Invasión: Sangre y Guerra 15
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No sabe cuánto tiempo ha pasado. Apenas entró en la habitación se dejó caer sobre el catre y lloró hasta quedarse sin lágrimas. Después solo quedó el silencio.

Permanece inmóvil, perdida en sus pensamientos, intentando encajar todas las piezas.

Siempre creyó que el enemigo tenía colmillos y ojos rojos, nunca imaginó que el origen de aquella pesadilla estuviera en manos humanas.

En el fondo tampoco debería sorprenderla.

La historia siempre había demostrado que la ambición era capaz de llevar a las personas demasiado lejos.

Esta vez, simplemente, habían creado un monstruo que jamás pudieron controlar.

Pero lo que más la atormenta no son los experimentos que dieron origen a los convertidos, sino todo lo que vino después…

y la certeza de que nada de eso terminaría aunque acabaran con los invasores.

Mientras ese gobierno siguiera dispuesto a sacrificar vidas en nombre de la victoria, la guerra nunca acabaría de verdad. Había que cortar el problema de raíz.

El dolor de cabeza no deja de martillarle las sienes.

Se desata la cola de caballo y deja que el cabello caiga sobre su espalda mientras lo desenreda distraídamente con los dedos.

Después se quita los pantalones, convencida de que no saldrá de la habitación en un buen rato, y se queda únicamente con el suéter y unas tangas beige.

Está a punto de dejarse caer otra vez sobre el catre cuando llaman a la puerta.

Supone que es Amy, preocupada porque no ha vuelto a verla desde la reunión.

Sin pensarlo demasiado, abre... y se encuentra de frente con David.

Intenta cerrar de golpe, pero él alcanza a detener la puerta con el brazo y, de un salto, entra en la habitación antes de cerrarla tras de sí.

En ese instante se da cuenta de que no tiene los pantalones puestos. Lo máximo que puede hacer es estirar la tela del suéter para intentar tapar sus muslos. Quiere decirle que salga de la habitación pero las palabras no le salen, es como si el habla hubiese desaparecido de sus capacidades.

—Tenemos que hablar Catarina, y me parece que esta es la única forma de conseguirlo.

—¿Cómo? ¿Secuestrándome en mi propia habitación? —responde cruzando los brazos en el pecho—. Si me vine para acá es porque quiero estar sola. Necesito estar sola.

—Créeme Catarina, que entiendo a la perfección lo que estás sintiendo. Mi esposa murió bajo las órdenes del mismo gobierno que trajo a esas criaturas aquí. Trabajé con ellos por años y nunca sospeché nada, ¿cómo crees tú que me siento?

Catarina se queda en silencio y aparta la vista.

“No es un concurso de cual pena es más grande”, piensa. Retrocede, y aún con los brazos cruzados, se deja caer en la cama.

—Está bien. ¿Qué vamos a discutir que no puede esperar?

Jenkins sonríe. Al fin una pequeña victoria.

Arrastra la silla de la esquina y se sienta frente a ella. Aunque es consciente de sus muslos descubiertos, hace un máximo esfuerzo para concentrarse solo en su rostro. Aun así, en sus labios baila una sonrisa; una que sabe que logra irritarla.

—Lo que pasó en los baños —comienza—, O lo que tú creíste que pasó, y que nunca me diste la oportunidad de explicar…

—Para mí fue bastante claro lo que pasó —interrumpe—. De igual manera no tienes por qué darme explicaciones. —Hace su máximo esfuerzo para mantenerse calmada y no gritarle a la cara lo que en realidad piensa.

—Yo sé que no te debo nada Catarina, pero quiero hacerlo. Todo lo que te he dicho hasta el momento ha sido verdad. Mis sentimientos hacia ti son reales.

—Y hacia cualquier mujer, al parecer —murmura, aún con los brazos cruzados.

—¡Ja!, sabía que no te podrías resistir —echa su cuerpo hacia adelante—. Si hubo algo entre Miriam y yo, pero terminó desde antes de abandonar la antigua base. El día del beso, fue ella quien se me lanzó.

—Por supuesto que sí —dice con una risa sarcástica, a la vez que se coloca de pie.

—Sé cómo se vio, Catarina, ¿crees que no? En los baños, ella estaba triste y preocupada, yo solo estaba tratando de calmarla. —Se coloca de pie, están uno frente al otro, separados por escasos centímetros—. Lo que pasó con Ellis la afectó…

—¡Nos afectó a todos! ¿Crees que a mí no?

¡Todos me culpan a mí! —explota, y siente como la sangre sube a su cabeza.

El nudo de emociones que luchaba por retener se abre como cascada—.

Tú vienes, te acercas a mí, dices todas esas cosas en la escalera, luego me besas, ¿y qué pasa después?

Te encuentro medio desnudo besando a otra.

¿Sabes algo? yo no estoy para estos juegos, no con todo lo que está pasando, no necesito nada de este drama.

—¿Ah no? Tú hiciste, y aún haces lo mismo con Owen —reclama, mordiendo cada palabra.

Cat lo siente como un golpe al estómago. Sería muy descarado de su parte decir que no corrió enseguida a los brazos de Owen. Pero sabe que no es como él lo dice. Ella siente algo por él… No con la misma intensidad que lo que siente por David, pero si hay emociones.

—Es diferente —logra responder.

—¿Sí? No me digas Catarina. Corriste a sus brazos enseguida, sin darme a mí la opción de explicar. ¿Siquiera sientes algo por él? ¿Él sabe de nosotros?

—¡No hay ningún nosotros!

Él da dos pasos hacia ella y todo su cuerpo se siente caliente por la ira que arde en su pecho.

—¿Estás segura de eso, Catarina? —pregunta, estando a escasos centímetros, mientras su dedo agarra un mechón de su cabello.

Él acorta la distancia en un instante. Con una mano la atrae contra su pecho y captura su boca en un beso intenso, muy distinto al que compartieron en la escalera de caracol. No hay delicadeza esta vez; sus labios reclaman los de ella con una urgencia que le roba el aliento.

Cat lo empuja, intentando recuperar la distancia. Las mejillas le arden y las piernas le tiemblan.

Lo observa en silencio. Sabe que debería gritarle, exigirle una explicación, o al menos recordarle que está con Owen y que no tiene ningún derecho a besarla así.

Pero las palabras se niegan a salir. Solo escucha su respiración agitada.

Entonces, antes de que pueda detenerse, su propio cuerpo la traiciona.

Da un paso al frente, vuelve a aferrarse a él y lo besa con la misma desesperación.

Se aprieta contra su cuerpo, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo la ropa, mientras una de las manos de David asciende lentamente por su espalda hasta perderse bajo el borde del suéter.

Él la guía hacia la pared sin apartar la boca de la suya.

El corazón de Catarina golpea con tanta fuerza que teme que él pueda sentirlo.

Cuando la mano de David asciende por su costado y se detiene sobre su pecho, un estremecimiento le recorre todo el cuerpo.

Por un instante desea dejar de pensar, cerrar los ojos y abandonarse por completo a ese momento.

Pero la culpa cae sobre ella como un balde de agua helada.

—¡No! —grita, apartándolo de un empujón.

David la mira desconcertado. Durante unos segundos permanece inmóvil, como si buscara entender qué acaba de pasar. Sin embargo, no vuelve a acercarse.

Cat baja el suéter hasta cubrirse de nuevo, acomoda el cabello con manos temblorosas y toma una larga bocanada de aire.

—Por favor... vete.

—Catarina...

—Vete, David.

Jenkins comprende que insistir no cambiará nada.

Se pasa una mano por el cabello, recompone la ropa arrugada y abandona la habitación sin volver la vista atrás.

La frustración le arde bajo la piel. No es ella quien despierta su rabia, sino él mismo...

y Owen. Aunque sabe que el pelirrojo no tiene culpa de nada, detesta cada instante que pasa a su lado.

Recordarlos juntos en casa de Alana todavía le revuelve el estómago.

Cuando la puerta se cierra, Cat se deja caer lentamente hasta quedar sentada en el suelo.

Esconde el rostro entre las manos mientras intenta acompasar una respiración que todavía no obedece.

Su corazón continúa desbocado y su cuerpo parece reprocharle haber puesto fin a lo que acababa de empezar.

Aun así, sabe que hizo lo correcto. No sería justo para Owen.

No quiere convertirse en esa clase de persona.

También sabe qué decisión debe tomar. Lo único que le falta es reunir el valor para hacerlo.