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Llegan a una gran intersección donde tres anchas carreteras se unen.
Enormes camiones solían recorrer estos caminos cargados de materia prima y alimentos.
Se dice que eran el corazón del comercio.
Ahora, hacen parte del recorrido de la muerte.
Solo los humanos son comerciados en estas calles.
No hay mucho lugar donde ocultarse y sólo cuentan con treinta minutos más antes de que los camiones lleguen.
El primer equipo ya se encarga de lo suyo, colocando las trampas para las llantas.
El segundo: de reconocimiento, se cerciora de que estén solos, sin visitantes o convertidos.
Tercer equipo: francotiradores, ya están en una posición alta con la vista despejada.
Cuarto equipo; Combate, armados hasta los dientes y liderados por el mismísimo Jenkins.
Quinto equipo: Rescate y primeros auxilios, deben sacar lo más rápido posible a la gente de los camiones y llevarlas a un lugar seguro.
Sexto equipo: Permanecen en la base, son los doctores y enfermeras encargados de los heridos.
Cada parte es fundamental en su tarea y ayuda a la realización de la siguiente.
Permanecer juntos es la única oportunidad de hacer frente y sobrevivir.
—Ok, ya puedo escuchar las llantas —susurra Cat agachada, con la espalda recostada en un enorme árbol muerto.
—Vamos a divertirnos Cat, y luego comeremos mucha avena —dice Thomas, antes de adoptar su posición, a la vez que le da un tierno beso en la frente.
Aunque ella es mayor tres años, él es mucho más alto y acuerpado, el entrenamiento ha rendido buenos frutos. Aquel niño escuálido de largas extremidades había quedado atrás, el hombre que tiene al lado le roba los suspiros a más de una en la base.
Los camiones ya están a la vista mientras ellos permanecen escondidos, a solo unos segundos de que pasen por la trampa.
Catarina puede sentir su corazón acelerado.
No importa en cuantas misiones haya participado, la adrenalina siempre juega igual.
Muerde un poco su labio inferior y comienza a contar hasta diez para despejar los nervios.
Aprieta fuertemente el fusil, se concentra en el frío de la hoja de plata del cuchillo escondido en su bota, su amuleto de la suerte; aquel no deja atrás nunca y que ha estado con ella desde el día que fue rescatada de las calles de Escocia, toma un respiro y se prepara para lo que viene.
El primer camión pasa sobre la trampa y una explosión brutal sacude el aire. El estallido va seguido de un chirrido metálico y del olor espeso a neumático quemado. Las llantas revientan; el vehículo derrapa, lucha por mantener el equilibrio y apenas logra frenar sin volcarse.
El segundo camión clava los frenos detrás, evitando por centímetros el impacto.
Ha comenzado.
Las puertas se abren de golpe y cuatro convertidos saltan de cada camión. Catarina alcanza a ver, a través de las ventanas, los rostros hundidos de los humanos: ojos vacíos, hambre y la desesperanza pegada a la piel.
Los francotiradores actúan. Los primeros disparos estallan en el aire y tres convertidos caen con la cabeza destrozada. Solo quedan cinco, y esos cinco ya han entendido lo que sucede. Se mueven demasiado rápido… demasiado.
El equipo de combate irrumpe en el frente.
Son más, pero los convertidos también, más fuertes, más veloces.
Jenkins se encuentra de frente con uno: casi de su altura, el cabello negro le cae sobre los hombros, de piel pálida y esos ojos rojos, inhumanos, que brillan incluso en la oscuridad.
Sus movimientos son apenas sombras, ráfagas imposibles de seguir.
Detrás, el equipo intenta alejar a los convertidos de los buses para que “Rescate y Primeros Auxilios” pueda sacar a la gente. El tiempo corre y cualquier error significa una muerte más.
—¡Ahora! —grita Lizzie, jefa de nuestra división. Una mujer robusta, de unos cuarenta años, cabellos color negro como la noche. Ha liderado incontables misiones, y en todas ellas ha logrado regresar a todos sus soldados a la base.
De inmediato corren detrás de ella y se dividen entre los dos camiones, Cat va al primero con un grupo y Thomas al segundo.
Comienzan a sacar a la gente mientras que otros son encargados de llevarlos a los túneles sin mirar atrás.
Están por culminar cuando lo sienten. El aire se coloca más frío y el olor a putrefacción invade cada rincón… Originales.
La chica levanta la vista y entonces los ve.
Al menos siete de ellos vienen volando directo hacia donde están con sus enormes fauces alargadas abiertas y las garras listas para el ataque.
Con el corazón desbocado y sin poder apartar la vista, la imagen del rostro de sus padres invade todo.
Puede ver sus enormes bocas, sus garras, sus alas.
La sangre y el rostro sin vida de su madre se quedan fijos en su mente, mientras su cuerpo se ha quedado estático y con la vista en el firmamento.
—¡Cat! ¡Corre! ¡Cat!
Los gritos de Thomas la regresan a la realidad. La chica escucha el corazón taladrándole los oídos, busca con la mirada y lo ve liderar un grupo que lleva al menos veinte personas camino a los túneles. Enseguida sale de su estupor, corre en dirección a él y llega en cuestión de segundos.
“No puedo perderlo, no puedo perderlo”.
—¿Y Lizzie? —Le pregunta la joven mientras recupera el aliento con las manos apoyadas en las rodillas.
—No lo logró. Me abrió paso, pero la desgarraron antes de que pudiera volver.
“¿Lizzie está muerta? ¡Mierda! ¡Mierda!” , piensa.