6 #2
Su cuerpo siempre ha sido hueso y músculo, forjado más por la escasez que por elección.
A veces se pregunta cómo habría sido todo si los invasores nunca hubieran llegado.
Quizá una buena alimentación, una vida más tranquila, habrían dejado alguna marca distinta en su aspecto.
Piensa en su madre, una mujer agraciada y bien educada, con un futuro que pudo haber sido otro: universidades, un título, un matrimonio con un hombre de bien.
Aparta la vista y niega con la cabeza. No tiene sentido detenerse en eso. En estos tiempos, la vanidad no sirve de nada.
A los pocos minutos regresa Amy trayendo un pantalón color verde que resulta quedando algo ancho en las caderas de Cat, y un suéter negro que queda algo justo en el busto.
Pero en época de extinción mundial, la ropa a medida es solo una ilusión.
Al salir del baño, limpia y sin rastros de sangre, encuentra a Jenkins dormido sobre la mesa de comedor y a Carlo y Gordon sentados en el suelo de la sala revisando lo que encontraron en los demás apartamentos.
Una de sus misiones era buscar gasa, esparadrapo, vendas y alcohol de cualquier tipo.
Y cuatro botellas de Whisky le hacen ver que cumplieron su cometido.
Agarra una lanzándole al rubio una mirada que dice ‘Me la he ganado’ y camina hasta la mesa donde descansa Jenkins.
Se concentra en el subir y bajar de su pecho.
Han pasado al menos dos horas desde que le abrió el pecho. Owen está sentado a su lado con Steve y Miriam, esta última la ve como un águila miraría a un ratón mientras se acerca aún más a la mesa.
—Solo voy a revisar la herida —anuncia Catarina levantando las manos.
—Adelante —dice el pelirrojo —Haz lo que tengas que hacer.
Se acerca a su pecho cerciorándose de que los puntos sigan en su lugar sin señales de desgarre.
La piel se ve enrojecida, pero es normal, después de lo que ella ha hecho, pasa los dedos por alrededor de la herida, y no puede evitar sonreír al darse cuenta de que está cicatrizando muy bien “Bueno Arthur, gracias por salvarme el pellejo” , piensa mientras retrocede un poco.
—Cat, tenemos que empezar a movernos ¿Podemos despertarlo? —dice Steve en el tono más amable que ella le ha escuchado hasta el momento, lo que seguramente debe significar un esfuerzo enorme.
—Si, pero no puede esforzarse mucho, no puede levantar peso, no puede correr...
—Pero tenemos que arriesgarnos —la interrumpe Miriam sin ánimos de fingir amabilidad—, o todos moriremos aquí. Está oscureciendo y no quiero tentar a la suerte otro día más en esta ratonera.
—Está bien —responde Catarina, sabe que es una discusión que jamás ganaría—. Está bien, solo digo que a su herida y a la de Owen les falta sanar.
Miriam coloca sus manos en el rostro barbado de Jenkins ignorando por completo las últimas palabras de Catarina y con suaves movimientos comienza a despertarlo.
Abre el ojo color tormenta y enseguida el dolor se ve reflejado en sus facciones.
Catarina se acerca a él destapando la botella de Whisky y se la extiende.
—Esto ayudará con el dolor —le dice, ganándose una mirada asesina de la mujer pelinegra.
Jenkins observa el rostro de Catarina, y nota la punzada en su pecho, no por el dolor, si no por la extraña sensación que lo recorre siempre que la ve.
Como un recuerdo lejano, la chica le extiende una botella de lo que parece ser Whisky la recibe dando un gran trago.
Se incorpora con torpeza, mirando todo a su alrededor.
—¿Cuánto tiempo dormí?
—Un par de horas nada más —responde Miriam—, pero está empezando a oscurecer no es seguro quedarnos aquí otra noche.
Coloca su mano en el hombro de Jenkins. Sin embargo, él hace un gesto casi sutil y logra desprenderse de la caricia.
—Entiendo, comencemos a empacar nos llevaremos todo lo que pueda ser útil. —Se baja de la mesa—. Y que alguien me traiga un suéter por favor.
El dolor que siente es insoportable, pero está acostumbrado a fingir que no siente nada. No puede moverse con brusquedad, pero eso no va a impedir que se arriesgue por su equipo.
Catarina sabe que no es una buena idea, pero también sabe que no tienen otra opción.
No pueden quedarse más tiempo en ese lugar.
Aun así, salir con dos personas heridas no resultará tarea fácil.
No podrán luchar, serán presa fácil si se encuentran con un grupo grande de convertidos u originales… Será una masacre.
Steve, Carlo, Marian, Amy, Gordon, Ellie, Owen, Jenkins y Cat. Nueve personas con armas limitadas; dos de ellos heridos; se disponen a salir del apartamento.
El jefe va apoyado en Carlo, su dolor se ha dormido un poco debido al Whisky, pero aun así no puede realizar movimientos bruscos o la herida se abrirá.
Le dan una mirada al cielo violeta brillante, no pueden esconderse más, es la hora.
Organizados en una fila, liderada por Steve y finalizada por Carlo, bajan las escaleras del edificio que fue su refugio estos días.
La calle desierta, llena de basura y papeles les da la bienvenida.
El aullido del viento hace que los vellos de Cat se ericen, el rocío frío besa sus mejillas.
Deben avanzar tratando de mantenerse ocultos, Steve lleva el mapa que Jenkins trazó horas antes.
El rubio señala que más adelante se encuentra una calle y cruzando hay otro barrio, fuera de la zona muerta.
Es peligroso, pero es la única salida, ya que, a través de él, hay una entrada a una alcantarilla que lleva directo a una base de la resistencia.
Deben arriesgarse, mantenerse ocultos y avanzar.
Después de haber andado casi una hora, y muy contra su voluntad, Jenkins ordena que el grupo se detenga.
Está jadeando y no precisamente por el cansancio.
Sus costillas arden de dolor, está mareado, probablemente por la falta de sangre y comida, la cabeza está a punto de reventarle.
A su lado Owen está más pálido de lo normal, pero su segundo al mando, al igual que él, tratan de mantener sus quejas ocultas.
No tiene caso agregar más preocupación a su grupo.
El cielo es ahora un poco más morado y menos lila.
Se detienen en una caseta abandonada, Miriam reparte agua entre todos y algo de comida enlatada.
Jenkins se deja caer, recostado a una pared de piedra, pero aún con el pecho aullando de dolor, puede ver a Catarina caminar a donde el pelirrojo, que está sentado junto a Steve compartiendo un trago de Whisky.
—Hola —dice la joven mientras interrumpe lo que ellos están hablando—. Me gustaría revisar tu herida. —Hace una señal hacia el brazo del hombre, donde algo de sangre ya se filtra a través del rústico vendaje. Owen le lanza una mirada a Steve, a lo que el rubio se levanta y se va.
—Claro, Cat —contesta con una sonrisa.
El estómago de la joven se retuerce un poco. Owen es hermoso, y ella siempre lo ha admirado. A pesar de la vida que lleva y las cicatrices que se ha ganado, nada de eso ha logrado opacar la luz que irradia. Si supiera dibujar, le encantaría plasmarlo.
Ella sonríe, no lo puede evitar al escuchar que él la llama ‘Cat’ y no Catarina como lo hace Jenkins.
Se aproxima, levantando con cuidado el brazo inmovilizado y ve que la herida está cerrada, sin rastros de infección.
El dolor debe ser insoportable, sin embargo, él se ve bien, tranquilo.
Le regala otra sonrisa, percatándose de lo cerca que está de los labios del pelirrojo.
—Se ve bien, no te quites el cabestrillo del brazo y trata de moverlo lo menos posible —retrocede dos pasos, y aprieta sus manos en puño, para poder mantenerlas quietas.
—Gracias —responde, con una sonrisa llena de diversión.
Algo en él le inspira tranquilidad, como si todo fuese a estar bien. Está por dar media vuelta, sin dejar de sonreír, cuando escucha que la llaman desde la otra esquina. Gira para encontrar al ojo gris de Jenkins fijo en ella, con el ceño fruncido.
—Catarina, ¿puedes venir por favor? —pregunta, casi masticando las palabras.
“No puedo decir que no” , piensa mientras avanza.
Se acerca y lo que ve no es alentador. Está empapado en sudor, con el cabello castaño pegado al rostro. El suéter muestra manchas oscuras y, aunque intenta disimularlo, cada respiración le exige un esfuerzo visible. El dolor se le nota incluso cuando guarda silencio.
—Mi herida, ¿Podrías mirarla? —dice, arrastrando un poco las palabras.
—Claro que sí —responde Cat, y el rubor vuelve a subirle al rostro. Se acerca un poco más al pecho del hombre y levanta su suéter con cuidado. Él no aparta la cabeza; su respiración le roza el cuello y le provoca un leve estremecimiento que le afloja las piernas.
Expone la herida. Está enrojecida, sensible, pero no muestra signos de infección.
—Estás bien, trata de no realizar ningún esfuerzo —indica, mientras baja muy despacio la tela del suéter—. Sin embargo, el dolor...
—Nada que hacer, poco difícil dada la situación ¿No lo crees, Catarina?
—Es Cat —corrige, retrocediendo dos pasos.
No entiende por qué le cuesta llamarla Cat. Nadie la llama Catarina, nadie excepto… No. Esas puertas es mejor dejarlas cerradas.
Una media sonrisa adorna su rostro y está por contestar algo cuando el grito de Steve los interrumpe.
—¡Abajo todos abajo! ¡Ahora! —grita el rubio, mientras se arroja sobre el suelo lleno de rocas y escombros.
Sin pensarlo dos veces todos se agachan bajo la enorme pared sobre la cual hay una enorme ventana, que deja ingresar algo de luz de la calle. El corazón de Cat late rápido y sin cesar. No entiende lo que sucede, mucho menos escucha nada.
—¿Qué está pasando? —pregunta Amy en un susurro
—Cállate y escucha —responde Steve muy cortante, sin mirarla.
Trata de concentrarse en escuchar solo lo que sucede del otro lado de la pared, pero no logra percibir nada fuera de lo normal. Está tentada a decir algo, pero entonces lo escucha. Es el sonido de un vehículo y viene acercándose.