Capítulo 28. Bonnie
Bonnie
Aunque nos dejamos llevar en el sofá, las cosas con Darren no han cambiado. Sigue dejando el desayuno y yo la infusión; por lo demás, no ha hecho amago de escribirme, buscarme o dejarse llevar.
Lo entiendo, pero a la vez siento pesar en el pecho porque todas las personas por las que siento algo me dejen de lado.
Max no ha podido venir al lago esta semana.
Raro era que aguantara todo el verano. Para compensarme hemos quedado para salir esta noche de sábado por el pueblo.
Algo que odia, pero dice que la fiesta está bien.
Ahora estoy en el pueblo comprando cosas para la gente jubilada del rancho. Me paso a verlos un rato por las tardes y si necesitan algo me lo anoto en una lista.
—Hola. —Tyre se pone a mi lado en el supermercado. Mira el carro y ve los pañales—. No me pienso meter si los necesitas.
—No seas tonto, son para la gente jubilada del pueblo.
—Lo sospechaba.
Sonríe y parece tenso. No nos hemos visto desde las fiestas.
—¿Todo bien?
—Supongo que cansado, intentando trabajar mientras el resto solo quieren chupar del bote.
—Bueno, si al dueño no le importa…
—Ya…, pero está muy mayor, un día se morirá y ¿qué pasará luego?
—Lo pensarás cuando llegue el momento.
—Sí. —Cojo un par de cosas más y mira mi lista para ayudarme a ir metiendo cosas que necesito—. ¿La fiesta del rancho de los Bennet tiene algo que ver con la vuelta de Max y lo que vivió en el instituto por culpa de mi primo Aomar?
—¿Has estado investigando?
—Un poco. Le hicieron la vida imposible. Lo siento, Bonnie, yo no sabía nada.
—No es tu culpa.
—Ya. No voy a participar. Si esto es para vengarse de la forma más legal, os apoyo y no quiero llegar al final, cuando no es a mí a quien quieren hacer una cara nueva.
—Mejor, sería una lástima que te jodieran la cara. —Se ríe.
—Cuidado, que pensaré que me estás tirando la caña.
—Te aviso ya que ni de coña. —Se ríe y terminamos la compra.
—Vamos, te invito a un helado. Y luego te ayudo a llevar esto.
—¿Y no te da miedo que te echen a pedradas del rancho?
—Hay muchos Landry entre los jubilados. Antes los ranchos eran prácticamente uno.
Vamos a la heladería tras meter las cosas en la camioneta que cogí del rancho para llevar las compras. La gente nos mira juntos de forma descarada.
—Mucha de esta gente pensará que te voy a preñar con la mirada.
—Qué bruto. —Sonríe y me dice que lo deje sorprenderme.
Pide un par de helados y los comemos cerca de la ventana. Lo pruebo y está delicioso.
—Sabía que te iba a gustar.
—Mucho.
Miro a Tara ir por la calle discutiendo con Robin. Este llora y su madre le grita, hasta que la gente la mira y lo coge en brazos.
—¿Aceptas un consejo?
—De un Landry, en la vida —bromeo, y me meto una gran cucharada de helado en la boca.
—No confíes en Tara. No le cuentes nada de ti que pueda usar en tu contra.
—¿Por qué dices eso?
—Tengo mis motivos. —Tyre parece de golpe muy serio—. No puedo decirte más. Pero me caes bien y no quiero que te haga daño.
—Gracias.
—De nada.
Terminamos el helado y luego vamos al rancho. Él me sigue con su camioneta. Bajamos las cosas y saluda a varias personas. Varias mujeres lo abrazan con cariño. Tyre parece cortado, pero no se aparta. Les cuenta cosas de su rancho y de cómo están algunos de los más mayores.
—Ese lugar necesita alguien nuevo con mano dura —dice una mujer.
—Bueno, al viejo le queda poco —suelta otra—. Y tal vez entonces puedas… —Tyre la calla con la mirada.
¿Qué me he perdido? Ya lo descubriré.
Nos despedimos y me da su móvil, por si necesito algo o solo hablar. Al regresar a la casa grande, veo a Max bajando las escaleras.
—¿Es cierto que has estado con Tyre Landry?
—Me cae bien.
—Es un mujeriego.
—Y tú —le suelto—. Y te quiero igual.
—Ten cuidado, Bonnie. No quiero que te hagan daño.
—Tyre no me interesa de esa forma y lo sabe. Somos amigos. O lo seremos.
—Vale, como quieras, pero no bajes la guardia.
—Él me dijo lo mismo de Tara.
—¿De Tara?
Vamos hasta la cocina para preparar la cena.
—He notado cosas raras, Max. Cosas que no me cuadran, y no me gusta cómo habla de Lars.
—Llevan muchos años juntos. No es raro que las mujeres, cuando llevan mucho tiempo, hablan así de sus maridos. ¿Te acuerdas de la de la residencia de la universidad? —Nos reímos al recordar cómo nos contaba pestes de su marido—. Supongo que es normal.
—Pues qué triste.
—La verdad es que sí.
Darren llega a cenar cuando está la mesa puesta. Casi ni me mira. Ni yo a él. Pero el recuerdo de sus manos por mi cuerpo calienta mi ser. El verano se acaba y yo necesito más de este vaquero que ha decido alejarme de él… una vez más.