10
Catarina amarra sus botas con bastante brusquedad, a la vez que Amy entra en la habitación completamente bañada en sudor, sus mejillas rojas como tomates y su cabello corto, revuelto y pegado al rostro.
Amy cuenta con un tipo de belleza bastante obvia.
Lindos y expresivos ojos, que recuerdan a Bambi.
Cuerpo delgado y estilizado, pero con carne en los lugares adecuados, además de un excelente estado físico.
Es increíble que no ande con alguien, aunque sin duda las miradas que Alex le lanzaba en la antigua base eran bastante obvias.
—Vaya, al parecer alguien necesita una ducha —dice Cat mientras se pone de pie inspeccionando a la chica delante de ella, con la nariz arrugada y una mueca en los labios.
—Sí, sin duda apesto. —Amy agarra una toalla y ropa limpia—. Pero es emocionante entrenar con este tipo de armas. Nada como un buen rato de entrenamiento para refrescar la mente. Eso sí, dejando de lado que no sabemos nada concreto sobre ellos, y de donde sale todo esto.
—¿Has visto a Owen?
—Iba camino a ducharse, creo. Si lo veo le diré que lo buscas. Ahora me voy, apesto tanto que los convertidos caerían muertos solo de olerme.
—Vaya, entonces no te bañes y te usamos de arma.
—Muy chistosa, Catarina.
—Bueno, te veré en el salón entonces —le dice, a la vez que se separan en la entrada de la habitación.
Camina muy rápido, para llegar al salón tiene que bajar por la estúpida escalera en espiral, lugar donde dejó que el estúpido de David la besara ¿Es que acaso no se conforma con una mujer?
No importa, recibiendo golpes se aprende; aplica para la lucha y para la vida.
Miriam es hermosa, ruda y decidida, una completa cretina, pero una muy atractiva.
Y Cat, bueno, se dice a sí misma que está en desarrollo aún, no hay punto de comparación.
Mientras baja las escaleras, siente el peso de los recuerdos en su pecho. El roce de los labios de Jenkins contra los de ella, su respiración. Agita su cabeza y apresura el paso, no tiene caso detenerse a pensar en él, ya no.
Steve y Carlo están sentados en una mesa al fondo del enorme salón de paredes blancas.
El rubio lleva un suéter color blanco al igual que Carlo, ambos están estudiando unos documentos que les facilitó Alana, para desagrado de Steve, quien no ve la hora de largarse de ese lugar y no volver a ver el rostro de esa mujer en lo que le reste de vida.
Ve a Catarina entrar y le hace una seña con la mano para que se siente donde ellos están.
—Cat, por acá. —La repentina amabilidad de Steve le resulta sospechosa a Catarina, pero puede ser peor. Le hace una seña con la cabeza y camina en dirección a ellos.
—Y bien, ¿ya pasó tu crisis nerviosa? —pregunta Carlo de sopetón.
La ceja café de Cat se eleva hasta casi tocar su cabello, pero prefiere no decir nada—.
No te culpo ¿Sabes? —continúa sin dejarla responder—.
Todo en este maldito lugar me da mala espina, todo ese armamento…
¡Ja! hay algo que no nos están contando.
Algo turbio, solo quiero volver a la base, con la gente que conocemos.
—Sí, opino lo mismo —interviene Steve—. Alana... esa mujer, esconde algo, algo grande.
—¿Qué están mirando? —pregunta Cat con la idea de cambiar de tema.
Carlo extiende hacia ella unas fotos y hojas. Ve el rostro del vampiro “Rex”, y una lista de informes sobre las armas y locaciones de la misión.
—¿Creen que funcione? —pregunta ella con la vista en los documentos.
—¿La misión? Pues no tenemos alternativa ¿o sí?
—responde Steve—. Estamos muertos de cualquier forma, solo estamos decidiendo a manos de quién.
Presiento que esa mujer no toma de buena gana las derrotas.
Así que será allá afuera o bajo la mano de ella, aunque dudo mucho que en su vida haya usado un arma.
—Cierto —murmura Cat—. Tendrá quien lo haga por ella. Probablemente uno de esos dos hombres que siempre la siguen.
—Mis apuestas van a Jeremías —dice Steve—. Sé leer muy bien a las personas y ese sujeto… me pone la piel de gallina.
La puerta se abre a espalda de ellos, Catarina se gira pensando que será Amy quien está entrando, pero en vez se topa con el rostro de David, quien se fija en ella con una mirada que dice claramente cuáles son sus intenciones, a la vez que acelera el paso hacia Cat.
“No, señor”.
—¿Me prestas esto? —le dice a Carlo agarrando unos cuantos documentos al azar, sin dejarlo contestar, se pone de pie casi en el momento en que David llega a la mesa.
—Necesito... —comienza a decir Jenkins con una mano en los bolsillos y la otra apretada en puño a un lado de su cuerpo.
—Tengo algo que enseñarle a Amy, permiso —interrumpe Catarina, dando media vuelta sobre sus talones hacia la puerta. Justo en ese instante esta se abre y Amy entra con el cabello mojado, seguida de Owen y Miriam.
Respira de alivio y agarra el brazo de su amiga llevándola hasta una mesa cercana a la de Carlo. Ahí le extiende las hojas a la vez que se sientan.
—Información de la misión. Lee.
—Ok… ¿Gracias?
No necesita mirar atrás para saber que el ojo de Jenkins está clavado en ella. Solo debe tratar de concentrarse en otras cosas. Esperar que todo vuelva a ser como antes. Si es que tal cosa es siquiera posible.
—¿Qué es eso? —pregunta Owen asomándose detrás de Amy.
—La misión —dice Cat, a la vez que le señala una silla.
El pelirrojo se sienta entre Amy y Cat. Su cuerpo despide un ligero olor a jabón y agua fresca, lleva el cabello un poco más largo que de costumbre y se han formado pequeños bucles. Viste un suéter verde que resalta muy bien sus ojos.
—¿Te sientes mejor, Cat? —le pregunta al notar su mirada fija en él. La sangre sube a las mejillas de ella y un pequeño hormigueo recorre sus piernas, al darse cuenta de lo obvia que está siendo.
—Si, ya estoy algo mejor, lo siento si me descarrilé un poco.
—Está bien, a todos nos pasa —le guiña un ojo mientras coloca su mano sobre la de ella. Por unos segundos el mundo bajo los pies de Catarina desaparece, al igual que la persistente mirada de Jenkins.
Las puertas se vuelven abrir y entra un hombre alto y delgado al cual jamás habían visto, empujando un carrito con platos de comida.
El aroma invade enseguida el lugar, huele muy bien.
Todos suspenden lo que hacen, cautivados por el olor que emana de los platos.
El hombre se detiene con la vista fija en ellos, con algo de sorpresa y diversión por la reacción.
Sonríe de la misma forma retorcida que Douglas.
—Es conejo —aclara—. Tenemos cría de algunos animales, y digamos que es época de conejo.
Amy aparta sus ojos de los documentos mientras la boca se le hace agua.
Rara vez comían carne de cualquier animal, y esta, sin duda, se veía muy bien.
Deja a un lado lo que está revisando, a la vez que Catarina hace a un lado sus pensamientos conflictivos, y se concentran en devorar la comida.
La habitación queda casi en silencio mientras comen sin mesura cada porción.
Pasados unos quince minutos, las puertas se abren una vez más y la figura esbelta de Alana aparece, seguida de Douglas y una mujer menuda de cabello corto color rubio con un mechón azul zafiro.
—Espero que la comida sea de su agrado —empieza hablar Alana—. Les presento a la Doctora Tara —coloca una mano en el hombro de la mujer—, ella se unirá a ustedes en la misión, la cual se llevará a cabo esta noche. Salen a las diecinueve horas.
“Una última cena antes de la misión suicida. Bastante oportuno” , piensa Cat, mientras examina a la mujer nueva.
—¿En la noche? ¿Como insinúas que veamos algo en la noche, ellos tienen ventaja, ¿es que nos quieren muertos o qué? —refuta Steve, quien se lleva una mirada asesina por parte de Jenkins, a lo que el mono responde encogiéndose de hombros.
—Ellos tenían la ventaja en la noche —interviene Douglas—, pero ya no más. De su bolsillo saca unas gafas blancas, parecidas a las que usan los buzos, solo que más delgadas—. Estas, queridos míos, les permitirán ver con visión nocturna, poniendo las cosas un poco más en igualdad de condiciones.
Nadie pronuncia palabra, pero todos están pensando lo mismo. ¿Cómo es posible que ellos tengan tantos recursos? ¿De dónde viene todo esto? ¿Cuál es el secreto detrás de esta fantasía? Catarina presiente que, en algún punto, todo esto les explotará en el rostro. Nada tan bueno puede ser cierto.
—Bueno —continúa Alana—, los dejaré para que se conozcan. Tienen dos horas para alistarse, los morrales con su armamento estarán a cargo del equipo de Douglas. Nos encontraremos aquí antes de que ustedes partan, aunque, si existe alguna novedad, los llamaré antes.
Sin decir más, la mujer sale de la habitación seguida del hombre, dejando atrás a Tara, que los observa con evidente curiosidad.
La mujer es menuda, no más de un metro cincuenta, la piel en extremo blanca, lo que da a entender que casi nunca sale a tomar los escasos rayos de sol que aún llegan al planeta.
—Así que vendrás con nosotros, ¿eh? —dice Amy en tono amable, como siempre, mientras le señala una silla en su mesa para que se siente.
La mujer se sienta a la vez que Carlo, Steve, Miriam y David se amontonan alrededor.
—¿De dónde sacan todas esas cosas? ¿Los recursos de dónde vienen? —Le pregunta Owen con los ojos verdes entrecerrados y los brazos cruzados al pecho.
Tara se ve incomoda, juega con sus dedos y no detiene su vista en un solo punto. Es difícil culparla, estar rodeada por desconocidos haciéndole preguntas debe ser poco placentero.
—Algunos de los sobrevivientes son personas que tuvieron altos rangos militares, antes de los invasores. Con acceso a tecnología militar y esas cosas. Todo lo han puesto a disposición de la resistencia… de Alana —dice la mujer—. No sé mucho más la verdad —finaliza con la vista clavada en sus manos.