Invasión: Sangre y Guerra 11 #2
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David dio un paso al frente y alzó la voz para que pudiera escucharse hasta el interior de la enorme casa.

La intención era simple: obligar a Rex a salir. Si permanecía dentro, bastaría una orden suya para que los masacraran sin siquiera verlo.

Durante unos segundos no hubo respuesta… Entonces estallaron las carcajadas.

Una risa grave, burlona y desagradable que pronto fue imitada por el resto de los vampiros, hasta envolver el lugar por completo.

Entre ellos se abrió paso un hombre de piel oscura, enormes brazos y piernas, y unos ojos rojos que parecían prometer muerte.

—Así que quieres hablar con Rex, “David de la resistencia” —habla el hombre. Su voz es gruesa y rasposa, los enormes colmillos se ven blancos y filosos a medida que gesticula—. Tú dices que estás aquí para hablar, pero lo que yo veo, es que la cena ha llegado.

Varios gritos de aprobación suenan en respuesta al hombre, los convertidos están cada vez más cerca, pero David mantiene una calma imperturbable.

—Tengo información de gran valor para ustedes —insiste Jenkins—. Lo único que pido es hablar con Rex y salir de aquí con vida. He traído a la mujer como regalo, podrán tenerla una vez que hable con Rex.

David le aprieta un poco más fuerte el brazo a Cat, aplastando más el cuerpo de ella contra el suyo.

Catarina ahoga un gemido de dolor y puede sentir la agitación de su pecho en cada respiración.

Sabe que es el momento más inoportuno, pero su piel se pone de gallina solo por sentir su aliento al oído.

El convertido se acerca un poco más con una sonrisa retorcida en los labios.

—Si esas fueron tus últimas palabras, podemos pasar a cenar, aunque me tomaré mi dulce tiempo con ella, puede que no la beba del todo y la convierta… Así la exploraré completamente.

David aprieta los dientes para no responder como le gustaría.

Ve al convertido abrir la boca dejando al descubierto sus enormes colmillos.

Está casi encima de ellos, los tienen atrapados en un círculo, todo lo que se puede ver alrededor son ojos rojos y colmillos.

Cat está tentada a sacar el pequeño cuchillo de la bota, cuando una voz hace que todo se detenga.

Los vampiros se separan, dejando un camino hasta la casa, donde un hombre de cabello negro y piel blanca los mira con curiosidad… es Rex.

—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? —dice Rex dando pasos lentos hasta ellos. Va vestido con un pantalón negro ancho en las piernas, chaqueta del mismo color, y una remera blanca con pequeñas gotas de sangre en ella—. No pensé que tuvieras las agallas de regresar, ¿tanto deseas morir?

—Todo lo contrario —responde Jenkins con su habitual calma—.

Estoy aquí porque deseo vivir lejos de la Resistencia.

Después de lo que pasó en el último encuentro las cosas se pusieron bastante mal para nosotros, así que necesito abrir mi camino en otro lado.

Tengo información que te será útil, a cambio me dejas pasar y no ha pasado nada.

—David sabe que lo importante ahora es mantenerlos interesados, que se acerquen cada vez más.

—Oh, eso suena bien, ¿verdad? —Se detiene a escasos centímetros—.

Pero tengo una mejor idea, que te parece si te torturo a ti y a la mujer hasta que me digas lo que quiero saber, y después todos nos damos un festín con ustedes.

Sí... esa idea me gusta más. Al parecer lo único que haces es regalarme mujeres de todas formas.

Aún puedo saborear la última que dejaste aquí.

Mmm, una verdadera delicia, delicada y salvaje.

“Ellis, está hablando de Ellis”. Cat se clava las uñas en las palmas para no intervenir.

—Yo no lo haría si fuera tú —advierte Jenkins, casi en un susurro— No creíste que me arriesgaría a venir solo, ¿verdad? Un paso más y todos serán cenizas.

—¿Por qué habría de creerte? —cuestiona Rex, y aunque mantiene una máscara de confianza y serenidad, Cat detecta un ligero desvío de su mirada, como si buscase posibles intrusos.

Jenkins silba fuerte, el rostro desconcertado de Rex busca alrededor. Su expresión se transforma cuando una bala se estrella a sus pies.

—¿Creías que vendría sin apoyo? Solo quiero hablar, tú y yo. Nadie tiene que morir.

Rex contorsiona la boca en una horrible mueca, mostrando sus enormes colmillos, a la vez que mira hacia ambos lados buscando de donde provino el disparo.

Está pensando qué hacer, la indecisión se graba en su rostro, la duda.

Comienza a retroceder analizando cada ruta de escape.

En ese momento Cat sabe que no está interesado en hablar.

—Al diablo con esto —gruñe Rex— ¡Mátenlos!

Rex echa a correr de vuelta hacia la casa justo cuando el resto de los convertidos se cierra sobre Catarina y Jenkins, exactamente como David había previsto.

Una sonrisa se dibuja en los labios de Cat antes de cerrar los ojos y escuchar el clic del dispositivo.

Un segundo después, David la envuelve con su cuerpo, le cubre el rostro contra su pecho y hunde la barbilla en su cabello. La explosión sacude la calle.

Los alaridos apenas duran un instante antes de apagarse de golpe. Cuando Catarina vuelve a abrir los ojos, el aire aún está cargado de humo azulado y cenizas. A su alrededor solo quedan montones de ropa esparcidos sobre la tierra. Los explosivos de luz ultravioleta habían funcionado.

Los pocos convertidos que sobrevivieron retroceden un paso. La incertidumbre les cruza el rostro. Ya no saben si lanzarse al ataque... o huir.

Más vampiros irrumpen desde el interior de las casas. Esta vez avanzan en grupos pequeños, manteniendo distancia entre ellos para no caer todos con una sola bomba.

Cat extiende la mano sin apartar la vista del frente. David deposita la espada en su palma y, cuando ella gira apenas la cabeza, él le responde con una sonrisa feroz. No hace falta decir nada, los dos se lanzan al combate.

Los disparos resuenan a sus espaldas mientras Amy, Miriam y Steve contienen a los nuevos grupos, despejando el camino hacia la casa principal.

Jenkins y Catarina pelean como si llevaran años haciéndolo juntos. Uno cubre los puntos ciegos del otro, avanzan y retroceden al mismo ritmo. Cada golpe encuentra continuidad en el siguiente, sin una sola vacilación.

—¡Jenkins! —El grito de una mujer se abre sobre el ruido de la batalla.

Los dos se giran con las espadas en alto, y ahí, saliendo de la casa de Rex, vestida toda de cuero negro… está Ellis.

Sus ojos, que alguna vez fueron azules, ahora son rojos como la sangre.

Cat siente como el mundo cae a sus pies. La imagen de Rex mordiendo el cuello de la rubia se reproduce una y otra vez en su cabeza. Baja la espada y todos los sonidos desaparecen de su alrededor.

—¿Sorprendidos de verme? —pregunta Ellis mientras se acerca a ellos—. No deberían. ¿Qué creyeron que pasaría luego de que me abandonaron? ¿de que huyeron sin mí?... Me dejaron como carnada para su escape.

—Ellis...

—Pero en parte, creo que debo agradecerte —lo interrumpe—. Ahora soy más fuerte, y hago parte de algo mucho más grande. Soy el futuro. Aunque… eso no quiere decir que no les cobraré el haberme abandonado, que me dejaran atrás como un traste del que puedes prescindir —dice apretando los dientes.

Cada músculo del cuerpo de Jenkins se tensa.

Durante años ha estudiado a los convertidos.

Sabe cómo funcionan, y que conservan los recuerdos de su vida humana, pero todo lo que alguna vez sintieron queda devorado por la infección.

El cariño, la culpa, el miedo... desaparecen.

Solo permanece la violencia, la rabia y un hambre imposible de saciar.

Por eso, mientras Ellis los mira con aquellos ojos rojos y habla con la voz de siempre, Jenkins comprende la verdad.

La mujer que tiene delante recuerda quién ha sido, pero Ellis... Ellis ya no está allí.

“Era ella la mujer que iba en el jeep con Rex. Era Ellis.” , concluye en sus pensamientos.

De su cinturón desenvaina una espada corta y la agita hábilmente en una mano. En ese momento se da cuenta de que los otros convertidos han dejado de atacar.

—Si alguien rebanará tu cuello, Jenkins, seré yo. Y beberé hasta la última gota de tu amarga sangre —amenaza con una sonrisa.

—Ve —ordena Jenkins a Cat—. Ve a la casa, ayuda a Owen.

“¡Había olvidado por completo la casa!” , piensa Cat.

Tiene que ir a ayudar a Owen y Carlo, pero una parte de ella se rehúsa a abandonar a David.

—¿Qué esperas? ¡Ve! —grita, y en ese instante, se lanza a atacar a Ellis.

Corre sin mirar atrás. Si lo hace, sabe que no será capaz de seguir avanzando.

Se abre paso entre los convertidos a golpe de espada. Una cabeza cae, otra garganta se abre bajo el filo. A su alrededor resuenan disparos, gritos y el chocar del acero. Amy y Miriam ya han bajado a la calle para contener a los grupos que siguen apareciendo.

Catarina empuja la puerta de la casa de un golpe.

Dentro, Owen apenas logra mantenerse con vida. Esquiva una y otra vez los ataques de Rex, sin encontrar una oportunidad para responder. Solo entonces Cat distingue la sangre que le empapa el brazo. No puede permitir que lo alcance otra vez.

—¡Rex! —grita.

El vampiro gira la cabeza hacia ella. Sus ojos rojos brillan con una calma aterradora.

Cat levanta la espada y comienza a rodearlo despacio, obligándolo a apartar la atención de Owen. De reojo alcanza a verlo sacar una flecha de punta roja y colocarla con extremo cuidado en la ballesta.

Solo tendrán una oportunidad. Si acierta el disparo, la punta se desintegrará dentro del cuerpo de Rex y el rastreador hará el resto.

Cat lanza una estocada para distraerlo. Rex la desvía con una fuerza brutal. La espada sale despedida y golpea el otro extremo de la habitación.