Intocable (Amar a un cowboy 1) Capítulo 18. Bonnie
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Capítulo 18. Bonnie

Bonnie

Escucho voces de la gente que ha empezado a llegar para la barbacoa.

Están en el jardín. Yo estoy en mi balcón, a la sombra, leyendo y pensando en Darren, en todo lo que hicimos ayer.

Estar con él es cada vez mejor y lo deseo tanto que me duele.

Casi no he dormido pensando que estaba a solo unos metros y que mi cuerpo llamaba al suyo.

Quería bajar y acurrucarme entre sus brazos.

Es lo que él quería, lo vi en sus ojos tras corrernos.

Pero eso hubiera sido más íntimo que dejarnos llevar.

Espero un poco antes de bajar. Tara me ha escrito para decirme que ya está por aquí. Solo mi hermana sabe lo que pasó ayer y me ha dicho: «Al final te lo vas a follar, pero tú cree y piensa que puedes retrasar lo inevitable».

Quiero pensar que no, que seremos capaces de parar.

Bajo hasta el jardín y al primero que veo es a Darren en la barbacoa, preparándola para la carne. Como si sintiera que lo miro, se gira y pasea su mirada por mis curvas. Es solo un segundo, antes de volver a su papel de ignorarnos. Un segundo que me ha hecho arder. Lo tengo jodido, lo sé.

Tara se me acerca y busco algo de agua en la mesa donde ayer nos besamos y donde me toqué para él.

Esto es nuevo para mí. Con mi ex el sexo era aburrido, tanto, que era feliz si no tenía sexo con él.

No siempre fue así. Al principio esperaba algo más, por eso me dejaba llevar. Hasta que dejé de esperar nada.

Anoche me sentí poderosa con sus ojos azul oscuro fijos en mí. Sus dedos se clavaron en mi piel mientras me derretía en sus brazos. Quiero volver a ese momento. A su boca. Y a la felicidad de tenerlo a pesar de todo.

No, si cruzamos la línea su relación con Max se irá a la mierda por mi culpa, y no quiero eso para ninguno de los dos.

—Qué calor hace hoy. —Tara me tiende una bebida bien fría. Doy un trago y disfruto del frío bajando por mi garganta—. ¿Sabes ya cuando regresa ese amigo tuyo?

—No. Si por él fuera, se quedaría encerrado con sus estudios años.

Se ríe.

—No te ofendas, Bonnie, pero si de verdad sintiera lo que dice estaría aquí para no perder a una mujer tan sexi como tú. La otra noche te veías increíble con esa ropa.

—Gracias por ella, por cierto.

—Es lo menos, después de cuidar a mi trasto. Y me ayudaste para cabrear a Lars provocando a esos Landry— esto lo dice bajito y no sé qué tiene de bueno hacer daño a su marido, pero es su vida, así que solo asiento.

Su hijo no está muy lejos, con Saril. Ella me mira siempre como si supiera todos mis secretos. Me pone nerviosa.

Vamos hasta la mesa y cojo patatas fritas mientras esperamos la comida.

Darren se pone tras de mí para dejar un plato.

Tenerlo tan cerca hace que mi cuerpo se estremezca.

Quiero mirarlo sin miedo. Sin que nadie note cómo lo deseo.

En las fiestas a las que he estado, sobre todo con mi familia, me tocaba fingir que me sentía integrada en ellas.

Ellos eran la familia perfecta y yo una decisión precipitada de un hombre de cuarenta años que quería ser padre como fuera y pagó por ello.

Saril se sienta a mi lado y me pasa un plato de patatas asadas.

—Come, que estás muy delgada, solo se te ven tetas.

—¡Abuela! —la reprende Darren, que se acerca con más comida.

—¡Será que tú no te has dado cuenta de esto! —Darren gruñe y Saril cruza los brazos sobre el pecho—. Vale, lo siento, Bonnie. Pero estás muy delgada.

—Tiendo a adelgazar si estoy nerviosa. Me pasa, aunque coma bien.

—Joder, pásame tu superpoder —anuncia Tara—.

Y de paso tus tetas. A mí no me importa que solo se me vean tetas.

—Se ríe, y Saril gruñe y no deja de hacerlo hasta que como patatas.

Entonces se marcha, como si ya hubiera cumplido—.

Eso le pasa a mi hermana Meissa. Las dos sois jodidamente sexis, claro que todo se acaba cayendo, ¿no?

—Lars la mira serio—. No me mires así. Ellas son sexis ahora, luego todo pasa a ser esto. —Se levanta y se va a por más bebida.

—¿Y por qué estás nerviosa? —indaga Lars, y se gira hacia Darren—. ¡Eh! ¿Qué pasa? Como si tú no te murieras de ganas de saberlo.

—Ya, pero no voy tan a saco —replica su amigo.

—No es nada, solo que cada vez que salgo a la zona de plantaciones ecológicas me salen sarpullidos. —Les enseño los brazos—. No me pasa en otras zonas del rancho, pero allí sí. Me preocupa no poder acabar el trabajo.

—¿Y no sabes qué puede ser?

—No —respondo a Tara, que ha vuelto con más comida—. No tengo alergias a las plantas. Pero es estar ahí, tocar la tierra, y me salen sarpullidos.

—¿Con la tierra dices? —pregunta Saril, y asiento—.

Eso puede ser porque el compost natural no esté bien tratado.

Habrá que hablar con los que nos lo suministran.

Yo me encargo, y hasta entonces quédate en la nave.

—Le digo que de acuerdo—. Todo arreglado, y ahora come.

—Me pasa un plato de carne y hasta que no me ve comer no se va.

—Es dura esta mujer. —Lars la mira con cariño cuando se aleja a por más comida.

—A veces no sé si le caigo bien o no.

—Mira a todo el mundo así —añade Tara—. Si quiere que no mueras de hambre es buena señal.

—Algo es algo.

Lars me mira y espero que no me pregunte qué más me preocupa.

No puedo contar que, además de perder mi trabajo, me angustia lo que siento por Darren y la posibilidad de hacer daño a estos dos hombres.

Miro mis brazos y pienso si podría usar esta irritación como excusa para marcharme.

Para dejar el trabajo y encontrar otra forma de hacer que las cosas con Max mejoren.

Tara le dice algo a Lars y este le responde seco.

Está claro que el plan de Tara no salió como ella esperaba.

O Lars se ha cansado de que lo provoque así.

Lars me cae muy bien. Tiene algo que hace que lo quieras en tu vida.

No me atrae como Darren, a pesar de que quita el hipo, pero sí siento por él un cariño especial.

Por eso, cuando me mira, le sonrío con calidez.

Busco a Darren con la mirada y lo veo junto a la barbacoa. Se gira y nos miramos un segundo. Podría irme, no seguir echando fuego a la hoguera, pero en vez de eso giro, cojo algo de comer y evito pensar en mi partida.

Siento que no usar esto para marcharme al final me hará daño.

***

—No puedo comer nada más —le digo a Darren cuando recogemos lo último que queda, ya solos.

Se han ido todos una vez cayó la noche, tras un día intenso de comer y beber. No he tomado nada de alcohol, porque mañana trabajo y no quiero que me duela la cabeza.

—No me contaste que te seguían saliendo ronchas.

—Tenía miedo de que me despidieras.

—Joder, Bonnie, nunca haría algo así, buscaría otro lugar donde ponerte, con tal de que estuvieras bien.

Lo creo. Porque este hombre, desde que llegué, no ha hecho más que cuidarme. Coge mis brazos y pasa los dedos por las marcas. Me cuesta no gemir por sus caricias. Por el deseo de sentirlas en otras partes más sensibles de mi cuerpo.

—Mañana haz caso en todo. Si es el compost, lo sabremos pronto, y si no…, te prometo que te buscaré otro lugar donde puedas ser útil. Si quieres seguir aquí.

—Tal vez lo mejor sería que me fuera.

Nos miramos en silencio. Muchas cosan pasan por nuestros ojos.

—Soy un egoísta, Bonnie, te quiero cerca a pesar de todo.

—Tal vez yo también lo sea, porque sigo aquí. —Emite una leve sonrisa en la que me pierdo.

—Quiero hacer algo por ti.

—¿Algo más? No dejas de cuidarme.

—Al menos eso sí puedo hacerlo. Quédate aquí y no te muevas de la cocina. Puedes preparar un par de infusiones para bajar la comida.

—Mira, a eso tampoco te digo que no.

Se marcha y me quedo en la cocina notando el burbujeo de la emoción latir en mi estómago.

Preparo un par de infusiones. Él tiene su taza favorita y yo la mía.

Una de color teja con un picado. No es perfecta y por eso me gusta.

Habla de hogar. Preparo las tazas y viene a buscarme.

Se le nota cansado y aun así quiere hacer algo conmigo.

Coge las dos tazas y las lleva al salón. Lo sigo mirando su trasero. Me encanta.

—Deja de mirarme el culo.

—No te estoy mirando el culo —respondo demasiado rápido.

Llegamos al salón y veo que ha puesto cojines el suelo. Y en la tele se ve la sección de películas. Me tiende el mando y me tiro en los cojines como cuando era pequeña. Tras acomodarme, lo miro. Sus ojos están centrados en mí.

—Te propondría hacer palomitas, pero seguro que estás llena.

—Nunca se está llena para palomitas, vaquero.

—Entonces elige peli, ponte cómoda y ahora vengo.

Tras quitarme los zapatos y acomodarme entre los cojines, busco una película para ver juntos.

Disfruto del placer de hacer algo así mientras el olor a palomitas recién hechas inunda poco a poco el salón.

Siempre que lo huelo me recuerda a mi infancia.

A lo feliz que era de tener a mi padre solo para mí esas contadas veces.

Me encantaba abrazarlo y sentir su calor.

Darren regresa con un bol de palomitas.

—No has elegido nada. —Se sienta a mi lado y me pasa las palomitas—. ¿Todo bien?

—De golpe he recordado lo feliz que era en los brazos de mi padre. Es triste haber perdido eso.

—Tú al menos tuviste eso, Bonnie. Al menos sabes qué se siente.

—Cierto. ¿Cuáles has visto?

—Ninguna, lo tengo por si Max viene y quiere ver algo. Para que no diga que el rancho es un sitio con poca tecnología —sonríe con tristeza—, pero nunca saco tiempo para ver nada. Como si no pudiera dejar de trabajar.

—Vale, entonces tenemos que hacer esto más a menudo.

—No estaría mal.

Pongo las palomitas entre los dos y elijo una película de acción.

Cojo palomitas mientras la vemos. Él casi no come.

Solo da tragos a su infusión. Yo hago lo mismo con la mía cuando me hincho de palomitas.

Estamos muy juntos. No hago por apartarme y él tampoco.

Estar a su lado me altera, pero a la vez me da una paz tremenda.

Es como si a su lado el mundo dejara de girar.

Gira la cabeza y entrelaza su mirada con la mía.

Es tan guapo que me duele mirarlo. Perderme en sus ojos azules es mi cosa favorita de estos días.

Aparta un rizo de mi cara y luego me acaricia la mejilla.

Intuyo en ese gesto el deseo de hacer algo más.

Pero no hace nada y nos quedamos así, ansiando perdernos en el otro.

Al final pasa el brazo por mi espalda y me acurruco entre sus brazos.

La película sigue, aunque yo solo puedo ser consciente de su calor, de los latidos acelerados de nuestros corazones, de que él se está convirtiendo en mi lugar favorito del mundo.

No recuerdo la última vez que me sentí tan en paz en un lugar.