Invasión: Sangre y Guerra 11
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Apenas se asoma al exterior, Cat toma una gran bocanada de aire. Respirar aire fresco es algo que no tiene precio.

El ambiente está frío y el cielo casi ennegrecido se alza impetuoso sobre ellos. Acomoda la espada en su espalda, ajusta el cinturón y por último coloca las famosas gafas de Douglas en su rostro, al igual que todos los demás.

Enseguida todo se ve claro y nítido, como si fuese de día. No es para nada como la visión nocturna de algunas cámaras, esto es algo sorprendente. Ve en el rostro de los demás que están igual de sorprendidos que ella. A excepción de Tara, ella está experimentando algo diferente.

Observa todo con notoria fascinación mientras toma grandes bocanadas de aire. Amy se acerca y le coloca con gentileza una mano sobre el hombro.

—¿Cuándo fue la última vez que saliste? —pregunta.

—Cuando Alana me encontró, tenía unos ocho años… desde entonces yo he permanecido en la base.

—Está bien —le dice Cat—. Solo hay que ser cuidadoso, ¿ok?

La chica asiente, es difícil imaginar lo que debe estar sintiendo, pero es un mal momento para las contemplaciones.

Se reagrupan todos con la vista en Jenkins a la espera de las indicaciones.

Lleva puesta una cinta que mantiene su cabello largo hacia atrás, una chamarra negra y debajo un suéter verde.

La espada desenvainada en su mano, y su ojo fijo en ellos.

—Avanzaremos en bloque, de la misma forma que caminamos abajo —comienza a hablar en voz baja—.

Nos encontraremos con algunos de ellos antes de salir de este vecindario, así que debemos evitar que den alarma sobre nosotros, ¿entendido?

Nada de disparos. Todos con las gafas puestas y alertas. La idea es que sea entrada por salida.

Se mueven juntos, con las armas listas para cualquier ataque. Todo alrededor se siente inusualmente quieto, como si ese lugar se hubiese detenido en el tiempo. Van rodeando una casa, ya casi en el límite del vecindario de “Rex”, cuando unos murmullos los obligan a detenerse.

Frente a ellos, dos convertidos recostados a una pared no se han percatado de su presencia.

Una mujer, lleva todo el cabello trenzado y viste chaqueta de cuero roja, el otro, un hombre de apariencia muy joven, blanco y de contextura delgada.

Ambos fuman unos cigarros mientras hablan muy bajo.

No hay duda de que están haciendo vigilancia.

Jenkins hace una seña a su grupo para que no se muevan. De inmediato se agazapan en el suelo sucio, mientras él y Owen avanzan muy despacio.

Llegan hasta la pared lateral donde se encuentran los convertidos, y cuando se dan cuenta de su presencia es demasiado tarde.

Antes de que puedan atacar, sus cabezas ya ruedan sobre el andén; cortesía del pelirrojo, dejando a su paso un rastro de sangre espesa.

Jenkins le lanza una mirada a Owen, un reproche silencioso, mientras que este limpia su espada a la espera de que los demás se levanten.

Junto a Cat, Tara prácticamente está dando saltos de emoción, se levanta como un rayo y llega a un lado de Jenkins.

Saca de su bolso pequeños tubos de vidrio y se inclina con delicadeza sobre el cadáver de la mujer convertida para extraer una muestra generosa de sangre.

Todos la ven con algo de intriga, curiosidad y asco.

—¿Terminaste? —pregunta David—. Necesitamos seguir avanzando antes de que alguien comience a extrañar a estos dos.

—Sí, ya todo listo —asiente, mientras se pone de pie y guarda los frascos de vidrio en su bolso. Miriam la ve con indisimulado desagrado.

El resto se reagrupa, y Owen enseguida se coloca al lado de Cat, rozando discretamente los nudillos de su mano con los de ella, al tiempo que le regala una sonrisa.

Cat no puede evitar tragar y le sonríe de vuelta. Miriam acomoda el cinto de la espada de David, el cual luce bastante incómodo ante el contacto y se separa con brusquedad, mientras le hace una seña al grupo para avanzar.

Se mueven a través de varias casas para evitar la calle principal. Todas las viviendas tienen la puerta abierta, han sido saqueadas o sirven de refugio para los convertidos. Las memorias de quienes la habitaban se han ido perdiendo en el tiempo.

Ven un jeep pasar, el mismo que llevaba a las mujeres la noche que murió Ellis. En él, va Rex acompañado de una mujer, la cual no alcanzan a detallar muy bien.

Cat no puede evitar sentir odio hacia esa criatura por haber matado a Ellis, por la niña y seguramente por cientos de mujeres antes que ellas. El auto sigue de largo, pero lo escuchan detenerse y varias voces comienzan a aparecer.

Owen se adelanta un poco para dar un vistazo rápido y luego regresa, y por su expresión el grupo sabe que les esperan buenas noticias.

—¿Cuántos? —pregunta David.

—Más de veinte, algunos armados. Están reunidos en torno a la casa grande que hay al final de la cuadra. Más bien, como protegiéndola. Creo que Rex se encuentra adentro, habrá que hacerlo salir.

—¡Más de veinte! —exclama Steve—. Nosotros somos ocho, ¡Ocho! es un jodido suicidio, y todo ¿para qué? ¿Para que un grupo de cobardes que se esconden bajo tierra puedan jugar a los espías? —clava sus ojos en Tara—. Sin ofender, pero vamos a morir aquí.

—¡Nadie va a morir aquí! —ruge Jenkins—. No, si hacen exactamente lo que les diga.

La última vez que llevaron un plan a cabo en ese mismo lugar todo salió mal. Enormemente mal. Así que Catarina considera normal que sus nervios estén alterados, y una parte de ella grita a viva voz en su mente que es una muy, muy mala idea.

Pero Jenkins está decidido. Su humor no es el mejor, se limita a dar las órdenes y mirar con el ceño fruncido a todo el mundo.

Ahora aguarda en una esquina el momento justo, en completa soledad.

A pocos metros de él, Miriam lo ve con ojos de cachorro abandonado.

No hay duda, algo pasó entre ellos, piensa Cat, mientras que en su mente repite una vez más: “no es mi problema” , pero las mariposas en su estómago cuentan una historia diferente.

—Hey —le dice Owen bajito mientras con una mano tira de su cola de caballo—. No va a pasar nada, el plan saldrá bien, no te preocupes.

—Aún me parece algo descabellado —responde—, pero ingenioso.

—Si no quieres hacerlo solo dilo, es entendible.

—No, está bien. Lo haré —asegura ella. Él vuelve a rozar su mano, un toque sutil que le dice  ‘estoy aquí’.

Se acerca y le deposita un tierno beso en la frente. Las mariposas indecisas del estómago de Cat revolotean como locas. “¿Cómo es posible que me suceda esto con dos hombres tan diferentes entre sí? Oh, Thomas, cuánto te extraño” , piensa, mientras le regala una sonrisa al pelirrojo.

—Muy bien, es hora —dice Jenkins mientras ajusta las armas a su cuerpo. Los que tienen las escopetas, vayan tomando posiciones, esperen a mi señal. Owen y Carlo, cada tiro del arco cuenta, no lo desperdicien. Cat, ¿estás lista?

—Ya casi —responde mientras se quita la espada del cinto.

Retira de igual forma el cinturón donde descansan los explosivos. Acomoda la ropa, y suelto su abundante cabello café. David recoge las armas de Cat y se las ajusta a su cuerpo.

—Estoy lista.

Aunque en su interior, está muerta de miedo. Este plan es una locura y puede salir mal muy fácilmente. Steve, Miriam y Amy no pierden un minuto y avanzan por caminos diferentes, agachados y con las escopetas listas para entrar en combate.

Deben llegar rápido a los puntos indicados y rodear la casa principal, donde se encuentra Rex. Desde allí les será mucho más fácil mantener la situación bajo control.

Owen y Carlo ya están apostados sobre los techos de la casa que hasta ese momento les había servido de refugio. Desde esa posición dominan la calle principal y esperan el momento de despejar el camino con un disparo limpio.

Amy permanece junto a Tara. La chica intenta aparentar tranquilidad, pero el leve temblor de sus manos la delata.

Catarina respira hondo y se acerca a David.

Él la recorre de arriba abajo con su único ojo gris, evaluándola en silencio.

Antes de que pueda preguntarle qué sucede, el hombre agarra la manga de su suéter y la desgarra de un tirón.

La tela cae hasta el antebrazo, dejando al descubierto el hombro y parte del sostén.

Cat traga saliva y aprieta la mandíbula.

“Es solo por la misión” , se repite.

—Tiene que parecer real, Cat.

—Lo sé —murmura ella.

Están camino a la calle principal, las voces de los convertidos comienzan a sentirse más cerca, su corazón late desenfrenado, y lo único que puede pensar, es que la única arma que le acompaña es un pequeño cuchillo de plata escondido en la bota izquierda.

David la sujeta por el brazo derecho, torciéndolo un poco, caminando detrás de ella.

Puede sentir la respiración agitada en su oído y el calor que emana su pecho sobre la espalda.

—Cuando todo esto acabe Cat, tú y yo tenemos que hablar.

No responde nada, porque ya no hay tiempo de decir nada. Han entrado en la calle principal. Al menos veinte convertidos los miran fijamente, sus ojos, al principio llenos de asombro, se tornan divertidos y hambrientos.

Muchos se saborean, otros sonríen con horribles gestos hacia ellos. Con una mano, David sujeta el brazo de Cat, y el otro lo tiene levantado en el aire. Ella no puede sino enfocarse en los ojos rojos y en la carencia de humanidad en ellos.

Aún lleva las gafas puestas, aunque esta parte del vecindario está mejor iluminada, las gafas le han ayudado a ver a varios que permanecen escondidos en las sombras.

—Mi nombre es David Jenkins, solía ser el jefe de la resistencia, estoy aquí para hablar con Rex.

Cuando David expuso su plan y anunció que ella sería la carnada, todos lo tomaron por una completa locura. Las discusiones se prolongaron durante varios minutos, hasta que, sin encontrar una alternativa mejor, terminaron aceptándolo.

Aun sabiendo que los demás vigilaban desde sus posiciones y que intervendrían en cuanto algo saliera mal, Catarina no lograba deshacerse de la sensación de estar completamente expuesta.