Invasión: Sangre y Guerra 12 #2
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12 #2

Es la primera vez que tiene delante a niños convertidos.

Sabe que ya no son humanos, que lo único que queda de ellos es el cascarón de quienes fueron.

Aun así, comprender que tendrá que levantar la espada contra unos rostros tan jóvenes le revuelve el estómago de una forma para la que nadie puede prepararse.

—Entreguen a los bebés y consideraremos dejarlos ir —dice el niño pelinegro.

—Ni lo sueñes, niño, ve a jugar a otra parte —responde Steve apuntando a la cabeza del convertido.

—Como quieras. —Se encoge de hombros, sin darle importancia, y lo mira de vuelta con una horrible sonrisa en los labios.

En un movimiento tan rápido que apenas logran seguirlo con la vista, el chiquillo se lanza contra Carlo con los colmillos al descubierto.

El hombre alcanza a esquivarlo por muy poco e intenta dispararle, pero es inútil.

El niño cambia de dirección en pleno salto y le desgarra la parte superior del hombro con un zarpazo.

Carlo suelta un gemido de dolor mientras Jenkins se interpone de inmediato entre ambos.

Con la espada en alto, le hace frente al pequeño convertido.

David entra al combate, pero el niño esquiva cada uno de sus ataques con una facilidad exasperante, casi como si se estuviera divirtiendo. Es mucho más veloz que un convertido adulto. Owen corre para apoyar a Jenkins y acabar de una vez con él, pero un grito los obliga a girarse hacia el círculo.

Otro de los niños ha conseguido burlar a Steve y arrastra a una de las mujeres por el suelo.

Entonces todos lo comprenden: solo intentaban distraerlos.

Antes de que alguien pueda intervenir, el pequeño convertido le desgarra la garganta a su víctima y, junto con su compañero, se abalanza sobre la sangre que brota a borbotones.

Las otras mujeres observan la escena paralizadas por el horror, incapaces de hacer otra cosa que ver morir a su compañera.

Carlo, apretando los dientes para soportar el dolor del hombro, lleva la mano sana hasta su cinturón y saca uno de los explosivos.

—Chupa esto, ¡hijo de perra! —exclama, mientras lanza el explosivo azul a los niños que se alimentan del cuerpo de la mujer— ¡Tapen sus ojos!

Los encargados de los bebés se echan sobre ellos para protegerlos, mientras las mujeres se cubren el rostro como pueden. Jenkins, Owen y Cat apenas alcanzan a resguardarse cuando la explosión estalla frente a ellos.

La luz azul inunda la calle y durante un segundo solo se escuchan chillidos desgarradores. Después... silencio.

Cuando el resplandor se desvanece, lo único que queda sobre el asfalto es la ropa sucia que pertenecía a los convertidos. La radiación ultravioleta los ha reducido por completo a cenizas.

A unos metros, el cadáver de la mujer permanece tendido sobre la acera. Tiene la garganta abierta y los ojos cafés inmóviles, clavados en el cielo.

Al comienzo de la epidemia, una de las preguntas que más se repetía era qué había ocurrido con los niños abandonados.

Muchos padres convertidos dejaron atrás a sus propios hijos y, durante los primeros años, no fue raro encontrar pequeños vagando solos.

Con el tiempo, incluso los vampiros comprendieron que eran demasiado inestables, incapaces de obedecer y dominados por una sed de sangre imposible de controlar.

Por eso comenzaron a cazarlos ellos mismos.

Desde entonces, cada vez son menos los niños convertidos.

Las mujeres siguen abrazadas, llorando sin consuelo. Entonces Catarina baja la vista hacia el cuerpo de la víctima y siente que el estómago se le contrae. Era una de las embarazadas.

Los niños no alcanzaron a vaciarla de sangre. Si la dejan allí... Volverá.

Levanta la mirada hacia Jenkins y Owen. No hace falta decir una sola palabra. Por la expresión de ambos comprende que han llegado a la misma conclusión. Hay que terminar el trabajo.

—Yo lo haré —dice David. Toma un gran respiro mientras camina hacia el cuerpo de la mujer.

Se detiene enfrente de ella levantando la espada a la altura de su cabeza, y en un movimiento rápido la deja caer.

La hoja corta limpiamente su cuello, separando la cabeza.

Las otras mujeres desvían la vista sin parar de llorar.

Amy le brinda consuelo a Tara, con los bebés en brazos.

Pero la pena que sienten aquellas mujeres va más allá de cualquier cosa que ellos puedan experimentar.

Han pasado años juntas, amarradas en ese sótano como animales de cría, sin más apoyo que la una para la otra.

—Alguien viene —anuncia Owen.

Un auto se acerca.

Todos se ponen de pie. Owen y Jenkins dan un paso al frente de los demás mientras comparten una mirada de complicidad. Cat lo nota, y se pregunta si ellos saben algo que ella no. En esos momentos, solo está agradecida de que Alana por fin haya tenido la dignidad de mandar a alguien.

Una camioneta grande color azul con espacio de sobra para todos, se detiene enfrente de ellos. La puerta se abre y de ella baja un hombre de unos cuarenta años, piel morena, y vistiendo un uniforme que jamás habían visto.

—Mi nombre es Vega, Alana me envió por ustedes —explica, al mismo tiempo que abre la puerta trasera para ir acomodando a las mujeres.

Cat las ayuda a subir atrás. Luego Amy sube llevando uno de los bebés en brazos, seguida de Miriam, Carlo y Steve. En la parte descapotada se acomodan los que no caben adelante, con el conductor.

Jenkins le murmura algo a Owen que ninguno alcanza a distinguir, y antes de que Cat siquiera pueda preguntarse qué fue, Owen le lanza un puñetazo directo al rostro de Vega. El impacto es seco y suficiente para dejarlo inconsciente.

—¡¿Pero qué demonios?! —pregunta Tara.