Intocable (Amar a un cowboy 1) Capítulo 23. Darren
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Capítulo 23. Darren

Darren

Dejo que el agua de la ducha caiga sobre mi cabeza.

Max ha regresado. Está en casa. Seguramente en su cuarto, o con Bonnie.

Aún puedo verla en mi cama, dormida desnuda abrazada a mí.

Me pasé un rato mirándola tras quitarme los vaqueros para dormir más cómodo.

Dejé vagar los dedos por su espalda y sonrió en sueños.

Al final me dormí por cansancio, hasta que ella se despertó y no quise abrir los ojos para que la realidad de un nuevo día me la quitara.

Pero fue peor. Max ha vuelto. Contento, ajeno a que la chica que le gusta estaba en mi cama desnuda tras darme el mejor orgasmo de toda mi vida.

Debería estar feliz de que Max esté aquí y sin embargo estoy agitado, no sabiendo cómo mirarlo a la cara tras lo que ha pasado con su mejor amiga.

El agua corre. Salgo de la ducha sin ganas de bajar.

No sé bien qué me voy a encontrar. O si podré ocultar lo que siento cuando miro a Bonnie.

Busco qué ponerme y veo sus bragas en el suelo.

Joder. Las cojo y las guardo junto al tanga que me tiró hace unos días.

Tras ver que no hay nada que nos delate, bajo a la cocina, donde seguramente estará Max preparándose café.

Bajo las escaleras y lo escucho cantando en la cocina.

O más bien tarareando. Cuando era pequeño, según lo que tarareara sabía si estaba de humor o no.

Si no tarareaba nada, era que algo pasaba.

En el instituto dejó de hacerlo. Nadie sabe qué pasó.

No cuenta nada. Yo sospechaba que había pasado algo, pero tras lo que me dijo Bonnie, mis sospechas han aumentado.

Entro a la cocina y lo veo de espaldas, preparando café para todos. En la mesa hay una caja de dónuts. Sé que son los preferidos de Bonnie; un día me dijo que cuando podía Max los compraba para ella. Sobre todo para pedirle perdón por dejarla plantada.

—Intuyo que has traído más de una caja para pedirle perdón a la chica. —Mi hijo se gira y se ríe.

Nos parecemos mucho. Somos igual de altos y parecemos más hermanos que padre e hijo.

Tenemos el mismo color de ojos, herencia del cabrón de mi abuelo, pero yo tengo el pelo negro y él castaño y con las puntas rubias.

Se da un aire a Lars. Siempre ha sido así, lo que avivó más la creencia de que su abuelo era hijo bastardo.

Yo, desde luego, no tengo dudas y he tomado medidas al respecto.

Estoy cansado de que Lars renuncie a lo que le pertenece por derecho.

Al verme, Max se me acerca y me da un abrazo. En cuanto se lo devuelvo me siento mal por haber deseado que tardara más en volver. Soy un padre de mierda. No sé cómo sobrellevar lo que siento por Bonnie; no esperaba que ella me importara tanto.

—¡Joder, cada vez estás más fuerte! —lo pico, y me aprieta el abrazo—. No me digas que vas a esos gimnasios de pijos.

—Puede que sí, me distrae. —Se separa. Parece más mayor.

Al mirarlo siento inseguridad. Él tiene lo que yo ya no puedo ofrecer: vida, futuro y juventud. Yo estoy demasiado cascado para ser bueno para nadie.

—Tú sí que estás fuerte, cabrón, casi me rompes.

—Esa boca —lo regaño. Y se ríe.

—No empieces. Ya no soy un crío. Y ahora, dime, ¿Bonnie está muy enfadada conmigo?

Pienso en Bonnie gimiendo en mi cama, derritiéndose con mi boca. Aparto la mirada y niego con la cabeza.

—¿Es por eso que has venido antes?

—La vi ayer en las fiestas y, joder, estaba preciosa. —Tomo aire y me caliento la leche. La culpa cada vez pesa más en mi pecho. No puedo respirar.

—No me fijé. —Mentiroso de mierda.

Sujeto la taza agitado. Tengo que salir de aquí.

Doy un trago a mi leche y casi me quemo, pero me da igual.

Necesito aire. Voy a irme cuando la escucho.

Bonnie entra en la cocina y Max va hacia ella y la coge en brazos.

Verlos girar en la cocina me mata. Me rompe en pedazos, porque ella es perfecta para él y hacen una pareja preciosa.

Me marcho sin dar explicaciones. Que hablen. Que recuperen el tiempo perdido.

Tragar me cuesta la vida, como si hubiera comido arena. Necesito irme lejos. Por eso voy hasta los establos y monto a mi caballo. Subo a su lomo y nos marchamos hasta los lindes del rancho.

Bonnie

Abrazar a Max es como estar en casa. Y más desde que se distanció de mí. El problema es que no dejo de pensar en su padre. En la mirada que puso cuando me abrazó su hijo. No debería, pero me siento culpable. Siento que todo esto es en parte mi culpa, por tentarlo.

—He traído dónuts. —Max abre la caja y cojo dos. Los aplasto y me los como.

—Necesitas más cajas como esta.

—Eso dijo mi padre. —Se sienta mientras yo chupo el glaseado de mis dedos.

No me mira con deseo. No hay oscuridad en su mirada al verme lamer mis dedos. No como cuando me mira Darren y ansia ser él quien lama el azúcar de mi piel. Max se está engañando y nos está arrastrando a los dos.

—Deberías haberle hecho caso.

—¿Te ha tratado bien? A veces es muy… serio.

Aparto la mirada cuando recuerdo a Darren entre mis piernas.

—Muy bien. —El sonrojo de mis mejillas es una mierda, por eso me levanto para servirme café.

—Bien, pero ahora ya estoy yo para cuidar a mi chica.

—No soy tu chica, Max.

—Mi mejor amiga es mi chica. Nadie va a quitarte ese puesto.

Doy un trago a mi café para no responder. No quiero enfadarme con él ya.

—¿Vas a volver a irte?

—No. Me quedo hasta el final del verano. Si tengo que hacer algo, lo haré desde mi cuarto.

—Bien.

Max me abraza por detrás y no dice nada, solo me siente.

Nos miramos reflejados en el cristal. Es muy guapo; aunque tiene una belleza diferente a la de Darren, los dos son atractivos, pero solo uno me hace sentir mariposas.

Cuando Max me dijo lo que sentía quise dejarme llevar.

Amarlo con todo mi ser, ser su todo. Ir a lo cómodo.

Decirle que no me dolió, pero ahora sé que fue lo mejor.

Nunca hubiéramos sido felices. Querer no es amar con cada fibra de tu alma.

Ahora, al mirarlo, me doy cuenta de que se parece a su padre y también a Lars. Este, al parecer, desciende de un Bennet, según me contó Tara una vez. También me dijo que no entendía por qué su marido no reclamaba su herencia, que ellos se merecían tenerla.

—¿Estamos bien?

—Sí, somos los mejores amigos —matizo, porque no quiero que se haga ilusiones.

—Claro. —Me besa en la mejilla—. Voy a darme una ducha, llevo horas conduciendo. ¿Vamos luego a ver a mi bisabuela?

—Mejor ve tú solo, yo no le caigo muy bien.

—Tonterías.

—Prefiero quedarme descansando.

—Vale, pero esta tarde vamos juntos a las fiestas del pueblo. Lo mismo no son tan mierdas como las recuerdo. —Su mirada se pone oscura.

Siempre ocurre lo mismo cuando habla del pueblo y de su gente.

Pero cuando le pregunto se cierra en banda.

Por eso lo dejo pasar. Le digo que nos vemos luego y subo a mi cuarto.

Entro y la culpa me ahoga. Lo peor es que salgo al balcón y pienso en Darren, en dónde estará y si todo va a cambiar entre los dos para siempre.

Me hubiera gustado perderme en un beso más.

***

—Bueno, al fin ha hecho acto de presencia —dice mi hermana cuando salgo por el rancho tras picar algo para comer. Voy por la sombra, para evitar el sol de mediodía.

—Eso parece.

—Te noto triste. Por favor, ponme al día de todo y luego me dices si mi Max sigue tan mojabragas como siempre. —Le cuento lo que pasó con Darren—. Y justo en ese momento llega el hijo perdido. —Se ríe, la cabrona se ríe—. Qué cortarrollos.

—Sí, pero él no tiene la culpa, y sí, está muy sexi. Más de lo que recordaba, porque está más moreno y más marcado. Creo que ahora hace deporte o algo.

—Antes lo odiaba.

—Es Max, sabes que no puede estar quieto. Siempre tiene que hacer algo para no pensar en su mierda, esa que nunca me cuenta.

—Sí, cierto. Sus fantasmas. Bueno, ya lo hará. O no.

—No, no creo que me diga nada.

Cojo flores silvestres de camino, con el móvil apretado entre mi hombro y el oído.

—Todo va a cambiar y, joder, era feliz.

—Era solo sexo, Bon, mejor que se corte antes de que te enamores de un hombre que elegiría a su hijo por encima de todo.

Noto en los ojos el escozor de las lágrimas por lo que no dice Gretel. Que, al igual que con mi padre, para Darren tampoco seré nunca lo primero. Tomo aire.

—Sí, mejor así, claro.

Hablamos del concurso. De cómo le va. De lo mucho que odia tener que hacerse fotos y pasearse en bikini delante de los viejos verdes amigos de su madre.

Lleva espray de pimienta en el bolso por si la tocan.

Más de uno ha tratado de hacerlo y se ha llevado un chorrazo, y cuando se lo dice a su madre le responde que porque le toquen el culo no se va a morir, la muy zorra.

Estoy deseando que Gretel viva conmigo.

Es tarde cuando regreso a la casa. Entro y veo a Max sin saber qué poner en la tele.

—¿Vas a ver una serie? —Me siento a su lado tras dejar las flores en la mesa.

—No sé qué ver. Pero me he propuesto no trabajar hasta el lunes y no sé qué mierda hacer con mi tiempo libre.

Pongo la mano en su frente. Y me aparta entre risas.

—Vamos, yo te enseño las mejores cuando ponga las flores en agua.

Max se gira y me mira. Me observa de verdad, como si quisiera memorizar cada peca.

—Estás muy guapa, Bonnie.

—Pareces sorprendido.

—Joder, no, es que…, bueno, es que no te había visto bien antes. —Pasa el pelo tras mi oreja al tiempo que la puerta se abre y aparece Darren.

Max me abraza y Darren va hasta su cuarto sin decir nada.

—Voy a poner las flores en agua.

Ando hasta la cocina con las manos temblorosas, porque siento que les estoy fallando a los dos, y por un momento pienso en irme. Sería lo mejor para todos. Saco el móvil y escribo a Darren. Necesito que me crea, a pesar de que lo nuestro no puede ser:

Bonnie: No siento nada por Max y sé que no te debo explicaciones, pero no quiero que pienses que soy de esas mujeres que pueden ir de un hombre a otro en una sola noche.

Darren: No importa, Bonnie, me alegro de que Max haya vuelto. Es mejor dejarlo estar.

Bonnie: ¿Entonces ya me has olvidado?

Darren: ¿Y de qué sirve tal vez no hacerlo nunca?

De nada, si prioriza todo antes que a mí. Guardo el móvil y regreso al salón con Max. Cuando regrese a mi vida, Max será lo único real, aunque sea como mi mejor amigo. Es mejor no olvidarlo. No habrá un Darren en mi futuro.

Es mejor recordarlo.