Invasión: Sangre y Guerra 7
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“En la guerra como en el amor, para acabar es necesario verse de cerca”.

—Napoleón I

Es una mala idea. Una vez Jenkins termina de hablar y explicar cómo van a cruzar un campamento lleno de vampiros, lo único en lo que Catarina puede pensar es que es una muy, muy, mala idea.

Es la madre de las malas ideas. Sabe muy bien que ya están muertos, pero esa misión les está asegurando el tiquete al más allá, de una forma lenta y dolorosa.

Sin embargo, no dice nada, es el único plan con el que cuentan, eso o quedarse ahí y morir de igual forma.

Al menos siguiendo el plan, tendrán una oportunidad de rescatar a la niña.

—¿Todos entendieron lo que tienen que hacer? —pregunta Jenkins por tercera vez.

—Sí —responden todos, excepto Steve, quien se limita a mirar con la nariz arrugada. Una expresión muy común en su rostro. Él no está de acuerdo con el plan y a pesar de no haberlo dicho con palabras, su rostro habla por él.

—Muy bien. El mínimo error nos expone a todos, es una sola oportunidad y nos la estamos jugando toda. Recojan las cosas y sepárense según lo acordado. Catarina y Owen conmigo.

Por supuesto que Catarina está en equipo con Jenkins, era de esperarse. La chica no necesita mirar en dirección a Miriam para sentir los ojos de la morena clavados en su espalda.

“Al menos Owen también está con nosotros”.

Carlo y Miriam van a llevar a cabo la primera parte del plan: Distracción.

Si ellos lo consiguen podrán seguir con lo demás, si no, pues, fue un buen viaje hasta donde llegó.

Jenkins despide a sus dos soldados, le da la mano a Carlo y Miriam lo abraza, era de esperarse, después de eso desaparecen colina abajo hacia el lado oeste.

La idea en sí es simple. El vecindario en el que están es completamente funcional, tiene servicio de luz, de agua y de gas.

Es un vecindario antiguo, así que justo por detrás de las casas se encuentran las tuberías de gas.

Lo que Carlo y Miriam tienen que hacer es lograr una gran explosión.

Los Vampiros están esparcidos a lo largo de toda la calle bailando al ritmo de la música, muchos realizando actos sexuales a plena vista.

Catarina si había escuchado que los convertidos pierden por completo el pudor o decoro, pero nunca había visto algo así.

Sus ojos están fijos en un hombre de cabello negro, no lleva camisa y tiene todo el pecho cubierto de sangre.

Está de pie encima del capot de un carro verde.

Besa de manera muy apasionada a una mujer de cabello rubio, la cual está casi desnuda.

Nunca había visto a alguien besarse así.

Si bien, dentro de la resistencia nacen relaciones, nunca se ha visto a alguna pareja demostrar afecto de esa manera.

Ciertamente ella no lo ha hecho, y por increíble que parezca en estos momentos siente una punzada de envidia hacia la mujer convertida.

Envidia de ver como las manos del hombre recorren cada rincón de su cuerpo, mientras la besan sin cesar.

—Hey Catarina ¿Sigues con nosotros? —murmura Jenkins— ¿Qué tanto ves? —pregunta asomándose por encima de su hombro.

—Nada —responde muy rápido, mientras ve que el ojo del jefe ya recorre con su mirada fría la pareja sobre el capó verde, mientras sonríe con picardía. Las mejillas de Cat se enrojecen de la vergüenza.

—Ya están en posición —interrumpe Steve quien viene agitado—. Carlo y Miriam han logrado atravesar la colina hasta la parte posterior del vecindario, están listas para encender la fiesta, solo esperan su señal.

—Muy bien —dice Jenkins dando la aprobación para el siguiente paso—, que comience la fiesta.

Un hormigueo recorre el estómago de Catarina, tiene un mal presentimiento acerca de todo esto, pero no hay nada más que hacer, es la única opción.

Mira a Steve asentir y desaparecer nuevamente colina abajo, ahora solo aguardan a la explosión y rezan para que sea a lo grande y cause el daño suficiente.

Su mirada regresa al frente, a la música, al baile, a la sangre, a la pareja sobre el capó verde, y casi se siente mal por tener que interrumpirlos.

—Todo estará bien Cat —La voz de Owen suena suave a su lado—. Estaremos bien.

El pelirrojo, está recostado en las piedras al lado de ella, se sujeta el brazo y es evidente que está sintiendo dolor.

Su herida probablemente se está abriendo y eso no es bueno, pero ahora mismo ella sabe que no puede hacer nada por él.

Le regala una sonrisa, y justo cuando está por volver los ojos a la pareja, siente un ligero temblor.

Una sensación de vértigo la invade, y en el momento en que ubica a la pareja que ha cautivado su atención, una fuerte explosión se abre paso.

La música se detiene, al igual que el baile y los besos.

Pedazos de madera, vidrio y metal vuelan por los aires, enormes llamaradas consumen una a una las casas del lado izquierdo.

El fuego se alza salvaje en enormes llamas.

Escucha las voces detrás de ella, gritos y órdenes para la siguiente movida, pero Cat está congelada, sin poder apartar la vista del caos que se desarrolla colina abajo.

Los Vampiros corren, huyendo del fuego ya que su piel arde como ramas secas ante cualquier chispa.

La música ha sido reemplazada por gritos y gruñidos, todos huyen, excepto el hombre de cabello negro del capot verde.

Su mirada que antes irradiaba deseo ahora es una máscara de furia, su boca está retorcida en una mueca que deja ver sus enormes colmillos.

La mujer rubia ya no está a su lado. Solo está él, de pie mirando a su alrededor, no, no mirando, buscando, cazando.

De repente se siente muy expuesta y decide darse vuelta abre y cierra sus manos buscando algo de tranquilidad, algo que serene su mente ante lo que viene.

—Todos listos, ya saben que hacer —grita Jenkins—, esperen mi señal. Nadie mueva un dedo hasta que yo ordene. Si nos vamos a ir a la mierda, lo haremos como equipo.

Desenfunda la hoja de metal que lleva en su cinto, la aprieta con fuerza, regula su respiración. “Todo saldrá bien, todo saldrá bien”.

Owen sostiene una enorme espada con el brazo que no está herido, y adopta rápidamente una posición defensiva.

Steven y Gordon se han ido a cumplir la última orden junto con Amy.

Ellis lleva una espada en cada mano, todos listos para atacar, correr e intentar huir.

El sonido de unos disparos los sobresalta, según el plan, los disparos serían el último recurso, Catarina gira en busca del origen del sonido, pero sabe muy bien que algo debe andar mal.

Los disparos se escuchan hacia el norte, al final de la calle.

Sin duda deben ser Miriam y Carlo. Siente el corazón latir desbocado, esto no es igual a otras misiones, están muy superados en número y sus soldados más fuertes están heridos.

Owen le pasa algo a Jenkins, intrigada se acerca un poco más para ver mejor y nota que son dos bombas de humo.

Las últimas, si todo sale mal, estarán perdidos.

—Muy bien, todos listos —comienza a decir Jenkins—, ya saben que la primera bomba es la señal, Miriam y Carlo traerán el fuego mientras Steve y Amy van por la niña. Con la segunda bomba entraremos a la alcantarilla, y rezaremos para que el fuego sea suficiente para que no nos sigan ¿Todo claro?

Le responden con un asentimiento silencioso, hasta Steve ha perdido su rostro de pocos amigos, y ahora, algo más se ha anidado en esos ojos azules: miedo.

Catarina respira hondo y Jenkins arroja la bomba.

Esta recorre una distancia antes de estrellarse contra el suelo y expulsar el gas.

El humo comienza a salir y a cubrir todo, aprovechan la confusión para bajar corriendo con las espadas en el aire.

Las llamas alcanzan ya los dos metros de altura, se ven naranjas y amarillas detrás de ellos, y han consumido con rapidez varias casas.

Un enorme muro de fuego que avanza desmedido.

El calor es insoportable, y deben estar agradecidos por ello, la mayoría de los convertidos están huyendo, unos cuantos quedan reducidos a cenizas en medio de gritos y maldiciones.

Corren, ya casi en la mitad de la calle y aún no hay señales de Carlo o Miriam con el fuego.

Deben lograr traer una antorcha, si ellos no llegan y el humo se disipa del todo, será el fin.

La calle está bañada de sangre, el olor es penetrante y unido con el humo la sensación de asfixia es abrumadora.

Catarina siente los ojos arder y los pulmones escocer en reclamo de aire fresco.

—Todos listos para atacar —gruñe Jenkins.

“¿Atacar? ¡Pero si no se ve nada!” Está a punto de gritarlo cuando dos puntos rojos aparecen enfrente de ellos a través del humo.

A medida que la neblina se disipa, un cuerpo se forma entorno a esos ojos amenazadores, el hombre de cabello negro.

Sus manos y pecho están cubiertos de sangre.

La mira directo, detrás de él han aparecido al menos otros cinco, listos para atacar también.

Jenkins levanta ligeramente la espada, acto seguido todos toman posiciones defensivas.

No se sabe quién da el primer golpe, en un parpadeo todo se vuelve un caos.

Encima de Cat, gruñendo y enseñando los colmillos, una mujer de cabello rizado color plata, le gruñe con intenciones de rebanarle el cuello.

La mantiene a distancia con la espada en forma horizontal.

La Vampira se aferra de la hoja para empujarla hacia ella, la plata quema sus manos, pero aun así no las retira.

Catarina retrocede un paso, y, con algo de impulso, golpea su cabeza contra la de ella con la fuerza suficiente para que la mujer retroceda y baje la guardia el tiempo justo para decapitarla.

En el lugar solo suena el batir de las hojas y el gruñir de los convertidos, todos están inmersos en el combate.