7 #3
En su mente repite una y otra vez las imágenes de lo sucedido.
Los ojos de ese hombre los lleva grabados en su memoria, al igual que el rostro de Ellis.
Sabe que el recuerdo se unirá a la larga lista de cosas que la persiguen en las noches, que la sacan de los sueños llenas de espasmos y llanto.
Temores que a pesar de los años no ha logrado controlar.
Trata de concentrarse en avanzar y llegar a la entrada de la base.
O al menos eso pensó las primeras dos horas de caminar sin descanso.
—¿Cuánto más hace falta? —pregunta Owen con voz jadeante—. No es que me moleste caminar en una alcantarilla con aguas grises dentro de mis zapatos, pero mi herida está comenzando a doler.
Eso sin mencionar que lo más probable es que en ese lugar Jenkins y él pesquen alguna infección. Muchos han muerto días después de resultar heridos si no vuelven a tiempo para ser tratados, cualquier rasguño puede ser mortal.
—Ven, déjame echar un vistazo a eso —le dice Cat, mientras mira debajo de su camisa, sabiendo que no hay mucho que pueda hacer por él en ese lugar. Le levanta la tela con cuidado tratando de que sus manos asquerosas no toquen la piel.
—La entrada ya debe estar a unos cinco metros más adelante —responde Jenkins.
—Ya casi estamos, solo un pequeño esfuerzo más. Amy y ella ayudan a Owen a avanzar dejando que recueste su peso sobre sus cuerpos, cada paso se siente como si fuesen diez, por Dios ¿podría estar más lejos esa puerta?
Owen lucha para mantenerse consciente y todo su peso recae en ellas.
Cat puede oler el sudor y la sangre del cuerpo del pelirrojo, sin embargo, tenerlo tan cerca hace que sus manos hormigueen.
Siente que ya está por desfallecer cuando nota que se detienen.
Jenkins sube por una escalera vieja y oxidada, arriba no hay tapa de salida a la calle, pero él la toca un par de veces y vuelve a bajar.
¿Qué hace? ¿Será que se equivocó? ¿No hay entrada?
Un ruido sordo la saca de sus pensamientos, la pared en la que la vieja escalera está recostada se abre creando una especie de puerta, Jenkins se coloca delante de ellos, esperando que alguien se asome de entre la oscuridad.
Pasado unos cuantos segundos, las luces dentro de la puerta se encienden y una mujer aparece.
Piel morena, calva y con vestimentas militares.
Su figura resalta por las prendas que usa, dejando ver unos brazos bien tonificados y una cintura bastante pequeña.
—¿David? —dice la mujer al ver a Jenkins. Su semblante parece relajarse y una expresión de sorpresa se adueña del rostro atractivo de la mujer.
—Alana, verás… necesitamos ayuda.
—¡Oh por Dios, David! ¡entren, de prisa! —La mujer se hace a un lado para dejarlos pasar.
Mientras entran, lo único que puede procesar es que el nombre de pila de Jenkins es David, y al parecer esta mujer lo conoce lo suficiente como para llamarlo así.
Suben por un pasillo estrecho iluminado con bombillas amarillas.
Detrás, la puerta vuelve a cerrarse. El peso de Owen ya se está volviendo demasiado para Amy y para ella, al llegar al último escalón se detienen y piden ayuda.
Steve llega, carga a Owen sobre su hombro y guiado por Alana lo llevan dentro de una habitación y lo acuestan en una camilla médica.
El espacio es increíble, grande y limpio. Hay pantallas, máquinas de vigilancia, enormes antenas y mucha tecnología con la que ellos en definitiva no cuentan, y sinceramente, Catarina no creyó que aún fuese posible tener.
—Bueno, gente, Bienvenidos a Prometheo, la central principal de toda la resistencia —comienza a hablar Alana—.
La mayoría de nuestro personal está en una misión, pero contamos con doctores que los revisarán.
Primero, los que no estén heridos de gravedad, los baños están al fondo de este piso, ahí encontrarán toallas y ropa limpia.
Siéntanse libres de tomar la que necesiten, pero por favor vayan a limpiarse... huelen muy mal.
Todos, salvo Owen, son guiados a un baño amplio, con filas de cubículos de ducha y estantes repletos de ropa y toallas limpias. Sin previo aviso, Jenkins se quita la ropa y entra al primer cubículo disponible.
Catarina aparta la mirada con un esfuerzo que la sorprende. Camina hasta el fondo del baño y elige uno más apartado. Los demás hacen lo mismo, cada uno buscando un poco de espacio propio.
Se desprende de la ropa empapada en sangre y agua de alcantarilla.
El olor aún le impregna la piel. Abre la regadera y deja que el agua fría le golpee el cuerpo.
El primer contacto la hace tensarse; el frío muerde, entumece, pero también arrastra la suciedad y algo del peso que carga desde hace horas.
Cierra los ojos. Permite que el agua corra por su cabello, por su rostro.
El temblor en sus muslos es casi doloroso, pero no se aparta.
Lo necesita. Allí, sola bajo el chorro constante, piensa en Ellis.
En lo que pudo haber sido distinto. Las lágrimas se mezclan con el agua sin que nadie pueda notarlo.
Uno a uno, los murmullos se apagan. Las duchas se cierran y las voces desaparecen hasta que el baño queda en silencio.
Solo entonces abre los ojos. Respira hondo, cierra la llave y escurre su cabello hacia atrás. Se pasa una mano por el rostro, limpia de agua y de cualquier rastro visible de debilidad.
Decide salir así. Da media vuelta, abre la puerta del cubículo y se encuentra, de frente, con Jenkins, que le extiende una toalla blanca.