Intrépida por accidente (La Oficina de los Secuestros Accidentales nº 1) 1
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Intrépida por accidente (La Oficina de los Secuestros Accidentales nº 1)

Intrépida por accidente (La Oficina de los Secuestros Accidentales nº 1)

Por Sapphire Dixon

© inepub.com

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RORY

Mira, lo que pasa con llevar un campo de paintball es esto: cuando un crío de doce años con complejo de Dios y una marcadora de alquiler acorrala a tres amigos suyos en la cantina y se niega a dejarlos salir hasta que «se rindan», tienes básicamente una crisis de rehenes con pizza.

—Brandon. —Mantuve un tono neutro, como había aprendido a hacer después de seis años de exactamente esto—. Brandon, campeón. Que se enfría la pizza.

—¡La pizza me da igual! —A Brandon se le quebró la voz en pizza, lo cual socavaba un poco su autoridad—. ¡Tienen que decir que soy el mejor!

Detrás del mostrador, tres críos con las camisetas salpicadas me miraban con los ojos vacíos de unos prisioneros de guerra.

Uno de ellos —Connor, creo, según la lista de la fiesta de cumpleaños que me había memorizado una hora antes— tenía queso de nachos embadurnado por toda la máscara. Tenía pinta de haber visto cosas.

—Esto es lo que va a pasar —dije, plantándome en el vano de la puerta de la cantina—. Vas a dejar la marcadora, todo el mundo va a comer pizza y luego voy a dejar que tu equipo elija el próximo mapa. Primera elección. Antes que nadie.

Brandon entornó los ojos. Estaba calculando. Bien. Con los calculadores sabía trabajar. Los que me sacaban canas eran los gritones.

—Primera elección —repitió.

—Primera elección. Pero solo si la marcadora baja en tres segundos. Tres. Dos...

La marcadora repiqueteó contra el mostrador. Los rehenes de Brandon pasaron a mi lado en tromba, como si yo acabara de liberar una nación pequeña.

—De nada —les grité.

Otro sábado en Battlezone Arena. Otra crisis resuelta con despliegue estratégico de pizza y privilegios de rotación de mapas. Generales de toda la historia habían trabajado con menos.

Saqué el móvil y actualicé el registro de incidencias que llevaba en una app de notas —14:47, pulso en la cantina, resuelto sin violencia, sin quejas de padres—, porque aquí nadie más iba a documentar nada, y la única vez que no registré una incidencia, Steve Whitfield se comportó como si la marcadora de alquiler estropeada que le dio a un crío en la espinilla se hubiera materializado de la nada.

Documentación. Ese era el secreto poco glamuroso de todo.

Documenta el problema, sigue el patrón, arregla el sistema.

Tenía hojas de cálculo con tasas de fallo del material, categorías de quejas de clientes, modelos de personal para las horas punta, y un Google Calendar del campo con código de colores que habría hecho llorar de alegría a cualquier jefe de proyecto.

Nadie me había pedido nada de eso. Lo hacía porque la alternativa era el caos, y a mí el caos no me iba.

Yo gestionaba el caos. Hay una diferencia.

Volví a mirar la hora: 14:48. A la fiesta de Brandon le quedaba una hora y doce minutos de campo, pero la fiesta de Jake Whitfield, que cumplía dieciséis, empezaba a las 16:30, y el grupo de Jake había pedido expresamente el escenario Fortaleza, lo que significaba que tenía que recolocar todas las barricadas, rellenar las botellas de CO2 de los puestos tres al siete —el tres y el siete tenían fugas, porque en Battlezone todo tenía fugas— y convencer de algún modo a Darren de que fregara de verdad la zona de preparación en vez de ver YouTube en el móvil detrás del mostrador de alquiler.

Para esto tenía un plan de transición. Siempre tenía un plan de transición.

Cuarenta y cinco minutos antes de que terminara la fiesta en curso, empezaba el cambio de turno en las zonas por las que ya habían pasado.

Para cuando el grupo de Brandon despejara el campo, tendría hecho el setenta por ciento del reseteo.

El treinta por ciento restante llevaba exactamente diecinueve minutos si Darren ayudaba y veintiséis si no, lo que significaba que tenía un colchón de cuatro minutos antes de que llegara el grupo de Jake, suponiendo que fueran puntuales, cosa que los adolescentes no son nunca, así que en realidad tenía un colchón de doce minutos.

Esto era lo que hacía mi cerebro. Constantemente. Cartografiar logística, simular escenarios, construir contingencias. Mi orientador del instituto lo llamaba «ansiedad». Yo lo llamaba estar preparada.

—¡Rory! —Era Tiffany, la madre de Brandon, viniendo hacia mí a paso ligero con mallas de yoga y una expresión que decía que alguien estaba a punto de llevarse una reseña en Yelp—. Brandon dice que uno de los otros niños lo ha llamado...

—Ya está resuelto, señora Kowalski. —Saqué mi sonrisa de atención al cliente. Me quedaba como una máscara de alquiler: ajustada, un poco incómoda, funcionalmente necesaria—. Todo el mundo se lo está pasando genial. Brandon ha demostrado ahí fuera unas dotes de liderazgo la mar de impresionantes.

A Tiffany se le suavizó la mirada. Palabras mágicas, siempre funcionan. Dile a un padre que su hijo ha demostrado dotes de liderazgo y probablemente puedas cobrarle el doble.

—¡Ay, qué maravilla! Pues mira, está haciendo ese campamento de jóvenes ejecutivos...

—Estupendo, señora Kowalski. Voy a asegurarme de que la próxima ronda esté preparada para él. Si me disculpa.

Dejé a Tiffany a media frase y corté por el pasillo trasero hasta el almacén de material, donde ocurría el trabajo de verdad.

Esta era la parte que no veía nadie: los veinte minutos entre fiestas en los que recorría a toda velocidad una lista de comprobación que pondría nervioso a un controlador aéreo.

Presión de CO2 en todos los puestos. Hecho.

Marcadoras de alquiler limpias, probadas y colocadas. Hecho.

Red de seguridad en la pared este, donde Tyler Huang, no se sabe cómo, hizo un agujero el martes pasado. Parcheada con bridas y una oración.

Suelo fregado. No hecho, porque Darren.

—¡Darren! —Asomé la cabeza por la ventanilla de servicio. Llevaba los auriculares puestos. Siempre llevaba los auriculares puestos—. Darren, zona de preparación. Fregona. Ya.

Me levantó el pulgar sin apartar la vista del móvil. Me di un sesenta-cuarenta de probabilidades de que el suelo acabara fregado.

Estaba metida hasta el codo en el colector de CO2 del puesto cinco cuando la puerta trasera se abrió de golpe y entró Kyle.

Kyle Whitfield. Veinticuatro años, licenciado en Comunicación por Penn State e hijo del dueño.

Mi jefe, técnicamente, en el mismo sentido en que un golden retriever manda técnicamente cuando le pones una corbata.

—¡Rory, ey! —Kyle tenía esa clase de seguridad en sí mismo que da no haber puesto nunca a prueba las propias capacidades—. Menudo día hoy, ¿eh? La fiesta de Jake. Le he dicho a mi padre que me encargo yo personalmente.

—Ya lo tengo montado —dije, porque lo tenía—. Escenario Fortaleza, dieciséis jugadores, y he reservado dos árbitros de más porque la última vez el grupo de Jake se lio con los jugadores sueltos.

Kyle asintió como si aquello fuera información que ya conocía y simplemente había olvidado.

—Genial, genial. Yo la verdad es que estaba pensando que deberíamos hacer algo especial. Tipo una máquina de humo. Para el ambiente.

—La máquina de humo lleva rota desde octubre.

—¿La pequeña?

—Las dos.

—Ah. —A Kyle se le puso la frente como se le ponía cuando se topaba con un problema que no podía delegar—. Bueno, ¿y se puede arreglar?

—Claro. Con una máquina de humo nueva. Que cuesta dinero. Que tu padre dijo que no tenemos porque hace falta una red nueva para la pared este.

—Ya, ya. —Kyle ya estaba mirando el móvil—. Oye, tengo que cogerlo. ¿Te encargas tú de todo? Eres una crack.

—Sip. —Me limpié los restos de CO2 en los vaqueros—. Una crack. Esa soy yo.

Kyle se esfumó por la puerta trasera, hablando ya con alguien de planes para el finde.

Mañana, cuando su padre le preguntara por la fiesta de Jake, Kyle la describiría con la cómoda seguridad de quien ha estado allí todo el rato.

Mencionaría el montaje de Fortaleza. Los árbitros de más.

Puede que incluso la crisis de rehenes de la cantina, contada como si hubiera sido cosa de sus propios reflejos.

Y Steve Whitfield asentiría y diría: «Ese es mi chico».

Apreté la llave del colector más fuerte de lo necesario.

La fiesta de Jake salió limpia. Llevé las comunicaciones desde la tribuna de observación, cantando rotaciones, gestionando el flujo de dieciséis adolescentes convencidos todos ellos de ser el protagonista de su propia película de acción.

Dos intentaron escalar las barricadas. Uno perdió una zapatilla.

Nadie lloró, nadie sangró, y el cumpleañero se llevó la última eliminación de la ronda final porque yo le había dicho por lo bajo a Todd, el árbitro, que se asegurara de que el equipo de Jake tuviera el ángulo del corredor sur.

Una fiesta de paintball no se gestiona sin más.

Se dirige. Lees la sala: quién está de bajón, quién se está poniendo demasiado agresivo, a quién le va a dar un ataque porque se le ha encasquillado la marcadora y cree que el mundo entero es injusto.

Haces microajustes sobre la marcha. Cambias a un jugador de equipo para equilibrar la diferencia de nivel.

Abres un corredor nuevo para que los críos agresivos no campeen el punto de reaparición.

Retrasas treinta segundos el cronómetro de la ronda porque alguien sigue en el baño y, si se pierde el arranque, la va a liar sin remedio.

Es gestión de recursos, seguimiento de la moral y despliegue táctico, todo a la vez y mientras una señora llamada Cheryl te pregunta por cuarta vez si la pintura sale con el lavado.

Sí, Cheryl. Sale con el lavado.

A las 19:30 el último grupo ya se había ido y me quedé sola en el campo. Recorrí la pista una vez más, recogiendo bolas de pintura sueltas y una única zapatilla —de Tyler Huang, seguramente, lo que significaba que este crío llevaba un déficit de una zapatilla en lo que iba de mes.

El móvil me vibró en el bolsillo trasero. Ya sabía lo que era.

Jess: ¡Hola, Ror! Noticia rápida. ¡He entrado en Law Review! Mamá está SUPER contenta ¿Y tú qué tal todo?

Me quedé mirando la pantalla. El pulgar se me quedó suspendido sobre el teclado.