Capítulo 8. Darren
Darren
—Yo me quedaré aquí sentado revisando unas cosas en mi móvil.
—¿Y si te necesito?
—Gritas. —Sonrío y ella asiente.
Deja su bolsa a mi lado. Me mira dudando en quitarse la ropa.
Joder, solo pensar en sus curvas hace que se me ponga dura.
Empiezo a pensar que esto no ha sido buena idea.
Sobre todo cuando se quita el vestido sin dejar de mirarme.
Quiero mirarla a los ojos, pero fracaso cuando veo ese indecente bikini que casi muestra sus pezones.
—Lo compré sin probármelo y, bueno…, al parecer tengo más tetas que la media. —Sonríe cortada y preciosa, con el pelo sobre sus pechos y esas curvas que me atraen como no recuerdo otras.
—Intenta no bañarte en la zona donde están todos… si no quieres que se líen a leches para llamar tu atención.
—Tengo otro bañador más recatado. —Muerde su boca y tarde se da cuenta de lo que acaba de confesar. Lo tiene, pero para mí, para mis ojos, quería este.
Joder, todo sería más fácil si no me deseara.
Anda hasta la orilla y puedo ver su glorioso culo.
Un culo redondo, respingón y perfecto, y casi puedo verlo en su totalidad por el bikini azul marino con brillos que lleva.
No puedo dejar de mirarla, de ansiar hacerle cosas muy indecentes.
Como ponerla a cuatro patas en la toalla y meter mi cara en su redondo trasero…
Madre mía. Recordar que Max está enamorado de ella y nuestra diferencia de edad parece no importarle a mi cuerpo, que tiene vida propia cuando se trata de ella. Y a mi imaginación.
Miro el móvil agitado cuando se mete del todo en el agua y no la pierdo de vista más que los instantes en que reviso lo pendiente.
No tarda mucho en salir y mis ojos recorren sus curvas mojadas.
El agua cae y se cuela entre sus piernas.
Tiene los pezones duros y prietos. Los quiero en mi boca.
Corre helada hasta donde estoy y saco la toalla.
No debería, pero me levanto para ponérsela. Cierro el abrazo y se echa hacia atrás.
Su perfume a flores está aún impregnado en su cuerpo. Es tan pequeña a mi lado que me dan ganas de abrazarla para ver si mis brazos pueden acogerla por completo.
—El agua está helada. —Tiene los labios morados. La abrazo.
Gime cuando mis brazos la rodean y, joder, encaja a la perfección conmigo. Esto no está bien, no debería hacerlo. Ni sentirme así de bien.
—Gracias —dice entrando en calor con mi cuerpo.
Yo también estoy entrando en calor por ella. Estoy ardiendo. En lava líquida, mientras me pierdo en el placer de sentirla. Que está mal no importa ahora, porque cuando me sonríe me pregunto por qué está tan mal.
Por Max, por mi hijo, está mal, me recuerdo.
Me separo y regreso a mi sitio mientras ella se sienta y tapa su cuerpo con la toalla.
—Creo que mañana podré venir sola… No hace falta que dejes de trabajar por mí.
—No, mañana vendremos juntos, si te apetece. Me viene bien de vez en cuando dejar de trabajar.
Guardo el móvil y miro con ella el atardecer.
—Yo llevo trabajando desde los dieciséis años. Mi madrastra decía que si no valía para los concursos de belleza debía trabajar para ganarme el pan de la casa. Me puso a trabajar en el club de campo por las tardes, y en vacaciones me apuntaba a otro trabajo.
—¿Y tiempo para ti?
—Entre exámenes y trabajo. —Sonríe con tristeza—.
Mi padre tiene dinero, pero desde que se casó con ella, todo cambió.
Le gusta el mundo de la equitación. Apuestas de caballos, y patrocina a varios ganadores.
Luego usa el dinero para sus empresas de compra y venta de productos de importación.
Lo mismo lo conoces, porque siempre le gusta conseguir tratos con los mejores ranchos.
—Sí, lo conozco, y es un gilipollas—. Pero su dinero es suyo, y casi mejor.
Por eso en vacaciones hacía horas extras, para así tener ahorrado.
Quiero una casita con chimenea y no deberle a mi madre nada por ella.
—Buen objetivo. Mi casa tiene unas siete. —Se ríe y luego apoya la cabeza en sus rodillas y me mira con intensidad.
No pienso en nada que no sea ella, como si mi mente se quedara en pausa para solo prestarle atención a ella.
—Tu casa me encanta, y más ahora que la has hecho a tu gusto.
—Tiramos la vieja casona. Mi abuela y yo levantamos el rancho de nuevo. Pero a veces siento las otras paredes cernirse sobre mi cabeza. Como si, aunque todo es nuevo, su presencia siguiera ahí.
—Debió de ser dura esa vida.
—Sí, cuando eres pequeño y tu vida es caos, cuesta ver el sol.
Mi abuelo y mi madre solo vivían para la fiesta.
Rob, el marido de mi abuela y abuelo de Lars, era el que cuidaba de mí.
Me recordaba que tenía que comer y si no hizo más fue porque mi abuelo amenazó con echarlos a todos, y sin el rancho no tenían nada.
Se rumorea que Rob y mi abuelo son hermanos, por eso lo odiaba tanto.
Porque no soportaba que su presencia le recordara que el rancho no debería ser solo suyo.
Que tenía el mismo derecho que él. Los vi pelear muchas veces.
Al final le decía siempre que todo estaba bien, y mentía para que no se pelearan por mí.
Y Lars y Ehud se colaban en la casa para pasarme su comida y que no comiera siempre lo mismo.
A Ehud le costaba un poco más, porque su padre trabajaba en el rancho vecino.
—Debió de ser duro.
—Sí, porque crecí demasiado pronto y ahora siento que he vivido demasiado. Estoy cansado. Cada vez que despertaba, lloraba por seguir vivo. —Sus ojos se llenan de lágrimas—. No llores, joder…, yo…
—Gracias por contarme esto. —Pone su mano sobre la mía—. Siento que no se lo has dicho a nadie.
—No siempre puedo hacerlo. Mi abuela tiene suficiente con sus demonios y Max merece una vida lejos de todo lo que lo trajo a este mundo. —Miro hacia el lago—. Yo simplemente aprendí a vivir escondiendo todo eso.
Nos miramos a los ojos y de nuevo me mira como si quisiera subirse a mi regazo. Y si no fuera la chica de Max, es lo que haría. La atraería a mi cuerpo para ver si besarla es tan maravilloso como se atisba.
—No me mires así, pequeña.
—¿Así cómo?
—Como si quisieras montar al vaquero. —Se sonroja y luego se muerde la boca. No lo niega, no hace falta, ella también ha visto como me gustaría que eso pasara.
—Tú me miras igual —dice sincera.
—Ambos sabemos por qué no me dejo llevar. —Aparto un mechón de pelo de su frente y lo paso tras su oreja. Deja caer la mejilla en mi mano y disfruto del contacto.
—No soy así. Nunca…, nunca he sido tan atrevida. Mi bañador es enorme, porque odio que se me marquen los pezones o las tetas.
—Y, sin embargo, has querido ponerme en jaque.
No dice nada, su mirada va a mi boca y cuando acaricio la suya se agita. Saca la lengua y lame mi dedo. Madre mía. Esto no está bien. Aparto la mano.
—Es mejor que nos marchemos —dice recogiendo sus cosas.
Andamos de vuelta a la casa y me dice que me preparará una infusión luego, y que hoy cenará en su cuarto.
Está huyendo, huyendo de este deseo que nos consume a ambos.
Es una putada. Joder, es una mierda. Tal vez debería ir al pueblo a buscar una mujer donde enterrarme y olvidarme… de la chica de Max.