Intocable (Amar a un cowboy 1) Capítulo 19. Darren
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Capítulo 19. Darren

Darren

Era el compost; estaba en mal estado y eso le daba reacción a Bonnie.

Ya lo hemos cambiado, pero como pueden quedar restos, ella permanecerá en la nave haciendo las pruebas.

Pero hemos perdido gran parte de la cosecha.

Y otra parte por una plaga. Es lo malo de los cultivos ecológicos, que conseguir que lleguen a buen término es más complicado.

Pero no pienso rendirme con esto, aunque no pare de darme quebraderos de cabeza.

Ahora estoy en mi despacho analizando cómo conseguir más dinero de otra zona del rancho, para que las pérdidas con las plantaciones ecológicas no supongan un problema a la larga.

Tocan a la puerta y cuando alzo la mirada veo a mi abuela con un túper.

—No son para ti, son para Bonnie. —Se sienta frente a mi mesa—. Le gustan mis galletas de cacahuete con escamas de sal y les he puesto por encima chocolate con leche y palomitas.

Mi abuela trajo el otro día sus galletas y Bonnie le dijo que eran las mejores que había probado nunca.

Eso alegró a Saril y al parecer le ha traído más.

Han pasado dos semanas desde que me permití ver una película con Bonnie y disfrutar de ella entre mis brazos sin miedos.

Me dije que solo sería esa noche antes de volver a mantener las distancias.

Nos vemos lo justo o cuando hay gente. No nos hemos vuelto a quedar a solas, aunque cada noche miro el techo de mi cuarto y solo pienso en ella en su cama y en lo que me gustaría que estuviera en la mía, conmigo.

Y cuando está en el jardín trabajando, paso más tiempo mirándola que haciendo mi trabajo.

Cuando se da cuenta me regala una preciosa sonrisa, y siento en ese instante que lo tengo todo.

No verla a solas no ha mitigado lo que siento por esa mujer.

—Me parece bien.

—¿Max sigue sin saber cuándo vendrá?

—Eso parece.

—Solo espero que esa chica no acabe enamorada de él, o lo pasará mal. Un hombre que no lucha por ti no te merece. Yo me conformé con un idiota y casi me mata.

—Tú eras muy joven para saber cómo era el abuelo, solo tenías dieciocho años, abuela. Y Max no es el abuelo.

—No, claro que no, no le pegará ni la insultará, pero si nunca está ahí, ¿no es eso igual de doloroso? No, lo dicho, Max y Bonnie no son perfectos el uno para el otro.

—Pero él no piensa lo mismo.

—Ya se dará cuenta. O puedo tirarle de la oreja hasta que lo entienda.

—No, eso está prohibido. —Se ríe. Siempre me hacía lo mismo, cuando Max no me hacía caso proponía cogerlo de la oreja hasta que entrara en razón—. ¿Quieres algo más?

—¿Vas a montar el caballo en las fiestas?

—Sabes que sí.

—Ya no eres un chaval, Darren, como te caigas te matas. Pero tú mismo.

—Me dices lo mismo cada año, abuela.

—Y, como cada año, no me haces ni puto caso. —Saca una galleta y se la empieza a comer—. Para ti nada, por montar a caballo, y ahora trabaja. No me voy a marchar, estoy a gusto aquí. Se está muy fresquito.

Ni trato de disuadirla; mi abuela hará lo que le dé la gana, como siempre. Sigo trabajando hasta que escucho a Bonnie entrar en la casa, mi abuela la llama y ella se acerca y entra en el despacho.

La miro ahora que mi abuela también lo hace.

Lleva un vestido de topitos azules de tirantes.

Sencillo, pero en ella todo es sexi a rabiar.

Su piel tiene un leve color dorado por el sol.

Y las pecas de sus mejillas se notan más que cuando vino.

No lleva casi maquillaje, no le hace falta.

Esos labios rojos y las largas pestañas negras ya le dan a su rostro perfecto el color que necesita.

—¿Todo bien?

—Te he traído galletas de las que te gustan. —Mi abuela se las tiende—. Pero te las doy a cambio de una cosa.

—¡Abuela, para ya con tus juegos!

—Nunca. —Abre el túper—. Si quieres las galletas deberás convencer a este grandullón de que no se suba al caballo mañana por la noche. —Bonnie alza una ceja y luego me mira divertida.

Ha estado en el pueblo con Tara, ayudando con los preparativos para el fin de semana. Tara ha decidido cogerla bajo su ala. No sé si alegrarme o no, porque nunca me he fiado al cien por cien de Tara, pero si Bonnie es feliz no voy a meterme.

—Creo que Darren es una persona muy madura, si él cree que puede subirse a ese caballo es porque tiene claro que domará al animal y no al revés. —Su forma de decirlo agita algo en mi pecho.

—Bueno, si lo dices así. —Mi abuela, la lianta, se levanta y deja las galletas en las manos de Bonnie—. Me has convencido. Me marcho a mi casa.

Y así lo hace; se va a su casa y deja a una Bonnie desconcertada con las galletas en las manos.

—¿Qué acaba de pasar?

—Mi abuela —respondo divertido, como si eso lo explicara todo—. ¿Qué tal van los preparativos de las fiestas?

—Muy bien, la gente es muy cariñosa. Algunos, de más. —Sonríe, pero a mí no me hace gracia esta confesión—. Todo controlado, Darren, no dejo que nadie me toque si no quiero.

Esa afirmación solo aviva mi fuego. A mí me dejó tocarla, joder, vivo en esos recuerdos. En lo increíble que fue besarla y verla derretirse en mis brazos. Por su mirada hambrienta, sé que está pensando en lo mismo.

—Es mejor que me marche a mi cuarto.

—No tienes que vivir ahí encerrada, Bonnie, nunca haré nada que no quieras.

—Es que ese es el problema, Darren, que no hago más que desear que te dejes llevar de nuevo.

Joder. Su respiración se agita mientras la devoro desde mi asiento para evitar levantarme y devorarle la boca.

—Tres preguntas —me dice coqueta—. ¿Me has imaginado desnuda en tu mesa de trabajo?

Se acerca y sostengo el reposabrazos con mis manos para no lanzarme a ella.

—Sí.

—¿Qué me harías?

—De todo.

—¿Puedes especificar un poco más?

—Eso son dos preguntas. —Sonríe de forma ladeada.

—Entonces responde a una cosa que me harías.

—Estamos jugando con fuego, Bonnie.

—Mientras no pase nada, no.

Gruño y ella se acerca más. Hasta que solo la mesa nos separa. No sé qué tiene esta mujer que me vuelve tan loco. Tan visceral. Hambriento de ella. De cualquier migaja que me quiera dar.

—Te pondría ante mí en la mesa y luego metería la mano bajo tu vestido para tirar de tu ropa interior antes de abrirte las piernas y mirarte ya mojada por mí.

—¿Solo mirarme?

—No, luego mi lengua sería la que disfrutaría de ti hasta que te corrieras. —Está sonrojada, cachonda y muy excitada—. ¿He respondido ya a tus tres preguntas como deseabas?

—Para mi desgracia, sí.

Anda hasta la puerta y cuando va a salir se levanta la falda lo justo para tirar de su tanga, veo parte de ese trasero que me vuelve loco y como se quita la prenda. La coge cuando la libera y me la lanza.

—Muy mojada, vaquero.

Toco la prenda mojada y no ir tras ella me cuesta la vida.

Esta mujer va a matarme. O viene Max pronto, o mandaré a la porra todo, siendo egoísta por primera vez en mi vida.