Invasión: Sangre y Guerra 1 #3
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El ruido de los disparos y los gritos no dan tregua.

Jenkins trata de mantener a tanta gente viva como puede, pero con los Originales es solo cuestión de tiempo antes de que todos mueran.

Él y Owen, su mano derecha, están divididos en flancos tratando de mantener contenida la situación y alejados de la base.

Mira en dirección al segundo camión y ve como una de las criaturas desgarra el abdomen y cuello de uno de sus soldados más antiguos.

Lizzie. Un gruñido brutal escapa de la garganta del hombre mientras corre de nuevo a la batalla.

—¡Llévalos a los túneles Cat!, voy por Rheena, logró ocultarse debajo de uno de los buses —le dice Thomas mientras acomoda su rifle nuevamente en la espalda.

—¡No! ¿Estás loco? —exclama exaltada Catarina sujetándolo por el hombro. “No puedo perderlo” , sigue gritando su mente.

Está por arrastrar a Thomas de la camisa para alejarlo del lugar cuando un gritó los deja inmóviles.

—¡Auxilio! ¡Por favor! —La voz de una niña silencia todo el lugar.

No es común encontrar niños con vida. En general, son los primeros en morir, sea asesinados, o por hambre, y hace años que no tienen la oportunidad de salvar a uno, como si toda la inocencia estuviera siendo erradicada del planeta.

La niña no puede tener más de diez años.

Es de piel morena y un hermoso cabello rizado color negro.

Una de las Criaturas está desgarrando a una mujer morena enfrente de ella; su madre seguramente.

Los disparos de Jenkins asestan sin fallar en la cabeza del Original, obligándolo a retroceder, pero sin matarlo.

El hombre avanza para enfrentar a la bestia cuerpo a cuerpo.

Todo con tal de mantenerlo alejado de la niña.

—No lo va a conseguir él solo —dice Thomas con la voz angustiada —Sabes que tengo que ir Cat, mira a tu alrededor, todos están muriendo, o tratando de no hacerlo.

Y antes de que ella pueda siquiera contestar, Thomas corre en dirección a la pequeña niña. El corazón de Catarina se detiene, mira a la gente que depende de ella para salir de ahí y mira a Thomas, correr en dirección a las fauces del Original. No tiene que pensarlo dos veces.

—Sigan derecho, sin doblar, dos kilómetros ahí los estarán esperando. ¡Andando! —ordena mientras, como siempre, corre tras él. Siempre correrá tras él, no importa que tan peligrosa sea la situación.

“No puedo perderlo, no puedo perderlo”.

Jenkins arranca la cabeza a un Original de un solo movimiento de su filosa espada, el hombre, es un remolino de cortes y tajadas. Sus ropas están cubiertas de sangre roja y negra. Con ese ya son cuatro los caídos.

Thomas llega al lugar, y aprovecha la distracción que Jenkins le brinda para levantar a la niña en brazos.

Catarina los ve y algo de tranquilidad se apodera de su pecho, pero solo le dura pocos segundos.

El pánico invade cada poro de su cuerpo cuando ve que baja a la niña y la coloca detrás mientras apunta el rifle hacia arriba y dispara sin descanso.

—¡Thomas, qué haces! —grita, pero él no la oye.

Catarina levanta la vista en busca de la amenaza y ve al enorme vampiro volar directo hacia él. Un corrientazo corre por sus venas.

—¡Thomas! —ruge, y se lanza hacia ellos sin pensarlo.

Apunta su rifle al vampiro y le dispara, pero es inútil, es solo una fracción de segundo, y entonces, de pronto el mundo se queda en silencio…

Con horror, observa como la bestia clava sus enormes dientes en el cuello delgado de Thomas, arrancando un gran pedazo de carne. La sangre corre a chorros a través de la boca de la criatura y estalla en el aire.

La niña cae de rodillas, sollozando y se cubre los ojos. Catarina siente que se quiebra en dos.

—¡No, no, no! —suplica, corriendo hacia ellos con las lágrimas ya ardiendo en su rostro. Desenfunda el cuchillo sin pensar y lo único que escucha es su propia respiración rota— ¡Suéltalo! ¡Suéltalo, maldita sea! —grita, saltando sobre la criatura.

Aterriza en su espalda, la piel rugosa la corta, pero aprieta las piernas con fuerza para no caer mientras hunde la hoja en su cuello una y otra vez, gritando con cada golpe. Sabe que está siendo imprudente y rompiendo todas las normas, pero ya nada le importa. No le importaría caer junto a él.

Horribles chillidos salen de aquella cosa, mientras que la sangre negra y putrefacta mancha el rostro de la chica. La criatura cae muerta a sus pies soltando el cuerpo de Thomas.

Catarina se desploma de rodillas. Está empapada de sangre, pero no lo registra. Solo lo ve a él.

—Thomas… —susurra, como si decir su nombre pudiera devolverlo.

Se inclina sobre su cuerpo y presiona la herida sin dejar de temblar.

»No te vayas, por favor… quédate conmigo, ¿sí? —su voz se quiebra—. ¡Thomas…!

Pero de nada sirve. La vida ha abandonado sus ojos, que quedaron abiertos mirando el cielo negro que los cubre. En ese instante algo se rompe dentro de ella. Algo tan fundamental, que ella sabe que no habrá vuelta atrás.

—Perdóname… —susurra.

Se obliga a ponerse de pie. No sabe cuánto tiempo tiene, si la criatura alcanzó a beber lo suficiente, Thomas volverá como uno de ellos y él jamás habría querido eso.

Con el corazón hecho pedazos, apunta el rifle a su cabeza, al rostro que le sonrió durante años, que la protegió, que la amó.

—Te lo prometo… no vas a sufrir —susurra, sin mirarlo más tiempo del necesario y aprieta el gatillo.

El disparo retumba en todo su cuerpo. Se aferra a sus huesos, se queda en su pecho, grava su alma para siempre.

“Después habrá tiempo para sufrir. Después”.