Invasión: Sangre y Guerra 8
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"Fuerte como la muerte es el amor".

—San Agustín

El cuerpo de Catarina Jones se queda paralizado por completo.

Puede sentir como la rabia atraviesa cada uno de sus poros, retrocede un paso y se cubre con la puerta del cubículo, aún sin atreverse a decir palabra.

Jenkins se da media vuelta, con una sonrisa que ella se ve tentada de quitar de un buen golpe una vez le entrega la toalla.

“Ya después que pudo dar un buen vistazo al panorama” , piensa.

Se seca el cabello, amarra la toalla a su cuerpo, vuelve abrir la puerta y sale.

Lo ve de espaldas, aún con las gotas de agua corriendo libres por sus músculos, con la toalla amarrada a las caderas.

No hay un gramo de grasa en su cuerpo, pero sí una colección impresionante de cicatrices; cortadas, desgarros y quemaduras. Todas representan la lucha que lleva.

—Ya puedes voltear—dice, aclarando la garganta y apartando la vista de sus pectorales— ¿Qué es tan importante que no puede esperar a que me vista?

Jenkins se voltea y ella se percata enseguida de que la herida de su pecho está sangrando un poco.

»Si es para revisar tu herida; la cual está sangrando, por cierto; ya escuchaste a tu amiga. Aquí hay doctores; yo no lo soy, es mejor que te vea uno de ellos —añade, manteniendo la vista fija en su ojo gris.

Es consciente de que le está hablando con brusquedad, pero no puede controlarse, todas las emociones de los últimos días le están pasando factura.

—Catarina, no quiero que te sientas culpable por lo que pasó con Ellis.

—Sus palabras la golpean como un balde de agua helada.

Aprieta las manos en la toalla blanca y muerde su labio para no llorar.

—Sé que Miriam y Carl pueden ser muy bruscos y dijeron cosas que no son ciertas —continúa—, lo que pasó con Ellis...

fue una tragedia, sí, pero no fue culpa de ninguno de nosotros.

Ella dio su vida intentando salvar a una niña, eso es bastante noble y es lo que nos hace buenos soldados.

Nos estamos extinguiendo y no podemos darnos el lujo de ser indiferentes unos con otros.

—Está bien, no hace falta que te disculpes por ellos, más bien anda, ve a que te revisen eso, podría infectarse, y eso sí que molestaría a Miriam. —No sabe bien por qué dice lo último, pero él le regala una sonrisa que ella no se molesta en descifrar.

Jenkins da unos pasos más hacia Catarina, lo tiene bastante cerca y de repente la ausencia de ropa se hace muy evidente. Siente como el calor golpea su rostro y solo ruega que no se refleje en sus mejillas.

—También vendrás, ¿no? —le dice con la voz casi en un susurro y una extraña sonrisa en los labios.

—¿Disculpa?

—A ver a Owen, querrás saber cómo sigue.

Traga de manera apresurada y aparta la mirada dejándola fija en la puerta de salida, como si por arte de magia pudiera teletransportarse al otro lado.

Sin decir nada comienza a caminar y se detiene en frente de un enorme estante, empieza a hurgar en busca de pantalones y una blusa.

Una vez encuentra ropa que le quede, camina de nuevo hasta el cubículo y cierra la puerta.

Escucha como los pasos de Jenkins se alejan, y solo en ese momento se permite respirar profundo.

Después de tomarse su tiempo cambiándose, y esperando que la rabia se le bajara de la cabeza, decide salir del baño.

Recorre el mismo camino hasta el salón donde dejaron a Owen, y encuentra al grupo sentado en una mesa repartiéndose lo que parecen ser tortillas de harina con verduras.

El olor hace que su estómago proteste sonoramente.

Da unos pasos en dirección a Amy quien le hace señas y se sienta al lado de ella.

Nota enseguida que las expresiones de Carlo y Miriam cambian justo al verla.

“Pueden besar mi trasero” .

Decide ignorarlos por el momento, aunque la mirada de águila de la morena se clave en ella como un puñal, pero lo único que Catarina puede pensar es en la comida.

¿De dónde habrán salido las verduras? Esa es un interrogante para después, porque ahora lo único que puede pensar es en que se ve y huele delicioso.

Sin poder resistirse más, comienza a devorar el contenido del plato frente a ella.

Minutos después, la puerta del fondo se abre. Entran Alana y Jenkins. Él lleva puestos solo los pantalones; el pecho, recién curado, permanece vendado.

Tras ellos aparecen dos hombres más. Uno alto y delgado, rondando los cincuenta; el otro más bajo y robusto, algo más joven. La mujer morena camina demasiado cerca de Jenkins, con la mano apoyada en su hombro desnudo con una familiaridad que no pasa desapercibida.

Catarina siente un hormigueo extraño en el estómago. No le gusta, pero no sabe por qué. Aparta la vista antes de que alguien note su expresión.

La puerta vuelve a abrirse y Owen entra. También lleva el pecho descubierto y vendado, pero se mueve con más firmeza que hace unas horas. Se acerca a Jenkins, le da una palmada en el hombro y sigue de largo hasta la mesa. Se sienta entre Amy y Catarina.

El malestar que le había provocado la cercanía de Alana desaparece casi al instante. En su lugar, una oleada de alivio le llena el pecho al verlo de pie y recuperado.

El cabello rojizo le cae un poco más largo sobre la frente, los rizos enmarcan su rostro y una ligera sombra bronce cubre su mandíbula. No tan marcada como la de Jenkins, cuya barba oscura perfila con precisión su mentón cuadrado.

—Me alegra ver que ya te sientes mejor —dice Amy a Owen con una gran sonrisa—. Has recuperado color, y tu brazo ya no luce como si estuviera a punto de que te lo amputen —guiña un ojo mientras le habla.

—¿Alcanzaste a comer algo? —pregunta Cat sin poder apartar la vista de esos ojos verdes.

—Sí, me llevaron algo a mi habitación —responde con una sonrisa—. El sistema médico que manejan aquí... nunca había visto tal tecnología. Mi herida sanó por completo.

—Su atención, por favor. —La voz de Jenkins, como siempre, se impone en todo el lugar. Catarina aparta la mirada de Owen con un esfuerzo que casi duele—. Me gustaría que escucharan a Alana. Ella va a resolver las inquietudes que probablemente tengan.

Dicho eso, camina hasta donde está Catarina y se detiene justo detrás de ella.

Cat puede sentir su presencia como un gran árbol que irradia calor.

Alana camina hacia el frente donde hay unas pantallas apagadas y las enciende.

En la imagen aparece el vecindario donde estaba realizándose la fiesta de los vampiros.

El cielo está negro, lo que indica que debe ser alrededor de medianoche.

Las llamas ya se han apagado casi en su totalidad; en medio de las casas quemadas no hay rastros de ningún convertido.

—Como ya saben, mi nombre es Alana, yo estoy a cargo de este lugar.

Ellos son: Jeremías —señala al hombre más alto—, y Douglas.

Jeremías es el médico de planta y Douglas es nuestro encargado de tecnología.

¿Reconocen el lugar? —pregunta señalando la pantalla—.

Ese era el campamento de Edmund, más conocido como Rex.

Presiona algo en una de las pantallas y aparece la imagen de un hombre, un convertido…

el vampiro de cabello negro sobre el capó verde.

—Llevábamos un buen tiempo tras él —continúa Alana—. Rex tiene contacto directo con la cabeza de Londres y Berlín. Es una pieza importante y ahora gracias a ustedes le hemos perdido el rastro. En su pequeño acto de fuegos artificiales, echaron para atrás meses de investigación y trabajo de campo.

—¿Gracias a nosotros? —comienza a hablar Steve con evidente indignación en su voz— ¿Qué esperabas que hiciéramos?

—Esas imágenes —interrumpe Owen— ¿Tienen cámaras en el campamento?

—Sí.

—¿Eso quiere decir que nos vieron durante todo este tiempo, y no fueron capaces de ayudarnos? —pregunta con un evidente tono de indignación.

Las miradas pasan de Alana a Jenkins, quien se ve incómodo. El rostro de Steve está rojo de la rabia, es evidente que hace un gran esfuerzo para no soltar todo lo que pasa por su cabeza.

—Tú lo sabías, ¿no es así? —Owen se pone de pie con la mirada fija en David Jenkins—. Sabías que ellos iban a estar mirando y que no iban hacer nada para ayudarnos ¡para ayudar a Ellis!... ¡Maldita sea, di algo!

—¿Es cierto? —pregunta Miriam al borde de las lágrimas interrumpiendo a Owen, al tiempo que se lleva una mano al pecho.

—Sí, es cierto. Pero también es cierto que llegar aquí era nuestra única opción para salir con vida.

—¿Por qué? ¿Por qué razón no nos ayudaron? —cuestiona Amy— ¿No es la misión de la resistencia salvar a los humanos?

—En teoría sí —responde la mujer—. Pero nosotros no somos un centro de ataque, somos un centro de inteligencia. Escogemos nuestras luchas y vamos tras los peces más grandes.

—¡Dejaron que esas mujeres murieran! —interrumpe Catarina, gritando sin darse cuenta. Su respiración comienza a volverse más agitada, y lucha vanamente para apartar el rostro de Ellis de su cabeza.

“Ellos lo sabían. Sabían que iba a morir y no hicieron nada. Nada”.

La habitación vuelve a quedar en silencio.

Catarina se pone de pie con las manos apoyadas en la mesa, el frío del metal le recorre la piel, casi llegándole hasta los huesos.

En su hombro izquierdo, siente la mano de Amy, quien se levanta como un resorte detrás de ella.

En su hombro derecho, siente la mano tibia de Owen, quien la ve con una mirada que parece decir: ‘te entiendo’.

Ella le sonríe con un leve asentimiento y trata de respirar profundo.

—Sí, así es —responde Alana después de unos segundos—, dejamos morir a esas mujeres, para salvar a miles, a veces unos cuantos morirán en el camino.