Invasión: Sangre y Guerra 10 #3
60%

10 #3

Los músculos de la mandíbula de Jenkins se tensionan de la fuerza que hace para evitar girarse y jalar del brazo de Catarina para reclamarle.

Jamás pensó que llegaría a estar tan celoso de nuevo, no después de Julia. Es cierto que ellos no son nada, pero Owen prácticamente se abalanzó sobre ella apenas pudo. Ese sería otro saldo por cobrar. Ahora mismo, tenía que poner su atención en la misión, ya después se encargaría de Catarina.

La puerta se abre y entran los demás encabezados por el pelirrojo, quien, con descaro, le guiña un ojo a Catarina. La chica puede sentir como toda la sangre sube a su rostro y se concentra en mantener los ojos al frente. A su lado, Amy le da pequeños codazos en las costillas.

Con un movimiento elegante de su mano, Alana enciende las pantallas, a la vez que señala una de ellas y dice:

—Han empezado a regresar. —En la imagen empiezan a aparecer algunos convertidos. Es el vecindario donde murió Ellis—. Pronto habrá reunido un gran grupo, y si no nos equivocamos estarán guiados por “Rex”.

—Nuestros estudios han arrojado que son criaturas muy territoriales —argumenta Douglas—, Siempre regresan a sus nidos después de un ataque. Más numerosos, y con más víctimas.

—Fantástico —deja escapar Carlo con sarcasmo.

—¿Cómo llegaremos ahí? —pregunta Steve—. Si volvemos por la misma alcantarilla nos volarán la cabeza antes de salir si quiera. Deben tener el lugar marcado y vigilado. No es una opción.

“Excelente pregunta” , piensa Jenkins, quien le lanza una mirada de aprobación al rubio.

—Tomarán el camino largo —explica Alana mientras presiona otro botón y la imagen cambia—. Este es un vecindario que limita con el de los convertidos, tiene poco movimiento, saldrán por aquí y caminarán hasta el otro.

—Ahora, el tema de las armas —interviene Douglas con una sonrisa en el rostro, que hace que sus ojos se arruguen más de lo normal—. Solo contamos con dos ballestas disponibles para ustedes, recuerden que el rastreador va en las flechas, así que escojan a los que tengan mejor puntería.

Cada uno llevará cuatro granadas, dos azules, una roja y una verde. Llevarán una espada y tres de ustedes cargarán una escopeta con balas de plata.

—¿Eso es todo? —pregunta Carlo con notable indignación—. Tienen un jodido arsenal y nos dan armas limitadas ¿Es una maldita broma? ¡Estamos haciendo su trabajo sucio! lo menos que pueden hacer es dotarnos como se debe, ¡es nuestro trasero el que estará matando convertidos allá afuera!

—No podemos desperdiciar nada, además es una misión pequeña y confiamos en sus... habilidades ¿No es así, Jenkins? —dice Alana mirando a David con una ceja levemente arqueada.

Su actitud está algo cambiada, ya no se ve tan dispuesta a estar cerca de David, su mirada ya no es cálida, ahora es calculadora y hermética. “No hay duda de que algo pasó” , piensa Catarina.

—¿Cómo saldremos? Una vez realizada la misión ¿Cuál es la ruta de escape? —pregunta Jenkins.

—Una vez el rastreador esté en el cuerpo de “Rex” enviaremos un vehículo por ustedes. Los llevará a otra entrada. Recuerden que estaremos observando —explica la mujer señalando las pantallas detrás de ella con aires de superioridad.

—Ni siquiera voy a preguntar —murmura Steve con el desagrado marcado en su rostro. Lleva los brazos cruzados hacia el pecho, y el ceño fruncido.

—Los dejamos para que escojan quienes portarán las armas, y los esperamos abajo en quince minutos para su salida —dice Alana lanzándole una última mirada a Jenkins antes de salir.

—¡Dios!, ¡cómo odio a esa mujer! —exclama Steve, una vez Alana y Douglas salen de la habitación.

—¿Quiénes serán los arqueros? —pregunta Cat.

—Yo me ofrezco. —Owen, da un paso al frente y agarra uno de los arcos exhibidos en la mesa. También se hace con las cuatro granadas y la espada correspondiente. Jenkins lo ve sin decir nada, solo le lanza un pequeño asentimiento antes de apartar la vista.

—Yo seré el otro —dice Carlo—. Mi padre me obligaba a practicar cuando era niño. —Da un paso al frente y agarra las armas igual que Owen—. Estoy familiarizado con las flechas.

—Steve, Miriam y Amy llevarán las escopetas —habla Jenkins— ¿Está bien?

Los tres asienten y agarran las escopetas cruzadas al hombro y las granadas en el cinturón de armas.

Todos llevaban de igual forma unos lentes especiales de visión nocturna proporcionados por Douglas.

Con cautela, Cat se acerca a la mesa y se hace a las armas que le corresponden.

Se cruza la espada en la espalda y guarda lo demás.

—Muy bien, escuchen todos —comienza a decir David con las manos apoyadas en la mesa de madera—.

Una vez allá fuera, tenemos que mantenernos unidos, recuerden que la misión no es exterminar a todos si no colocar el jodido rastreador, enfoquémonos en eso para tratar de que sea entrada por salida. ¿Está claro?

—Sí —contestan todos.

Pasado los quince minutos, ya están todos esperando a Alana en el salón principal.

Al grupo se ha unido Tara, vistiendo unos pantalones negros y suéter del mismo color.

Lleva un enorme morral que desde ahora Cat presiente que será un problema.

Se ve nerviosa e inquieta, y no es para menos.

Estar encerrado bajo tierra brinda cierta seguridad, y te hace olvidar lo que es sobrevivir allá afuera. El horror, la sangre, el miedo.

David espera sentado solo en una mesa con la cabeza echada hacia atrás en el espaldar de la silla, a su lado Miriam está de pie con su vista fija en él, y en su rostro se nota una expresión indescifrable. Catarina los observa por unos minutos pero decide apartar la vista.

“No es de mi incumbencia” , se esfuerza en pensar.

Owen, quien se las ingenió para llegar al lado de la chica, ahora mueve con impaciencia su pie derecho, mientras Amy se come las uñas en silencio.

Tras pasar veinte minutos más, Alana abre la puerta.