Invasión: Sangre y Guerra 3 #2
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—Catarina. Ese es tu nombre ¿verdad? —pregunta, aunque él muy bien sabe la respuesta.

—Si, pero todos me llaman Cat.

—Está bien, Catarina. Desde hoy y en efecto inmediato has sido promovida, ya no perteneces a rescate y primeros auxilios, estarás en combate en mi unidad.

Lo que hiciste ayer fue imprudente, riesgoso y desobedeciste una orden…

Sin embargo, también fue valiente. Salvaste la vida de la niña…

y la mía. Con el adecuado entrenamiento podrás llegar muy lejos

“¿Que?”.

—Voy a cerrar esta bóveda —continua—, así que sube y alístate para salir.

Tendrás a un pupilo a tu mando, te encargarás de instruirlo y hacer que cumpla con el manual de la resistencia para no ponernos en riesgo.

De ahora en adelante tendrás más responsabilidades, pero también mayor participación.

Aumentarás el número de horas de entrenamiento con Owen, eres buena con la espada.

Ahora sube, ya te alcanzo. —Se gira dándole la espalda en señal de que ha terminado de hablar.

La joven se limita a asentir para dar entender que escuchó y comprendió todo lo que el hombre dijo, aunque aún le cuesta creer que es cierto.

Da la vuelta y camina hasta las escaleras sin dejar de pensar que ahora pertenece a la unidad de combate.

A Thomas le hubiese encantado. Siente un nudo formarse en la garganta ante el pensamiento de su amigo.

Es inevitable, cualquier cosa siempre lo llevará a él.

Respira hondo y comienza a subir. Escucha el clic de todas las luces apagarse abajo y también escucha los gritos de súplica del convertido.

En la bóveda, el hombre amarrado en la silla se retuerce con violencia sin importarle que la plata queme su piel.

—¡No me dejes aquí! ¡No te atrevas a dejarme encerrado! ¡Te mataré maldito! —grita, lleno de desesperación al ver que el hombre con el parche está dispuesto a marcharse.

El salón huele a avena caliente, y el estómago hambriento de Catarina que ya no aguanta más, ruge sonoramente en protesta.

Se acerca a la hilera del comedor y, sin mucho afán, pero definitivamente hambrienta, agarra un buen tazón de avena caliente con dos panes recién horneados.

Se sienta en una mesa en el rincón más apartado; el lugar favorito de Thomas.

Tiene una amplia vista a todo el lugar y por tanto se puede ver a la perfección todo lo que los demás hacen, con quienes hablan, con quienes se juntan, y quienes definitivamente están muy juntos.

Mientras devora la avena sin mesura, permite que los pensamientos de lo recién ocurrido invadan su mente.

Combate. Está en la división de combate con Jenkins.

Thomas y ella muchas veces hablaban hasta tarde de lo emocionante que debía ser. Hacían apuesta de quién mataría más convertidos, o quien decapitara más originales. Ahora ella tendría la oportunidad, pero él no está aquí para compartirla. Él jamás estaría allí.

—Disculpa. —Una voz ya familiar saca a Catarina de sus pensamientos.

Levanta la vista y se encuentra con los enormes ojos de Amy.

—¿Puedo sentarme a tu lado? —pregunta la chica, sosteniendo en las manos su propia ración de comida.

Está muy tentada a decir que no, pero con la boca llena de pan asiente. Amy coloca su tazón de avena junto al suyo y se sienta. Trata de enfocarse en comer, pero puede sentir su mirada puesta en ella, haciéndola sentir incómoda.

—¿Y bien? ¿Qué era lo que quería el jefe? —dispara al fin.

Catarina hace un esfuerzo para no ahogarse con la avena ante la pregunta inesperada ¿Por qué esa chica insiste en hablarle? ¿Será por lastima? Si es así, está empezando a molestarse mucho.

No es particularmente buena para relacionarme con la gente.

Con Thomas era suficiente, nunca había necesitado estar rodeada de nadie más, con él tenía todo lo que necesitaba, pero su amigo no era igual, él sí disfrutaba de la compañía grupal.

Catarina era consciente de que tenía otras amistades, pero se sentía especial.

—Estoy en la unidad de combate ahora —le contesta con algo de sequedad, la amabilidad no es su fuerte—. Owen me entrenará un poco más en el uso de arma blanca.

—¡Eso es fantástico! Nos viene bien alguien valiente como tú —dice, haciéndole un guiño.

Amy se da cuenta que después de mucho esfuerzo ha logrado sacar una sonrisa del rostro de Catarina, y eso lo considera una victoria.

Sabe lo mucho que ellos dos se que querían; no porque alguna vez hubiese hablado con ella, sino por Thomas, con quien compartió algunos momentos.

Ella sabía que no podía reemplazarlo, pero le daría alguien con quien hablar, la soledad no es buena compañera.

—¿Ya te dieron a tu pupilo? —pregunta Amy.

“Vaya con que es algo general, y yo sintiéndome especial”, piensa Catarina.

—No aún no ¿Tú tienes uno?

—Si, de los nuevos, se llama Gary, tiene más o menos mi edad. Traste y nervioso, me llevará un tiempo ponerlo en forma —responde, recostándose en la silla.

La mayoría de las personas rescatadas han pasado huyendo y escondiéndose desde el inicio de todo.

Nunca han estado en combate, nunca han agarrado un arma.

Controlar el miedo es la parte más difícil.

Cada vez que un nuevo pelotón se une a cualquier resistencia, no importa la ciudad, se clasifican según sus habilidades: conocimientos médicos y químicos, conocimientos de armas, o alguna habilidad en combate.

Claro que también llegan personas con otro tipo de conocimientos. En misiones pasadas casi todos los rescatados eran personas mayores de cincuenta. A Catarina le sorprendió que aun hubiese gente de esa edad con vida.

Lo más valioso que aportaban era la historia. El hecho de que el mundo haya cambiado no es excusa para no conocer su pasado. Así que en todas las sedes de la resistencia se da clases de historia a los más jóvenes, junto con otras áreas en el caso de que no sepan leer, escribir, sumar y restar.

Cuando ella fue encontrada tenía diez años, no fue una alumna ejemplar en el colegio, pero después de lo de sus padres, se propuso aprender tanto como pudiese si eso le ayudaba a sobrevivir y recordar el mundo en el que ellos vivieron, un mundo lleno de luz y vida, un mundo en que ella estaba completa.

—¿Catarina? —Una voz la llama detrás de la mesa. Voltea y ve a Ruth de pie, nota que los ojos grandes de Amy la miran con los ojos cargados de admiración.

—Es Cat —responde la chica.

—Como sea —dice la mujer con un dejo de fastidio en la voz—. Ella es tu pupila, será tu responsabilidad de ahora en adelante. Tienen menos de dos horas para alistarse, vamos a salir pronto.

Una vez termina de dar el mensaje y entregar a la niña, Ruth da media vuelta y desaparece en el gentío. Cat mira a su nueva pupila y el estómago le da un vuelco. Con una mirada tímida se encuentra la niña de cabello rizado que Thomas intentaba salvar.

“Demasiado joven” , es todo lo que puede pensar.

—Hola ¿Cómo te llamas pequeña? —pregunta, en el tono más amable que puede fingir.

—Fuiste tú quien me salvó ayer.

Otra vez el nudo en su estómago, y una voz traicionera en la cabeza que grita con tristeza: “Intentaba salvar a Thomas”.

—Si ella fue —contesta Amy por ella al notar el incómodo silencio—. Ahora se encargará de que aprendas todo lo necesario para sobrevivir, tienes que ser muy valiente, ¿cuál es tu nombre?

—Ellen —contesta la niña con un poco más de seguridad.

—Muy bien, Ellen.

Jenkins sabe que cada segundo de luz cuenta. Tienen que ser muy cuidadosos con lo que piensan llevar a cabo. Mover tanta gente nunca es tarea fácil. Mira la hora en el enorme reloj que cuelga sobre la pared del fondo del gran salón y decide que ya es momento. Se pone de pie y habla.

—Su atención por favor. —Su voz silencia el lugar y hace que todas las miradas apunten a su figura. Lleva puesta otra ropa, y a su lado como siempre, están Owen y Alex.

—Los camiones ya se encuentran cargados.

El personal que viajará en él son los encargados de la salud y cocina junto con los menores.

Una vez el vehículo haya realizado el primer viaje a salvo, y no nos encontremos con ningún inconveniente, recogerá en el camino a un segundo grupo.

Pero lo más probable es que la mayoría realicemos el trayecto a pie —Hace una pausa.

El silencio es absoluto—. No será fácil.

Se que aún estamos sintiendo la muerte de nuestros compañeros en la última misión: Lizzie, Rheena, Javier, David, Lona, Thomas, Francis y Daniel.

Todos murieron luchando por la misma la razón: Un mundo libre, un mundo sin invasores, sin vampiros.

Un mundo mejor, pero mejor nunca significa mejor para todos.

Hay muchos que no lograrán ver ese futuro, pero eso no significa que dejaremos de luchar. Tienen treinta minutos ¡Alístense!

‘Mejor no significa mejor para todos’, una frase cierta pero amarga. Todos quieren hacer parte de los que verán la luz del día en el mañana, pero no se sabe con certeza cuántos más morirán, nadie lo sabe. Él mucho menos.

Sentía profundamente la muerte de cada soldado; todos están bajo su responsabilidad. Había reparado en Catarina mientras hablaba, se veía mejor que hace un rato, mejor que ayer después de dispararle a su amigo.

—Bueno Ellen, andado es hora. Nos vemos al rato, Amy —dice Cat mientras se aleja con la niña agarrada de su mano.

—¿Por qué nos tenemos que ir? —pregunta Ellen mientras caminan.

—Este lugar ya no es seguro, si nos quedamos aquí nos encontrarán fácilmente y no queremos eso ¿verdad? Hay otro lugar no muy lejos, creado en los primeros años de la invasión —le mira y le regala su mejor sonrisa—. Allí estarás a salvo.

Caminan hasta llegar al rincón de suplementos, agarra una mochila color negro y empaca en ella dos suéteres, una botella de agua, una manta, y dos espadas cortas. Se gira para hacerle entrega a la niña de su nuevo morral de supervivencia y nota la confusión de la pequeña en su rostro.