4
"Solo los muertos han visto el final de la guerra"
—Platón
El sonido de los disparos se adueña del lugar.
Catarina apenas distingue otra cosa que no sean vampiros; por donde posa la mirada, los hay.
Están rodeados. Las balas logran mantenerlos a raya, derriban a algunos, pero no es suficiente.
Son más rápidos, más fuertes. Un Original equivale, al menos, a tres soldados entrenados.
Vuelven a avanzar. Esta vez no lo hacen de frente, sino en grupo, buscando huecos entre los disparos, midiendo el ritmo de las armas y esperando el error.
Un alarido desgarrador la obliga a girarse justo a tiempo para ver cómo una de las criaturas atrapa a un joven con sus garras.
Catarina no sabe su nombre, pero lo ha visto antes en el salón de descanso: cabello rubio, siempre sonriente.
Ahora patalea en el aire, indefenso. Otro vampiro se lanza sobre él y, con un solo zarpazo, le abre el abdomen.
El cuerpo se arquea y los intestinos caen, húmedos, en una escena tan brutal que le revuelve el estómago.
Las criaturas se alimentan sin prisa, bañadas en sangre, dejando los restos expuestos en medio del asfalto.
Catarina aparta la vista a la fuerza, ya no hay nada que hacer. Murió frente a ella y ni siquiera supo su nombre.
Otro cuerpo cae al suelo. Jenkins maldice a gritos. Catarina siente el corazón golpeándole con desesperación en el pecho; entiende, con una claridad helada, que es solo cuestión de tiempo. De seguir así, todos acabarán igual: despedazados, olvidados en una carretera desierta.
No hay tiempo para pensarlo más.
Un nuevo ataque se prepara. Catarina toma aire, ajusta el arma y se dispone a disparar cuando ve a Jenkins impulsarse hacia adelante y lanzarse sobre uno de los vampiros.
Varios intentan acudir en ayuda de la criatura, pero tres hombres concentran el fuego y los obligan a retroceder, abriéndole paso al jefe.
Todo ocurre en un parpadeo. Con un solo movimiento, Jenkins decapita al vampiro. La cabeza cae al suelo con la mandíbula aún abierta, mientras la sangre oscura sigue brotando del cuello cercenado.
El chillido que sigue anuncia que no ha terminado. El suelo está cubierto de sangre roja y negra, y el olor a putrefacción se mete en los pulmones, se pega a la piel, recordándoles que siguen atrapados en el infierno.
Jenkins aparta los restos del vampiro de una patada.
No necesita mirar dos veces para saber que el siguiente ataque es inminente.
Ajusta las espadas —una en cada mano—, limpia la sangre viscosa contra el pantalón y alza la vista un segundo.
Entre el caos, distingue los ojos de Catarina fijos en él, cargados de una preocupación que no tiene tiempo de atender.
Se lanza de nuevo al frente.
El batir de alas anuncia el regreso de las criaturas antes de que nadie pueda reaccionar.
Caen sobre ellos en un parpadeo. Amy dispara casi a quemarropa; las garras de un vampiro se quedan a centímetros de su rostro antes de que el cuerpo se desplome a sus pies.
Catarina no duda: descarga balas en la cabeza de la criatura y, al acercarse, le arranca la cabeza de un tajo.
No hay respiro. En un segundo de descuido, Amy queda atrapada.
Catarina gira al escuchar su grito. La ve forcejear contra la enorme boca del vampiro, usando el rifle como escudo mientras los colmillos chasquean a centímetros de su cara. El arma tiembla; no va a resistir mucho.
Cat apunta y aprieta el gatillo, pero la bala no sale, está vacía. Maldice en voz alta, arroja el rifle y desenfunda la espada. Corre sin pensarlo, salta y clava la hoja de plata en la espalda de la criatura.
El vampiro chilla, se sacude con violencia y la lanza a un lado como si no pesara nada. Catarina cae mal, rueda y vuelve a maldecir. No logró matarlo, pero el golpe le da a Amy el tiempo justo para ponerse de pie.
Aun así, quedan arrinconadas. La bestia sangra, pero sigue en pie, es demasiado fuerte. Catarina calcula con rapidez las salidas, el espacio y la distancia. Si ella vuelve a atacar, ¿tendrá Amy fuerzas para rematarlo?
Pero no llega a decidirlo pues, la cabeza del vampiro cae a sus pies de repente, salpicándolas de sangre negra.
—¿Están bien? —dice Jenkins que aparece detrás del cuerpo caído, empuñando su larga hoja plateada.
—Gracias —alcanza a decir Cat mirando el rostro del hombre.
Alrededor, el panorama es devastador. De los treinta que salieron de la base, solo catorce siguen en pie.
Permanecen agrupados, espalda con espalda, rodeados por los cuerpos de sus compañeros caídos desmembrados y masacrados.
La sangre corre sin cesar por el asfalto, mezclándose en tonos rojos y negros.
Y aun así, todavía quedan al menos siete originales.
Jenkins recorre a sus hombres con una sola mirada.
No necesita contar municiones para saberlo: la mayoría está herida o sin balas.
Algunos tiemblan, otros aprietan los dientes.
En todos, la misma expresión vacía. La esperanza ya no está allí, solo esperan que la muerte sea rápida. No tienen ninguna posibilidad.
A unos pasos de él, Catarina respira hondo y dirige la mirada hacia Amy.
Tiene varios rasguños en el rostro, pero sigue en pie; mucho mejor que la mayoría.
Catarina piensa en Ellen, en la pequeña, y en la promesa que le hizo antes de salir.
“Tendrás que arreglártelas sin mí, pequeña”.
El recuerdo le aprieta el pecho, pero lo empuja al fondo de su mente.
El chillido vuelve a romper el aire. Ese sonido agudo y ensordecedor que siempre precede al ataque se adueña del lugar.
Jenkins se adelanta sin dudarlo, colocándose frente a todos con las espadas desenvainadas a cada lado del cuerpo.
Tiene la mandíbula apretada, el rostro cubierto de sangre y el ojo gris fijo al frente.
Está listo para morir con ellos y por ellos.
Aprieta con más fuerza las empuñaduras y se dispone a avanzar cuando una explosión cercana sacude el suelo y obliga a las criaturas a detenerse.
Durante un segundo, nadie entiende qué ocurre.
Una segunda explosión levanta una nube de tierra, piedra y escombros.
El caos estalla, la formación se rompe y las criaturas aprovechan para llevarse por delante a varios de los suyos.
Catarina escucha los gemidos, los gritos, el sonido seco de los huesos al romperse.
Luego, disparos y voces nuevas. Demasiadas para ser de los originales.
La nube comienza a disiparse y, entre los escombros, Catarina distingue un destello de cabello rojo avanzando hacia ellos.
—Owen… —murmura.
Un pequeño grupo bien armado irrumpe en la escena, guiado por el pelirrojo. Dos originales caen por efecto de las bombas. Los restantes se dividen de inmediato, lanzándose tanto contra los recién llegados como contra ellos.
La presencia de Owen enciende algo que creían perdido.
Catarina y Amy avanzan juntas. Se abren paso entre el caos y, coordinadas, derriban a uno de los originales. A lo lejos, Catarina alcanza a ver a Jenkins, envuelto en cortes y movimientos violentos, gritándole algo a Owen mientras pelea, pero no logra escuchar las palabras.
—¡Todos juntos, hacia acá! —grita Jenkins mientras corta sin piedad las alas de uno de los vampiros. La sangre le salpica el suéter y la criatura cae entre chillidos agónicos—. ¡Acérquense lo más que puedan! ¡Rápido!
Su voz suena más cerca ahora, forzada, pero todavía firme. Cuando por fin logran reagruparse, Owen abre el morral y saca dos bombas. Le dedica a Jenkins una mirada rápida, cargada de entendimiento, y sin decir una palabra se separa del grupo, corriendo directo hacia los atacantes.
—¡Cuando escuchen la explosión, corran al edificio más cercano! —ordena Jenkins con voz áspera, pero llena de una energía que se niega a apagarse—. No se detengan. No miren atrás, escuchen lo que escuchen. Esto es una retirada… y es una orden.
Hace una pausa. Sus ojos se clavan un segundo en Catarina.
»Vaya primer día en combate, ¿eh? —dice, esbozando una sonrisa breve antes de girarse hacia donde Owen ya se pierde entre el humo.
El corazón de Catarina se le sube a la garganta. Sus ojos buscan al pelirrojo de inmediato.
—No… —murmura—. No puedes hacer eso.
Todo encaja demasiado rápido. El rumbo de Owen, las bombas, la orden...
—¡No podemos dejarlo atrás! —grita, dando un paso al frente—. ¡Jenkins, no podemos!
Pero no hay tiempo para respuestas. La explosión estalla con una fuerza brutal, lanzándola hacia atrás. El suelo tiembla y una nube inmensa de humo y tierra lo cubre todo. Los gritos se mezclan con el estruendo.
—¡Ahora! —ruge alguien.
Todos corren hacia el edificio. Todos… menos Jenkins. Catarina lo ve girar en dirección contraria, internándose en el caos.
—¡Jenkins! —intenta ir tras él, desesperada, pero una mano fuerte la sujeta del brazo y la arrastra hacia el otro lado.
—¡Catarina, no! —grita Amy—. ¡Corre!
No puede hacer nada más. Corre con Amy buscando refugio, mientras el pecho le arde y la respiración se le rompe.
“Los estamos dejando atrás, los estamos dejando, los estamos abandonando”.