Intocable (Amar a un cowboy 1) Capítulo 33. Darren
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Capítulo 33. Darren

Darren

Las semanas pasan rápido cuando eres feliz, muy feliz.

Cada noche me cuelo en el cuarto de Bonnie.

A veces vemos una serie en la cama, otras lee antes de quedarse dormida.

Le cuento mi día y ella a mí el suyo. No ha vuelto al lago, porque Max está muy ocupado y yo no he querido ir con ella; si la tengo delante con tan poca ropa, dudo de que no acabe haciendo algo de lo que me arrepienta si nos pilla Max.

De momento hemos conseguido que no se entere de nada.

Está centrado en trabajar y por las noches entrena con Bonnie para la fiesta del rancho.

He pasado alguna vez a verlos entrenar. Bonnie tiene buen gancho.

Max sabe cómo sacar partido de su menudo cuerpo.

Y de nuevo he tenido que irme para no delatarme.

Es complicado estar a su lado y no buscar su mano o dejarle un beso en la mejilla. Le encanta que le dé mimos. Que la acaricie. Siento que en su vida, salvo por Gretel, no ha recibido mucho cariño.

Por eso Max es tan importante para ella.

—Se han apuntado todos —me dice Lars a la hora de la comida. Estoy comiendo de camino, bajo una sombra. Él se ha acercado con su caballo.

—Así podremos romper algunas caras de esos cabrones —respondo. Se ríe.

—Lo estoy deseando. Y me vendrá bien para no pensar en mi matrimonio.

Lars habló con Tara, y ella le dijo que se sentía poco deseada y valorada como mujer.

Lars se desvive por Tara desde que empezaron a salir.

Siempre está pendiente de ella. De que no le falte de nada.

Por eso, cuando me contó esta conversación, pensé que tal vez el problema no sea que él no la colme de atenciones, sino que ella no quiere ya las atenciones de él.

Hasta que solucionen las cosas, Lars vive en su casa en el rancho y Tara en el pueblo, con sus padres.

No me gustaría estar en su pellejo, la verdad.

—Intuyo que todo sigue igual.

—Sí, hablo con ella cuando voy a por Robin por las tardes, pero no siento que quiera arreglar las cosas. Además, cada día está más guapa, y no es por mí. Siento que hay otro, Darren.

Decirle que no piense eso es absurdo, cuando todo apunta a que algo no va bien.

—¿Necesitas algo de mí?

—Que no te enamores en la vida. Así nadie podrá romperte el corazón en pedazos.

Pienso en Bonnie, en su risa, en su forma de acurrucarse en mi pecho. Ella es todo lo que soñé y mucho más. Tal vez ya sea tarde para cumplir con lo que Lars me pide.

—Por cierto. —Voy hasta mi caballo y saco de las alforjas una carpeta—. Los papeles de la prueba de ADN.

Lars coge la carpeta y no duda a la hora de abrirla. Lee los resultados, una comparativa de los ADN de él, de su abuelo y del mío. Tuve que pedir permisos para poder tomar una muestra del ADN de mi abuelo, por eso han tardado un poco más.

—Se confirma que tu abuelo y el mío eran hermanos. —dice Lars.

—Rob siempre nos ha contado que era cosa de su padre. Pero al parecer, no. Él era el ilegítimo. Hermano de mi abuelo.

—Somos primos y este lugar te pertenece tanto como a mí, porque dudo que tu padre quiera saber nada de ello.

—No, nada, ya te lo digo yo. —Mira cansado los papeles que demuestran la verdad—. Déjame pensarlo, ahora con lo de Tara no tengo cabeza para más.

—Necesito hacer justicia, Lars. Quiero hacer esto contigo.

—Dame tiempo. ¿Vale? —Pone los papeles en mi mano—. Y ahora ve tú y cuéntale todo a mi abuelo. Va a ser divertido ver cómo te has entrometido en todo.

—Voy de vuelta al rancho, ya se lo contaré —digo al acabar la comida.

—Sí, y pasa a ver cómo está tu chica. Le vi mala cara esta mañana y, aunque juró que solo era el calor, siento que me mentía.

—¿Y me lo dices ahora?

—Lo siento, no me he acordado hasta ahora. —Parece perdido y por eso no se lo tengo en cuenta.

Voy hacia mi caballo y llamo a Bonnie.

—Hola, vaquero. —Su voz es rasposa y ronca.

—¿Dónde estás?

—De camino a tu casa… Puede que no me sienta bien —admite con voz lastimera—. Me duele la cabeza… y estoy como mareada. No me gusta estar mala, Darren. ¡Es una mierda!

—Ve al salón y túmbate ahí, hoy cuidaré de ti.

—¿Con todo lo que tienes que hacer?

—Eso es cosa mía, Bonnie. Ponte cómoda y túmbate en el sofá, no tardo.

Guardo el móvil y voy hasta la casa tras montar mi caballo. Lo dejo en el establo de la casa. Le doy comida y agua. De camino a mi casa llamo a Ehud para que se haga cargo de todo. Lars también lo hará. Yo me quedaré haciendo papeleo y trabajos en mi casa.

Entro y encuentro a Bonnie tumbada en el sofá y tapada con una manta. En pleno agosto. Me preocupa. Ando hasta ella y toco su frente: está muy caliente.

—Estoy bien —dice cuando acaricio su mejilla.

—Y una mierda estás bien. Ni se te ocurra moverte.

—Si te quedas cerca te voy a contagiar.

—Ahora mismo eso es lo que menos me preocupa, voy a prepararte sopa.

Ando hasta la cocina y, como no tengo ingredientes para hacer caldo, llamo a mi abuela y me dice que Rob vendrá con comida caliente para Bonnie.

Llamo al médico del rancho, que por suerte está cerca.

Abro la puerta cuando llega para que examine a Bonnie.

La examina mientras Rob llega con la comida. Caliento la sopa.

—Ha pillado una buena gripe. Por suerte tengo medicamentos en mi coche para ella. Ahora los traigo. Que no le suba la fiebre más de treinta y ocho, si lo hace, dale esto. —Deja una caja y va al coche a buscar más medicamentos.

Me explica lo que debo hacer y se marcha. Rob se ha ido también tras hablar un poco con Bonnie. Por suerte ha sido listo y lleva una mascarilla para no contagiarse. La última vez que mi abuela y él pillaron la gripe, casi no lo cuentan.

Eso hace que me arrepienta de haberlo llamado. Simplemente, no pensé. Fue ver a Bonnie tan mal y pensar solo en ella, en su seguridad. Miro como me tiemblan las manos: es como cuando Max se ponía malo de pequeño. Odiaba verlo así, tan indefenso.

Regreso al salón y cuando protesta para comer la cojo en brazos y le voy dando la sopa hasta que se duerme.

Compruebo la fiebre: tiene casi treinta y nueve.

La obligo a estar sin la manta tras tomarse la medicina.

No consigo trabajar hasta que le baja la fiebre.

Duerme, pero parece mejor. Seguramente será por los medicamentos.

Acaricio su mejilla preocupado. Si le pasa algo, me muero.

Estoy loco por esta mujer, tal vez más de lo que quiero admitir.

A media tarde merienda algo y se duerme de nuevo. Verla tan apagada me destroza. Intento centrarme en el trabajo, pero es casi imposible con ella así.

—Me ha dicho Ehud que Bonnie está mala. —Max entra al salón agitado—. Joder, la ha pillado fuerte. Y Bonnie mala es peor que yo. —Acaricia su frente con cariño y ternura—. Gracias por cuidarla.

—De nada. Es de la familia.

—Sí, lo es. Voy a cambiarme, luego yo me encargo de ella.

Voy a decirle que no, que es mi chica, pero callo, porque no es el momento ni sé si quiero dar ese paso. Max se marcha y Bonnie abre los ojos. Los tiene enrojecidos por la fiebre.

—Odio estar mala. —Cojo su mano y la acaricio.

—Lo sé, cariño. Así puedo cuidar de ti. —Sonríe.

—Te he escuchado maldecir y estás pálido como un fantasma. No soportas verme así.

—No, la verdad es que no. —Se gira, pone cara de dolor y tose.

—Max ha cuidado de mí alguna vez. Y yo de él.

Ellos han compartido mucho. Tal vez más de lo que yo nunca comparta con ella. Bonnie se sienta y apoya su cabeza en sus rodillas tras alzarlas. Le doy agua y bebe a sorbos pequeños. Está más fresca que caliente, así le alivia más al tragar.

—Gracias por cuidarme.

—De nada, cariño.

Escuchamos a Max bajar. Al llegar al lado de Bonnie y ver que está despierta, su semblante se relaja.

—Odio cuando te haces la muerta por gripe. —Bonnie se ríe como puede y acaba tosiendo. Max la coge en brazos—. Vamos, campeona, yo cuidaré de ti toda la noche.

—Eres el mejor, Max, te quiero.

—Y yo a ti.

Los veo irse con el corazón pesado. Quiero ser yo el único que la cuide. El único que le diga «te quiero» y reciba los suyos. Soy un celoso de mierda. Estoy así porque ella quiere a mi hijo. Nunca creí que un día competiría con Max por algo.

Intento trabajar, pero no lo logro. Es tarde cuando Max baja.

—Ha cenado y se ha quedado torrada. —Max se sienta en el sofá—. ¿Sabes que la madrastra de Bonnie no dejaba que la familia se acercara cuando estaba enferma? Solo las niñeras y con el claro mensaje de no malcriarla.

—Esa mujer es una bruja. —Saca el móvil y me enseña una foto—. ¿Es esta?

—Sí. Cuando se casó con el padre de Bonnie acababa de salir elegida Miss América. Tenía diecinueve años. Ahora tiene cuarenta y pocos.

—Parece más mayor, por todas las operaciones que lleva.

—Una tras otra. Bonnie no ha tenido una vida fácil.

—Tú tampoco, pero no me cuentas por qué.

—¿De verdad quieres soportar esa carga?

—Eres mi hijo, pasaría por un infierno para que seas feliz. —Lo estoy pasando, pienso.

Max se queda pensativo. Se revuelve el pelo y se levanta para mirar por la ventana.

—No conocí a tu abuelo, pero desde que era pequeño me han dejado claro lo cabrón que fue con mucha gente del pueblo. Y, claro, contigo nadie podía meterse…, pero conmigo era otro cantar.

—¿Se metían contigo para hacérselo pagar a mi abuelo?

—Y a tu madre. Al parecer, rompió muchos corazones en el pueblo.

—Joder, Max. —Voy hasta él.

—La noche del accidente se chocaron con el abuelo de Aomar. Acabó muerto tras varias semanas en la uci. También iba borracho, por lo que no saben quién fue el culpable del accidente. ¿Lo sabías?

—Algo. En ese momento solo daba gracias por librarme de ellos.

—Pues los Landry culparon a tu abuelo y, bueno, tú eras intocable, pero yo no. Pero la enemistad de los Landry y los Bennet es más antigua.

—Sí, sé lo de la jinete. De modo que el accidente fue la gota que colmó el vaso, y como no se podían vengar en mí, lo hicieron en ti.

La rabia estalla en mi interior. Max siempre fue callado, estudioso y bueno. Por eso no pensaba que ocultara ese dolor.

—Lo siento, Max, no me di cuenta de nada.

—No pasa nada, está olvidado. O no. Porque odio este lugar. Odio estar aquí y recordar lo débil que esos cabrones me hacían sentir. Aomar era lo peor. Y los demás lo seguían.

—Ya no pueden contra ti.

—Lo sé. Pero este lugar… me asfixia.

—¿Y por qué sigues aquí?

—Por Bonnie. Nunca la he visto tan feliz.

Ni tener tantos amigos. Conoce a todo el mundo del rancho.

Coge flores para llevárselas a las mujeres más mayores y a sus maridos.

Tiene mejor color de cara que nunca y por fin come de forma decente.

Mira qué bonito ha dejado el jardín; le encanta cuidar sus plantas.

¿Te ha contado que tuvo problemas con la comida?

—No.

—Por eso le pedía perdón con dulces, porque así me aseguraba de que comiera algo más que verduras.

En casa de su padre la ataron mucho por culpa de su figura.

La hicieron sentir mal por tener tanto pecho y ser una mujer con curvas.

Por eso Bonnie, sin darse cuenta, contaba las calorías de todo.

Me di cuenta al poco de conocerla. Siempre miraba nerviosa las calorías y le costaba saltarse la dieta.

Si le preguntaba, me decía que era mentira.

Pero yo me fijaba en su miedo a engordar.

Pero ahora…, Dios, está preciosa. No se fija en lo que come y parece libre de toda esa mierda. ¿Cómo podría irme y quitarle todo eso?

Creo que es la primera vez que soy tan consciente de lo mucho que estos dos se quieren y se necesitan. No, no creo que esté enamorado de ella, pero sí veo cómo el hecho de cuidarla y que ella fuera parte de su vida lo obligó a hacerse fuerte para luchar contra sus propios demonios.

Lo abrazo. Hace años que no lo hago. Tal vez nunca lo haya hecho. Max se queda rígido y luego me devuelve el abrazo antes de apartarse.

—Voy a ver cómo está la enferma.

Es increíble todo lo que pasa en la vida cerca de ti mientras tú estas tan ocupado mirando tu ombligo que no ves más allá de este.

Creía que había sido un padre respetable, hasta ahora.