6 #3
—Alguien viene…. ¿Por nosotros? —pregunta Catarina, con una pizca de ilusión en la voz.
—No lo creo —responde Jenkins. Y su voz dice más que sus palabras. Convertidos.
El sonido se hace más fuerte, está ya casi encima de ellos.
—Debemos estar seguros —responde Amy—. Alguien debe mirar
Con una imprudencia que no sabía que tenía, Catarina se pone de pie, ganándose una mirada de Jenkins, capaz de derretir cualquier hielo.
—Yo lo haré, soy la más menuda de todos aquí—, explica.
Puede sentir el amenazador ojo de Jenkins puesto sobre ella, al igual que los de Owen, pero los ignora.
Se recuesta por completo en la destruida pared con la vista fija en la ventana al lado derecho.
Cualquier cosa que pase por enfrente la verá directo y con suerte no la verán a ella o será el fin de todos; uno bastante lamentable, entre otras cosas.
—¿Ves algo? —pregunta Ellie.
—Aun nada —murmura, sin atreverse a mover un músculo.
Da dos pasos para acercarse más a la ventana, aún con la espalda pegada a la pared.
El sonido ya está muy cerca, casi encima.
Agudiza la vista y entonces lo ve. Ya no solo suenan las llantas del vehículo, sino horribles gritos pidiendo ayuda, junto con la risa de otros: Convertidos.
Aprieta los puños justo en el momento en que un jeep pasa por enfrente de la casa.
Un jeep color gris oscuro, dos hombres en la parte de adelante, convertidos.
Dos mujeres jóvenes en la parte de atrás, humanas.
Arrastrando de una cuerda por la carretera con el cuerpo desmembrado de lo que parecía ser un hombre, dejando un rastro de sangre fresca.
Siguen derecho con dirección al norte. Justo el sendero que ellos necesitan tomar.
Se vuelve de nuevo al grupo que la mira expectante. Se sienta, pero antes de hablar, abre la cantimplora que cuelga de su cinturón y le da un largo trago.
—Son convertidos —anuncia al fin—. Alcancé a ver dos hombres al volante de un Jeep, llevaban mujeres humanas en la parte de atrás y… un cadáver arrastrando del vehículo. Se dirigen al norte.
—A donde sea que lleguen esos dos quiere decir, que hay muchos más como ellos. El barrio al que estamos por entrar es una zona de convertidos —asegura Steve con amargura.
—Es inevitable —Interrumpe Jenkins—. Podemos rodearlos, pero tarde o temprano tendremos que atravesarlo, la entrada se encuentra justo en la mitad.
—¡Por supuesto que se encuentra en la mitad! —exclama Steve bastante alterado—. No podría haber algo sencillo o, a nuestro favor, solo por una maldita vez ¡Estamos muertos!
—¡Estamos muertos desde hace mucho tiempo!
—interrumpe Jenkins, prácticamente gruñendo—.
Si vamos a caer, será luchando. Nuestra vida está en juego en cada maldito momento, nunca ha sido nuestra ni lo será del todo hasta que esas criaturas desaparezcan, y es probable que ninguno de nosotros viva lo suficiente para ver ese momento, pero aun así lucharemos hasta el final, ¿está claro?
Con una mezcla de vergüenza y resignación en el rostro, Steve asiente.
No es momento para entrar en pánico, Catarina trata de mantener sus pensamientos en calma.
Están en medio de una encrucijada y cada decisión que tomen será vital.
Cada minuto que pasa juega en su contra, el cielo es cada vez más oscuro, ya no es más territorio humano, es él de ellos.
—Andando. No vamos a esperar que nos encuentren arrinconados. Si vamos a caer lo haremos de pie.
Una vez dicho eso se ponen de pie en silencio, recogen los morrales y exhalan un largo respiro para volver al exterior.
Están a unas cinco calles del vecindario invadido.
Cualquier cosa puede delatarlos, pero no tienen opción.
Retoman la marcha y, a medida que se acercan, el sonido se vuelve más claro.
Es algo que casi ha desaparecido con el paso de los años, convertido en un privilegio reservado para unos pocos: música.
Catarina la escucha fuerte y nítida, mezclada con risas, y sabe que, por muy agradable que suene, la realidad detrás de ese panorama debe ser muy distinta.
A la señal de Jenkins se ocultan desde los escombros en una colina y observan desde ahí el vecindario que tienen que atravesar: un conjunto de casas y edificaciones pequeñas.
Pero ese no es el problema, si no los doscientos convertidos que lo habitan.
Catarina puede sentir como el corazón se le oprime por lo que sus ojos ven.
Están en la calle, bailando al ritmo de una música que jamás había escuchado, no es que haya escuchado mucha en sus veinticinco años de vida, pero ahí están ellos, danzando bajo la luz de la luna, mientras se bañan en la sangre de los humanos que están colgando sobre ellos como cerdos de matadero.
Han sido atados a postes y cuelgan con las cabezas para abajo.
Muchos cortados en la garganta para que la sangre mane sin cesar mientras ellos la reciben con la boca abierta.
Con mucho pesar pasa sus ojos sobre los cuerpos sin vida de las mujeres que iban en el auto sumados a la docena que cuelga.
La bilis le sube a la boca, está por apartar la vista cuando algo llama su atención.
Junto a las mujeres está una niña de no más de diez años que cuelga, retorciéndose, luchando para liberarse, aún con vida.
“Está con vida” . No puede pensar en otra cosa. Siente que el aire no entra a sus pulmones, así que aparta la vista y aprieta las rodillas contra el pecho.
—Lo mejor será esperar al amanecer, que estén disipados —Escucha decir a Owen—. Si vamos ahora será una muerte garantizada.
—Ir a cualquier hora es una muerte garantizada —argumenta Steve, alterado como siempre—, debe haber otro camino.
—¡No lo hay! —grita Miriam— ¿Crees que no buscamos? La opción es quedarnos vagando hasta que nos maten, o intentar atravesar, no hay más caminos, no hay más salvación.
—Hay una niña —susurra Catarina, pero nadie la escucha.
—Debemos pensar en algo, camuflarnos o tratar de pasar sin ser notados —sugiere Amy.
—Hay una niña —repite y nuevamente nadie la escucha.
—Nos estamos quedando sin provisiones —interrumpe Elli—. Moriremos de hambre y sed si no nos arriesgamos, puede ser nuestra única oportunidad.
—¡Hay una niña! —grita y todos se callan poniendo los ojos sobre ella—. Hay una niña con vida colgando desde un cable. ¿Vamos a dejarla ahí? —pregunta Catarina con el corazón en las manos porque sabe, que lo más sensato sería ignorar a la niña.
Todos vuelven la vista a la escena que hay colina abajo. Jenkins se tensa al encontrar a la niña retorciéndose. Los demás observan en silencio, después de unos minutos la miran de nuevo.
—¿Por qué aún está con vida? —pregunta Carlo.
—He escuchado —comienza Jenkins—, que, en algunos nidos de convertidos, esperan a que la niña crezca y la convierten, la usan sexualmente desde pequeña.
Los bebés son de gran valor hoy día, más bebés significa más convertidos en algún punto.
Como ellos no pueden reproducirse, me imagino que usarán humanos...
—¿Qué vamos a hacer? —vuelve a preguntar Catarina con un gran sabor amargo en la boca, porque presiente cuál será la respuesta.
—No haremos nada —responde Miriam bruscamente—. No podemos ser los héroes de nadie cuando nosotros necesitamos ser salvados. Ahora mismo solo podemos esperar y rezar para lograr atravesar esa alcantarilla sin que nos coman en el intento.
—¡Siempre necesitamos que nos salven! —responde muy molesta—.
Si no te has dado cuenta, nada está asegurado en el mundo en que vivimos y siempre habrá alguien que esté peor, alguien a quien podamos ayudar.
—Catarina puede sentir como la sangre le hierve en las venas—.
No puedo vivir tranquila sabiendo que dejamos a una niña indefensa colgando de cabeza a merced de cientos de vampiros.
Prefiero morir intentando salvar una niña.
El enojo está marcado en cada rasgo de Miriam, sus ojos azules, fríos como el hielo, miran a Catarina con absoluto desprecio.
La tensión se puede cortar en el aire con una tijera.
El pulso acelerado de Cat le indica que de pronto no está siendo razonable o no está viendo las cosas con claridad, pero solo puede pensar en la niña que aún está luchando por su vida en medio de los cuerpos destajados a su lado.
Esa niña pudo ser ella años atrás. Pudo ser Thomas.
—No vamos a dejar a nadie —interrumpe Jenkins, y los ojos de todos lo miran con sorpresa—. Tengo un plan
—¿Has perdido la razón? —reprocha Miriam—. No existe forma alguna de bajar ahí y salvar a esa niña ¿Es que acaso no lo ves? ¿O el sentimentalismo de pronto te nubló la vista?
Esa es la gota que derrama el vaso. Justo en el momento en que Miriam pronuncia la última frase, todos los espectadores contienen el aire casi al unísono. Nadie, jamás le ha hablado así a Jenkins en la historia.
—Me encantaría saber —contesta Jenkins con voz cortante como un cuchillo—, ¿cuáles son mis sentimentalismos exactamente?
O hacia quien. ¿Te refieres a Catarina? Porque tengo un plan, entonces ¿también significa que mis sentimientos por ella los metería a todos en una misión suicida?
¿Tan estúpido me crees? Además, hasta donde recuerdo, yo aún soy el jefe, y si no estás de acuerdo eres libre de marcharte o quedarte aquí. ¿Has entendido?
“¿Mis sentimientos por ella?” . Los pensamientos de Catarina quedaron congelados. “¿Cómo se atreve a decir eso?” . Está tan furiosa que siente como la sangre le sube al rostro.
Miriam asiente con los labios apretados, llena de resignación e ira, mientras le dirige una mirada mordaz.
Pero ¿cómo se atreve él a insinuar que hay algo entre los dos?
No es momento para pensar en eso, lo importante es que hay una forma de salvar a la niña, él tiene un plan. Catarina exhala y escucha.
—Todos escuchen, esto es lo que vamos a hacer...