Capítulo 25. Darren
Darren
Encuentro a Max en la biblioteca del pueblo. No está abierta, pero hay un banco cerca donde Max esperaba de niño hasta que la abrían, para poder coger libros nuevos. No me paré a pensar que, para un niño tan inteligente, esta vida tal vez fuera una dura batalla.
—No abren hasta el lunes —le digo, y sonríe cuando me siento a su lado.
—Pues tendré que esperar —bromea.
—No me di cuenta de que te lo hacían pasar mal; hoy lo he visto. Tal vez porque estoy menos preocupado por sacar adelante el rancho.
—No pasa nada. Son cosas que pasan, siempre pillan al idiota de turno para ser su piñata en sus fiestas de mierda. Nada que no me haya hecho más fuerte.
—Les hubiera destrozado la cara de saberlo.
—Hubieras acabado en la cárcel por pegar a unos niños.
—Me hubiera quedado a gusto. —Sonríe.
—Está olvidado. Ya no soy ese crío. Ahora podría partirles la cara yo a ellos. No han cambiado. Siguen igual…, pero yo no. Y por eso no lo haré. Soy mejor que ellos.
—Mucho mejor, tienes premios por lo listo que eres y, bueno, tienes un padre de puta madre. —Sonríe—. ¿Me vas a contar más?
—No, está bien así.
—Siento no haber sabido ser algo mejor.
—Has sido y eres un padre increíble. —Me da una palmada en la espalda.
—Necesito vengarme.
—Oh, no, conozco esa mirada. ¿Qué estás planeando?
—Algo se me ocurrirá que no nos lleve a la cárcel a ninguno de los dos.
—Madre mía, has puesto esa mirada, la de «os voy a destrozar sin que os deis cuenta». Cuenta conmigo. El equipo Bennet al ataque.
Sonríe y pienso en él: de nuevo lo pongo por delante de todo para que no sufra. Hablamos de sus últimos proyectos y lo acompaño de regreso al pueblo.
—¿Puedes llevar a Bonnie a casa? Necesito irme de aquí.
—Si bebes, no conduzcas.
—No lo haré, me quedaré a pasar la noche allí si hace falta.
Va hasta su camioneta y se marcha al pueblo vecino. Solía pasar allí más tiempo que en este. Al principio pensaba que era porque le gustaba alguien de allí, pero ahora me pregunto si no fue para huir de todo esto.
Encuentro a Bonnie sentada a una mesa mirando el móvil. Cuando levanta la cabeza, no perderme en ella es casi imposible. ¿Cómo puedo renunciar a todo lo que siento a su lado? Por Max, me recuerdo.
—Max ha ido a beber al pueblo de al lado. Te llevo yo a casa, ¿vale?
—De acuerdo. ¿Está bien Max?
—Sí.
—¿Y tú?
—No.
—¿Nos vamos ya? Estoy cansada.
—Será un placer, no tengo ganas de fiesta.
Andamos hasta mi camioneta tras despedirnos de todos. Al pasar veo a los capullos que iban a clase con Max; sus padres son iguales. Eran amigos de mi abuelo. Tyre está en la barra mirando a Bonnie, que le dice adiós con la mano.
—¿Qué te traes con Tyre?
—¿Celoso, vaquero? —Gruño y se ríe—. Nada, pero me cae bien, creo que no es tan capullo como el resto de los Landry.
—No lo conozco.
—No tienes que conocerlo. Me cae bien a mí, tú puedes seguir mirándolo como si quisieras arrancarle la cabeza por hablar conmigo.
—No lo miro así. —Se ríe y me encanta escuchar su risa.
Entramos al coche y cierro la puerta agitado. Y no solo por la mujer que tengo cerca. Cada vez que inhalo su perfume ansío besarla y perderme en ella.
—¿Max estará bien?
—Lo estará, te lo puedo jurar. Estoy pensando cómo destrozarles la cara a los Landry sin acabar en la cárcel.
—¿Y es necesario usar la violencia?
—Sí. —Bufa.
Doy golpes con los dedos en el volante. A medio camino la miro, apenas iluminada por la luna que entra por las ventanillas.
—¿Qué estás planeando?
—Mi abuelo hacía en agosto una fiesta en el rancho.
Bebida, comida y peleas de boxeo caseras.
Se podía presentar quien quisiera. El ganador se llevaba cinco mil dólares que ponía el rancho.
El alcalde ha estado insistiendo en que rescate esa festividad, ya que movía mucha gente que iba al rancho para asistir a ella y eso nos abriría contactos.
—A ti solo te interesa la parte de hacerles una cara nueva. —Me río—. ¿Y si no se apuntan?
—Lo harán, porque sus padres, junto con mi abuelo, fueron los que lo inventaron cuando los ranchos eran amigos. Picarán el anzuelo.
—¿Y también había peleas de mujeres?
—No.
—Pues ahora sí. Si vas a hacer esto por Max, yo también.
—¿Sabes pelear?
—Claro que sí. —La miro admirado—. Max y yo íbamos a clases de defensa personal, como te dije, pero además, insistió en que aprendiéramos boxeo. Él también sabe pelear. ¿Y tú, vaquero?
—Mi abuelo me obligaba a participar, no me quedó de otra.
—Era un cabrón.
—Sí, por suerte ya está muerto y muerto no puede hacer más daño —digo en voz alta por primera vez. Max no es el único que esconde lo que siente.
—No, ya no.
Llegamos al rancho y entramos a casa juntos tras dejar la camioneta aparcada.
Andamos hasta la escalera y cuando pasamos por mi cuarto los recuerdos de lo que pasó hace solo unas horas nos asaltan.
En sus ojos está el deseo ardiendo con fuerza.
Darle las buenas noches e irme solo a mi habitación me cuesta la vida.
Lo hago por Max, me recuerdo; el problema es que eso no alivia el pesar de mi pecho.