5 #2
—Yo sí —responde Jenkins—, pero Owen no. Lo he venido arrastrando por kilómetros… no creo que pueda hacerlo más.
—No te preocupes —interviene Amy—. Nosotras lo llevaremos ahora.
Entre las dos levantan el cuerpo pesado de Owen y comienzan a avanzar. Se mueven por las sombras, evitando los espacios abiertos, pero el camino sigue despejado. Demasiado despejado.
—¿No les parece extraño? —murmura Catarina.
—¿Qué cosa? —pregunta Amy en voz baja.
—La soledad —responde Jenkins—. Hay suficiente rastro de sangre para que esto esté lleno de convertidos o patrullas. Deberían estar buscándonos. Somos presa fácil… y aun así no hay nadie.
—En este momento, a mí me parece una bendición —replica Amy—. Preocupémonos por llegar rápido. No me quejo de estar entre dos hombres guapos, pero Owen pesa demasiado.
—¿Soy guapo entonces? —pregunta Jenkins, guiñándole un ojo.
—¡Cállense los dos! —explota Catarina—. Caminemos en silencio y no tentemos nuestra suerte.
Avanzan sin decir una palabra más. Cuando el edificio aparece a unos cuantos metros, Amy suelta un suspiro silencioso; sus brazos ya no dan más.
—Es ahí —indica Catarina, señalándolo.
A punto de desfallecer en la entrada por el peso de Owen, Steve y Carlo aparecen de la nada para ayudarlas.
Catarina nunca se ha sentido tan feliz de ver al antipático de Steve.
No puede evitar mirarlo con una expresión clara de ‘te lo dije’ grabada en el rostro; él se limita a encogerse de hombros.
Entre los dos cargan a Owen escaleras arriba. Amy va tras ellos, y Catarina ayuda a Jenkins a subir, sosteniéndolo con cuidado.
Una vez dentro del apartamento, Catarina da instrucciones rápidas. Indica que acuesten a Owen sobre la mesa del comedor y que busquen agua en cualquier recipiente. Aparta a Amy con suavidad; la joven revolotea alrededor del herido sin saber en qué ocupar las manos.
—Necesito un cuchillo —dice Catarina—. Y revisen quién tiene alcohol. ¡Rápido!
Se coloca frente a Owen y examina la herida. No es experta en medicina, pero siempre se ha interesado en aprender lo básico, por si alguna vez lo necesitaba. Desamarra despacio el vendaje improvisado con la chamarra de Amy y ve asomar la punta del hueso.
Traga en seco. Es peor de lo que imaginó.
—Primero tengo que acomodar el hueso. Luego cerrar e inmovilizar el brazo —murmura, más para sí que para los demás.
—Haz lo que tengas que hacer para salvarlo —dice Jenkins.
Catarina se da cuenta entonces de que ha hablado en voz alta. Levanta la vista y ve al jefe de pie, limpiándose las heridas él mismo, con el ojo fijo en Owen.
—¿Esto servirá? —pregunta Amy, extendiendo una botella de tequila medio llena—. Lo tenía Marian en su bolso.
—Sí, es perfecto —responde Catarina—. Necesito que lo sujeten, Amy, Steve. Cuando aplique el alcohol puede recobrar el conocimiento. Pónganle algo para morder. Puede ponerse feo.
Sacude las manos para prepararse. No es que haya hecho este procedimiento muchas veces; solo dos, y ambas en piernas.
Cuando todos están en posición, se coloca junto a Owen. Limpia sus manos primero con agua y luego con tequila. Respira hondo y, sin darle más vueltas, introduce el hueso de nuevo en la herida en un solo movimiento.
Owen, que hasta ese momento está inconsciente, abre los ojos de golpe e intenta incorporarse mientras grita sin control. Steve y Amy lo sujetan con fuerza y logran volver a acostarlo.
—Muy bien, Owen —dice Catarina con voz firme—. Lo estás haciendo muy bien.
Prepara la aguja y el hilo. Desinfecta la aguja con tequila y vierte un poco más sobre la herida. Owen se estremece con violencia, pero las manos de Steve lo mantienen inmóvil.
Catarina empieza a cerrar. Siente el cuerpo del pelirrojo temblar bajo sus manos y la mirada de todos fija en ella. Está a punto de terminar cuando el sonido del radio irrumpe en el lugar.
—Hola, ¿me escuchan? —la voz crepita en el radio—. ¿Me escuchan?
Silencio.
Catarina detiene las manos y gira la vista hacia Jenkins. Él ya se ha puesto un suéter y revisa un bolso hasta dar con el radio.
—Tú —dice al notar la mirada de ella—. Sigue en lo tuyo.
Con una mezcla de vergüenza y rabia, Catarina retoma la costura, aunque no deja de prestar atención a lo que se dice a pocos metros.
—Aquí Jenkins —responde él, dejándose caer en el sofá—. Te escucho.
—Aquí Alex. Me alegra oírlo, jefe. El camión llegó sin problemas, no hubo rastro de invasores en el trayecto.
Jenkins suelta el aire despacio.
—Me alegra saberlo. Aquí solo quedamos nueve. Hay heridos, pero estamos a salvo por ahora. ¿Alguna noticia del grupo de Ruth?
La tristeza se filtra en su voz. Solo nueve, sus hombres.
—Se fusionó con el de Owen. La mayoría llegó a salvo… pero no hay señales de ella.
—Entiendo —responde Jenkins tras unos segundos de silencio—. ¿Alguna otra novedad?
Del otro lado del radio hay una breve pausa.
—Tenemos noticias de Argentina, jefe. No son buenas.
—¿Qué pasó?
Catarina siente un nudo en el estómago. Argentina es la sede más grande de la resistencia.
Siempre lo ha sido. Han logrado más que cualquier otro país.
La última vez que supieron de ellos, habían dado un golpe importante: más de dos mil humanos liberados de un solo campo, fincas reactivadas, cultivos en marcha. Eran el ejemplo a seguir.
—La sede principal fue atacada —continúa Alex—. La mayoría de las fincas de cultivo quedaron arrasadas. El número de vampiros era descomunal; debieron llegar refuerzos de otras zonas solo para ese ataque.
Jenkins no dice nada.
»Pero eso no es lo más desconcertante, señor —añade la voz al otro lado—. Cuando el caos estalló, los campos ardían y cientos yacían muertos… del cielo descendió la cabeza de Buenos Aires, con las alas extendidas. —Hace una pausa—. Era algo que jamás habíamos visto.
—¿A qué te refieres? —pregunta Jenkins.
Todas las miradas se concentran en él. Incluso Owen, medio adormecido, guarda silencio para escuchar mejor.
—A su apariencia, señor —responde la voz al otro lado del radio—. Sus alas eran el doble de grandes que las de cualquier Original que hayamos visto. Y su rostro… era humano.
Hace una breve pausa.
»El vampiro tenía facciones humanas. La piel estaba agrietada, pero los rasgos eran los de un hombre. Los ojos, rojos, como los de los convertidos. Y según el informe… la criatura les habló. Solo dijo una palabra: sométanse.
Un escalofrío recorre la habitación.
—¿Cómo es eso posible? —pregunta Jenkins—. ¿Creen que sea una especie que aún no hemos visto?
—No, señor. Se cree que los Originales han estado experimentando con humanos en los campos. Se están adaptando. Y si eso es cierto… nuestra oportunidad de ganar esta lucha es prácticamente nula.
El silencio cae en la habitación. Jenkins apoya la cabeza entre las manos y por un instante siente que el suelo se desplaza bajo sus pies. Catarina lo observa y entiende sin que él diga una palabra. La pregunta flota en el aire, pesada y cruel: ¿para qué seguir luchando?
En los rostros de los demás ve el mismo pensamiento reflejado. La desolación se apodera del lugar.
—Nosotros no nos someteremos —dice Jenkins de pronto, rompiendo el silencio.
Levanta la cabeza y habla con voz ronca.
—Moriremos luchando si es necesario, pero no nos someteremos. No entregaremos nuestra sangre. Tendrán que arrancarla de nuestros cuerpos sin vida. Manténganse ocultos, entrenen a los nuevos. Nosotros buscaremos la forma de llegar hasta ustedes. No se arriesguen.
Y con eso apaga el radio.
Con el aparato aún en la mano, vestido con un suéter blanco y pantalones militares, Jenkins camina hasta el lado de Owen, que se ha quedado dormido después de que Steve le diera varios tragos de tequila para el dolor. Todos lo observan en silencio.
—Ya escucharon —dice—. Buenos Aires ha caído, son pocos los sobrevivientes. Nos enfrentamos a algo que no conocemos. Tenemos que dejar de asumir que entendemos a los invasores, porque no es así. Están evolucionando, adaptándose. Si nos quedamos de brazos cruzados, nos extinguiremos.
Hace una breve pausa.
»Pasaremos la noche aquí. Organizaremos turnos de vigilancia y mañana nos moveremos.
El grupo empieza a dispersarse, cada uno ocupándose de lo que puede: improvisan camas, revisan armas, organizan la poca comida que queda. Catarina, en cambio, permanece inmóvil.
En su mente solo hay una idea, repitiéndose una y otra vez: Buenos Aires ha caído. Una nueva amenaza los acecha, Thomas no está a su lado y precisamente por eso… no puede darse por vencida.