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Catarina siente el mundo desmoronarse, pero lo entierra muy hondo. No puede romperse ahí, al menos, no todavía.
Aprieta la mano de la niña; casi demasiado fuerte, y corre sin mirar atrás hacia los túneles porque no quiere que la pequeña vea cómo se quiebra. Necesita aire y sabe que, si se detiene, el nombre de Thomas va a arrastrarla al suelo.
Los disparos quedan lejos, como ecos apagados. Los gritos también, pero nada se aleja dentro de ella. Los ojos cafés de Thomas siguen ahí, clavados en su mente, apagándose una y otra vez. Cada vez que cierra los ojos repite el momento en que dejó de moverse.
Cuando al fin levanta la vista, descubre que han llegado.
La escotilla está abierta y uno de sus compañeros hace señales apresuradas para que los recién llegados bajen.
Dentro, la escena es caótica: hay gente que reparte agua, ropa limpia, mantas; algunas voces intentan sonar tranquilas aunque tiemblan por dentro.
La niña es recibida por una mujer que la envuelve en una manta. Catarina la observa un segundo… y allí es cuando el dolor empieza a filtrarse, lento pero imparable como una grieta a punto de explotar. Las paredes que levantó durante años se resquebrajan sin aviso.
No espera más. Camina rápido, casi tropezando, hacia el pequeño cuarto que ha sido suyo durante los últimos doce días. Cierra la puerta y la tranca con el hombro, y es entonces cuando por fin está sola que se derrumba.
Cae de rodillas al suelo en la oscuridad del cuarto mientras el llanto le rompe el pecho en un sonido profundo y ahogado, que le quita el aire. No llora solo por Thomas, llora por sus padres, por todos los que ha perdido y por todos los que seguirá perdiendo.
Llora hasta que el cuerpo no puede más y el agotamiento pesa más que el dolor. Sin darse cuenta se queda dormida en el suelo, cubierta con la sangre seca de su amigo.
No sabe cuánto tiempo pasa. Solo que los golpes en la puerta la arrancan de un sueño pesado y lleno de sombras. Su cuello protesta al moverse; la postura rígida de la noche le pasa factura. La sangre está completamente seca en su ropa y en su piel. Ha dormido horas.
Abre la puerta con el corazón apretado y Amy está ahí, con los ojos muy abiertos. Una chica que Catarina había visto muchas veces al lado de Thomas.
Catarina se pasa una mano por la cara, consciente de cómo debe verse. “Así de mal estoy”, piensa. La expresión de Amy se suaviza apenas, con una sonrisa frágil, llena de lástima… o quizá de comprensión.
“No fue tu culpa…” piensa Catarina, aunque igual siente la ira subirle por la garganta, caliente, desbordándose por cada poro, “no es culpa de nadie”.
—Se que estarás cansada y querrás estar sola, pero Jenkins quiere verte. —dice la mujer mirándola sin disimulo de arriba a abajo.
“Vaya, eso sí es una novedad”.
—¿Sabes de qué se trata? —le pregunta Catarina, ignorando las miradas que le lanza Amy a su ropa, su cara y su cabello enmarañado.
—No, solo me pidió que te dijera que lo vieras en las bóvedas.
—Está bien me cambio la ropa y bajo enseguida —responde, mientras empieza a cerrar la puerta, pero Amy coloca la mano para impedirlo.
—Siento mucho lo de Thomas —dice en un tono sincero, que solo hace que el dolor de Catarina se retuerza en su interior.
Sus labios se aprietan en una línea recta, traga en seco y cierra la puerta sin decir nada. Puede sentir el ardor de las lágrimas en sus ojos, luchando por salir libres. Respira profundo y las reprime. Llorar no lo traerá de vuelta.
Catarina se despoja de la ropa bañada en sangre y se mete bajo el agua.
Se restriega con fuerza, tanto que la piel le arde, pero no se detiene hasta sentir que el olor metálico se ha ido.
Cuando termina, se viste con unos pantalones negros y un suéter blanco, acomoda su cabello y sale rumbo a las bóvedas, donde Jenkins la espera.
Las bóvedas son lo más parecido a una cárcel que la resistencia tiene. Están en el nivel más bajo del refugio y el aire allí abajo siempre es pesado, húmedo, con un olor extraño que no termina de acostumbrarse.
Catarina baja el último escalón con la respiración agitada. Enciende la linterna y avanza por el pasillo hasta que distingue la figura imponente de Jenkins. Junto a él están Owen, Alex y Ruth. Ninguno habla; todos mantienen la mirada fija en algo frente a ellos.
Catarina se acerca, sin entender qué puede tenerlos tan tensos, pero en cuanto nota hacia dónde miran, se queda congelada.
A los pies de ellos, iluminados por el temblor de su linterna, están dos cuerpos amarrados: un Original y un convertido. Ambos inconscientes.
Por un instante no puede respirar, porque si están vivos y capturados… significa que la resistencia acaba de lograr algo que jamás había sido posible.
Y que esta guerra; la que llevan años perdiendo, podría cambiar de rumbo desde este mismo momento.