Invasión: Sangre y Guerra 14
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Esa mañana se levanta muy temprano, pues, a pesar de todo el cansancio y dolor que aún siente en el cuerpo, no puede dormir más.

Miles de preguntas la mantienen despierta y llena de intriga. Necesita saber qué está pasando y sobre todo, por qué Jenkins traicionó a Alana.

Después de ducharse y cambiarse, sale en busca de algo que comer.

Sin duda lo que más extraña de aquel lugar es la comida.

Acá la reciben en el comedor con un plato de avena frío y dos raciones de pan caliente.

Se sienta en una mesa y al poco tiempo Amy la alcanza con su correspondiente tazón de avena.

—¿Has sabido algo de tus amores? —le pregunta con una sonrisa maliciosa en el rostro.

—Muy chistosa —le dice con sarcasmo—, y no. No los he visto. —Se mete otra cucharada de avena a la boca.

—Todo esto está muy raro, ¿Qué habrá descubierto Jenkins?

—Supongo que lo averiguaremos pronto, ahí vienen —Cat señala la puerta con la cuchara.

Por la puerta entran los dos hombres, vistiendo ropas iguales: pantalones verdes militares y suéteres negros manga corta; bañados y afeitados.

De repente, el hambre desaparece, y la ansiedad de Cat aumenta. La curiosidad la está carcomiendo desde adentro, pero no puede solo levantarse de la mesa y preguntarles. Amy sigue comiendo como si nada, hasta prácticamente devorar su avena.

Cat sigue al par con la mirada. Los ve hablar con Alex en un rincón. En ese instante desea poder leer los labios, pero no tiene ni idea de que están diciendo.

—Si te estiras un poco más te caerás de la silla —se burla Amy.

—La intriga me está matando ¿Cómo puedes estar tan tranquila?

—Yo como cuando tengo ansiedad —responde, con la boca llena de avena.

—Ahí vienen —murmura Cat, e intenta retomar el plato de avena, pero le es imposible, así que solo coloca las manos sobre la mesa.

—Buenos días —dice Jenkins.

Owen se queda en silencio, solo mirándola con esos profundos ojos verdes, y le regala una media sonrisa.

—Necesito que nos acompañen al cuarto principal —continua Jenkins—, ustedes estuvieron en la misión, así que tienen derecho a saber lo que está pasando. Miriam y los demás ya están arriba.

Cat se levanta como un resorte de la silla arrastrando a Amy consigo.

—Enseguida vamos —dice.

Cat arrastra a Amy del brazo escaleras arriba hasta la habitación principal.

Catarina nunca había entrado allí; ese espacio estaba reservado para Jenkins y sus soldados de mayor confianza.

Supone que, durante la ausencia de David, Alex fue quien tomó el mando y dirigió las operaciones, lo que inevitablemente la hace pensar que sobre aquel escritorio han pasado más mujeres que documentos.

La estancia resulta ser, ante todo, una amplia oficina.

En el centro destaca un escritorio de caoba cubierto de mapas y papeles.

Al fondo, Miriam la recibe con su ya habitual expresión de pocos amigos, mientras Carlo y Steve las saludan con un gesto de la mano.

Cat se acomoda junto a Amy, en una de las esquinas de la habitación, y comienza a morderse las uñas con impaciencia.

¿Qué tanto pueden estar haciendo David y Owen?

Justo cuando está a punto de cambiar de mano, la puerta se abre y ambos entran, seguidos por la pequeña figura de Tara.

Lleva ropa similar a la de Amy, el cabello todavía húmedo y los ojos hinchados de tanto llorar.

Jenkins la conduce hasta la silla ubicada detrás del escritorio y le indica que tome asiento.

Todas las miradas de la habitación recaen sobre ella.

—Sé que muchos de ustedes se preguntarán qué pasó anoche —comienza a hablar Jenkins— ¿Cómo, por qué no volvimos donde Alana? Entre otras cosas. Aquí, nuestra invitada, Tara, me ayudará a explicarles.

Tara levanta los ojos rojos por las lágrimas y traga. Toma una gran bocanada de aire y dirige su mirada hacia los demás. Sus manos tiemblan, pero ella se esfuerza por ocultarlo, agarrando con firmeza sus muslos.

—Antes que nada —habla con la voz quebrada—, yo solo seguía órdenes. No conozco un mundo más allá de las paredes de la base. Alana... ella me acogió desde muy pequeña… yo… no es mi culpa.

—¿Ordenes de qué? —pregunta Steve.

—Alana… ella ha estado usando a los pequeños grupos de resistencia. No solo ella, los hombres al mando creen que los humanos, siendo simplemente humanos no tendremos ninguna oportunidad ante los invasores. A estas alturas ya es obvio que ellos ganaron, y que solo estamos tratando de sobrevivir.

—¿Qué hombres? —pregunta Carlo.

—El Nuevo Gobierno —responde Tara con los ojos puestos en Jenkins. Siente los latidos de su corazón en los oídos, y su boca llena de saliva espesa, pero aun así no aparta la mirada.

—¿Gobierno? —El interrogante está marcado en los rostros de todos.

—Sí, gobierno —continúa Tara—. Un grupo de hombres que conservan el poder. Ellos financian todos los estudios que se realizan, y distribuyen los recursos que les llegan a ustedes. Todo proviene de ellos. Todos lo saben. Es un grupo de hombres y una mujer.

—¿Qué están haciendo? —quiere saber Jenkins.

—Los últimos años hemos estado estudiando la sangre de los convertidos, tratando de aislar los patógenos que causan la conversión —continúa Tara con la vista clavada en el escritorio—.

El propósito es crear una vacuna que evite la conversión, pero que otorgue los mismos dones de un convertido: la velocidad, la agilidad y la visión nocturna, pero sobre todo, la fuerza.

De esa forma la guerra sería más pareja.

Yo estaba en la parte de investigación, todo lo maneja la mano derecha de Alana, Jeremías —traga—.

Ese hombre es realmente extraño, yo... yo solo veía lo que él quería que viera. No llegué a tener toda la información.

—¿Lo han probado ya? —pregunta Owen— ¿El suero?

Cat lo mira de reojo. Tiene los brazos cruzados en el pecho y el rostro como piedra.

Un fuerte dolor de cabeza se ha apoderado de ella, es demasiada información, es sencillamente demasiado.

Amy mira a Tara con algo de tristeza marcada en el rostro.

Es cierto que la joven solo ha sido un peón en medio de toda esta guerra. No es justo culparla.

—Se probó una primera cepa —contesta—. La inyectamos en un grupo que rescataron los exploradores en una misión hace unos meses... Dos hombres y una mujer.

—¿Y bien? —pregunta Owen, masticando las palabras.

Amy aprieta las manos, gruesas lágrimas salen de sus ojos y corren por su mejilla sonrojada. Solloza en silencio, en ese momento Cat sabe con certeza,  que están siendo muy duros con la joven, no puede evitar sentir lástima, pero a la vez, están hablando de algo que cambia el curso de todo.

—¿Y bien, Tara?—Vuelve a preguntarle Jenkins.

—¡Murieron! ¡¿ok?! ¡Murieron todos! —rompe en llanto—. Fue horrible, lento y doloroso.

En ese momento, Catarina siente que las piernas amenazan con fallarle.

Le cuesta asimilar lo que acaba de escuchar.

Con el mundo al borde de la extinción, cuando cada vida debería tener un valor incalculable, hay seres humanos capaces de convertir a los suyos en materia de experimentación.

¿En qué momento dejaron de luchar por sobrevivir para empezar a utilizarse unos a otros como simples herramientas?

La guerra no solo está acabando con las personas; también parece devorar todo aquello que las hace humanas.

Alza la vista y descubre el mismo desconcierto reflejado en los rostros de los demás.

Jenkins se deja caer sobre una silla junto a Tara, mientras Owen permanece apoyado en el escritorio, con la mandíbula tensa.

Habían pasado años arriesgándolo todo para rescatar al mayor número posible de supervivientes, sin imaginar que, en algún lugar, otro grupo utilizaba a esas mismas personas como conejillos de Indias.

Todo ese tiempo habían luchado a ciegas, ignorando hasta dónde estaba dispuesto a llegar aquel supuesto gobierno con tal de ganar la guerra.

Sin decir una palabra, Jenkins se levanta y arroja sobre el escritorio la bolsa con el fluido que encontraron conectada a los bebés.

—¿En qué momento Alana empezó a trabajar con convertidos? —Las palabras salen muy despacio, mientras mira a la mujer fijamente con su único ojo sano.

—Hace unos años. Ella les da concesiones, a cambio, ellos la ayudan con los sujetos de prueba.

—Las mujeres embarazadas… —interrumpe Jenkins.

—Sí, ¡Pero yo no sabía! No pensé que ya se estaba llevando a cabo…. Yo no sabía, ¡Jeremías lo controla todo! ¡Todo fue idea de él!

El silencio se apodera de la habitación. Jenkins sabe que esto va más allá de cualquier cosa que hubiesen imaginado. Humanos y convertidos trabajando juntos… ¿Qué más está haciendo Alana?

—Eso no es todo —murmura Tara en medio de las lágrimas.

—¿Qué quieres decir?

—Hay algo que Alana... Hay algo que ella no sabe que yo sé, algo que descubrí por accidente… y quisiera borrar de mi mente.

—¿De qué estás hablando? —Jenkins se pone de pie, con todo el cuerpo tensionado. Sabe que lo que está a punto de escuchar no será de su agrado y probablemente lo cambie todo.

—Fue culpa de nosotros, de los humanos. La invasión fue un accidente, uno que salió terriblemente mal —dice la doctora con la vista clavada en el enorme escritorio de madera. Fue un grupo del Nuevo Gobierno, empezó como un experimento controlado pero...todo salió mal.

Los brazos de Cat caen inertes a ambos lados de su cuerpo.

La garganta se le seca de golpe y el aire parece quedarse atrapado en algún punto de su pecho.

Frente a sus ojos desfilan, una tras otra, las imágenes de sus padres muriendo, el cuerpo de Thomas tendido en el suelo, el rostro de Elle buscando a una madre que jamás volverá.

Un nudo le revuelve el estómago . “Fue culpa de ellos”.

La idea se instala en su cabeza con una claridad insoportable.

“Todo esto... empezó por ellos”. Cada muerte, cada ciudad arrasada, cada niño obligado a crecer en un mundo roto.

Habían pasado años luchando contra un enemigo sin saber que, detrás de aquella pesadilla, también había manos humanas.

Da un paso atrás casi por instinto, buscando la puerta a sus espaldas, y sale de la habitación.

Necesita aire. Sus pulmones se niegan a llenarse mientras avanza sin un rumbo claro, hasta que una mano se cierra con firmeza sobre su hombro y la obliga a detenerse.

Al girarse, se encuentra con Owen. Él no dice una sola palabra; simplemente la envuelve en un abrazo.

Catarina siente que toda la rabia, la impotencia y el desconcierto pesan demasiado incluso para sostenerse en pie.

La puerta vuelve a abrirse a sus espaldas y Jenkins sale de la oficina.

Lo percibe por el rabillo del ojo, pero, por primera vez desde que lo conoce, le resulta completamente indiferente lo que pueda pensar.

Se aparta despacio de Owen y alza la vista hasta encontrarse con los ojos del pelirrojo.

—Voy a estar en mi habitación, necesito estar sola.

—Está bien. —Le dedica una sonrisa y se da la vuelta.

Cat se aleja, mientras siente cómo las lágrimas se escapan ya sin poder controlarlas.