, ante una situación difícil solo te encierras. Eso no solucionará nada. Debemos pensar qué hacer en equipo, es una situación que nos afecta a todos Cat, no eres la única.

—Claaaro, te refieres a la traición del gobierno, la mentira que hemos estado viviendo, los experimentos —concluye con alivio, mientras se deja caer en la cama.

—Pues sí, ¿acaso ha pasado algo más que deba saber?

Cat le lanza una mirada de complicidad a la vez que su ceja se levanta.

—Siéntate —le dice, sin dejar de sonreír.

Después de contemplar a Cat por varios minutos con expresión de asombro, Amy al fin decide hablar.

—Debo decir, pequeña Cat, que has resultado ser una sorpresa. Quién diría que detrás de ese rostro inocente hay escondida una diablilla. Toda una pícara. Si hubiese apostado, seguramente estaría perdiendo mi dinero.

—Basta, sabes que no es así —dice Cat cruzándose de brazos.

—Ajá… Y bien ¿Qué harás?

—Algo que debí hacer hace un tiempo, voy a ponerle fin a esto —Se deja caer con dramatismo en el catre.

—¿De cuál de los dos hablas?

—De los dos —responde con resignación.

—Vaya, ¿estás segura? es decir, no has cerrado el negocio con ninguno de los dos, ¿entiendes lo que digo? —La mira con su sonrisa pícara y Cat no puede evitar sentir las mejillas enrojecer.

—Basta Amy, es en serio. No es que quiera… es que me parece lo mejor, después de lo que descubrimos, siento que no es el momento… Debemos estar enfocados en lo que haremos a continuación con esa perra de Alana respirando en nuestra nuca.

—Bueno, tú te lo perderás, al menos dime… ¿con cuál te quedarías si pudieras?

—Me guardaré eso para mí.

Amy pone los ojos en blanco y suelta un bufido, se acomodan las dos en el pequeño catre, con las manos agarradas y duermen abrazadas.

Un aire extraño ronda la base al día siguiente. Las expresiones son sombrías y ni siquiera hay murmullos.

Cat presiente que la información secreta de la reunión de ayer es de dominio público hoy. Cuando cierta cantidad de gente vive bajo el mismo techo, los secretos son muy difíciles de mantener.

Va camino hasta el salón principal, pues, antes de que se anuncie el nuevo plan, o se hable de alguna misión, ella tiene la suya propia. Debe hacer lo que practicó con Amy en la noche; debe acabar con sus relaciones.

En el comedor, Jenkins y Owen están sentados en una mesa apartada tomando té con pan.

Jenkins tiene una sombra negra bajo su ojo gris, lo que indica que no durmió bien. Ambos se quedaron analizando la información, y llegaron a una conclusión; el mejor movimiento para ejecutar.

Desde una esquina, Cat los observa como un águila a su presa.

“Está bien, está bien. Solo debo armarme de valor y dejar las cosas claras para ambos, es lo mejor. Sin dramas, ni apegos, solo la verdad y una sonrisa”.

—Si sigues apretando así tus dedos, terminarás arrancándolos —murmura Amy.

—Estoy preparándome.

—Ajá… bueno, te esperaré en la mesa con una taza de té para las penas —le guiña un ojo y se pierde dentro del salón.

Los ojos de Cat vuelven a los dos hombres en la mesa de enfrente.

Tan diferentes entre sí, pero igual de maravillosos.

Uno es puro ímpetu y voluntad, mientras que el otro es romanticismo y sensualidad.

Inhala profundo y se dispone a caminar. Con el corazón a punto de salir disparado se detiene frente a los dos, haciendo que la vista de ellos se clave en su escuálida figura.

—Owen, ¿podemos hablar un momento? —Las palabras salen de ella como pronunciadas por alguien más. Trata de mantener su atención sólo en él.

—Sí, claro, Cat, dime.

—A solas.

Puede sentir el ojo gris de Jenkins penetrante y amenazante. Ve a Owen dirigir una tímida mirada a su amigo.

—Está bien, de igual forma ya había terminado —dice David. De inmediato se pone de pie y se aleja hacia otra mesa.

Se sienta a un lado de Owen, el pelirrojo la mira con algo de preocupación, siente como sudan sus manos y se pregunta mil veces si está haciendo lo correcto. Acomoda su cabello y levanta la vista a los ojos verdes que la miran con expectativa.

—Owen, estos días… ha sido maravilloso compartir contigo. Eres un gran hombre y he sido afortunada. —Puede ver cómo cambia lentamente el semblante del pelirrojo—. Pero creo… creo que lo mejor ahora… Ahora es mejor que seamos solo amigos.

Sale más rápido y más corto de lo practicado en su cabeza. El corazón le late rápido, y su boca ha comenzado a secarse. Owen la mira con evidente confusión.

—¿Pasó algo? —pregunta con algo de decepción en su voz.

—No, es solo que todo lo que está pasando, la nueva información es… demasiado. Necesito un tiempo para mí, sé que es difícil de entender, pero…

—Está bien —interrumpe.

—¿Lo está?

—Sí, Cat. Si es lo que tú necesitas lo entiendo. Seré paciente y ahí estaré para cuando estés mejor. Te lo dije, no presionaré, pero esperaré.

“Demonios, ¿Por qué tiene que ser tan lindo?” .

Por un segundo la duda pasa por su mente, pero la espanta enseguida. De reojo nota que Jenkins va saliendo de la habitación. Tiene que darse prisa.

—Gracias Owen —dice y se pone de pie—, por ser tan comprensivo. Ahora me voy, nos vemos más tarde.

Puede sentir los ojos amenazadores y burlones de Amy mientras cruza el lugar en busca de David. Trata de no pensar en ella y acelera el paso. Camina detrás de él hasta que se percata que no hay más nadie alrededor.  El pasillo de las habitaciones se abre frente a ellos, pero todos están abajo.

—David…

Él se da vuelta, y se apoya contra una pared.

—Pensé que solo te divertía seguirme —dice con una sonrisa.

“Por supuesto que se dio cuenta”, piensa ella, “de igual forma tampoco trataba de ocultarlo, no de él al menos.”

—¿Podemos hablar un momento?

—Claro, pero necesito llegar a mi habitación a cambiarme este suéter, se ensució de té. Y, verás, no es bueno andar por ahí con la ropa sucia —señala un pequeño círculo mojado sobre la esquina superior derecha.

—¿No puede esperar?

—No —contesta con brusquedad y se da la vuelta. Abre la puerta de la habitación de en frente y se pierde dentro, sin molestarse en cerrar.

—Y bien, ¿entras o no? —exclama desde el interior de la habitación.

“Mierda, mierda, mierda ¿Por qué las cosas no pueden salir como se planean?” .

Aprieta sus dedos sin cesar, respira hondo y entra a la habitación de David Jenkins.

Cierra la puerta, exhalando en silencio. Se da la vuelta para quedar de frente a él, pero lo único que ve es su espalda… su musculosa y desnuda espalda.

“Mierda, mierda y más mierda”.

Jenkins se quita el suéter con deliberada lentitud y se inclina para buscar uno nuevo en un baúl viejo de madera. Todo con movimientos calculados y precisos. Escoge uno color blanco y gira hacia Cat con la prenda en las manos.

—Y bien ¿querías hablar? —le pregunta con una muy mala y fingida indiferencia.

Cat obliga a sus ojos a ignorar su pecho, y a sus labios a moverse. Aprieta las manos y mira solo su ojo gris.

—Sí, sí, emmm…. Verás estuve pensando, y he decidido terminar... terminar mi relación con Owen. —Lo ve sonreír por un momento—. Y contigo, sea lo que sea. Quiero alejarme del drama, y tener solo tiempo para mí… y la resistencia, claro.

Él la observa confundido, pero sin dejar de sonreír. Se acerca un poco y ella retrocede instintivamente hasta sentir la puerta cerrada contra su espalda.

—No entiendo, Catarina, ¿Qué es lo que deseas? —El suéter blanco que antes estaba en sus manos ahora cuelga de su hombro.

Apoya sus manos en la puerta, dejando la cabeza de la joven entre sus brazos, su rostro se acerca aún más, el cabello le cae un poco sobre la frente. La vista de Cat se ha quedado paralizada en sus labios.

—¿Deseas que no te hable? —murmura en su oído. Ella siente los labios rozar su cuello y el aliento… le eriza cada vello del cuerpo. Quiere gritar que se detenga, pero los labios la traicionan y se mantienen cerrados.

—¿Deseas que no te toque? —vuelve a hablar al oído, mientras su mano sube por la cintura de Cat muy despacio, haciendo pequeños círculos con su dedo índice.

—¿O lo que deseas… es que no te bese? —Cat levanta la vista a su ojo, él la mira con intensidad, y al igual que las veces anteriores se queda esperando que la bese, pero no lo hace. Solo observa, mientras su mano sigue rozando su cintura.

—Cat, ¿qué…

Catarina no lo deja terminar la frase. Se despega de la puerta y se lanza sobre él.

Jenkins la recibe con los brazos abiertos, apretándola ferozmente contra su pecho.

Sus labios se encuentran con hambre, devorándose mutuamente.

Él la levanta del suelo tomándola por las nalgas y camina con ella hasta la cama sin dejar de besarla.

Cuando por fin la separa, su voz suena ronca, cargada de deseo:

—¿Qué es lo que deseas, Catarina?

—Todo —responde ella, con los ojos brillantes y una sonrisa felina.

Jenkins sonríe con esa mezcla de ternura y peligro que la desarma.

La sienta en el borde de la cama y se arrodilla frente a ella.

Con un solo movimiento le quita el suéter y el brassier.

Sus labios descienden por el cuello de Catarina, dejando un rastro de besos húmedos y mordidas suaves que la hacen temblar.

Cuando llega a sus senos, toma uno con la mano, lo acaricia con reverencia y cierra la boca alrededor del pezón, lamiéndolo y succionándolo hasta arrancarle un gemido ahogado.

Las manos de Cat se hunden en su cabello, tirando de él.

Lo besa de nuevo, desesperada, y luego lo empuja suavemente para que se ponga de pie.

Sus dedos nerviosos buscan el cinturón de Jenkins, pero tiemblan tanto que tarda varios intentos en desabrocharlo.

Él contiene una risa grave, y ella lo mira con fingido reproche.

Una sonrisa de él basta para que Cat vuelva a derretirse.

Los pantalones caen al suelo. El bóxer apenas contiene su erección, gruesa y evidente. Catarina muerde su labio inferior y lo acaricia por encima de la tela, disfrutando cómo él contiene el aliento.

—Para… —susurra Jenkins con voz entrecortada—. O no voy a durar nada.

Sin darle tiempo a más, él la levanta un poco y le quita los pantalones y las bragas de un tirón salvaje.

Su mano grande desciende por el interior de sus muslos y, con dos dedos, recorre su sexo ya empapado.

Catarina se estremece violentamente y gime cuando él encuentra ese punto sensible y comienza a acariciarlo con movimientos precisos y lentos.

La recuesta con cuidado sobre la cama y se toma su tiempo para besar y lamer cada centímetro de su cuerpo: el cuello, los senos, el vientre, las caderas… como si quisiera grabarse su sabor y su textura en la memoria.

Cuando Catarina ya está jadeando y retorciéndose de necesidad, Jenkins se coloca entre sus piernas abiertas. La mira a los ojos mientras frota la cabeza de su miembro contra su entrada húmeda, provocándola.

—¿Estás segura? —pregunta con voz grave.

—Sí… —gime ella—. Por favor.

Jenkins entra despacio, centímetro a centímetro, dejando que se acostumbre a su tamaño.

Catarina arquea la espalda y clava las uñas en sus hombros.

Cuando está completamente dentro, se queda quieto un momento, disfrutando de la sensación de estar rodeado por ella.

Luego empieza a moverse: primero con embestidas lentas y profundas, luego más rápidas, más intensas, buscando el ángulo perfecto.

Encuentra ese punto dentro de ella que la hace gritar de placer.

Los gemidos de Catarina se vuelven más agudos, sus caderas se mueven al encuentro de cada embestida.

Jenkins acelera el ritmo, follándola con fuerza mientras sus manos aprietan sus muslos.

Siente cómo ella se contrae alrededor de él, cómo su orgasmo la atraviesa en oleadas.

No se detiene. Sigue penetrándola con intensidad, persiguiendo su propio placer hasta que, con un gruñido gutural, se derrama dentro de ella.