6
“Dios mata indiscriminadamente, y nosotros también. Porque ninguna criatura de Dios es como nosotros, ninguna se parece tanto a Él como nosotros.”
—Tom Cruise (Lestat de Lioncourt)
La noche pasa inusualmente tranquila. La mañana llega y con ella, los pensamientos de todos se enfocan en salir y tratar de avanzar sin que los vean.
Amy y Cat organizan los suministros encontrados en el apartamento a la vez que cambian los vendajes de los heridos, mientras que Carlo, Gordon y Ellie recorren el lugar apartamento por apartamento, buscando algo que les pueda ser de utilidad.
Owen ha recuperado ya la conciencia y su brazo se encuentra inmovilizado.
Ese sería el punto débil. De ser atacados, no podrá defenderse, de igual forma si la herida se abre, el olor a sangre guiará a las criaturas directo a ellos.
Jenkins y Miriam trazan en uno de los mapas sobrevivientes, la mejor ruta de escape.
Aunque no lo ha dicho en voz alta, él conoce muy bien esa zona, es un tema que prefiere mantener oculto, pero si las cosas no salen bien, sabe que le tocará abrir una puerta que lleva mucho tiempo cerrada en su mente.
Catarina termina de armar los bolsos con lo necesario, y con poco disimulo clava su mirada a donde se encuentra Owen y Jenkins.
Se percata de que, a medida que el jefe habla, se aprieta el pecho al lado derecho con la mano hacia las costillas.
Ahora que se detiene a pensarlo, ella no tuvo oportunidad de revisarlo, Amy lo hizo, es cierto que no es doctora, pero estuvo en primeros auxilios, mientras que la otra chica siempre ha estado en combate.
Muerde un poco su labio inferior, y reza para que no se le haya pasado nada.
Se pone de pie porque sabe que no se puede quedar con la duda.
Sin darse cuenta está caminando hacia ellos, y se detiene justo en frente del corpulento cuerpo de Jenkins, a escasos centímetros de él, invadiendo por completo su espacio personal.
Y lo último que sabe es que sus labios se están moviendo.
—Quítate la camisa —le ordena.
Los ojos de Miriam se abren llenos de rabia, Jenkins levanta una ceja y le lanza una mirada divertida que dice: “¿Cuál es tu afán de verme sin ropa?”. De nuevo puede sentir la sangre invadiendo sus mejillas y la rabia apoderándose de sus manos. Respira hondo antes de hablar.
—Te está doliendo el pecho cuando hablas —comienza a decir sin apartar la vista de esa zona de su cuerpo, porque sabe que, de mirarlo fijamente al rostro, le temblarán aún más las piernas—.
Y no estás respirando bien. Si tienes sangre en los pulmones morirás ahogado en menos de veinte minutos, necesito revisarte.
—Bueno, Catarina, si lo pones así... —Con dificultad y evidente dolor, se pasa el suéter por encima de la cabeza mientras todos miran con expectativa—. Es la segunda vez que me quitas la ropa —dice en voz alta para desgracia de Catarina, quien ya ha vuelto a ponerse roja como un tomate.
Se esfuerza por ignorar por completo su comentario y fija su vista en el pecho del hombre, su lado derecho hacia las costillas está tomando una tonalidad morado oscuro, un gran y enorme hematoma.
Extiende su mano y lo toca haciendo algo de presión con la punta de los dedos en sus costillas.
Puede sentir cómo su cuerpo se tensa y como lucha por respirar.
No es nada bueno, ojalá se hubiese equivocado.
—Bien, necesito que te acuestes sobre la mesa del comedor, por favor. Busquen los restos del tequila o cualquier otro alcohol, un cuchillo y necesito lo más parecido a un pitillo que tengan.
Jenkins aprieta los labios, es muy consciente del dolor en su pecho, y ha estado en suficientes combates como para saber que es serio.
Solo espera poder poner a su equipo a salvo antes de colapsar.
Deja escapar un doloroso suspiro y se sube a la mesa.
Está muy al tanto de los ojos de Catarina fijos en él, al menos, eso le roba una sonrisa en estos momentos.
El único pensamiento claro que Catarina logra tener es que jamás ha realizado el procedimiento que está por llevar a cabo.
Solo había observado a los doctores hacerlo, pero no hay ninguno en esta habitación.
Ahora mismo ella es lo más parecido a un médico.
Respira hondo y como de costumbre cuenta hasta diez.
—¡Se está Ahogando! —el grito de Miriam la hace correr hasta la mesa y efectivamente ve el cuerpo de Jenkins luchar por algo de aire. Sus labios se tornan morados muy rápido.
“¡Maldita sea!” , repite Catarina una y otra vez en su cabeza. Si Jenkins se muere bajo su cuidado, sabe muy bien que Miriam la matará enseguida, y no será una muerte rápida.
—¡Necesito ese cuchillo ahora! —Llega a la mesa y trata de sostener el cuerpo pesado de Jenkins hacia abajo, pero este se mueve y retuerce en la lucha por cada bocanada de aire.
—Ten—dice Amy tendiéndole la botella de tequila con escasos cuatro dedos de líquido en ella, un cuchillo y lo que parece ser el pitillo de un termo de plástico— ¿Esto servirá? Lo encontré en el cuarto de niños.
—Está bien, desinfecta todo con el tequila, guarda un poco y pásame el cuchillo cuando lo tengas listo, ¡de prisa!
Amy trata de no perder un segundo, corre a mojar el cuchillo y el pitillo plástico en el alcohol y luego los extiende a Catarina.
No puede evitar admirar la confianza y seguridad de la chica.
A pesar de ser la más joven ha demostrado muy buenas habilidades.
Se queda en silencio mirándola, mientras la ve actuar con gran rapidez humedeciendo el pecho de Jenkins con el tequila.
Catarina respira hondo, y cuenta recordando las palabras de Arthur, él médico encargado de impartir las clases de primeros auxilios …
”Cuenten hasta el sexto espacio intercostal, busca las costillas muy suave con la yema de los dedos, ubica el lugar…
” , “e implora a Dios, los santos o lo que sea que vele por este mundo destruido” , añade en sus pensamientos, y se decide a proceder.
—Esto va a doler —murmura.
Sin esperar respuesta realiza una incisión con el cuchillo, tan grande como su dedo índice.
El grito de dolor del hombre se abre paso a través de todo el apartamento.
Steve se acerca con algo de nerviosismo e introduce un pedazo de tela en la boca de Jenkins.
“Sin duda, si hay alguien o algo cerca buscándonos, sabe dónde encontrarnos” , piensa Catarina mientras da el siguiente paso.
Introduce la punta del dedo en la cortada para corroborar que esté bien y luego, con mucho cuidado, pasa el pitillo plástico a través de la incisión.
Amy y Miriam sujetan el cuerpo del hombre para someterlo a la mesa.
Inhala, y ve que a través del utensilio ya comienza a salir el líquido que se estaba acumulando en los pulmones.
“¡Gracias al cielo!” , piensa, y no puede evitar lanzarle una mirada a la mujer pelinegra frente a ella.
Jenkins toma una gran bocanada de aire. Su respiración recupera el ritmo normal en cuestión de segundos.
Abre su ojo gris y mira alrededor, pero por más que Miriam le sostenga la mano, con lágrimas en los ojos, aquella mirada penetrante del hombre solo enfoca a Catarina.
La joven puede notar que sus manos comienzan a temblar al igual que sus piernas, se dispone a hacer su mejor esfuerzo por disimular.
—Vaya, su respiración está mucho mejor—comenta Amy entre asombro y admiración.
Una vez el líquido ha salido en su totalidad, Catarina retira con cuidado el pitillo y cierra la herida.
Sus zapatos y el suelo están cubiertos de la sangre que escapaba de la herida.
Termina de coser y deja las cosas a un lado.
Siente que ya no puede disimular más el temblor, no se considera dramática ni cobarde, pero sabe muy bien cuando está por colapsar, y ciertamente no lo haría en frente de ese grupo.
—Alguien que lo vigile y limpien la sangre por favor, voy al baño—anuncia, mientras camina a toda prisa con las manos apretadas en puño al lado del cuerpo.
Sale disparada de ahí, sabiendo que la mirada de Jenkins y Amy están fijas en ella. Se encierra en el baño, cae de rodillas frente al sucio inodoro, levanta la tapa y vomita lo poco que ha comido en esos dos días.
Un escalofrío la invade y sabe muy bien que es la adrenalina abandonando su frágil cuerpo. Cualquier movimiento en falso pudo haber acabado con la vida de Jenkins.
“Todo salió bien, todo salió bien” , se repite una y otra vez tratando de calmar los temblores.
Unos minutos después, cuando el corazón por fin recupera un ritmo más estable, se pone de pie con cierta pesadez.
Abre la pluma del lavabo y el agua sale primero de un color café desagradable, hasta que poco a poco se aclara.
Humedece las manos y se lava el rostro, arrastrando consigo el cansancio acumulado.
Alza la vista y se observa en el espejo empañado. La piel luce más pálida de lo habitual; el cabello, desordenado, enmarca su rostro ovalado. Apenas se reconoce.
Se recoge el pelo en una cola alta. El suéter y el pantalón están empapados de sangre, así que se los quita y los arroja a un lado sin mirarlos.
Luego entra a la regadera y abre la pluma.
Espera, como antes, hasta que el agua corre cristalina y entonces deja que le caiga encima, limpiándola todo lo que puede… aunque sea solo por fuera.
—¿Cat? ¿Estás bien? —Es la voz de Amy a través de la puerta
—Si estoy bien. Pero necesito algo de ropa por favor.
—Te traeré algo de mi equipaje —Dice la chica y Catarina la siente alejarse en el pasillo. Sale y pasa una mano por el sucio y empañado espejo para verse mejor.