12
Cat se esfuerza por no apartar la mirada. Aprieta los puños y siente el pecho invadido de impotencia, tristeza y una fuerte consternación.
Todos son conscientes de los horrores que ocurren a manos de los convertidos, y agradecen cada día la bendición de no estar solo en las calles.
Pero presenciar en primera fila lo que podría ocurrirte si estás en esa situación vulnerable, sobrepasa incluso a la imaginación más perversa.
Trata de reprimir sus emociones y cuenta hasta diez. El aire se siente viciado y espeso, el olor es nauseabundo. Hay mucho que procesar y ni siquiera puede parar para lamentarse.
—¡Por Dios santo! —murmura Owen detrás. Puede percibir los sentimientos en su voz, los mismos que recorren su pecho.
—Ve a avisar a los demás.
Owen retrocede hasta colocarse a espaldas de Cat, cubriéndole la retirada hacia la escalera. Ella apenas puede dar un paso más, lo que tiene delante es desgarrador.
Sobre unas colchonetas mugrientas, esposadas a viejas tuberías cubiertas de moho, hay cuatro mujeres. Están demacradas, con la ropa hecha jirones y la piel marcada por golpes y heridas. Dos de ellas tienen el vientre tan abultado que resulta imposible no pensar en un embarazo avanzado.
Ninguna dice una palabra, solo la observan. En sus rostros conviven el miedo y una esperanza tan frágil que parece capaz de romperse con cualquier movimiento.
Entonces Catarina dirige la vista al otro extremo del sótano.
Cuatro incubadoras permanecen alineadas contra la pared. En su interior descansan bebés de apenas unas semanas de vida. Pequeñas agujas atraviesan sus diminutos brazos: por una corre un líquido blanco y espeso; por otra, la sangre abandona lentamente sus cuerpos.
A Catarina se le revuelve el estómago. Aquello no es un escondite, sino un criadero.
—No voy a hacerles daño —dice con suavidad, a la vez que avanza muy despacio hacia los bebés—. Voy a retirar las agujas.
Lo que más inquieta a Catarina es el silencio. Ninguno de los bebés llora. Por un instante, el miedo le oprime el pecho. ¿Siguen vivos? ¿Qué les están inyectando?
Se acerca despacio a la primera incubadora y levanta la tapa con extremo cuidado. El vidrio está frío, empañado por la humedad. Contiene el aliento antes de apoyar dos dedos sobre el diminuto pecho del niño.
Entonces siente un latido, aunque débil y lento, pero ahí está. El aire abandona sus pulmones en un suspiro de alivio.
Con manos temblorosas desconecta la aguja que le inyecta aquel líquido lechoso. Apenas lo hace, el pequeño abre los ojos. La observa en silencio, y por un instante Catarina siente que esa mirada se aferra a ella como si supiera que alguien, al fin, ha ido a buscarlo.
Traga el nudo que le aprieta la garganta, termina de liberar al bebé y un débil gemido rompe el silencio del sótano.
Pasa a la siguiente incubadora, y así con todas. Detrás de ella percibe las miradas de las mujeres, inmóviles, pendientes de cada uno de sus movimientos. Nadie habla. Nadie se atreve siquiera a respirar demasiado fuerte, como si cualquier ruido pudiera hacer desaparecer aquella pequeña esperanza.
Cuando está a punto de retirar la última aguja... Escucha pasos en la escalera.
—Atiéndanlas a ellas —ordena Cat, al ver a sus compañeros petrificados en la entrada— ¡Vayan!
Tara prácticamente corre hasta las mujeres, quienes la miran con desconfianza. Ella se acerca con gentileza a la primera, y la revisa en busca de heridas.
Mientras tanto, Catarina regresa de nuevo al bebé para retirar la última aguja, y hace señas a sus compañeros para que se acerquen. Amy levanta en sus brazos al primero, Carlo al segundo, Miriam al tercero y el cuarto lo agarra Steve, que lo mira como algo fuera de este mundo.
Solo después de asegurarse de que los bebés se encuentran en unos brazos cálidos, va a ayudar a Tara.
Owen y Jenkins rompen las esposas. La piel que está debajo se encuentra roja y encarnizada, heridas que denotan el tiempo que estuvieron ahí marcando la piel.
Cat y Tara revisan a las madres en busca de otras lesiones. Están muy sucias, sus ropas hechas jirones, la piel pálida y los ojos hundidos. Con seguridad no se han alimentado adecuadamente; y no hace falta más para concluir que llevan demasiado tiempo en ese infierno.
—¿Puedes ponerte de pie? —pregunta Cat a una de ellas. Una mujer de cabello negro, largo, y una piel amarillenta.
La mujer asiente y se levanta, aunque tambaleándose. Las otras mujeres la imitan.
Ninguna lleva pantalones, solo una bata que termina justo encima de los muslos. Mientras su mirada desciende, nota las manchas de sangre seca que llegan hasta las rodillas. El estómago de Cat se hace un nudo.
A estas mujeres las violaron una y otra vez hasta que lograron que quedaran embarazadas, pero ¿dónde están los hombres? Sabe con certeza que los convertidos no pueden reproducirse, lo que le lleva a pensar que obligaban a los hombres a violarlas, y después… o los convertían o los mataban.
“¿Qué hacen con los bebés? ¿De dónde sacan lo que les inyectan? Las medicinas y demás… tienen que ser producidas por humanos.”
—¿Cómo vamos a salir de aquí? —pregunta Steve casi susurrando como si no quisiera despertar al bebé que lleva en brazos—. Ahora somos muchos más.
—Tenemos que hacer que Alana nos vea, ella sabrá que tiene que enviar un vehículo más grande —responde Jenkins.
—Tienen las muñecas laceradas —comienza a hablar Tara—, muchos rasguños y moretones, desnutrición y evidencias de penetración forzada. Pero creo que podrán caminar, más no correr. Sus piernas están débiles por la falta de uso, tardarán en responder.
—Hay una cámara cerca —dice Owen—. Alana nos mostró imágenes de este vecindario, una de las cámaras graba en la esquina a la derecha. Esa fue la imagen que vimos en la base. Podemos llegar ahí para hacer algún tipo de seña y esperar.
—Cuatro de nosotros no podremos combatir debido a los bebés —protesta Steve—. Allá afuera seremos presa fácil.
—No hay otra alternativa, los que no tienen bebés defenderemos el círculo —responde David.
Después de llegar a un acuerdo salen con mucho cuidado en un orden específico.
A la cabeza como siempre va Jenkins. Detrás de él, protegiendo a las mujeres en estado de embarazo va Owen, seguido por Amy, Carlo, Steve y Miriam que llevan a los bebés en brazos.
Por último, van Tara y Cat custodiando a las otras dos mujeres.
Caminan hasta la esquina donde Owen asegura que debe estar la cámara. Cuando llegan, las mujeres se sientan junto a los que cargan a los bebés. Los demás hacen un círculo en torno a ellos.
—Ahí. —Owen señala un poste de electricidad—. En lo alto. Está un poco escondida, a la derecha, pero está ahí, ¿la ven?
Todos levantan la vista tratando de ver lo que Owen señala. Después de algunos segundos Cat nota el pequeño aparato. Jenkins y el pelirrojo le hacen señas, pero no hay forma de obtener una respuesta inmediata porque no les dieron radios. Alana los quería incomunicados.
—¿Y ahora qué? —pregunta Carlo, mientras arrulla al bebé que lleva en brazos que ha empezado a despertarse.
—Ahora esperamos —responde Jenkins—. No hay nada más que podamos hacer.
El cielo está completamente negro. La única luz proviene del viejo poste que ilumina un pequeño círculo sobre el asfalto, y es allí donde todos permanecen reunidos.
No deja de parecerle una locura. Los convertidos son mucho más peligrosos durante la noche, y ellos están en mitad de la calle con cuatro bebés en brazos, como si los estuvieran ofreciendo cual carnada.
Sin contar la posibilidad de atraer a un original.
Catarina baja la mirada hacia los pequeños.
A pesar de la desnutrición y de las condiciones infrahumanas en las que los encontraron, ninguno parece estar tan bajo de peso como esperaba.
Uno de ellos, un niño de piel más oscura comienza a removerse entre las mantas.
Abre apenas los ojos y, sin poder evitarlo, una tenue sonrisa se dibuja en el rostro de Cat.
Ver bebés se había vuelto una rareza desde que descubrieron el interés de los vampiros por ellos.
El frío arrecia con el paso de los minutos.
David, Owen, Carlo y Steve han cedido sus chaquetas para cubrir a los pequeños, mientras las cuatro mujeres permanecen muy juntas unas contra otras.
Catarina sospecha que llevan tanto tiempo sobreviviendo de esa forma que el calor de sus propios cuerpos se ha convertido en su única protección.
Aun así, el frío termina por abrirse paso hasta los huesos.
Ella cambia el peso de un pie al otro y se frota las manos con fuerza, intentando devolverles algo de calor.
—Escuchen —dice Steve.
—¿Escuchas un auto? —pregunta Owen.
—No, escucho pasos.
Cat trata de enfocarse y prestar mucha atención a lo que la rodea.
Al principio no percibe nada, pero luego los escucha.
“Alguien viene”. Desenvaina la espada y ahora más que nunca agradece las gafas de Douglas.
Están rodeados de oscuridad. Carlo le tiende el bebé que lleva en brazos a Tara y se levanta con el arma lista.
Los pasos se sienten cada vez más cerca y ahora vienen acompañados de murmullos.
Todos permanecen en silencio, preparados para atacar.
Los murmullos empiezan a deslizarse entre las sombras y, un segundo después los ven.
Desde la oscuridad que envuelve la última casa de la esquina emergen tres niños que no aparentan tener más de doce años. Llevan la ropa hecha jirones, el rostro salpicado de sangre seca y unos ojos rojos que brillan con una intensidad inquietante bajo la tenue luz de la calle.
Los niños convertidos son poco comunes. Ningún nido los acepta. Son demasiado inestables, incapaces de obedecer órdenes y mucho más impulsivos que un adulto.
El mayor, un chico de cabello negro, da un paso al frente mientras olfatea el aire con una lentitud escalofriante. Después sonríe.
Los otros dos lo imitan al mismo tiempo. Sus risas, agudas y descompuestas, se extienden por la calle como un mal presagio. Un escalofrío recorre la espalda de Catarina.