5
Catarina corre hasta que el corazón amenaza con salírsele del pecho y los pulmones le arden con cada bocanada de aire. Mira por encima del hombro esperando ver sombras persiguiéndolos, alas cortando el aire… pero no hay rastro de invasores. Tampoco de Jenkins ni de Owen.
Llegan a un enorme edificio gris de ventanales altos y cubiertos de polvo.
Steve, un joven rubio, se adelanta y rompe el cristal de la puerta con la culata del arma.
Entran a toda prisa. Antes de cerrar, Catarina alcanza a verlo salir de nuevo y romper las puertas del edificio de enfrente, en un intento desesperado por despistar a cualquiera que los siguiera.
Suben las escaleras hasta el tercer piso. Allí el cuerpo ya no responde igual; el cansancio y las heridas los obligan a detenerse. Abren uno de los apartamentos y se refugian dentro, cerrando puertas y ventanas lo mejor que pueden.
Cuando el silencio por fin cae, Catarina cuenta sin querer. Steve, Carlo, Marian, Amy, Gordon, Ellie… y ella. Siete de treinta.
El departamento está cubierto de polvo y telarañas, todo huele a abandono. En la mesa redonda del comedor aún hay cuatro platos colocados, ropa tirada en el suelo, y uno que otro juguete olvidado. Señales claras de que quienes vivieron allí se marcharon con prisa… hace muchos años.
La presión en el pecho no cede. Necesita moverse para no venirse abajo.
Catarina se aleja del grupo y camina por el lugar.
Abre la primera puerta y se detiene. Las paredes rosadas y moradas contrastan con el gris del resto del departamento.
Dentro se encuentra con dos camas iguales de madera blanca ocupando el cuarto.
Sobre cada una hay un nombre tallado con cuidado: Lory y Louis.
Entre las camas, una pequeña mesa sostiene una lámpara en forma de hongo y un portarretratos.
Catarina toma el marco con cuidado. Dos niñas la observan desde la fotografía, sonrientes, ajenas a todo lo que vendría después.
El nudo en la garganta se aprieta, pero no se permite detenerse.
Deja el retrato en su lugar y abre el clóset.
Hay ropa vieja, zapatos cubiertos de polvo… y, al fondo, un espacio con sábanas y toallas.
—Bingo —murmura.
Toma varias, las sacude con fuerza y regresa a la sala. Una pequeña nube de polvo se eleva, pero no importa; es lo mejor que tienen.
—Esto servirá para los heridos —le dice a Amy, tendiéndole las telas.
Amy asiente.
—Está bien. Iré a la cocina —responde—. Si el acueducto aún funciona, traeré agua para limpiar los cortes. Quizá encontremos algún enlatado, si tenemos suerte.
Catarina observa a Amy alejarse y, por primera vez desde que todo comenzó, siente el peso real de lo que queda… y de todo lo que han perdido.
Con ayuda de Steve, rasgan las sábanas en tiras para improvisar vendas. Carlos tiene un corte profundo en el brazo; Miriam, otro en la pierna. El resto apenas presenta heridas superficiales, marcas del caos más que algo grave. Nadie habla demasiado. El silencio pesa tanto como el cansancio.
Amy regresa al poco tiempo con un balde azul lleno de agua. Steve empapa las telas con cuidado y comienza a limpiar las heridas de los demás. Catarina observa la escena sin participar. Algo no termina de encajarle en el pecho.
—Voy a bajar —dice de pronto, y enseguida todas las miradas se clavan en ella.
—¿Estás loca? —salta Steve, poniéndose de pie, a la vez que arroja el trapo ensangrentado a un lado—. ¡Los atraerás!
—No lo haré —responde con calma—. Solo vigilaré… por si alguien regresa.
Mientras habla, acomoda la espada en la vaina, como si la decisión ya estuviera tomada.
—¡Nadie va a regresar! —Steve alza la voz, desesperado—. ¿Es que no entiendes? ¡Están muertos! ¡Todos! Y tú lo estarás si bajas.
Catarina lo mira un segundo más, pero no discute. Abre la puerta del apartamento y sale.
Cuando la puerta se cierra tras ella, las maldiciones de Steve resuenan en el pasillo, pero no se detiene. Jamás estará tranquila si no va. Lleva la espada de plata desenfundada en la mano derecha, firme y lista.
Baja los tres pisos sin prisa. El cuerpo le pasa factura: las piernas le duelen, el pecho le arde con cada respiración, pero sigue adelante. No hay forma de saber si de verdad están muertos.
Al llegar a la planta baja, se detiene frente a la puerta de cristal roto. Respira hondo y asoma apenas la cabeza. El cielo morado está despejado. Mira a un lado, luego al otro. No hay rastro de vampiros. Da un paso más… y entonces una mano la agarra desde atrás.
—¿De verdad creías que iba a dejarte hacer esta locura sola? —reclama Amy, con el ceño fruncido y las manos en la cintura.
Catarina suelta el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Sinceramente, me alegra descubrir que no.
Amy se asoma al exterior, atenta.
—¿Y ahora qué? ¿Salimos sin rumbo?
—Creo que deberíamos retroceder unos cuantos metros —dice Catarina—. Solo para asegurarnos de que… de que no vendrán.
Amy la observa un segundo antes de asentir.
—Está bien, pero con cuidado, Cat. Esto no es una misión de combate, solo de reconocimiento —advierte—. A la primera señal de algún chupasangre, nos damos la vuelta.
Hace una pausa y añade, fingiendo autoridad:
»Como alguien con más tiempo en esto que tú, me tienes que obedecer.
Catarina esboza una sonrisa breve.
—Ja. Está bien. Suena como un buen plan.
Sin decir una palabra más, salen del edificio. La calle las recibe con un cielo morado que anuncia el atardecer. El silencio es casi sepulcral, un viento frío les golpea el rostro y hace rodar hojas secas y papeles por el asfalto agrietado, pero nada más se mueve.
—Debemos llegar al límite, donde empieza la vereda y sale la carretera —murmura Catarina—. A lo mejor están cerca de ahí.
—Me parece bien —responde Amy en voz baja—. Cuando encontremos al jefe, le diré que te pase a estrategia y rescate. Podrías liderar.
—Esa categoría no existe, Amy.
—Pues tú la fundarás, mi querida.
Avanzan procurando no hacer ruido, pegándose a las sombras que proyectan los pocos edificios y casas aún en pie. Tras unos minutos, la carretera expuesta aparece frente a ellas.
Catarina le hace una seña a Amy y se prepara para cruzar… cuando, de pronto, un sonido rompe el silencio demasiado cerca. Se miran al mismo tiempo y ambas se aferran sus armas.
Un instante de duda atraviesa la mente de Catarina, breve y peligroso, pero lo aparta de inmediato.
Sea lo que sea, lo enfrentará. Eleva la espada ya desenfundada y fija la vista en las ruinas de lo que alguna vez fue una pequeña casa.
Avanza un paso, luego otro, cuidando no alertar a quien —o lo que— pueda estar allí.
—Ten mucho cuidado —le susurra Amy.
—Siempre.
Con una señal, Catarina le indica que se quede dónde está y continúa sola. No es necesario que las dos se arrojen a la muerte. Alguien tiene que regresar con información.
Respira hondo, cuenta mentalmente hasta diez, despacio, mientras recorre los últimos metros. Una sombra se proyecta contra una pared derruida. Aprieta la empuñadura de la espada; los músculos del brazo se tensan, listos para atacar y salta del otro lado de la pared con la hoja en alto.
La sorpresa la obliga a desviar el golpe. La espada impacta contra una roca enorme, haciendo vibrar el metal. Catarina se queda inmóvil, sin dar crédito a lo que ve. El pecho se le llena de alivio… y de algo parecido a la alegría.
Sentados en el suelo, apoyados el uno contra el otro, están Jenkins y Owen.
Catarina se arrodilla junto a ellos sin pensarlo. De inmediato nota que Owen lucha por mantenerse consciente. Tiene los ojos apagados y la respiración irregular.
—¡Amy! —grita, girándose hacia donde la dejó—. ¡Amy, ven rápido!
El brazo de Owen está destrozado. Las garras de la criatura y los fragmentos de la explosión hicieron su trabajo.
Por cómo luce la herida, Catarina sospecha que tiene varias esquirlas de metralla incrustadas en el cuerpo.
Amy llega unos segundos después y se queda sin aliento al ver a los dos hombres.
Jenkins tiene el hombro herido; ambos están cubiertos de sangre, y eso es un problema.
Ese olor es una invitación directa para las criaturas.
—Jenkins, ¿me escuchas? —pregunta Catarina, sentándose con cuidado frente a él.
Jenkins hace un esfuerzo por levantar el rostro. El cabello se le pega a la cara por la sangre seca y su ojo gris se posa en ella. Sonríe, apenas. No sabe por qué, pero hay algo en Catarina que despierta cosas que creía enterradas. Verla luchar hoy le dijo todo lo que necesitaba saber.
—Fuerte y claro, Catarina —responde con voz ronca. Tose, y un hilo de sangre le mancha los labios.
Eso no es nada bueno.
—Tienes que quitarte toda la ropa —le ordena ella mientras se quita la chamarra con rapidez.
Jenkins arquea una ceja y esboza una media sonrisa.
—Vaya, Catarina… al menos invítame un café primero.
El comentario la toma por sorpresa. Siente el calor subirle a las mejillas, y eso solo la enfurece más.
—¡No es momento para eso! —le grita—. ¡Owen está muy grave y el olor a sangre nos va a delatar! ¡Date prisa!
—No necesitas alterarte —murmura Jenkins mientras, con dificultad, comienza a quitarse el suéter.
Catarina se gira hacia Amy.
—Quítale la ropa a Owen. Vamos a quemarla. Usa tu cinturón para hacerle un torniquete en el brazo y cúbrelo con la chamarra. Así el rastro será más débil. Yo haré lo mismo con Jenkins.
Amy no espera que se lo repitan. Empieza a desvestir al pelirrojo de inmediato.
Catarina ayuda a Jenkins a quitarse el pantalón, con cuidado de no hacerle más daño.
Cuando su pecho queda al descubierto, se le corta un segundo la respiración.
Su piel es un mapa de cicatrices: cuchilladas, arañazos y heridas antiguas que el tiempo volvió parte de él.
Owen ya está en ropa interior y el torniquete ajustado en su brazo. Catarina termina con Jenkins y Amy apila la ropa ensangrentada antes de prenderle fuego.
—¿Puedes ponerte de pie? —le pregunta Catarina al hombre casi desnudo frente a ella.